sábado, 2 de mayo de 2026

Ribera del Cuarzo: origen y presente (nota 2) - Los viñedos de Ribera del Cuarzo (nota 3).

 


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Ribera del Cuarzo. Nota 2.

El origen, su presente y un venturoso futuro.

En esta segunda nota sobre la bodega (leé la primera acá) te cuento cómo se inició esta etapa al mando de Felipe Menéndez y un hito reciente, que puso su Merlot icono entre los más caros de la Argentina. 

Felipe Menéndez conoció a la familia Catena desde muy joven, cuando su hermana mayor y Adriana, la hija de Nicolás Catena, compartían en Buenos Aires el pool para ir al colegio. Fue por lo que, al llegar a los 19 años, se animó explorar un rumbo profesional distinto al de la empresa naviera familiar de los Menéndez (que desde 1892 une por mar el trayecto Buenos Aires - Tierra del Fuego, transportando todo lo que la isla pueda necesitar) y que, como hijo varón mayor, parecía tener predestinado. La relación con los Catena le dio la oportunidad de comenzar a trabajar en Catena Zapata desde muy joven y pasar por distintas áreas de esta.

Su historia con Valle Azul nació en el año 2008, cuando participando en un comité de cata a ciegas, notaron un vino muy particular que los deslumbró: se trataba de un Malbec que producía Noemí Marone Cinzano. Pidieron al doctor Nicolás Catena que lo probara, lo calificó de "exótico" y acordaron que había que ir a explorar el lugar. 

El jueves siguiente, Felipe y el enólogo Ernesto Bajda, se encontraban recorriendo el terreno. Les llamó inmediatamente la atención que en la ribera de las bardas el suelo parecía parpadear con brillos por doquier. Esos brillos eran provocados por el reflejo del sol en las innumerables partículas de cuarzo y, ahí mismo, rebautizaron el lugar como Ribera del Cuarzo.

Aunque no me lo dijo, intuyo que Felipe debe haber sentido, en algún lugar profundo de su corazón, que su conexión con este lugar no se iba a quedar ahí.

Es que los Menéndez tienen una fuerte conexión con la Patagonia y también con el vino ya que, a pesar de haber vivido siempre en Buenos Aires, su familia cuenta con raíces desde el lado materno con los fundadores de Concha y Toro en Chile (Casa Pirque, la distribuidora de vinos de alta gama también de su propiedad, tiene ese nombre en honor a la casa de esa bodega ubicada en Pirque, que la familia vendió hace pocos años).

Es notable la soltura con que Felipe se maneja en el campo, lo hace "como en el patio de su casa", a pie o montando sus propios caballos, en los que disfruta con sus hijos recorrer la inacabable Patagonia. Y hasta ha llegado a navegar en bote el caudaloso Río Negro, llegando a su desembocadura en el océano Atlántico.

Por eso, su manejo de la finca (a partir de 2018 administró y luego selló un acuerdo de compra de la propiedad de 180 hectáreas con Noemi Marone Cinzano, para luego ampliarla en 2021 con otras 360 hectáreas más) lo realiza con toda esa sensibilidad adquirida explorando campos, bardas, montañas y ríos, buscando ser cuidadoso y respetuoso de la naturaleza del lugar y enfrentando naturalmente los desafíos. Como los que presenta la fauna local para los viñedos: lidiando con jabalíes -que en pocos minutos pueden destrozar un viñedo al correr en jauría intentando escapar de un puma cazador- aprendiendo a desviar sus recorridos de los viñedos con sutiles alambres (no alambrados) que estos animales rápidamente detectan y, por su instinto, eligen alejarse del peligro del ser humano.

En cuanto al manejo de los viñedos, muy pronto se dio cuenta de que las condiciones que ofrece el Valle Azul hacían más lógico acariciar el viñedo con prácticas orgánicas y biodinámicas, que aporrearlo con agroquímicos, logrando rápidamente su certificación orgánica.

Ello conlleva varias decisiones: en vez de tratar de frenar el viento con paredones de álamos, práctica común en la zona, aquí los viñedos son bañados por los vientos, brindando condiciones de sequedad que son una forma natural de evitar que prosperen las plagas. Las consecuencias mecánicas de los fuertes vientos se controlan, en cambio, con las redes que también pueden proteger de un eventual granizo y aplacar la potencia del sol en verano.

El carbonato de calcio, llamado barniz patagónico, florece naturalmente en los suelos donde se lo observa formando "pátinas blancas", notablemente apreciables en la estribación de la barda y en muchas de las piedras que se ven en el suelo y dan nombre al primero de sus vinos blancos, un Sauvignon Blanc.

Además, elaboran en Mendoza los Cuchillo de Palo, una línea de vinos más accesibles, para la cual también se envían las uvas de estos viñedos que no se utilizan para Ribera del Cuarzo, que se suman a las uvas de Mendoza.

La anécdota que reafirma el lugar actual de Ribera del Cuarzo.

A partir de 2019 decidieron, cada año, separar dos o tres de las mejores barricas para realizar un corte como vino ícono: “nuestro absoluto”. En un viaje de negocios a Shanghái, Felipe decidió llevar una botella a la cena en la que había sido invitado por Mr. Lee (empresario chino que había conocido por la actividad naviera, quien ya había venido a la Argentina y conocía su bodega). En esa velada visitó su impresionante cava, llena de los vinos más caros del mundo, algunos de los cuales fueron servidos en la mesa. Dudó en presentar su botella, que ni siquiera tenía aún etiqueta, pero finalmente el Merlot patagónico fue derramado en las copas.

De regreso a la Argentina, reciben aviso del banco del ingreso de una transferencia bancaria por un monto muy importante. Pensaron que podía ser un error, pero el banco les confirmó que el origen era Mr. Lee, quien tenía la cuenta por una operación anterior. Había decidido unilateralmente comprar todo el vino poniéndole precio -sin consultar- de 1.000 USD la botella. Bonita suma, que se aprovechó para comprar un tractor y maquinaria para la bodega y le otorgó a Ribera del Cuarzo un lugar entre las pocas bodegas argentinas capaces de vender en primeur (antes que se lancen al mercado). Aceptaron venderle la mitad de la producción (300 botellas) que aun descansan en la cava de la bodega.

Dicen que en la vida no hay casualidades, sino causalidades. Y la historia de Felipe Menéndez con su bodega Ribera del Cuarzo, parece ser una prueba de ello. No te pierdas las dos úlltimas notas de esta saga.

La barda es protagonista.


Felipe José Menéndez.

El viñedo entre la barda y el río.

Pátinas de carbonato de cálcio.

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El ángel del vino. Blog de vino argentino y del mundo, tipos, regiones, historia, bodegas, recomendaciones.

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Nota 1 publicada en CEPAS de ARGENTINA.

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Ribera del Cuarzo. Nota 3.


Los viñedos de Ribera del Cuarzo.

 Ribera del Cuarzo. Nota 3.

Los suelos y sus viñedos patagónicos

Si venís siguiendo esta saga, ya conociste esta bodega patagónica que sorprende a todos y también cómo se inició esta etapa al mando de Felipe Menéndez. Acá pasamos a lo práctico y vamos a fondo con los viñedos

Al día siguiente de llegar, luego de desayunar, nos alistamos ataviados con botas de trekking y dispuestos a ingresar por uno de los tres cañadones que bajan de la meseta sur hacia la propiedad. Esos cañadones se producen por el normal drenaje de las lluvias -unos 200 mm al año- desde la meseta hacia el río, donde emprenderán fluido viaje hacia el Atlántico sur.

Los cañadones son sumamente importantes para entender la conformación de los suelos de la finca, porque permiten ver todos los tipos de rocas que las conforman, así como la acción de la fuerza del agua, que cuando baja las despedaza y las hace llegar al valle con distintas granulometrías. Entre ellas se encuentra una muy particular, que es la que notaron Felipe y su compañero de exploración Nesti Bajda, cuando llegaron en 2008 por primera vez al lugar: el cuarzo.



Subimos al mirador ubicado en la estribación de la barda, detrás de la casa de la finca, desde donde se ven los viñedos, repartidos en sectores: el original, de forma rectangular y cinco hectáreas, plantado en el año 2005 por la Condesa Noemí Cinzano y Hans Vinding Diers (hoy Noemia), con población de cepas traídas desde Catena Zapata. Otro triangular, más grande, un poco más alejado al oeste y el más nuevo, que suman 22 hectáreas plantadas en 2022 que surgen de una selección masal realizada con esquejes del primer viñedo, en un vivero propio que dio buen resultado, ya que el Merlot que en cambio vino en macetas del vivero Marchiori, sufrió mucho replante posterior, pero el Malbec “criado” localmente se desempeñó muy bien, al ya estar adaptado.

Desde la altura se observa que, salvo estas manchas de viñedo, todos los campos alrededor ubicados desde el río hacia la barda no se utilizan, están vírgenes, por lo que el potencial de crecimiento es enorme, solo hay que traer agua con acueductos o hacer pozos para absorber agua de río subterránea, al pie de la barda, ya que los canales de riego existentes (que en su momento permitieron convertir el desierto en un vergel) no alcanzan estas zonas.


Entonces, los mayores costos son el riego y también la lucha contra las heladas. Están a mitad de camino (a 300 km) entre el mar y la cordillera; y las heladas se producen cuando entra el viento sur desde la cordillera y en ésta hay mucha nieve. En la temporada 25/26 no hubo heladas, pero en la 24/25 tuvieron nada menos que catorce, que implicaron un gasto enorme en fueloil además de hacer perder la cosecha del Merlot, la cepa que más lo sufrió.

El ingeniero agrónomo, desde 2023, es Fernando Enfarrell un mendocino con amplia experiencia, que trabajó en Viña Cobos y llegó al Valle del Río Negro en 2018. La enóloga residente es Eugenia Herrera (a quien conocí en su etapa anterior en Bodega Aniello), con bastante experiencia elaborando vinos en la zona. Cuentan, además, desde el principio, con el asesoramiento enológico de Ernesto Bajda.

Francisco dice que cuando llegó al valle se apoyó mucho en la gente que conocía el lugar, porque debió dar un giro de 180° respecto a lo que conocía de su Mendoza natal. “En esta zona de la barda es importante sentarse, ver el viñedo y también caminarlo para poder interpretarlo. Acá tenemos la oportunidad de lograr ver todo lo que tiene de distinto".

Francisco Enfarrel, Eugenia Herrera, Felipe Menéndez y Rosario Langdom.

Los suelos del viñedo Araucana son predominantemente eólicos, moldeados meticulosamente a lo largo de incontables eras por la erosión del viento sobre una base de origen fluvial y aluvional, sin embargo, en la parte alta de las bardas tienen la composición original, de 33 millones de años, con depósitos de crustáceos marinos de la época en que los océanos (primero el Pacífico y luego el Atlántico) cubrieron la zona, antes del surgimiento de la cordillera. Hay rocas magnéticas, metamórficas y sedimentarias, estas últimas compuestas por arenisca y calcio, consolidadas con restos marinos, que son positivas para la viña. Abajo, a la altura del río, los suelos son de “tan solo” 5.000 años.

"Acá las plantas no se enferman, generan resistencia natural y no necesitan agroquímicos, ya que los suelos tienen naturalmente potasio y fósforo. Las raíces generan ácidos que penetran en el suelo y disuelven esos carbonatos aprovechando los nutrientes que tiene la roca. Por eso, tratamos de reducir al mínimo las labores culturales, realizando la menor intervención", explica Fernando.

Ángel Ramos en el viñedo Araucana.

Corre viento constantemente, llueven tan solo 200 mm al año y en verano se alcanzan 16 horas de luz diurna. Plagas no hay, porque las polillas y las mosquitas del vino no resisten el frío nocturno, además de estar aislados de las zonas afectadas, desde donde podrían llegar. La sanidad de los viñedos es uno de los aspectos más notables en la región.

Toda la superficie del viñedo tiene corredores biológicos que generan una circulación libre y natural de flora y fauna permanente, que también se beneficia por la situación de aislamiento de la finca, sin otros cultivos circundantes. 


El agua, el otro componente esencial para poder hacer el vino, llegaba originalmente desde un acueducto practicado para el primer viñedo, pero para las ampliaciones de estos se necesitaba asegurar otra fuente más segura. La respuesta la dio un rabdomante local: Facundo Catriel, quien después de un día caminando la reseca tierra de jarillas y piedras sosteniendo horquetas de rama de sauce, logró detectar el lugar exacto para hacer un pozo y extraer agua de un brazo subterráneo del río, que sospechaba estaba allí. Esa agua se suma a la del acueducto y hoy nutren, en conjunto, los viñedos.

Orgánico y biodinámico.

Poseen certificación orgánica Demeter y trabajan de manera biodinámica, aunque prefieren no ponerlo en las etiquetas ya que lo hacen por filosofía propia y no tanto por motivos comerciales.

Aplican preparado 501, con cuarzo (silicio) que mejora la fotosíntesis de la planta y ayuda a resistir las heladas a través de la generación de geles en la misma. El preparado 500, que se prepara insertando en cuernos de vaca la bosta de ese mismo animal, sirve para trabajar las bacterias lácticas sobre el material. Los cuernos se entierran durante un año, para sacarlos en el momento necesario, solubilizar su contenido en agua y distribuirlo en el terreno de la vid.


Es importante el trabajo de verdeos, llamados cultivos de servicio, plantando centeno y vicia orgánicos. El centeno tira raíces profundas, crea estructura y ayuda a subir los nutrientes hacia la zona de la raíz de la vid. La vicia, por su parte, fija nitrógeno. Elaboran su propio compost, con guano de chivo, orujo y escobajo de la bodega.

"Es sencillo hacer el trabajo orgánico y biodinámico en este lugar, llevamos tres años con estas prácticas".


Tienen Malbec, Merlot y media hectárea de Petit Verdot en el viñedo original (que, ubicado sobre la ladera sur de la barda es único en el Valle con orientación sureste - noroeste). La mitad se utiliza para la línea Araucana y la otra mitad para la colección Ribera del Cuarzo parcela única, y en los otros viñedos Malbec, Merlot y Pinot Noir.

El viñedo Araucana tiene orientación este, un poco más alejado de la barda y además adquieren uvas a otras propiedades en la zona histórica del Valle Azul, entre las que se encuentran 16 hectáreas pertenecientes a Celestino (plantadas en 2002) y 8 hectáreas a Piano.

Viñedo Finca La Medialuna, de Celestino.

Son dos viñedos que se trabajan orgánicos, con los cuales han realizado un contrato de diez años. También con uvas de un viñedo en Luis Beltrán, perteneciente a la familia Ponco, que es original plantado por Chandon, cuando vino a la Argentina en los años 50, se trae también un Chardonnay.

Ribera del Cuarzo explora los antiguos suelos de más de 30 millones de años, obteniendo de ellos una pureza y delicadeza que se notan mucho en sus mejores vinos. Pero no se conforman solo con eso, exploran viñedos vecinos y suman la diversidad de la zona, para brindar un abanico de vinos que poco a poco se van convirtiendo en indispensables para entender la región.   

Publicado en https://angelyvino.blogspot.com/

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jueves, 30 de abril de 2026

HANS VINDING-DIERS Y NOEMÍA 2022: LA HISTORIA DETRÁS DEL MEJOR MALBEC DEL INFORME VINÓMANOS.


HANS VINDING-DIERS Y NOEMÍA 2022: LA HISTORIA DETRÁS DEL MEJOR MALBEC DEL INFORME VINÓMANOS.

En Mainqué, Hans convirtió un viejo viñedo patagónico en cuna de uno de los Malbec más singulares de Argentina.

Antes de erigirse como uno de los nombres más respetados del vino argentino, Hans Vinding-Diers quería ser director de teatro y cine. Escribía sus propias obras a los 12 años y, como les pasa a tantos adolescentes, no tenía ninguna intención de seguir el camino de su familia.

Pero a los 18, su padre, Peter Vinding-Diers, figura clave del vino europeo de las últimas décadas, lo mandó a Australia a trabajar en Tyrrell’s Vineyards. Empezó como chico de campo y de bodega. Le gustó. Y ahí cambió el libreto.

La anécdota no es decorativa. Ayuda a entender algo central de sus vinos: tienen relato. No por artificio ni por maquillaje, sino por construcción, tensión y sentido del lugar.

Noemía 2022, que acaba de quedarse con el primer puesto del Informe Malbec de Vinómanos, tiene justamente eso. No solo impacta: también cuenta una historia. Y la cuenta con una voz que ya no se parece a ninguna otra.


Cuando una bodega entra en madurez.



Para Hans, este reconocimiento no habla de un golpe de suerte ni de una cosecha especial. Habla de tiempo, de insistencia y de madurez.

“La bodega está en un momento de madurez. Pudimos llegar al nivel al que apuntamos desde hace muchos años”, dice. No lo plantea como una línea definitiva, sino como una estación importante dentro de una senda abierta: “Obviamente, el camino sigue para mejorar siempre”.

En su caso, lo profesional nunca aparece del todo desligado de lo personal. “Como viticultor estoy en un buen lugar, y esto es válido en mi vida personal también. La armonía personal se transmite a los oficios”, asegura. En Noemía, esa armonía parece haberse convertido en una forma de trabajo.

Cada vez que intenta condensar su proyecto, Hans vuelve a la misma idea: “Un lugar, un viñedo, un vino”. La frase, que podría sonar minimalista, encierra en realidad una disciplina.

En una industria donde abundan las etiquetas nuevas, los portafolios interminables y los cambios de rumbo, sostener una visión durante 25 años no es solo coherencia: es carácter.

Mainqué, un lugar que no se parece a ningún otro.

Hans hizo vino en Sudáfrica, Burdeos, Australia, Italia, Uruguay y Argentina. Vio bastante mundo. Por eso tiene peso cuando afirma que “Mainqué es un lugar único”.

Lo sedujeron su baja humedad, el agua dulce cargada de minerales y los suelos aluviales fríos, una combinación que, en sus palabras, forma “un complejo ideal para vinos refinados”. Pero hubo además algo menos técnico y más íntimo: “Me enamoré hace casi 30 años. Me sentí en casa”.

Llegó a la Patagonia para trabajar en Humberto Canale, cuando la región todavía no ocupaba el lugar que hoy tiene en la conversación sobre los grandes vinos argentinos.

Lo que encontró fue un paisaje áspero y fascinante: caminos largos, viento sin pausa, suelos pobres, días cálidos, noches frescas y el río Negro como eje vital.

No por nada insiste en que sin río no hay vino. Fue en ese escenario, todavía lejos del radar global, donde pensó: “Aquí, justo aquí, puedo crear algo”.

Y eso hizo.

El viñedo de 1932 y la paciencia como método.

Hans mapeó los viejos viñedos de la zona. El hallazgo fue una parcela de apenas 1,5 hectáreas de Malbec plantadas en 1932, un viñedo que terminaría siendo el corazón de Noemía.

Allí entendió algo que todavía hoy defiende con convicción: el valor irreemplazable de las viñas viejas.

“Elegir viña vieja simplemente es saber que este material, que sobrevivió con poco cuidado por tantos años en estos suelos, debía ser excelente material vegetal. Eso es lo que intentamos respetar”, explica.

En su mirada, una viña vieja no es una postal romántica ni una herramienta de marketing elegante. Es memoria biológica, adaptación, equilibrio y resistencia.

También, curiosamente, una criatura sensible: “La enseñanza de nuestra viña es que le encanta la atención. Más atención, más feliz”.

De visitar una bodega a vivir un proyecto.

Hay otro giro decisivo en esta historia: Noemía cambió cuando Hans dejó de ser un enólogo que iba y venía y empezó a vivir en Mainqué. “Logré una visión diaria e íntima. La bodega se transformó en un proyecto de vida”, resume.

Ese proyecto de vida tomó otra profundidad cuando decidió quedarse definitivamente en la Patagonia junto a María Belén, con quien eligió apostar todo por ese lugar.

Un Malbec contra los prejuicios.

La mirada de Hans sobre el lugar del Malbec argentino en el mundo es tan lúcida como incómoda. “Afuera, la mayoría de los consumidores conocen un Malbec argentino potente, dulce, alcohólico y con madera. Esa es la realidad”, dice.

Fue, durante años, el perfil que dominó mercados y ayudó a construir una imagen tan exitosa como simplificada. El problema es que esa imagen también dejó prejuicios. “La verdad hoy es otra y nuestra misión es transmitirla”.

En ese contexto, Noemía 2022 funciona como una respuesta elegante. No necesita subir el volumen para hacerse notar. No busca impresionar por exceso ni disfrazarse de grandeza. Juega otro partido: el de la fineza, la tensión, la textura y la identidad. Ese en el que un vino no solo gusta, sino que deja huella.

Tal vez por eso Hans se siente cómodo cuando se habla de Noemía como un ícono del Malbec argentino. “Hace rato que Bodega Noemía y sus vinos son reconocidos localmente e internacionalmente”, afirma.

¿Y qué convierte a un vino en referencia? La respuesta vuelve a ser precisa: “Cuando pasa de ser excelente a ser único y reconocible, y además coleccionable”.

Lo que viene, sin cambiar de brújula.

Cuando mira hacia adelante, Hans no elige una sola obsesión. Quiere hacer un vino todavía mejor, proteger ese patrimonio de viñas viejas, consolidar un legado familiar y seguir demostrando que Patagonia puede jugar en la primera división del vino mundial. Todo junto. Sin eslóganes. Sin dramatismo. Sin necesidad de cambiar de piel cada vendimia.

Tal vez ahí resida la verdadera fuerza de Noemía 2022, el vino que coronó nuestro Informe Malbec. No parece construido para ganar una carrera corta, sino para durar. Y en una época en la que tantos vinos buscan impacto instantáneo, esa forma de profundidad sigue siendo, todavía, una rareza deliciosa.

31/03/2026.

Autor Alejandro Iglesias Es sommelier y un consumado buscador de tesoros. Capaz de degustar cientos de vinos y de recordar del primero al último con la precisión y la agudeza de un entomólogo, conoce como nadie esos rincones del mercado a los que todos quieren llegar. Por eso elige los vinos del Club Bonvivir. Por eso escribe en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) sobre sus hallazgos o bien en importantes medios nacionales como Clase Ejecutiva, o internacionales como Decanter.

Publicado en Vinómanos.

Imágenes de Vinómanos.

https://vinomanos.com/2026/03/hans-vinding-diers-noemia-2022-mejor-malbec/


lunes, 27 de abril de 2026

Tapones versus corchos: la eterna disputa de calidad. Por Joaquín Hidalgo.


Tapones versus corchos: la eterna disputa de calidad.

Cuando la botella está en forma, la experiencia es extraordinaria. Cuando no, surge la duda: ¿es el vino o es el cierre?

Por Joaquín Hidalgo.

Durante años, el debate entre corcho natural y tapones alternativos pareció una discusión teórica. Hoy, en la medida en que ambos han mejorado su calidad, podría pensarse que ha perdido relevancia. Pero cuando se catan muchas botellas —de distintos países, estilos y precios—, el tema vuelve a imponerse con una claridad incómoda: la variación entre botellas sigue siendo un problema, y no menor.

Hace unos meses me tocó catar en mi oficina unas tres docenas de vinos de Terra Alta, una DO de Cataluña. La Garnacha Blanca es el corazón de la región: una variedad sensible a la oxidación, que algunos productores trabajan además con intención oxidativa. Sin conocer en detalle los estilos, se planteaba una duda concreta. En las botellas cerradas con corcho natural, era difícil distinguir si cierta evolución respondía a una decisión enológica o a una variación del tapón. En cambio, en aquellas con tapones técnicos, la lectura era más nítida: cuando había oxidación, era atribuible al estilo del productor.

La experiencia se repite en otros contextos. En Rioja, catando el vino ícono de un productor particularmente exigente —una botella de 250 euros—, fue necesario abrir cuatro ejemplares hasta encontrar uno que estuviera a la altura de sus expectativas. Las diferencias no eran extremas, pero sí suficientes: perfiles más frutados o más apagados, taninos más firmes o más rugosos. El cálculo era simple: mil euros para beber la botella correcta.

Un tercer caso, reciente, en Limarí. Un Chardonnay embotellado el mismo día fue probado en seis versiones, cada una con un sistema de cierre distinto: corchos naturales con distintos tratamientos y tapones técnicos con diferentes niveles de permeabilidad. El resultado fue elocuente: seis vinos diferentes.

¿Qué hay detrás de esto?

Los tapones técnicos parten de un principio claro: controlar la evolución del vino en el tiempo y reducir al mínimo la variación entre botellas. En general, se trata de conglomerados de corcho con resinas cuya permeabilidad está calibrada. Cuanto más cerrado el poro, menor intercambio de oxígeno y mayor capacidad de guarda. Lo relevante no es solo esa proyección, sino la consistencia: botella tras botella, el vino se comporta de manera previsible.

Esa previsibilidad es la que, en Terra Alta, permitía discriminar entre estilo y defecto. O la que, en el caso del Chardonnay de Limarí, mostraba cómo distintos niveles de oxigenación definen perfiles distintos, pero siempre dentro de un marco controlado. En este caso, el productor puede elegir la forma en que el vino se desarrollará en el futuro. Eso es oro.

El corcho natural, en cambio, no ofrece ese grado de uniformidad. Puede acompañar muy bien la evolución de un vino en guarda, pero introduce una variable difícil de anticipar: la botella individual. En vinos de precio elevado, esa incertidumbre convierte cada descorche en una pequeña apuesta. Cuando la botella está en forma, la experiencia es extraordinaria. Cuando no, surge la duda: ¿es el vino o es el cierre?

Los productores de corcho han avanzado mucho en controles y garantías. Si una botella presenta defecto de corcho (con sabor a corcho) en algunos casos cubren el costo de la botella. Me sucedió recientemente en Maipo: una botella claramente afectada por el sabor del corcho fue descartada del tasting y reemplazada en el acto, con el reaseguro de la corchera que pagaría esa botella perdida. Pero el problema no siempre es tan evidente. Más complejo es el caso de botellas que se muestran apagadas, fatigadas, sin un defecto claro. En una cata reciente de un 2009, una botella ofrecía ese perfil difuso; la siguiente, abierta de inmediato, estaba impecable. Dos botellas para entender el vino. ¿Y si uno no tiene chances de probar una segunda botella, o porque no la quiere pagar o porque el sommelier disiente respecto de la desviación de la botella, o porque simplemente no nos damos cuenta?

En ese punto, la discusión deja de ser técnica y pasa a ser práctica.

Desde mi perspectiva, tanto el corcho natural como los tapones técnicos pueden funcionar bien cuando no hay dudas sobre lo que se está bebiendo o cuando el precio no amplifica el riesgo. Pero cuando la incertidumbre es alta —ya sea por estilo, por evolución o por valor de la botella—, los tapones técnicos, sea DIAM o Vinvention, ofrecen una ventaja concreta: reducen la variación y devuelven al consumidor algo cada vez más escaso en el vino fino, que es la certeza.

Porque, al final, de eso se trata: no de elegir entre tradición o tecnología, sino de saber qué hay dentro de la botella antes de abrirla.

Negocio de los tapones.

El negocio de los tapones mueve unos 12 mil millones de unidades para vino (tanto naturales como aglomerados). El corcho natural lidera el negocio con números que asciende al 70% de las botellas de vino comercializadas anualmente, aunque lidera el segmento de vinos premium. Portugal produce aproximadamente el 50% de los tapones de corcho del mundo, con una producción diaria de 40 millones de unida.

La Mañana del Neuquén.

https://www.lmneuquen.com/neuquen/tapones-versus-corchos-la-eterna-disputa-calidad-n1236336

miércoles, 22 de abril de 2026

Conociendo Ribera del Cuarzo. Nota 1. El ángel del vino.

 


Conociendo Ribera del Cuarzo.

Ribera del Cuarzo. 

Conociendo la bodega patagónica que sorprende a todos.

En esta primera entrega inicio una saga de cuatro publicaciones, en la que te iré describiendo en detalle a una de las bodegas patagónicas que más rápido viene haciéndose notar en los últimos años. 

En esta nota, que escribí durante mi viaje en avión hacia la ciudad de Neuquén con el objetivo de visitar la bodega Ribera del Cuarzo, les conté el recuerdo de "un delito" relacionado con el vino, que protagonicé siendo niño, durante las vacaciones de verano que solía pasar en la chacra de mis abuelos en Río Negro. Recuerdos que me generaban una linda expectativa, al volver a la región.

En el aeropuerto nos recibió Rosario Langdon, directora de exportaciones, y partimos en auto hacia la bodega, ubicada en la localidad de Valle Azul, a unos 130 km de la capital neuquina. Tardamos casi dos horas (mucho tráfico y una ruta angosta), pero se pasaron rápido gracias a las vistas de las chacras y a la fluida conversación con la sommelier Delvis Huck, que formaba parte del grupo.

Rosario Langdon

Llegamos al atardecer, mientras crepitaban las llamas que asaban un cordero a la cruz que prometía ser regado con los vinos de la bodega. Esa cena de bienvenida fue la oportunidad de probar varios de los Araucana, para luego ir a descansar en las casas de huéspedes de la bodega (que aún no abre sus puertas al turismo) vislumbrando, a muy pocos metros, los edificios de la bodega, los viñedos y, por detrás, la barda, que surge protagonista, y parece formar un escudo protector de los vientos patagónicos.

Pero las bardas no solo aportan en cuidar un poco a las viñas de esos vientos -una función que en el Valle del Río Negro y en Neuquén es responsabilidad de las características columnas de álamos, sino también para conformar los suelos que, con 33 millones de años en los sectores más altos, presentan características particulares que favorecen el manejo orgánico y biodinámico.

Los viñedos de la Ribera del Cuarzo son únicos en ese sentido, montados sobre la base de la barda sur del Valle. Lo primero que su propietario, Felipe José Menéndez, quiso que comprendiéramos fue la especial geomorfología del lugar: nos referimos a todo el Valle de Río Negro, que es bastante atípico en comparación con otros valles que estamos acostumbrados a ver y recorrer en la búsqueda de viñedos.

Viñedo al pie de la barda norte

Es que se trata de un valle longitudinal, muchísimo más largo que ancho, que discurre a lo largo del recorrido del Río Negro, el cual nace de la unión de los ríos Neuquén y Limay que bajan raudos desde la Cordillera de los Andes. Sus límites, a lo ancho, son las formaciones localmente conocidas como bardas, de no demasiada altura y con perfiles formados por la erosión que provocó el río en sus épocas de monumentales caudales, al irse derritiendo los glaciares que se habían formado durante la era de hielo.

Detalle de una barda (lado norte, a la altura de Villa Regina)

Ello permite ver, en un corte vertical, las capas que conforman los suelos de la amplia meseta patagónica, que este valle corta formando una depresión que genera especiales condiciones climáticas, como la presencia de ese viento que obligó a los primeros colonos a idear los sistemas de defensa con las verticales y nutridas columnas de álamos.

Nacida aristocrática -el descubrimiento del lugar fue realizado por la condesa italiana Noemi Marone Cinzano y los primeros vinos salieron de la mano de un excelso winemaker como lo es Hans Vinding Diers (quien supo hacer un Malbec exótico que deslumbró en Catena Zapata)- hoy Ribera del Cuarzo tiene varios condimentos que la posicionan como un diamante en bruto en la escena local de las bodegas argentinas: un sólido y experimentado equipo de trabajo, impecables instalaciones y un terroir que, debido a su sanidad y características de suelos, genera naturalmente vinos de gran pureza.

Pero lo que yo creo que realmente distingue a este proyecto, y es uno de sus puntos más fuertes, es su propietario, Felipe Menéndez. Además de conocer muy bien la industria, por haber trabajado toda su vida en ella junto a los mejores, entiende a la perfección cada detalle de ese terruño. Y no por casualidad, ya que a sus años de experiencia recorriendo incansablemente la Patagonia, le suma una inagotable voluntad y energía, que le permiten explorar metro a metro, a pie, a caballo, en bote o a bordo de una 4x4, este terruño aún casi virgen de la región de Valle Azul.

Felipe José Menéndez

Es esa férrea convicción la que lo ha convencido de sumar compañía, entendiendo que para lograr el crecimiento de una región con semejante potencial como tiene el Valle Azul, hay que llamar y atraer a los mejores. Algo que ha comenzado, con la presencia de Santiago Achaval y Roberto Cipresso, a quienes invitó a conocer el lugar y que ya están haciendo un vino con uvas de la finca La Medialuna, de Celestino, la misma con la cual Ribera del Cuarzo ha firmado un contrato a 10 años. No son los primeros “grandes”, en la región, el mismo Hans (Noemia) y Piero Incisa della Rocchetta (Bodega Chacra) sobresalen con vinos de la elite argentina en la cercana Mainqué, a apenas 50 km, pero ubicados en la otra margen del río, recostados sobre la barda norte.

Ribera del Cuarzo es un proyecto que, además, desde lo comercial se encuentra bajo el paraguas de Casa Pirque, una de las Distribuidoras de vinos argentinos de alta gama más reconocidas del país, con varios años manejando la comercialización de las principales familias del vino de Argentina y del mundo como Caro, Luca, Matervini, Pendfolds, Opus One, Gaja y Barons de Rothschild. Ello le permite codearse con los mejores.

En las siguientes tres notas desarrollamos con más detalle los aspectos que sostienen a esta destacada bodega: el origen y el presente, los viñedos y suelos, y la bodega y sus vinos, no dejes de leerlas si quieres conocerla a fondo.

El presente está a la vista, el futuro… es incalculable. Esperemos que lleguen a brillar en la escena local e internacional tanto como el cuarzo que tapiza finamente sus suelos.

*** Publicado en El ángel del vino. Blog de vino argentino y del mundo, tipos, regiones, historia, bodegas, recomendaciones.

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