viernes, 5 de junio de 2026

En el Valle de Viedma, cerca de San Javier una bodega de la Patagonia Argentina produce vinos artesanales.

 


Con el viento y el mar como aliados: una bodega de la Patagonia produce 30.000 botellas de vino artesanal al año.

En el Valle de Viedma, cerca de San Javier, una bodega familiar sostiene desde 2004 un proyecto vitivinícola artesanal que combina clima marítimo, viento patagónico y suelos calcáreos para producir cerca de 30.000 botellas anuales con identidad regional propia.

Juan Alberto Millaman posando entre los viñedos con dos
botellas de la producción artesanal de la bodega.
Foto: gentileza.

En el corazón del valle de Viedma, en la provincia de Río Negro y cerca de la comuna de San Javier, una familia apostó hace más de dos décadas por producir vinos con identidad propia en un territorio atravesado por el viento y la influencia marítima de la Patagonia atlántica. Así nació Viñas de Lucía, un emprendimiento familiar que comenzó en 2004 con la implantación de sus primeros viñedos y que hoy elabora cerca de 30.000 botellas anuales bajo la marca SAVU, consolidándose como uno de los exponentes artesanales del vino regional.

El proyecto es encabezado por el técnico enólogo Juan Alberto Millaman, quien en diálogo con Río Negro Rural repasó los orígenes de la bodega, los desafíos de producir vino en el valle de Viedma y el camino recorrido para posicionar un producto con fuerte impronta patagónica.

Un proyecto familiar de vitivinicultura en el valle de Viedma.

«Viñas de Lucía nace como un emprendimiento familiar en 2004«, relató Millaman. La bodega se instaló en cercanías de Fuerte San Javier, dentro de la zona del Idevi, donde comenzaron a implantarse los primeros varietales de Malbec, Cabernet Sauvignon y Syrah.

El nombre del proyecto tiene un fuerte vínculo familiar. Lucía es la madre de Millaman y sus raíces provienen de Pocito, en la provincia de San Juan, una de las regiones históricas de la vitivinicultura argentina.

Las plantas llegaron desde esa provincia cuyana.»Hubo que trabajar mucho en la adaptación genética de las plantas a las primaveras frías y las heladas tardías de la Patagonia Norte», explicó el enólogo.

Los primeros años estuvieron dedicados al armado de espalderas, el cuidado del viñedo y la estabilización de las plantas. Recién en 2011 llegaron las primeras vinificaciones, cuando las vides alcanzaron un desarrollo adecuado.

Tres años después comenzó la comercialización de los vinos, inicialmente orientada al mercado local de Viedma y la región. Actualmente la bodega cuenta con cinco hectáreas implantadas y proyecta continuar creciendo en los próximos años.“Tenemos proyecciones de llegar a las siete hectáreas y estamos analizando qué varietales pueden adaptarse mejor a la zona”, explicó Millaman.

Paisaje del entorno rural del Valle de Viedma, condicionado por el clima marítimo.
Foto: gentileza.

El terroir marítimo que distingue al vino de la Patagonia atlántica.

Con el paso del tiempo, Viñas de Lucía empezó a construir una identidad propia basada en las condiciones naturales del valle de Viedma.

Para Millaman, el gran diferencial de los vinos de la zona está en el «terroir marítimo», una característica poco común dentro de las regiones vitivinícolas argentinas.

«Estamos influenciados por el clima marítimo, con el viento sur proveniente del mar, las lluvias y las brumas. Todo eso transmite características únicas a nuestros vinos», señaló.

La influencia oceánica también ayuda a morigerar las heladas, generando un equilibrio climático que resulta clave para el desarrollo del viñedo. A eso se suma un suelo calcáreo y pedregoso que aporta estructura y acidez a las uvas.

Según explicó el productor, estas condiciones permiten obtener vinos con personalidad marcada y perfiles muy distintos a los de otras zonas tradicionales del país.

Cómo influye el viento patagónico en la calidad del vino.

Uno de los factores más determinantes en la producción son los fuertes vientos provenientes del sur y del oeste.

Millaman explicó que esas corrientes generan un engrosamiento natural del hollejo (la piel de las uvas) durante el crecimiento fenológico.

Viñedos en el Valle de Viedma donde se desarrolla
 el proyecto vitivinícola artesanal de Viñas de Lucía.
Foto: gentileza.

«Eso produce vinos con mucho color, tonos oscuros y una gran estructura», detalló.

En variedades tintas como Cabernet Sauvignon y Syrah, el fenómeno también potencia los aromas a frutas rojas y negras, aportando intensidad y complejidad.

El trabajo artesanal detrás de cada vino del valle de Viedma.

La marca SAVU representa hoy la identidad comercial de la bodega, con una comercialización principalmente local y regional, centrada en Viedma y el valle de Viedma, aunque con ventas puntuales en otros puntos del país a partir del contacto directo con consumidores.

Millaman aseguró que cada añada busca reflejar el carácter del viñedo y las particularidades de cada cosecha. «El objetivo es expresar el terroir y respetar la tipicidad de cada varietal«, explicó.

El proceso comienza mucho antes de la vendimia. El enólogo participa personalmente en todas las etapas productivas: desde el manejo del suelo y la poda hasta el control del riego y la sanidad del viñedo.

«Cada planta tiene su propia esencia. Hay algunas más vigorosas y otras menos, entonces la poda es fundamental para equilibrar el viñedo y evitar que se estrese», detalló.

Aunque destacó la calidad de los vinos regionales, Millaman reconoció que sostener una bodega artesanal en el valle de Viedma presenta desafíos vinculados a los costos logísticos, la distancia con los polos industriales y los cambios en los hábitos de consumo. «Estamos lejos de los centros industriales y eso encarece los insumos y la producción», resumió el enólogo, quien además señaló la necesidad de mantener una mejora continua para sostenerse en el mercado.

De la cosecha manual a cada botella de vino artesanal.

La vendimia marca el inicio de una de las etapas más esperadas dentro de la bodega. «La magia comienza cuando transformamos las uvas en vino«, resumió Millaman.

La cosecha se realiza manualmente y luego las uvas pasan por el proceso de despalillado y encubado en tanques, donde comienza la fermentación alcohólica.

Posteriormente se realizan los descubes y trasiegos que acompañan la evolución del vino durante todo el año hasta llegar al embotellado y la estiba final.

Botellas de la marca SAVU, el vino artesanal producido en el Valle de Viedma. Foto: gentileza.

Actualmente la bodega cuenta con habilitación del Instituto Nacional de Vitivinicultura para elaborar hasta 24.000 litros anuales dentro de la categoría de elaborador artesanal. Según explicó Millaman, hoy la producción alcanza unas 30.000 botellas por año y el proyecto mantiene proyecciones de crecimiento.

Un vino artesanal de Patagonia que llega directo al consumidor.

Gran parte de la comercialización de los vinos se realiza de manera directa en la Feria Municipal de Viedma, que funciona martes y sábados de 8 a 14.

Allí, Millaman ofrece personalmente sus vinos y mantiene contacto directo con vecinos y turistas. «Es importante poder mostrar un producto genuino de la región y contar cómo se produce«, destacó.

La presencia de la bodega en la feria también se transformó en una forma de promocionar el potencial vitivinícola del valle de Viedma entre quienes visitan la capital rionegrina.

Muchos turistas que llegan a Viedma o están de paso descubren allí un vino artesanal elaborado íntegramente en la zona, con una identidad marcada por el clima, el suelo y el viento patagónico.

«Quienes prueban nuestros vinos también se llevan parte de la historia y del conocimiento de lo que se produce en esta región«, concluyó Millaman.

*** Publicado en Rural del Diario Río Negro.

miércoles, 3 de junio de 2026

En Guardia Mitre el vino no era una bebida: era una forma de organizar la vida.


En Guardia Mitre el vino no era una bebida: era una forma de organizar la vida.

De la molienda a mano a los rituales colectivos: la emotiva reconstrucción de una tradición vitivinícola pionera que dejó una huella imborrable en la memoria popular.

Hubo un tiempo en que Guardia Mitre olía a mosto. No era una imagen poética. Era literal. El perfume dulce de la uva molida salía de las chacras, atravesaba los galpones y se mezclaba con el aire húmedo del río Negro durante las épocas de cosecha. En aquellos años, el vino no ocupaba solamente las mesas familiares: ocupaba el centro de la vida cotidiana del pueblo.

(Fotos: Gentileza)

Mucho antes de que la Patagonia construyera su actual identidad vitivinícola, Guardia Mitre ya tenía familias enteras dedicadas al cultivo de la vid y a la elaboración artesanal de vino. Algunas producían para consumo familiar. Otras llegaron a comercializar miles de litros por temporada. Pero lo que terminó dejando huella no fueron solamente las cantidades producidas, sino la cultura que se construyó alrededor de esa actividad.

Porque en Guardia Mitre el vino nunca fue solamente vino. Fue trabajo. Fue esfuerzo. Fue economía familiar. Fue identidad.

Las viñas crecían cerca del río y también en las islas. El calendario de las familias giraba alrededor de las estaciones y del comportamiento de la parra. El proceso comenzaba en invierno, cuando llegaba el momento de la poda. Se realizaba la llamada “poda corta”, dejando apenas tres o cuatro yemas por guía según la fuerza que tuviera cada planta. Más abajo quedaban pequeños “pistones”, ramas cortadas más cortas que funcionaban como resguardo frente a las heladas tardías.

Reconocimiento vitivinícola a la familia de Desio Guillermo Evans, recibieron sus hijos Luis Ángel y Sonia Margarita.

Después llegaba el atado. Las guías se sujetaban con varas de mimbre verde que previamente se cortaban en la costa del río. Todo tenía un procedimiento propio. Todo requería conocimiento transmitido entre generaciones. “Acá se hacía el feldaño bajo, a un metro veinte o un metro cincuenta. Se trabajaba todo a mano”, recuerda Abel Bilbao, reconstruyendo las historias que escuchó desde chico en su familia.

Los parrales se curaban con azufre en polvo para prevenir enfermedades y, cuando los racimos comenzaban a madurar, se realizaba el deshojado para que el sol entrara de manera pareja sobre la uva. Después llegaba la cosecha. No había una fecha exacta. Dependía del clima, de la humedad y del comportamiento del año. Si el verano era seco y caluroso, podía adelantarse a febrero. Si era más fresco, se extendía hasta mayo. Pero casi siempre ocurría entre marzo y abril.

Rodrigo Petrolanda, en nombre de su familia, recibió el reconocimiento vitivinícola.

La cosecha empezaba recién entrada la mañana, cuando el rocío abandonaba los racimos. La uva se colocaba en cajones y se trasladaba hasta los galpones donde comenzaba uno de los rituales más intensos de toda la producción: la molienda y la fermentación.

Allí el vino volvía a convertirse en un trabajo profundamente colectivo. El mosto se colocaba en grandes recipientes abiertos y varias veces por día debía empujarse hacia abajo con una herramienta de madera en forma de cruz para evitar que el ollejo quedara en la superficie y arruinara la fermentación. Había que levantarse incluso durante las noches frías para mantener la temperatura.

Los viñedos de la familia Herrero.

“Cuando amenazaba helar, había que poner brasas alrededor para que el vino no cortara la fermentación”, recuerda Bilbao. Después llegaba el prensado. Primero se obtenía el vino de mayor calidad: el jugo que salía naturalmente del fermentador. Luego aparecía el vino de prensa, más fuerte y amargo. Y finalmente la “lavineta”, una bebida más liviana elaborada agregando agua hervida al resto del mosto prensado.

Nada se desperdiciaba. Incluso con los restos de la prensa algunos elaboraban grapa artesanal mediante pequeños destiladores caseros. El vino se almacenaba en grandes damajuanas o en barriles de madera que también requerían un trabajo minucioso. Había que quemarlos por dentro, rasparlos, lavarlos con soda cáustica, sellarlos y prepararlos cuidadosamente antes de recibir el nuevo vino.

Los Herrero siguen la tradición del vino artesanal.


En algunas familias se llegaron a producir cifras enormes para la época. La familia Lelli, recuerdan vecinos históricos, llegó a elaborar más de 28 mil litros anuales. En la chacra de los Bilbao, según los relatos familiares, hubo cosechas cercanas a los cinco mil litros. Parte de esa producción se consumía localmente y otra salía del pueblo. Los barcos que llegaban al viejo muelle natural cargaban vino junto a otras producciones regionales. Y en el viaje de regreso traían harina, aceite, yerba y mercadería para las familias de la zona.

Los apellidos vinculados a aquella historia todavía sobreviven en la memoria colectiva: Luca, Resler, Tomasini, Evans, Lenschow, Monina, Lelli, Herrero, Carante, Pereira, Thomé, Pascuale, Falcón y muchas otras familias que hicieron de la vitivinicultura una forma de vida.

Abel Bilbao, de joven, con su hijo Dabel. De fondo un carro con barril de vino Chacolí.

Por eso el reciente homenaje realizado durante la Fiesta Provincial del Jabalí al Asador tuvo una carga emocional tan profunda.

Cuando comenzaron a nombrarse las familias históricas vinculadas al vino, no se estaba reconociendo solamente una actividad económica. Lo que aparecía allí era otra cosa: generaciones enteras de trabajo silencioso, infancia entre parrales, manos manchadas de mosto y memorias que todavía siguen vivas en el pueblo.


Porque aunque gran parte de aquella producción desapareció con el paso del tiempo, Guardia Mitre nunca perdió del todo su relación con el vino. El escudo local todavía conserva racimos de uva como símbolo identitario. Durante años existió la Fiesta Provincial del Vino Chacolí. Y todavía hoy queda una familia sosteniendo esa tradición: la familia Herrero, actual productora vitivinícola de la localidad.

Eloy Lenschow, otro de los productores vitivinícolas.

Pero quizás lo más importante no esté en las viñas que quedan. Sino en la memoria. En esos relatos donde todavía aparecen las damajuanas acomodadas sobre tablones, las noches cuidando la fermentación, los barriles calafateados con grasa y ceniza, los chicos ayudando en la cosecha y los barcos cargando vino desde el viejo muelle del río. Porque hay pueblos donde el vino se toma. Y otros, como Guardia Mitre, donde el vino todavía se recuerda.

La familia Zingoni en plena cosecha allá por los años ’40.


Publicado en Diario Río Negro.

Domingo 31 de mayo del 2026.

https://www.rionegro.com.ar/gastronomia/en-guardia-mitre-el-vino-no-era-una-bebida-era-una-forma-de-organizar-la-vida/

sábado, 23 de mayo de 2026

Cooperativa Vitivinícola La Picasa. Cooperativismo del vino en la Patagonia. Bodega La Picasa en Cinco Saltos, Río Negro.

 

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Cooperativismo del vino en la Patagonia.

Bodega La Picasa en Cinco Saltos, Río Negro.

Hay historias del vino argentino que no nacen en grandes apellidos ni en etiquetas sofisticadas, sino en algo mucho más profundo: la necesidad de hacer juntos, de crear organizaciones solidarias que redundaran en el bien de todos a través de juntar una masa crítica de insumos, recursos y voluntades.

La de la Cooperativa Vitivinícola La Picasa Ltda. es una de esas historias. Una historia donde el vino no fue solamente un producto, sino una herramienta de arraigo, identidad y supervivencia.

El origen: inmigración y comunidad

Como en tantos rincones del país, la inmigración europea fue el punto de partida. Hombres que llegaron con poco, pero con una certeza: organizados, el futuro era posible.

Así, el 15 de diciembre de 1929 nace La Picasa, apenas dos días después de la creación de La Reginense en Villa Regina. No es un dato menor: ambas se convertirían en las primeras expresiones del cooperativismo vitivinícola en la Patagonia.


Los nombres de sus fundadores (ver nota al pie) -Juan Barcia Trelles, su primer presidente, junto a Francisco Berola, Jacobo Uhler, Alberto Lavín, entre tantos otros- hoy resuenan como parte de una épica silenciosa. No construyeron marcas: construyeron comunidad. 

Incluso, mi tío Elisardo Arredondo, años más tarde fue también presidente de la cooperativa y conservó un reglamento impreso que, en consideración a mi pasión por el vino ,hace poco me regaló y que atesoro en la biblioteca de mis libros sobre vinos.

La bodega y el vino.

El proyecto tomó forma concreta en 1932, cuando se inaugura la bodega en la esquina de Belgrano y Deán Funes. Ese mismo año se realiza la primera molienda: casi 568 mil kilos de uva que dieron origen a más de 460 mil litros de vino. Con Guido Marcola como primer enólogo, La Picasa se consolidó rápidamente, alcanzando una capacidad de más de 1,1 millones de litros, convirtiéndose en la bodega más importante de la localidad.

En 1934 llegaría otro paso clave: la creación de su marca COLAPI, una contracción de Cooperativa La Picasa. Un nombre simple, directo, casi funcional. Como el espíritu que lo sostenía: el vino de todos.

   

Durante décadas, el vino de La Picasa circuló en formatos que hoy parecen lejanos pero que marcaron una época: bordelesas primero, luego damajuanas de 5 y 10 litros, y botellas de 950 cm³En sus etiquetas, una frase en latín sintetizaba todo: “Primus inter pares” — primero entre iguales. No había marketing detrás de eso. Había una filosofía. El vino no era de uno, era de todos.

El lento final.

Pero el vino, como la historia, también está atravesado por tensiones. Con el paso del tiempo, la rentabilidad empezó a inclinar la balanza hacia la fruticultura. Los montes frutales avanzaron sobre los viñedos, y las uvas comenzaron a escasear. Mi memoria no puede olvidar el impacto que me generó -nadie me había avisado, no hacía falta informar a un niño esas cosas- cuando al llegar como todos los veranos de vacaciones a la chacra de mis abuelos maternos (los Arredondo) encontré que las tres hectáreas de viñedos habian sido reemplazados por escuálidos e incipientes perales, seguramente mucho más rentables a futuro. Nadie podía culparlos, pero un poco me enojé con mis tíos.

El modelo que había nacido de la abundancia y el esfuerzo colectivo empezó a resquebrajarse. Hasta que llegó el final: el 11 de diciembre de 1978 se realizó el último reparto del COLAPI, en Cinco Saltos, el mismo lugar donde todo había comenzado. Con ese acto, se cerró definitivamente la actividad vitivinícola de la cooperativa.

Lo que queda

Hoy no quedan aquellas damajuanas circulando ni aquellas etiquetas con latín orgulloso. Pero queda algo más importante: la memoria, y esta nota es mi humilde manera de contribuir a que no quede en el olvido. La Picasa no fue solo una bodega, fue una forma de entender el vino.

Una donde el valor no estaba en el precio, sino en el trabajo compartido. Y en tiempos donde el vino argentino busca, una vez más, redefinir su identidad, mirar estas historias es una forma de recordar de dónde venimos.


* Los socios fundadores: Francisco Berola, Jacobo Uhler, Alberto Lavín, Francisco Sánchez Aragón, Benito López de Murilla, José San Pedro, Federico Ferrer, Julio Bordi, Ernesto Rossi, José Sevila, Domingo Villegas, Lorenzo Pujó, Enrique Herrera, Asensio Antón, José A. Soto, Bautista Antón, Teodoro Gutiérrez,  Julián Loaisa, Pedro Rey, Pedro Serer, Vicente Cervera, Nicolás Dechia, Juan Fuentes, Juan Latisnere, Isidoro Jañez y Pedro Abad.
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lunes, 18 de mayo de 2026

Ribera del cuarzo: bodega y vinos. Ribera del Cuarzo - Nota 4. Bodega, proceso y vinos de la Patagonia. Por El Ángel del Vino.

 

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Ribera del Cuarzo. Nota 4.

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Ribera del Cuarzo - Nota 4

Bodega, proceso y vinos de la Patagonia. 

By El Ángel del Vino.


Proceso y producto: cómo se hacen y cuáles son los vinos que elabora el viticultor y empresario Felipe José Menéndez en Valle Azul, Río Negro

Esta es la última y cuarta nota sobre Ribera del Cuarzo. Ya te conté, en la primera, el impacto inicial que me generó la visita y la geografía del lugar. En la segunda, el origen y presente, la historia de su protagonista Felipe Menéndez y un hito que puso a la bodega en un sitio preponderante. En la tercera profundizamos en los viñedos, los suelos y el manejo orgánico. Cerramos con esta última entrega, donde te muestro la bodega y te cuento, en detalle, cada uno de sus vinos. 

Este compendio de cuatro notas es, probablemente, uno de los más completos que vas a encontrar para conocer a fondo la bodega Ribera del Cuarzo, que fue elegida por el jurado como "mejor bodega pequeña" y por el público como la "bodega argentina del año" en los Premios Winexplorers 2026"


Apenas ingresar al hall de entrada de la bodega, que tiene una capacidad de 180.000 litros, llama la atención un conjunto heterogéneo de 21 tinajas de distintas formas, tamaños y tonalidades. Pero más me sorprendió que, a diferencia de las tinajas o ánforas que he visto en muchas bodegas, de origen italiano o español, en este caso son diseñadas y fabricadas en forma artesanal con la misma arcilla local, por una constructora especializada en barro. Puede decirse que aún están con ellas en proceso de prueba, y este año las llenaron con 3.000 litros de vino prensa verificando que aportan microoxigenación y notas terrosas. Estos vinos serán utilizados como componentes de un blendAdemás de las tinajas, poseen una buena cantidad de flamantes tanques de acero inoxidable, cuatro pequeñas piletas de concreto con tapas de metal y base con losa radiante (llamativas, y originales de la bodega de la época de Cinzano) y dos huevos de cemento.
.Felipe reconoce que su preferido es el Merlot. Será por lo que -seguramente- han decidido que todos sus vinos tengan un poquito de esta cepa, que se da muy bien en la zona y con la cual elaboran en la línea Ribera del Cuarzo Clásico, un aterciopelado tinto y un fresco y complejo rosado (también hay un rosado de Malbec en Araucana).

La anécdota que reafirma el lugar de Ribera del Cuarzo

A partir de 2019 decidieron, cada año, separar dos o tres de las mejores barricas para realizar un corte como vino ícono: “nuestro absoluto”. En un viaje de negocios a Shanghái, Felipe decidió llevar una botella a una cena en la que había sido invitado por Mr. Lee (empresario chino que había conocido por la actividad naviera familiar, quien ya había venido a la Argentina y conocía su bodega). En esa velada visitó su impresionante cava, llena de los vinos más caros del mundo, algunos de los cuales fueron servidos en la mesa y hasta dudó en presentar su botella (que no tenía aún etiqueta). Pero, finalmente, el Merlot patagónico fue derramado en las copas. 

De regreso a la Argentina, un día reciben aviso del banco de que había entrado una transferencia bancaria por un monto muy importante, desde China. Pensaron que podía ser un error, pero el banco les confirmó que el origen era Mr. Lee, quien tenía la cuenta por una operación anterior. Había decidido -unilateralmente- comprar todo el vino, poniéndole precio sin consultar a 1.000 USD la botella. Bonita suma que se aprovechó para comprar un tractor y maquinaria para la bodega y le otorgó a Ribera del Cuarzo un lugar entre las pocas bodegas argentinas capaces de vender “en primeur” (antes de su salida al mercado). Aceptaron venderle la mitad de la producción (300 botellas) que aún descansan en la cava de la bodega.

Los vinos de Ribera del Cuarzo

Si bien comenzaron con apenas dos vinos en la línea Araucana (el Malbec y un blend), hoy llegan a once etiquetas en las dos líneas en que dividen su portafolio: dentro de la línea Araucana, se encuentran los "Río de los Ciervos", nombre puesto en homenaje al pequeño pueblo ubicado en Tierra del Fuego donde nació Don Julio Menéndez Prendes, abuelo de Felipe.

Línea Araucana

  • Araucana Río de los Ciervos Malbec Rosé: sin paso por roble, con una crianza de ocho meses sobre lías. Frutas rojas frescas, notas florales sutiles. En boca es jugoso, con equilibrada acidez, final largo y fresco.
  • Araucana Río de los Ciervos Malbec: 95% Malbec y 5% Merlot, con crianza 70% roble francés (8 meses) y 30% en piletas de concreto. Aromas a frutos negros con sutiles notas ahumadas y mentoladas. Combina su carácter frutal con notas minerales, con un final persistente.
  • Araucana Río de los Ciervos Pinot Noir: uva proveniente de viñas plantadas hace más de 50 años en la zona de Mainqué. Envejecido durante ocho meses en barricas de roble francés (20% de primer uso). Aromas de frutilla, cereza y frambuesa, acompañados de sutiles notas florales y especiadas. Estructura elegante, taninos sedosos y buena acidez que le otorga frescura.
  • Araucana Malbec96% Malbec, 4% Petit Verdot, con crianza en roble francés de diversos usos durante 12 meses. Aromas de frutas rojas frescas como ciruela y frambuesa, notas herbales y silvestres, cuero, especias suaves y un fondo de vainilla y mineralidad. En boca entra amable, buena estructura y taninos pulidos.
  • Araucana Azul: blend 48% Malbec, 42% Merlot, 10% Petit Verdot que pasa 15 meses en barricas de primero a tercer uso. Aromas a frutas rojas maduras (cerezas, frambuesas), notas florales, toques especiados y sutiles aportes de roble (vainilla, chocolate).

Línea Ribera del Cuarzo

  • Ribera del Cuarzo Clásico Malbec: con uvas de ocho viñedos ubicados a la vera del Río Negro en las zonas de Mainqué, Cervantes, Valle Azul, Darwin y Luis Beltran. Blend 92% Malbec, 8% Merlot. Crianza 60% en roble francés por 8 meses y 40% en piletas de concreto. Franco y puro.
  • Ribera del Cuarzo Clásico Merlot Rosé: elegante rosado de la Patagonia, de gran intensidad aromática, frutos rojos y sutil nota a hojas de frambuesa. Boca amable, donde sobresale la frutilla y se distingue su costado floral y algo especiado, como a pimienta rosa. Vibrante y con largo final. 
  • Ribera del Cuarzo Clásico Merlotnotable intensidad aromática, frutos negros. Gran frescura en boca, con perfil frutal y especiado. Reminiscencias a grosella negra y bayas de calafate y una nota peculiar a té negro en hebras. Buena estructura, taninos presentes y sedosos.
  • Ribera del Cuarzo Pátinas Blancas Sauvignon Blanc: cofermentación de Sauvignon Blanc con un poquito de Semillón (presente en el mismo viñedo), envejecimiento de ocho meses sobre lías, sin paso por barricas. De perfil cítrico y herbal, con notas a ruda y pasto recién cortado. En boca, muy buena frescura y carácter mineral.
  • Ribera del Cuarzo Malbec Especial: del viñedo Araucana de cinco hectáreas. Crianza 70% en roble francés durante 12 meses y 30% en piletas de concreto y acero inoxidable. Ganador del premio mejor vino natural / orgánico / biodinámico en los Premios Winexplorers.
  • Ribera del Cuarzo Blend Parcela Única: de una parcela seleccionada dentro del viñedo Araucana, situada en el cuadrante suroeste. Con crianza en roble francés durante 12 meses. La joyita de la casa.
  • Elaboran además vermut de alta gama, cuyo nombre, astillero en italiano, remite a la tradición de los aperitivos italianos y conecta con la historia de la familia Menéndez vinculada al mundo naviero. Fue creado con la colaboración de la bartender Inés de los Santos, con inspiración en la Patagonia y botánicos locales, y se presenta en variedades Bianco y Rosso.

Cantieri Navali Bianco, resalta por las hierbas locales que abundan en la finca, como la jarilla y el tomillo silvestre, sumando notas a menta y cítricos. Por su parte, en el Cantieri Navali Rosso las hierbas locales aparecen acompañadas por especias frescas como el cardamomo o el anís estrellado. Es menos dulce que su etiqueta hermana y el ajenjo aparece con un protagonismo destacable.

Degustación vendimia 2026.

Desde tanques o barricas probamos varios de los vinos que se encuentran en proceso de elaboración, algunos aún en fermentación maloláctica, como los Pinot Noir (de la barda y del pie de la barda, este último con notables notas a jarilla), Merlot de la barda norte y sur, Malbec de Araucana este y Malbec Araucana oeste y el Malbec del viñedo nuevo plantado en 2022, sorprendentemente complejo para ser una primera cosecha. Me hizo recordar que Michel Rolland una vez me dijo: “la primera cosecha a veces puede ser una de las mejores de un viñedo”.

La novedad.

A modo de primicia, tuvimos la suerte de probar el que sin dudas va a convertirse pronto en otra de las perlitas de Ribera del Cuarzo: un Chardonnay elaborado con uvas de una localidad cercana (ubicada entre Choele Choel y General Conesa) llamada Fortín Castre, de Ponco, un productor al que le compraron el año pasado Pinot Noir y Sauvignon Blanc para el Patinas Blancas.

Copa en mano, la enóloga Eugenia Herrera (elegida como Enóloga Revelación en los Premios Winexplorers 2026) me contó en detalle, con un brillo de emoción en los ojos, su elaboración. “Inicialmente pensé en hacerlo en barrica, pero el viñedo, con influencia marítima (120 km de San Antonio Oeste) me llevó a una búsqueda distinta a la del nuevo mundo (por el estilo californiano). Todo me conducía a un estilo borgoña, sin maloláctica, pero le quería dar una vuelta de rosca, que podía ser con algo de barrica, pero no me convencía. Como venía trabajando un velo en el Sauvignon Blanc (utilizado para el vermut) le agregué un porcentaje. El vino terminó siendo un puente entre río, mar y dos tradiciones del viejo mundo: Chablis y Jerez". 

Es un blanco de estilo tradicional, con pureza, que busca reflejar la zona, el terruño y la materia prima de ese espacio. Austero en nariz, pero en boca presenta una hermosa mineralidad y notas a fresca manzana verde.

Si llegaste hasta acá y no leíste las tres notas anteriores sobre Ribera del Cuarzo, te dejo los links para que puedas redondear toda la información sobre esta apasionante bodega:

Nota 1: Conociendo Ribera del Cuarzo
Nota 2: El origen, su presente y un venturoso futuro
Nota 3: Los suelos y sus viñedos patagónicos







Eugenia Herrera.


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Nota 1 publicada en CEPAS de ARGENTINA.

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Nota 2 y 3 publicadas en CEPAS de ARGENTTINA.

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Fotos de Ángel y vinos blogspot

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+++ Cuadro de imágenes realizado sobre fotos publicadas en Ángel y vinos de CEPAS de ARGENTINA.