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martes, 21 de abril de 2026

La prueba del delito. Una simpática historia del mundo del vino.

 

La prueba del delito.

Una simpática historia del mundo del vino.

Siendo un adicto al mundo del vino padezco a veces de una abstinencia que se me hace difícil de soportar. Y no se trata de cuidarme de beber esta apasionante bebida, algo que hasta ahora mi buena salud no me ha obligado a hacer casi nunca, sino de una abstinencia provocada por la distancia.

Vivir en Buenos Aires tiene, para un enófilo activo que gusta de participar en catas y eventos, una gran ventaja ya que no debe haber en la Argentina (y probablemente tampoco en muchos otros lugares del mundo) otra ciudad con tan nutrida y variada oferta de este tipo de eventos.

Pero lo que no hay son viñedos, ni bodegas. Aquí es interesante recordar que sí las hubo: a fines del siglo XIX en la zona del Cid campeador, barrio de Caballito hay registros de 14 ha de viñedos que producían vinos para el servicio en los vagones comedor del ferrocarril en sus largos viajes, pero fueron devorados por el avance de la ciudad. Hoy en día hay que viajar varios kilómetros en auto y no menos de una hora, para llegar a pisar algún viñedo real o viajar en avión para llegar a las zonas productoras importantes.

Así que, en un año 2026 en el que pasé mis vacaciones de verano en un país donde abundan fincas de cacao o de café, pero los viñedos brillan por su ausencia (Costa Rica), cuando recibí el llamado para conocer Ribera del Cuarzo, una bodega que no había visitado en mis viajes anteriores a esa región, supe que por fin iba a poder a poder saciar mi sed de viñedos y bodegas.

La bodega rionegrina Ribera del Cuarzo se encuentra en la región a la cual más veces he viajado a lo largo de mis 62 años de vida, porque, así como muchos porteños han acumulado incontables viajes a la costa de la provincia de Buenos Aires para disfrutar las playas de Mar del Plata, Pinamar o aledañas, en mi infancia las vacaciones de verano tenían un destino recurrente: ir a vivir un mes en la chacra de mis abuelos maternos, ubicada en Cinco Saltos, Alto Valle de Río Negro.

Tengo los recuerdos más felices de esas épocas dónde, tras un largo viaje en auto que en los años sesenta podía llegar a durar unas 20 horas, finalmente atravesábamos la tranquera y entrábamos por el camino de piedras sueltas franqueado por bellísimos manzanos atiborrados de fruta, hasta llegar a la casa y los galpones, siendo recibidos por varios perros que anunciaban nuestra llegada con sus ladridos. 

Nos instalábamos y durante cuatro semanas la vida de ese niño que fui, criado en un edificio de 10 pisos y cuyo patio de juegos era el asfalto de las calles, se transformaba por completo en un oasis de frutales y granja de animales, que, además de la producción de manzanas, abarcaba peras, higos, ciruelas, duraznos, damascos, granadas, membrillos, sandías, pelones y cerezas. Pero, sin duda, la plantación que más me llamaba la atención eran las tres hermosísimas hectáreas de viñedo que mi abuelo y mis tíos habían ido plantando a medida que recibían esquejes que otros vecinos generosamente les regalaban. Porque eran épocas donde todo se hacía a pulmón y no había posibilidades de comprarlas a los viveros.

Yo en esa época era aún muy chico y no sabía nada de cepas, pero mi tío Elisardo Arredondo me contó que el viñedo se trataba de una mezcla con un poco de todo, pero con predominancia de Malvasía. Sí tengo vívidos recuerdos de la prensa que utilizaban para moler las uvas, o de la barrica a la que ellos llamaban “bordolesa”, así como de un parral que cubría un patio en el lateral de la casa, del que arrancaba unas muy dulces y espléndidas uvas rosadas Moscatel, las más ricas que comí en mi vida.

En mi tierna infancia el vino se hacía allí mismo, en la chacra, pero para mediados de los 60 y 70 ya mis tíos Manolo y Elisardo habían comenzado a llevar las uvas a una cooperativa llamada La Picasa, donde se juntaban con las de otros chacareros, para procesarlas todas juntas y hacer el vino que se despacharía y comercializaría en damajuanas.

Entre tantas anécdotas e historias de esas vacaciones, hay una relacionada con esos vinos que me quedó grabada. Y atentos, porque aquí voy a confesar haber participado de la comisión de un delito.

Es que en aquellos años aún no había llegado el cambio climático y el frío en el Valle de Río Negro se hacía sentir durante mucho más tiempo. Ello hacía que en los años fríos las uvas tuvieran dificultad para alcanzar el grado de madurez y de azúcar óptimos. Para colmo, por aquellas épocas, el Instituto Nacional de Vitivinicultura no había aún implementado un grado mínimo de alcohol diferente por regiones (algo que sí se hizo después) y se determinaba el mismo que para Cuyo, una región mucho más cálida.

Ello ponía en un brete a la cooperativa cuando, luego de la fermentación, los piletones arrojaban grados de alcohol que no llegaban a ese caprichoso mínimo reglamentario. Y resultaba inadmisible para esos humildes chacareros que, en los años fríos veían que el esfuerzo de toda una cosecha completa corría riesgo de perderse a la llegada del inspector del instituto sino aprobaba esos vinos de bajo nivel de alcohol. Pensar que hoy parecen ser los más buscados, qué paradoja.

Así que un año, mi tío Manolo -que era además mi padrino y que me llevaba a todos lados durante mi estadía allí- me hizo subir como acompañante al viejo camión Chevrolet 400, para una tarea muy particular.

En la caja del camión había varios cajones de madera tapados con una lona. Encaramos hacia las bardas por el desolado camino que iba hacia el lago Pellegrini, hasta que se metió por una huella lateral para acceder a un lugar aislado, en el que nadie nos veía. Allí en el medio de los matorrales que crecían sobre ese suelo arenoso, ya había dejado preparada una excavación que, de haber sido más larga que ancha, habría parecido a la de una tumba.

Cuando destapó los cajones vi que estaban llenos de botellitas verdes vacías de medio litro (que no eran de vino) y me dijo: “ahora viene lo divertido, las vamos a ir tirando al pozo una por una, sin importar que se rompan”.

Yo no entendía mucho lo que pasaba, pero en un santiamén las botellas estaban allí abajo, todas hechas añicos. Eran botellas de alcohol, la prueba del delito que se debía ocultar y nunca podría encontrarse: el alcohol que se había tenido que agregar, para no perder el vino.

No me pidió que con la pala moviera la arena para tapar el pozo, pero sí que no se lo contara a nadie.

Hoy, ya prescripto ese delito, me he animado a contar esta romántica historia del vino que escribí de un tirón durante el viaje de avión que en menos de dos horas me ha depositado en el valle (mucho más rápido que esas 20 horas de auto) para vivir una nueva aventura en Bodega Ribera del Cuarzo, siempre conectada con mi querido mundo del vino.

Ángel Ramos entre los perales de la chacra.


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La casa de la chacra, nevada.

Mi querido tío y padrino: Manolo.

Publicado en 

El ángel del vino. Blog de vino argentino y del mundo, tipos, regiones, historia, bodegas, recomendaciones.

https://angelyvino.blogspot.com/2026/04/la-pueba-del-delito.html

https://angelyvino.blogspot.com/

domingo, 14 de diciembre de 2025

Apuntes de una bodega pionera en la Patagonia.

Vista del establecimiento de la época.
Apuntes de una bodega pionera en la Patagonia.
Vista de las viñas alambradas con postes de cemento armado

Este apunte recupera los primeros pasos de una bodega pionera en la Patagonia, documentando cómo Huergo y Canale impulsaron uno de los proyectos vitivinícolas más tempranos y ambiciosos del sur argentino.

Cuando Luis A. Huergo y Humberto Canale llegaron al sur, Argentina vivía una etapa de expansión acelerada: se abrían puertos, crecían los tendidos ferroviarios y se multiplicaban los caminos. La política liberal impulsada por Julio A. Roca y continuada por Juárez Celman favorecía la llegada de capitales extranjeros, especialmente británicos, que dejaron una huella profunda en el desarrollo económico de la región.

Un regreso decisivo a la Patagonia.

Huergo conoció la Patagonia en 1879, durante la Campaña al Desierto, cuando se le encomendó estudiar la navegabilidad del Río Negro. Pasaron treinta años hasta que volvió, esta vez acompañado por su joven discípulo, Humberto Canale. La diferencia de edad —Huergo rondaba los 70 años y Canale apenas superaba los 30— no impidió que compartieran un mismo proyecto: impulsar un emprendimiento agrícola y vitivinícola a más de 1.200 km del puerto de Buenos Aires. La distancia, el esfuerzo y el tiempo no fueron obstáculos para su visión, que pudieron concretarla a partir de 1909.

El establecimiento agrícola (1916).

Solo habían transcurrido siete años desde que comenzaron las primeras labores de labranza sobre 400 hectáreas, y para 1916 ya no quedaba un palmo de tierra sin roturar ni preparar para la siembra.

Plantaciones y cultivos.

La mayor parte de la superficie cultivada estaba dedicada a la vid. En prolijos cuadros alineados y sostenidos por alambres, más de 110 hectáreas producían variedades como Médoc, Cabernet, Semillón, Moscatel rosado, Pinot, Malbec y Criolla. Otras superficies se destinaban a forrajes y cereales, con el trigo ocupando la mayor extensión. La huerta del establecimiento superaba las 30 hectáreas de hortalizas y legumbres, a las que se sumaban más de 30.000 frutales en producción —duraznos, ciruelos, manzanos, guindos, perales y membrillos— junto con ensayos de nogales, castaños y otras especies exóticas que prometían aclimatarse.

La bodega: de un ensayo a una industria en expansión.

El avance agrícola vino acompañado por una infraestructura en crecimiento. El establecimiento contaba con talleres de herrería, carpintería y tonelería, además de una bodega que, nacida como un simple ensayo, se había ampliado con rapidez. La última cosecha había alcanzado los 600 cascos de vino, logrando excelente aceptación, especialmente en el tipo común, destacado en la licitación de la Cuenca Vidal incluso frente a ofertas más económicas.

Se proyectaba que la producción siguiente llegara a los 2.000 cascos gracias a las mejoras incorporadas. Huergo y Canale ya planificaban una bodega modelo, equipada con maquinaria moderna y preparada para elaborar hasta un millón de litros de vino. También contemplaban la instalación de una futura fábrica de dulces y compotas.

Un establecimiento líder en la región.

Todos estos avances consolidaron al emprendimiento como uno de los más importantes del sur argentino. La administración estaba a cargo de Ernesto Tuduri, reconocido por su dedicación y capacidad para llevar adelante una tarea tan compleja como prometedora.

- Por Edith Cabrera.
*** Historias de la Patagonia***
Publicado en Diario Río Negro.

domingo, 12 de noviembre de 2023

Emilio Lino Gennari, gran bodeguero que suma 101 años.

Emilio Lino Gennari, gran bodeguero que suma 101 años.

Por Beatriz Chávez.

Fernández Oro.

Fundador de la bodega que lleva su nombre y apellido. Hoy su fructífera tarea es continuada por sus hijos y nieto. Su suegro fue don Juan T. Fernández, recordado hombre de General Roca. Don Emilio Lino nació el 23 de septiembre de 1922 en Colonia Rusa, localidad cercana a General Roca. Es hijo de padres italianos llegados de Mandola, pueblo cercano a Nápoles, Julia y Nazareno Gennari, que tuvieron diez hijos.

Julia y Nazareno habían vivido con sus padres en Bahía Blanca y luego arribaron al valle, asentándose en Colonia Rusa. Don Lino cursó la escuela primaria en el colegio San Miguel, en Stefenelli.

Realizó el servicio militar en la Brigada 6ta. de Caballería en Neuquén. Se casó a los 23 años con Nélida Fernández de la localidad de Mainqué, con la que tuvo tres hijos: Hugo, Osvaldo y Ana. En 1957 comenzó con su esposa el emprendimiento en Fernández Oro que en un principio se dedicó al secado de fruta. En ese entonces vivía en Huergo, ya tenía unos ahorros para comprar una casita y un pedazo de tierra donde poder plasmar su sueño. Se subió al tren con la idea de encontrar en Neuquén lo que estaba buscando.

Por error se bajó en la estación de Ferrocarril de General Fernández Oro. Cuando ya había partido el tren, tomó conocimiento de que no estaba en Neuquén sino en “Parada 81”, como le decían a la localidad. En la foto que acompaña el escrito lo vemos hoy a sus ciento un años con premios recibidos por su bodega.

Comenzó a caminar por las vías en dirección a Neuquén y vio un cartel que decía propiedad en venta. El lugar le gustó, tenía una casa, tres hectáreas de tierra y sus ahorros le alcanzaban. Así fue como a los pocos meses ya estaba instalado con su familia en General Fernández Oro. En la siguiente temporada comenzó con el secado de fruta, fundamentalmente pera, que exportaba a Alemania. Llegó a tener ciento cincuenta obreros trabajando de sol a sol y luego comenzó con el secado de ciruela y durazno.

En 1969 comenzó a elaborar vinos, actividad que le gustó mucho siempre, y que recibieron importantes premios en la Fiesta de la Vendimia.

La uva proviene de la chacra de Mainqué, una tierra especial para la plantación de vid ya que posee tierra arcillosa y presenta una marcada amplitud térmica en verano. Entre sus recuerdos: don Lino repartía él el vino en su camión a Neuquén, Plaza Huincul, Cipolletti, Roca, Villa Regina. Garrón de Piedra era el nombre de sus primeros vinos debido al apodo del padre de Ceferino Namuncurá -santo al que le pedían ayuda para que el emprendimiento prosperara- y que caminaba descalzo sobre las piedras.

El acompañamiento familiar fue muy importante: con su esposa vivieron en ese pequeño Fernández Oro que crecía a paso lento. El pueblo no tenía iglesia, por lo que se juntaron varios vecinos y levantaron la capilla “Santa María Goretti”. La imagen de la virgen la trajo la esposa de Gennari en tren desde Buenos Aires. Participaron activamente en el club haciendo kermeses y rifas para ampliarlo.

Sus hijos iban a la escuela en Cipolletti y en Neuquén, y junto a familias amigas consiguieron a través del Sr. Koprio –que repartía leche- trasladar a los niños a la escuela. Ese fue el germen de la empresa KO-KO. Don Lino Gennari recuerda su vida como una vida de mucho trabajo y feliz: “se podía trabajar y crecer”. Antes la palabra tenía valor, compraba y vendía sin necesidad de firmar ningún contrato.

Hace varios años se incorporaron sus hijos y en 2003 formaron la sociedad Gennari SA.

Seguramente muchos recordarán cuando don Gennari repartía vino en almacenes barriales del Neuquén y Cipolletti. Hoy a sus ciento y un años pudimos conversar con él y no dejamos de sorprendernos con su memoria, que es la memoria de toda una región. La tarea ha sido fecunda.

Carta de Lectores de Beatriz Chávez publicada en el Diario "Río Negro", domingo 12 de noviembre del 2023, Edición Papel Nro. 27059. Imagen: Diario "Río Negro".

https://www.rionegro.com.ar/opinion/emilio-lino-gennari-gran-bodeguero-que-suma-101-anos-3254933/

*** Justo homenaje en vida a Don Emilio Gennari que junto a su familia son creadores de riqueza y trabajo en la región del Valle del Río Negro, en nuestra tierra Patagonia Argentina.

sábado, 11 de noviembre de 2023

Establecimiento Humberto Canale S.A.

 


Establecimiento Humberto Canale S.A.

Localizado en J. J. Gómez, Km 1156, Gral. Roca, su historia se inicia en 1909 cuando la reconstrucción del nuevo canal impulsó nuevos bríos a la zona, por entonces el ingeniero Luis Augusto Huergo (1837 – 1913), se asocia con el Ing. Humberto Canale (1876 – 1957) –.

Con el espíritu como brazo de sus voluntades, ambos ingenieros, emprenden el desmonte, emparejamiento y sistematización de 400 hectáreas de tierra virgen, dedicándose prioritariamente a la plantación de viña y para el año 1913 se crea la sociedad jurídica Establecimiento Fruti-vitivinícola Huergo y Canale, inaugurando en ese mismo año una bodega de real importancia económica en la región.

El periódico regional Río Negro en su edición del día jueves 25 de noviembre de 1915, resalta que: “… entre los que, en primer término han contribuido a tan maravilloso resultado figuran los señores Huergo y Canale con el importante establecimiento agrícola que poseen en la Colonia. Siete años hace apenas que se iniciaron allí las primeras labores de labranza en una extensión de 400 hectáreas y en la actualidad no queda un paño de tierra que no haya sido roturado por el arado y no esté listo para recibir la simiente".

La empresa, vendimia tras vendimia, vinificación tras vinificación, va afianzando su actividad comercial y continúa con un firme proceso de consolidación en los mercados, elaborando vinos de sostenida trayectoria.

A principios de la década de 1930 la firma pasó a llamarse Establecimiento Fruti-Vitivinícola Ing. Humberto Canale – Sucesor de Huergo & Canale.

 Así nacieron y renacen con cada cosecha, desde hace ya más de un siglo, los vinos Canale.

El vino en sus primeros tiempos se fraccionaba en Buenos Aires; en el ferrocarril, era comercializado bajo la marca Uvalegre.  

En la actualidad la bodega y los viñedos de antaño, son el corazón del Establecimiento Humberto Canale S.A.

Reseña del Sr. Federico Witkowsky.

Foto: «Afiches de Bordelesas Patagonia Norte».

Federico Witkowski.

«Afiches de Bordelesas Patagonia Norte». Etiquetas Bordalesas de vino.

domingo, 17 de septiembre de 2023

Emilio Lino Gennari, fundador de la bodega Gennari cumple 101 años.

 


Emilio Lino Gennari, fundador de la bodega Gennari cumple 101 años.

Emilio lleva 66 años de fructífera tarea. Junto a su hijo y nietos forman un gran equipo de trabajo con sus empleados. Su suegro fue don Juan T. Fernández recordado hombre de Roca.

Por Lic. Vicky Chávez.

Ante la búsqueda de hechos históricos del Alto Valle de Río Negro y Neuquén nos encontramos con descendientes de pioneros que gentilmente acceden a ponernos en contacto con los protagonistas. Este fue el caso de don Emilio Gennari con el que pudimos conversar.

Don Emilio Lino nació el 23 de septiembre de 1922 en Colonia Rusa, localidad cercana a General Roca. Es hijo de padres italianos de Mandola, pueblo cercano a Nápoles. Julia y Nazareno Gennari tuvieron diez hijos. Vivieron con sus padres en Bahía Blanca y luego arribaron al valle, asentándose en Colonia Rusa. Don Lino cursó la escuela primaria en el Colegio San Miguel de la localidad de Stefenelli. Realizó el servicio militar en la Brigada 6ta. de Caballería en Neuquén.

Se casó a los 23 años con Nélida Fernández hija de Juan T. Fernández de la localidad de Mainqué con la que tuvieron tres hijos. Hugo, papá de Marcela Gennari; Osvaldo y Ana.

Nos relató que en 1957 comenzó con su esposa el emprendimiento en Fernández Oro que en un principio se dedicó al secado de fruta. Fue muy curioso cómo encontró el predio donde comenzó con la empresa. En ese entonces vivía en Huergo, ya tenía unos ahorros para comprar una casita y un pedazo de tierra donde poder plasmar su sueño. Se subió al tren con la idea de encontrar en Neuquén lo que estaba buscando.

Por error se bajó en la estación de Ferrocarril de General Fernández Oro, cuando ya había partido el tren, tomó conocimiento que no estaba en Neuquén sino en “Parada 81”, así le decían a la localidad.

Comenzó a caminar por las vías en dirección a Neuquén y vio un cartel que decía propiedad en venta. El lugar le gustó, tenía una casa, 3 hectáreas de tierra y sus ahorros le alcanzaban. Esa noche le comentó feliz a su esposa que había encontrado el lugar soñado. Así fue como a los pocos meses ya estaba instalado con su familia, en Fernández Oro.

Ya en la próxima temporada comenzó con el secado de fruta, fundamentalmente pera, que exportaba a Alemania. Llegó a tener 150 obreros trabajando de sol a sol, luego comenzó con el secado de ciruela y durazno. En 1969, comenzó a elaborar vinos, actividad que le gustó mucho siempre, los que recibieron importantes premios en la Fiesta de la Vendimia. La uva proviene de una chacra de Mainqué hasta el día de hoy. Una tierra especial para la plantación de vid ya que posee tierra arcillosa y es una zona con marcada amplitud térmica en verano.

Entre sus recuerdos aflora el hecho de que don Lino repartía él el vino en su camión a Neuquén, Plaza Huincul, Cipolletti, Roca y Villa Regina.

“Garrón de Piedra” era el nombre de sus primeros vinos debido al apodo del padre de Ceferino Namuncurá -santo al que le pedían ayuda para que el emprendimiento prosperara – que caminaba descalzo sobre las piedras.


Gran labor comunitaria.

El acompañamiento familiar fue muy importante: con su esposa vivieron en ese pequeño Fernández Oro que crecía a paso lento. El pueblo no tenía iglesia, por lo que se juntaron varios vecinos y levantaron la capilla “Santa María Goretti”. La imagen de la virgen la trajo la esposa de Gennari en tren desde Buenos Aires. Luego participaron activamente en el club, haciendo kermeses y rifas para ampliarlo. Sus hijos iban a la escuela en Cipolletti y en Neuquén, junto a familias amigas consiguieron a través del señor Koprio – que repartía leche- trasladar a los niños a la escuela. Ese fue el germen de la empresa KO-KO.

Gennari recuerda su vida como una vida de mucho trabajo y feliz “se podía trabajar y crecer”. Antes la palabra tenía valor, compraba y vendía sin necesidad de firmar ningún contrato. Cuando tuve necesidad de dinero para ampliar la bodega o el secadero iba al banco y siempre me otorgaban un crédito a plazo que podía devolver”.

Cuando Osvaldo fue más grande se incorporó a la empresa ayudándole en la producción de vinos y fruta. En el año 1996 se incorporó Ana en su carácter de contadora pública y se hizo cargo de la administración. En el año 2003 formaron la sociedad Gennari SA que sigue vigente hasta el día de hoy.


En la bodega se puede ver hasta la fecha al hijo de don Lino, Osvaldo Gennari trabajando y a uno de sus nietos, como también a numerosos empleados. Después de 66 años, continúa el ejemplo de trabajo constante.

Muchos de los habitantes del Alto Valle recuerdan aún cuando Gennari repartía vino en almacenes barriales del Neuquén y Cipolletti. Hoy sus ojos continúan brillando, plagado de recuerdos. La tarea ha sido cumplida.

Publicado en Diario LA MAÑANA DE CIPOLLETTI.

https://www.lmcipolletti.com/cipolletti/emilio-lino-gennari-fundador-la-bodega-gennari-cumple-101-anos-n1057113

lunes, 20 de febrero de 2023

Familia de inmigrantes alemanes de amplia trayectoria en el Alto Valle de Río Negro y Neuquén, narraciones hermanadas por su historia.


La familia de Bernardo Herzig llegó al valle desde un poblado cercano a Frankfurt. Un repaso de su historia. 

Por Lic. Vicky Chávez. 


“Yendo a caballo, mi abuelo un día, vio una gran columna de humo que provenía del almacén de Ramos Generales de la familia París que se estaba incendiando, así conoció a la que luego sería su futura esposa, mi abuela” recuerda la nieta de Bernardo.

Otro de los muchos trabajos que realizaba Bernardo era el emparejamiento de tierras. Se había hecho de una tropilla de caballos y rastrones con los que emparejaba las chacras de muchos propietarios del Valle. Según contaba su esposa salía a las 4 o 5 de la mañana en un sulky hacia Plottier con todos los implementos de trabajo. El sonido de los cascos de los caballos, a la noche muy tarde, anunciaba su regreso.

Con deseos de seguir creciendo adquirió 300 hectáreas en Coronel Belisle: fundó la colonia agrícola La Alianza y además en San Martín de los Andes compró a una familia muy conocida de esa localidad de apellido Ragusi, un aserradero llamado Ruca Ñire (casa del zorro) para procesar rollizos de los bosques cordilleranos. En su actividad pública participó en la creación de la Plaza San Martín de nuestra ciudad cipoleña. Entre 1927 y 1930 fue Comisionado Municipal de Cipolletti y propuso en esa gestión ponerles nombre a las calles del pueblo: Fernández Oro, Centenario (actual Brentana), San Martín, Roca, etc. Fue director del Banco de la Provincia de Río Negro y Neuquén durante 20 años. Fue socio fundador, en 1926, del Club Cipolletti y en el año 60 de la Aseguradora de Río Negro y Neuquén. En 1933 donó el terreno y los recursos (dos aulas) para crear la Escuela Rural Nº 121 del Paraje La Falda, que se inició con 23 alumnos y también brindó su apoyo para crear el Colegio José María Brentana. Su distracción y hobby fue la pesca con la que obtuvo muchas satisfacciones.

El matrimonio Herzig siempre vivió en La Falda con sus dos hijos: María Cecilia y Jorge Bernardo (ambos fallecidos). Cecilia y Jorge hicieron la primaria en la Escuela Nº 53, ambos iban a caballo y los ataban en un palenque que había frente a la Iglesia. Cecilia se casó con un abogado pampeano, Enrique Mario Suárez (ya fallecido) y del matrimonio nacieron: Enrique Bernardo, Sergio Mario y María Laura.

“Mi papá, Jorge Bernardo, hizo parte de la secundaria en el Don Bosco de Bahía Blanca y luego del servicio militar administró junto con su padre el establecimiento y la bodega hasta su muerte en 1970. Se casó con Eva Alejandrina Peri, hija del Gobernador de Neuquén Coronel Bartolomé Peri.”

“Mi abuelo Bernardo falleció en 1971 a causa de la gran pena que le había causado la muerte de su hijo Jorge (mi papá) un año antes. En esa dolorosa circunstancia se ponen al frente de todo mi tío Enrique Suárez, mi hermano Jorge y mi primo Tico Suárez, que eran muy jóvenes. Finalmente, la bodega debió ser cerrada luego de tres desastres climáticos (una pedrea y dos heladas) que en tres años destruyeron las cosechas del Valle y así en homenaje a mi abuelo, mi hermano Jorge (fallecido recientemente) la transformó en Bodega-Museo para el turismo”.

“Mi abuelo fue un gran hombre y un gran ejemplo para todos nosotros, sus nietos, de esfuerzo, perseverancia e inteligencia”.

Historias de trabajo, esfuerzo, tesón que contribuyeron a engrandecer las tierras valletanas. Hoy los homenajeamos y honramos recordándolos y contando su valiosa historia a todos quienes quieran leerla, para conocer la tarea de aquellos intrépidos hombres.

Publicado en Diario "La Mañana del Neuquén".

23 DE OCTUBRE 2021.

https://www.lmcipolletti.com/familia-inmigrantes-alemanes-amplia-trayectoria-el-alto-valle-rio-negro-y-neuquen-narraciones-hermanadas-su-historia-n854237

domingo, 31 de julio de 2022

Bodega y Viñedos “Santa Augusta” de Josué Prates.

 



BODEGA Y VIÑEDOS “SANTA AUGUSTA” DE JOSUÉ PRATES / PRATES Hnos. y Cía. S.C.A.
Don Josué Valentín Prates (1905 - 1982), oriundo de la comuna de Cordenons, provincia de Pordenone, región de Udine en el noreste de Italia, egresó de enólogo de la prestigiosa Escuela de Viticultura y de Enología de Conegliano el 24 de octubre de 1924; su espíritu inquieto, lo llevó a otear horizontes lejanos y bellezas inefables.
Arribó a la Argentina en el año 1927, con 22 años de edad y un sueño silencioso como la mariposa e impaciente como el noble halcón.
Tras haber estado en La Plata, donde junto a su hermano Juan trabajó como albañil, llegó a Carmen de Patagones para ejercer la docencia en la Escuela Agrotécnica “Carlos L. Spegazzini”; tiempo después, se trasladó a Fortín Mercedes para desempeñarse como administrador del establecimiento rural “San Adolfo” de Carlos Luro, constituido por 5 quintas que contaban con 53,00 hectáreas de viñas con su correspondiente bodega y plantaciones de durazneros, perales, membrilleros y damascos. Desde este establecimiento, a partir del año ’30 comenzó a viajar a Río Colorado para atender la bodega de Lorenzo Juliá.
En su primer viaje a Río Colorado, don Josué, quedó estupefacto y alucinado cuando al despuntar la noche lo sorprendió una patente imagen nitzscheana, le pareció que la luna estaba pariendo un sol, tan desmesurada y grávida se hallaba reposando sobre la meseta. Para don Josué toda esta inefable belleza solo podía ser descripta con una palabra única y sorprendente: Patagonia.
Radicado definitivamente en el valle del Colorado en el año 1935, contrae enlace con la maestra doña Emilia Futten y, entonces, don Josué de la uva de sus labios extrajo el vino de sus besos. Matrimonio del que nacieron tres hijos: Luciano Augusto “Nito” (24.08.1938 – 18.05.2015) Celia Angélica “Titina” (28.12.1939) y Juan Antonio “Juancho” (15.10.1945 – 23.04.2019).
Resultante de la orfebrería diaria del laburo inicia la implantación de viñedos en Colonia Juliá y Echarren y para el año 1946 adquiere en el barrio Villa Mitre una bodega propiedad de Juan Herrera, elaborando ese mismo año su primer vino; un vino da tavola, ligero y sabroso, estilo de los vinos de las llanuras costeras del Adriático. Ahora sí, sus destinos se iluminaron con un nuevo rayo de sol.
Al año siguiente, 1947, constituye junto con los productores vitícolas: Primitivo Barragán, Antonio Gentili, Domingo Criado, Isaac García, Juan Valero Herrera Buj, Albino Canullo, Francisco Grazzone y Ángel Alegre, la firma PRATES Y COMPAÑÍA S.R.L. e inician la ampliación de la bodega.
A partir de 1957 don Josué adquiere la totalidad de las cuotas sociales y constituye la razón social Bodega y Viñedos “Santa Augusta” de Josué Prates.
La bodega con una capacidad de vasija vinaria de 1.744.600 litros, elaboraba vinos común de mesa tintos, claretes, criollos y rosados. Asimismo, ha elaborado un vino blanco reserva muy untuoso, hecho con los racimos que quedaban en las cepas hasta la hora del vendimial estío, momento exacto en que las frías gotas del rocío danzaban sobre los mismos y oxidaban la piel de las bayas del Sauvignon Rio Colorado. La bodega fue inscripta en el Instituto Nacional de Vitivinicultura bajo el N° N 74111.
Los vinos eran fraccionados en bordelesas, barriles y barrilitos bajo la marca VALLE DEL COLORADO. En 1968 la firma establece un Depósito Auxiliar de vinos con una capacidad de 355.654 litros.
Envasó también vinos de mesa tinto, clarete, rosado y blanco en damajuanas de 5 y 10 litros, botellas de 950 cm3 y de 2 litros y un vino reserva clarete en botellas de 700 cm3con la marca VALLE DEL COLORADO; y vinos reserva en sus tipos blanco, rosado y tinto en botellas de 700 cm3 con la marca SANTA AUGUSTA. Es para resaltar el reserva rosado, un vino de mucha personalidad y carácter, de agradable sabor, símbolo de la elegancia. Históricamente se encuentra considerado, por su expresión aromática, entre uno de los mejores vinos rosados de la Patagonia, sino el mejor.
Asimismo, elaboraba un vino de mesa clarete –Apto para la Santa Misa– envasado en botellas de 950 cm3 con la marca SANTA AUGUSTA.
Los vinos eran comercializados en La Plata, Avellaneda, Quilmes, Bahía Blanca, Mayor Buratovich, Pedro Luro y Villalonga entre otras localidades de la provincia bonaerense.
Este prestigioso maestro de la enología patagónica sostenía que una botella de vino debía descorcharse por lo menos una hora antes de beberse, debido a que la oxigenación abre los vinos, deja que despierten los aromas.
La bodega en el año 1982 queda por decisión familiar en manos de Luciano A. “Nito” Prates, constituyéndose la firma PRATES Hnos. y Cía. S.C.A.
En esta última etapa “Nito” se dedico a elaborar mosto sulfitado y venderlo para edulcorar vinos. Uno de sus grandes compradores fue la firma Buglione – Valle Lindo S.A. de la Isla de Choele Choel.
La última elaboración de esta industria vitivinícola se registró en el año 1984 y un año más tarde la actividad de la bodega fue dada de baja por el Instituto Nacional de Vitivinicultura.
Es dable resaltar que don Josué Prates ha tenido una destacada actuación en el aspecto social y económico en el valle del Colorado, por lo que la comunidad coloradense ha hecho un imperecedero reconocimiento a su persona imponiéndole su nombre a una de las calles de la ciudad.
Un recuerdo muy especial para “Juancho” Prates, quien me ha acompañado juntamente con el querido amigo Ing. Nelson Gambino a recorrer una gran cantidad de viñedos y bodegas de Rio Colorado y siempre recuerdo el inmenso gesto de “Juancho” cuando me quiso obsequiar el título original de enólogo de don Josué, cosa que no acepté porque era parte del patrimonio cultural tangible de la comunidad riocoloradense y lo lógico era que quedara atesorado en el museo local.
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Afiches de bordelesas de vino de la Patagonia Norte 
Federico Witkowski. 

Afiches de bordelesas de vino de la Patagonia Norte
 
Federico Witkowski