domingo, 16 de agosto de 2026

Bodega Costa y los vinos SAPO.


Bodega Costa.

Bodega Costa y los vinos SAPO.

La Patagonia argentina sigue demostrando que, más allá de las bodegas históricas y los proyectos ya consolidados, todavía tiene historias nuevas para contar.

Algunas nacen de grandes inversiones; otras, de trayectorias personales construidas durante décadas entre viñedos, cosechas y fermentaciones. Este último es el caso de Bodega Costa, el proyecto familiar impulsado por Polo Costantino en Mainqué, que busca interpretar distintos rincones del Alto Valle a través de vinos de mínima intervención agrupados bajo el nombre SAPO.

La oportunidad de conocerlos llegó durante una degustación realizada en el restaurante El Distinto, frente a la barda sur, conducida por Juan Costantino, hijo de Polo y una de las caras visibles de esta nueva etapa familiar.


Detrás del proyecto hay una historia ligada profundamente a la vitivinicultura regional. Durante más de dos décadas, Polo Costantino trabajó en una de las bodegas más reconocidas de la Patagonia: Chacra. Allí desarrolló buena parte de su experiencia en viñedo y elaboración, conocimientos que hoy vuelca en una microbodega cuya escala permite trabajar con enorme precisión cada parcela y cada vinificación.

El origen de Costa se remonta a 2020, cuando Polo recibió como homenaje un vino denominado El Sapo, acrónimo de "Sin Azufre Polo". Aquella etiqueta terminó convirtiéndose en mucho más que un regalo. Representó el inicio de una filosofía de elaboración basada en la mínima intervención, sin sulfitos añadidos y con un profundo respeto por la expresión del viñedo. La elección del nombre SAPO para la línea principal mantiene vivo ese espíritu fundacional.

La familia busca representar distintas zonas del Alto Valle, una región que muchas veces es percibida como homogénea pero que presenta marcadas diferencias geográficas. Basta observar que existe un desnivel aproximado de 140 metros desde el dique Ballester hasta Chichinales, acompañando el recorrido de los históricos canales de riego. Son cambios sutiles para quien los observa desde la ruta, pero determinantes para comprender diferencias de suelos, clima, maduración y estilos de vino.


Además, en la Patagonia las fermentaciones suelen coincidir con la llegada de las primeras bajas temperaturas otoñales. Esa combinación contribuye naturalmente a procesos más lentos y, muchas veces, más delicados, algo que el equipo aprovecha en sus elaboraciones.

Las vinificaciones se realizan en pequeña escala y con herramientas sencillas. Parte de la crianza se desarrolla en barricas usadas provenientes de Chacra, privilegiando recipientes que aportan microoxigenación sin marcar fuertemente el perfil aromático de los vinos.

Son vinos de bajo alcohol, frescos y muy personales, en un estilo que hace furor dentro de lo que Joaquín Hidalgo (a mi juicio uno de los mejores periodistas y críticos argentinos de vinos, que escribe para La Nación, Vinómanos y Vinous.com) denominó como "el círculo tinto", el grupo que dicta un poco la moda en el agitado mundo del vino. Un estilo que, sin embargo, puede generar resistencia entre quienes prefieren expresiones más clásicas. Vos sabrás de qué lado estás y si este estilo de vinos tiene lugar o no entre tus preferencias.

Juan Costantino.

A continuación les cuento de los cuatro vinos que probamos, servidos y explicados por Juan Costatini, aclarando que las notas de cata (abajo, en letra cursiva) fueron brindadas por la bodega:

SAPO Chardonnay.

Tensión, frescura y textura. El Chardonnay proviene de viñedos plantados en Allen durante la década de 1990, originalmente destinados a bases para espumantes. Se trabaja con prensado de racimo entero y combina crianza en barricas de segundo y tercer uso junto con recipientes de hormigón.

En la copa aparece algo dorado y ligeramente opalescente, consecuencia de una elaboración sin filtrados agresivos. Aromáticamente despliega una interesante combinación de manzana verde, pera y notas cítricas acompañadas por recuerdos herbales y una sutil impronta melosa.

En boca destaca por una acidez elevada y una textura amplia generada por el trabajo sobre borras. Su final cítrico y persistente lo convierte en un blanco de perfil gastronómico, muy lejos de las versiones más maduras o exuberantes que suelen encontrarse en otras regiones argentinas.


SAPO Pinot Noir 2025.

Procede de Stefenelli, de viñedos que superan los 120 años de antigüedad, un verdadero patrimonio vitícola del Alto Valle. La elaboración incluye un 33 % de racimo entero, fermentaciones en barrica y una parte de maceración carbónica, recursos utilizados para construir complejidad sin perder frescura.

En nariz aparecen progresivamente notas de tierra húmeda, hojarasca, flores y frutas rojas maduras que recuerdan a las guindas. La boca es ágil, fresca y con taninos que aportan textura sin endurecer el conjunto.

Es un Pinot Noir que privilegia el origen por encima de la elaboración. Tiene algo salvaje y descontracturado que resulta particularmente atractivo para quienes buscan vinos menos uniformes y más ligados a la identidad del lugar.

SAPO Malbec.

Otra lectura de la variedad. También proveniente de una finca centenaria de Stefenelli, este Malbec se aparta de los perfiles más maduros y concentrados que durante años dominaron el mercado argentino.

Las frutas negras y rojas aparecen acompañadas por notas balsámicas de eucalipto y menta que aportan frescura. En boca es jugoso, de textura fluida y con taninos firmes pero bien integrados. Lo más interesante es quizá su propuesta de consumo: servirlo entre 10 y 12 grados. Una temperatura poco habitual para el varietal, pero que aquí ayuda a resaltar su energía y su perfil frutal.


SAPO Riesling.

Dentro de la degustación fue probablemente el vino más singular. El Riesling continúa siendo una variedad minoritaria en Argentina, y aún más escasa en Patagonia, donde Humberto Canale, con viñedos de 1937, es su más fiel representante.

Sus aromas recuerdan a lima, durazno blanco y piedra mojada, acompañados por delicados tonos florales y herbales. En boca muestra una acidez filosa y precisa, con una marcada sensación de tensión que se prolonga hacia un final salino y persistente.

Es un vino que exige atención y que seguramente encontrará su público entre quienes disfrutan blancos de gran frescura y perfil europeo.

SAPO Petit Verdot.

Fue el único que no probamos. La bodega lo describe así: Los aromas de moras, ciruelas, pimienta negra y cacao aparecen acompañados por un leve matiz balsámico. En boca presenta taninos marcados y una estructura importante, aunque sostenida por una acidez vibrante que aporta dinamismo y evita cualquier sensación de pesadez. El final es largo, con recuerdos terrosos y de chocolate amargo.

Bodega Costa es todavía un proyecto pequeño, pero refleja una tendencia cada vez más visible en la Patagonia: elaboradores que buscan correrse de los modelos más estandarizados para profundizar en la identidad de sus viñedos y de sus lugares de origen.

La experiencia acumulada por Polo Costantino durante años de trabajo en una de las bodegas más prestigiosas de Río Negro encuentra aquí una expresión propia, familiar y sin artificios.

Los vinos SAPO no buscan seducir desde la perfección técnica ni desde la concentración extrema. Prefieren mostrar las particularidades de cada parcela, aceptar cierto grado de rusticidad y dejar que el Alto Valle hable con voz propia. Y en una región cuya historia vitícola supera largamente el siglo de vida, encontrar nuevas formas de interpretar ese patrimonio siempre merece atención.

Bodega Costa es una nueva voz para el Alto Valle y una muestra de que la vitivinicultura patagónica todavía tiene mucho terreno por explorar.

* Publicado en

El ángel del vino. Blog de vinos.

Vino argentino y del mundo, tipos, regiones, historia, bodegas, recomendaciones.

https://angelyvino.blogspot.com/

miércoles, 12 de agosto de 2026

Humberto Canale. Bodega Humberto Canale. Raíces profundas en la Patagonia.

 


Humberto Canale. 

Bodega Humberto Canale. 

Raíces profundas en la Patagonia.

Una bodega emblemática de Río Negro que combina historia familiar, viñedos antiguos y diversidad varietal en el Alto Valle.





En ésta, mi segunda visita a la histórica bodega, fui recibido por el agrónomo Javier de Arregui, con 20 años en la casa, y juntos recorrimos la Finca La Morita, plantada en 1937, donde conviven antiguos parrales de Cabernet Sauvignon con Riesling, interplantados de a dos filas, algo poco habitual. Mientras caminábamos entre las hileras, Javier se detenía en detalles que a simple vista pasarían inadvertidos: la conducción de las plantas, la textura del suelo, la lógica detrás de cada sector. “Acá nada es casual”, comentó en un momento, marcando esa relación de años con el viñedo que se construye más por observación que por manual.

A lo largo de los cinco kilómetros de la calle H. Canale se perciben distintos tipos de suelo según la cercanía al río: históricamente la vid se implantaba en los sectores menos aptos para fruticultura (en el alto valle en un momento se priorizó la manzana y la pera), aunque hoy también avanza sobre suelos más profundos. En el recorrido, una imagen queda grabada: los viejos parrales elevados, casi escultóricos, que obligan a levantar la mirada y pensar en otra forma de trabajar la vid, más ligada a otra época.

La finca refleja la importancia del manejo del agua en la zona, con canales de riego y drenaje claves para evitar la acumulación de sales. Javier contó cómo, en años particularmente húmedos, el desafío no es regar sino drenar, y cómo ese equilibrio define la vida del viñedo.

La diversidad varietal es un rasgo distintivo, con Semillón de los años 50 y una superficie total de 140 hectáreas de viñedos, en una bodega que produce unos 4.400.000 litros anuales, con un 70% destinado al mercado interno y un 30% a la exportación. En el entorno, los álamos cumplen un rol fundamental: moderan la temperatura, conservan la humedad y actúan como protección frente a las heladas. Mientras soplaba el viento patagónico, era fácil entender por qué esos árboles son parte del paisaje productivo.

La historia de Canale está íntimamente ligada al desarrollo del Alto Valle: en tiempos de la Argentina agroexportadora,  cuando la región aún era frontera tras la campaña del desierto y con el impulso del ferrocarril, el ingeniero Cipolletti diseñó el dique Ballester, que permitió regar unas 80.000 hectáreas. En ese contexto llegó el ingeniero Luis Huergo y, junto a él, Humberto Canale, hijo de inmigrantes genoveses, quien con una mirada pionera entendió el potencial agrícola de la zona. Con el tiempo, Canale adquirió la totalidad del emprendimiento y consolidó un proyecto familiar que se transmitió de generación en generación, manteniendo una fuerte impronta productiva y un vínculo profundo con la tierra.



A lo largo de más de un siglo, la familia Canale atravesó distintas etapas del país y del vino argentino, sosteniendo la actividad incluso en momentos de retracción de la vitivinicultura regional. En los años 70 el Alto Valle llegó a contar con más de 17.000 hectáreas de viñedos; hoy quedan alrededor de 1.300. En ese contexto, otra escena que surge en la charla es la de los años en que muchos productores abandonaban la vid para volcarse a la fruta: Canale decidió sostener viñedos, incluso cuando no era lo más rentable.

Esa persistencia explica por qué concentra más del 10% de la superficie plantada de la región, reflejando no solo continuidad sino también escala y compromiso. Esa continuidad se siente todavía hoy; no solo en los edificios o en los viñedos viejos, sino en la forma en que se habla del lugar, siempre en presente. La tradición familiar se expresa en decisiones que combinan respeto por el legado con adaptación a los nuevos tiempos, siempre con foco en vinos de segmento medio-alto.

Ya en la bodega, cuya infraestructura conserva huellas de ese pasado -como el techo original de 1909, construido con madera de sauce y barro, las tradicionales piletas de 10.000 a 12.000 litros y una cantidad de enormes toneles -muchos ya en desuso pero conservados como testimonio de otras épocas- junto a numerosos elementos que antiguamente se usaban para la elaboración, en una especie de museo integrado a la bodega. El contraste entre historia y presente es inmediato.

Junto al enólogo Horacio Bibiloni, la escena se traslada a un patio abierto frente a la finca, donde el tiempo parece desacelerarse, mientras que el tibio sol del atardecer invernal nos acompaña para disfrutar de la degustación de algunos de los vinos de la bodega.



Allí catamos una serie que recorre identidad y evolución: Humberto Canale Estate Sauvignon 2025 -una rareza en Argentina, mutación del Sauvignon Blanc, introducida en 1997 desde Francia-, Humberto Canale Old Vineyard Riesling 2025, con notas de damasco y durazno blanco, sin rastros de aromas a hidrocarburos, el Humberto Canale Gran Reserva Merlot 2021, criado un año en barricas francesas con hasta un 40% de roble americano y, rescatado de la cava, un Humberto Canale Corte Único 2005 de Merlot, Malbec y Cabernet Franc, que Bibiloni eligió especialmente para dar muestra del paso del tiempo, con una nariz ajerezada, pero una boca que aún conserva vida gracias a su acidez natural.

El portafolio se organiza en líneas como Marcus, Íntimo, Estate, Gran Reserva, Old Vineyard y el ícono Barzi Canale, con novedades recientes que incluyen formatos magnum y doble magnum, además del lanzamiento de “Absoluto”.

En medio de la degustación, Bibiloni dejó una frase que quedó flotando, casi como una síntesis del lugar, mientras giraba la copa con naturalidad: “Un viñedo no es bueno porque es viejo, llega a viejo porque es bueno”.

 Y en Canale, esa idea se vuelve tangible en cada planta, en cada decisión y en cada vino.

Publicado en

El ángel del vino. Blog de vinos.

Vino argentino y del mundo, tipos, regiones, historia, bodegas, 

recomendaciones.

domingo, 9 de agosto de 2026

Pinot Noir de Neuquén: ¿por qué hoy es el emblema de la vitivinicultura provincial?

 


Pinot Noir de Neuquén: ¿por qué hoy es el emblema de la vitivinicultura provincial?

No es la variedad más plantada de la provincia, pero es la que mejor mostró cómo cambia el vino cuando cambia el lugar donde nace. La historia del Pinot Noir, desde las primeras plantaciones en San Patricio del Chañar a fines de los años 90 hasta convertirse en el emblema de la vitivinicultura neuquina.

Por Sergio Landoni (*), especial para «Río Negro».


Cuando se habla del vino neuquino, el Pinot Noir ocupa un lugar que ninguna otra variedad alcanzó. No es la más plantada ni la más difundida en el mercado. Es la que mejor mostró cómo cambia un vino cuando cambia el lugar donde nace. Esa sensibilidad permitió descubrir que Neuquén no era una única región vitivinícola, sino una provincia donde cada valle empezaba a mostrar un carácter propio.

Nada de eso formó parte de un plan original. A fines de la década de 1990, cuando comenzaron las primeras plantaciones en San Patricio del Chañar, el objetivo era comprobar si la vid podía desarrollarse en una meseta donde prácticamente no existían antecedentes. Julio Viola impulsó aquel proyecto y, con los primeros viñedos, comenzó un aprendizaje que sigue hasta hoy.

Marcelo Miras fue uno de los protagonistas de esa etapa y suele resumir aquellos años con una frase sencilla: todo estaba por aprender. Había que entender mejor los suelos, la respuesta de las distintas variedades, el manejo del riego y la influencia del clima en un lugar que no se parecía a ninguna otra región vitivinícola argentina.



Las primeras vendimias empezaron a despejar algunas dudas. La baja humedad favorecía la sanidad del viñedo, el viento ayudaba a mantener las plantas saludables y la amplitud térmica permitía alcanzar una maduración equilibrada. Entre todas las variedades hubo una que respondía diferente. Bastaba una pequeña diferencia de suelo, de temperatura, de disponibilidad de agua o de manejo del viñedo para que el vino también cambiara.

Vendimia tras vendimia fue apareciendo una idea que hoy parece natural, aunque entonces nadie podía anticiparla: Neuquén no era una sola región vitivinícola.

Ese aprendizaje también modificó la forma de trabajar de los enólogos. Leonardo Puppato sostiene que gran parte del vino se define antes de la cosecha, en el manejo cotidiano del viñedo. Lucas Quiroga entiende que ninguna vendimia se parece a la anterior. Nicolás Navío resume esa misma mirada con una idea simple: intervenir lo necesario para que el vino conserve el carácter del lugar donde fue producido.

El trabajo del enólogo ya no consistía solamente en elaborar un buen Pinot Noir. También implicaba entender qué tenía para decir cada lugar y cómo acompañarlo sin que perdiera su identidad.

Las primeras vendimias demostraron que el potencial del Pinot Noir no terminaba en San Patricio del Chañar. A medida que crecía la experiencia aparecieron nuevos proyectos sobre la ribera de los ríos Neuquén y Limay. Senillosa, Picún Leufú y la Confluencia empezaron a construir una identidad propia sin perder el vínculo con el origen de la vitivinicultura moderna de la provincia.

La Confluencia muestra bien ese cambio. La fruta pasó a ocupar casi todo el paisaje, aunque el vino nunca desapareció. Algunas familias volvieron a plantar viñedos y aparecieron nuevos proyectos que volvieron a poner al vino en el paisaje.

Uno de esos proyectos es Mabellini Wines. La familia retomó una historia que comenzó en Cinco Esquinas en 1928 y hoy elabora vinos con uvas de viñedos propios en Neuquén y Mainqué, Río Negro. La enóloga Valeria López forma parte de una nueva generación de profesionales formados en la Patagonia. Sus primeras exportaciones a Francia muestran que los vinos neuquinos también despiertan interés en un país donde el Pinot Noir forma parte de la cultura del vino.

La meseta también planteó un desafío. Pensar en viñedos de calidad lejos de los grandes valles irrigados parecía difícil, pero Cutral Co demostró que había otro camino. Allí el agua llega de perforaciones profundas y eso cambia la forma de trabajar el viñedo. La experiencia de Viñedos del Viento abrió nuevas preguntas y Plaza Huincul ya empezó a dar sus primeras respuestas con las nuevas plantaciones de Pinot Noir.

La cordillera presentó otro escenario. En el valle del Chimehuín, entre Junín de los Andes y San Martín de los Andes, una hectárea implantada en 2004 reúne Pinot Noir junto con otras variedades elegidas para observar su adaptación a un ambiente de montaña. No hay energía eléctrica de red y la defensa contra las heladas depende de motobombas, generadores y muchas noches de trabajo cuando la temperatura baja de cero. Así se trabaja cada temporada y probablemente así trabajen también quienes decidan plantar nuevos viñedos en otros sectores de la cordillera, entre ellos el valle del río Aluminé.

Más al norte vuelve a cambiar el paisaje y, con él, las preguntas. Desde Chos Malal hasta el valle del Nahueve, siguiendo el corredor que une Taquimilán, Andacollo, Huinganco y Manzano Amargo, aparece uno de los ambientes de montaña con mayor potencial para la vitivinicultura. Desde la Torre recuperó la elaboración de vinos en Chos Malal y volvió a poner en valor una actividad con profundas raíces históricas. En el valle del Nahueve, sobre el faldeo del Domuyo, los primeros viñedos empiezan a mostrar todo lo que puede dar la combinación de altura, agua de deshielo, amplitud térmica y clima seco.

San Patricio del Chañar dejó de ser la única referencia. A ese recorrido se fueron sumando la ribera de los ríos Neuquén y Limay, la Confluencia, la meseta, la cordillera y el Alto Neuquén. Cada lugar fue mostrando una expresión diferente del Pinot Noir.

El interés por el Pinot Noir creció en muchas regiones del mundo. Cada vez son más valorados los vinos capaces de expresar con claridad el lugar donde nacen. Hoy no alcanza con hacer un buen vino. También importa que tenga identidad y que pueda contar de dónde viene.


Impulso para la actividad vitivinícola.

Neuquén encontró ese camino sin intentar parecerse a Borgoña, Oregón o Central Otago. Una misma variedad puede dar vinos muy distintos según el lugar donde crece, y eso es lo que la provincia empezó a demostrar con sus propios tiempos.

Los datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura ayudan a entender esa realidad. Neuquén concentra alrededor del 12 % de la superficie implantada con Pinot Noir de Argentina y Añelo reúne cerca del 90 % de esas hectáreas. Son datos importantes, pero por sí solos no explican lo que pasó en la provincia. La diferencia la hicieron más de veinticinco vendimias, el conocimiento que dejaron y la experiencia acumulada en cada uno de esos lugares.

Ese trabajo también empezó a verse fuera del país. Las primeras exportaciones de bodegas jóvenes, el interés de importadores especializados y la presencia de vinos neuquinos en degustaciones internacionales muestran que Patagonia ya no es solo un nombre en una etiqueta. Neuquén empieza a ser reconocida por una manera propia de hacer Pinot Noir.

Ya no se trata de demostrar que la vid puede crecer en la provincia. La pregunta ahora es otra: qué puede aportar cada nuevo lugar donde alguien decide plantar un viñedo.

Patagonia ya tiene un nombre en el mundo del vino, pero Neuquén todavía está construyendo el suyo. Esa tarea no depende solamente de las bodegas. También la hacen los productores cuando muestran sus viñedos, los restaurantes cuando incorporan vinos neuquinos a sus cartas, los sommeliers cuando los presentan y los periodistas cuando cuentan lo que pasa en cada lugar.

Hace apenas veinticinco años casi todos los viñedos estaban en San Patricio del Chañar. Hoy resulta natural hablar de la ribera de los ríos Neuquén y Limay, la Confluencia, la meseta, la cordillera y el Alto Neuquén como parte de una misma vitivinicultura. Cada nuevo proyecto ayudó a conocer un poco mejor la provincia.

El Pinot Noir es el emblema de la vitivinicultura neuquina. No porque sea la variedad más plantada ni la más difundida. Lo es porque ninguna otra ayudó a entender Neuquén como lo hizo el Pinot Noir. Cada nuevo viñedo mostró una parte distinta de la provincia. Cada vendimia ayudó a conocerla un poco más. Al final, el Pinot Noir terminó contando Neuquén.

Sergio Landoni (*) Sommelier de territorio.

Publicado en YO COMO del Diario Río Negro.

8/8/2026.

https://www.rionegro.com.ar/gastronomia/pinot-noir-de-neuquen-por-que-hoy-es-el-emblema-de-la-vitivinicultura-provincial/

viernes, 31 de julio de 2026

De la Patagonia al mundo, llega el primer espumante de pétalos de tulipán.


De la Patagonia al mundo, llega el primer espumante de pétalos de tulipán.

El enólogo Darío González Maldonado desarrolló vinos, sidras y espumantes en la Patagonia. Los desafíos y su creatividad abarcan terruños desde Río Negro, Chubut, Santa cruz y hasta en Ushuaia. Ahora, lanza un espumante de tulipanes. Y se prepara como jurado de Argentina Spirits Awards 2026.


El ingeniero agrónomo y enólogo Darío González Maldonado supera los desafíos del clima patagónico y sus propias metas: lanza el primer espumante de pétalos de tulipanes rojos que coronan sus casi treinta años de trabajo desarrollando vinos y espumantes de toda la región. Además,  la semana pasada fue elegido para integrar el jurado de los premios Argentina Spirits Awards 2026.  

“Es un producto inédito a nivel mundial. Es el 1º que se hace, ni siquiera en Holanda lo han elaborado espumantes a partir de pétalos de tulipán. En este caso, son de tulipán rojo”, cuenta a Tiempo desde su casa en El Hoyo sobre la Ruta Nacional 40 en Chubut, zona a dónde recaló de su San Juan Natal en el año 2000.

Formado en la Universidad Nacional de Cuyo y ahora con 54 años, el enólogo sigue creando, desarrollando y estudiando lo que selló su destino en sus primeros pasos en la región de los valles chubutenses donde conoció por primera vez la vitivinicultura de clima frío. Su experiencia comenzó como director apoderado de Patagonia Wines, una de las primeras bodegas en la región que hoy llega a exportar a unos 30 países. 

“No tengo bodega propia, soy asesor, consultor y asesor técnico”, explica pero se sabe que recorre, estudia y analiza cada porción de territorio desde hace 26 años en los que pasó por El Hoyo y toda la zona sur de Rionegro.  Aprendió a adaptar sus conocimientos a estos terruños y a las condiciones agroclimáticas para alcanzar el desafío de producir vinos de calidad en una de las regiones más australes del mundo. En dos décadas se convirtió en una de las experiencias más novedosas del país y su nombre siempre relacionado al desarrollo y crecimiento del enoturismo al pie de la cordillera.  

Aroma embriagador.

Alguna vez al probar el licor de violetas de Toulouse (Francia) y combinar unas gotas con un espumante, el resultado a la vista fue de un color subyugante, lavanda violáceo y al hablar en una reunión, flotaba en el aire un aroma suave a violetas. ¿Será así el espumante de tulipanes? Le consulta Tiempo al experto quien suelta una sonrisa como respuesta.

Lo del espumante de pétalos es cosa. Y muy curioso el producto. “En el proceso, se recolectan los tulipanes, las cabecitas, se produce una deshidratación parcial. Después se hace un control de calidad, se van eliminando todas las partes verdes, todas las partes que son indeseadas,  se revisa pétalo por pétalo”, explicó González Maldonado. 

 Después, “se hace una maceración, se obtiene un líquido, al que se le hacen correcciones a nivel de azúcares y acidez, y unas cositas que son secretos del enólogo, y se provoca una 1º fermentación para obtener un producto base, y luego se provoca una 2º fermentación ya en botella, y, una vez terminada la fermentación alcohólica en botella, se lleva pupitres (estanterías inclinadas) para que las borras se muevan hacia el pico la botella”, contó. 

Además, la botella se pone parcialmente inclinada hacia abajo, en pupitres y, se lo deja ahí de uno a cinco para que evolucione. “Luego de ese proceso viene el degüelle, se congela el pico de la botella donde está depositada toda la borra (levaduras muertas), se destapa, el mismo gas que produjo naturalmente empuja ese tapón de espumante congelado con las borras, y se coloca el corcho, el bozal, se fagina la botella, se etiqueta y sale a mercado”. Impecable.

Un clásico hecho tulipán.

Ese método de elaboración es el tradicional “champenoise”. Explica Maldonado: “A ninguno de los productos, ya sea espumantes a partir de uva, manzana, frambuesa o, en este caso, tulipanes, le agrego licor de expedición. Así que salen con el estilo brut; brut nature o nature, que es el que realmente representa una zona o te marca la identidad de una zona o un terroir”.

La presentación oficial del espumante está prevista para el Día de la Madre en Tulipanes de la Patagonia (el campo de Trevelin De Juan Carlos Ledesma). Darío González Maldonado manda fotos donde se lo ve en Ushuaia plantando. “Ya tuvimos los primeros racimos, dio muy bien los azúcares, pero no dio para elaborar. Esta nueva temporada que viene (el próximo otoño), seguramente vamos a producir bastante uva en Ushuaia. Todos esos productos raros, como lo espumantes de pétalo de tulipán, de frambuesa, lo estoy elaborando en bodega Ayestarán Allard”, dice y se refiere a la bodega y viñedos ubicados en la localidad de El Hoyo, Capital de la Fruta Fina, Chubut.

Su  trayectoria y su perfil de pionero en una de las zonas más australes del planeta le significaron otra alegría: la de ser elegido para integrar el jurado de Argentina Spirits Awards 2026 que se realizan en octubre en Mendoza con jurados nacionales e internacionales y espirituosas de todo el mundo.

Publicado en Diario Tiempo Argentino.


23/07/2026.