Legado en Beltrán: 110 años de la bodega que eternizó al noble Calfulén.
Cuatro generaciones y una familia ensamblada dejaron su
huella en la gran Isla “La Esmeralda”, cinco kilómetros al norte del ejido
urbano. Del tiempo en que los toneles viajaban por el agua, río abajo, a la
difusión por redes sociales, sigue viva una herencia cargada de coraje. Y en el
medio, la figura inolvidable de un peón.
Por Melina Ortiz Campos.
El azul en el diseño, destacando el significado del
apellido, en mapudungun. Foto: Arhivo RN | Hebe Rajneri.
1,80 metros de estatura, robusto y con tonada cordillerana,
tez más bien trigueña, Calfulén tenía entre 50 y 55 años cuando lo conocieron
los hijos de su patrón, Daniel Videla Dorna. Respetuoso y de perfil bajo, había
llegado a Beltrán desde el sur neuquino, portando consigo la sabiduría de su
raíz mapuche, y se encontró quizás sin pensarlo, transmitiendo muchos de sus
conocimientos de campo a los muchachitos oriundos de Buenos Aires, que se
empezaban a criar entre viñedos y ovejas, junto al río Negro.
De la producción en escala en el siglo XX a la selecta de
hoy: la historia de una bodega centenaria
Hoy el apellido Videla Dorna tiene décadas de trayectoria en
la vitivinicultura del Valle Medio, pero a fines de los años ‘50 representaba a
una familia de la gran capital, que probó su tenacidad en las tierras heredadas
por la madre de Daniel, Julia Guido. Viuda ella, se había casado en segundas
nupcias con Benigno Gutiérrez Acha, también viudo, el propietario original de
estas hectáreas, donde tenía su propia bodega desde 1916, hace exactamente 110
años.
Familia ensamblada, a partir de ese vínculo se mantuvo la
actividad y se abrió un horizonte nuevo para los nietos de Julia, que
encontraron entre las tardes bajo los sauces de la antigua casona y las noches
estrelladas, el hogar de su infancia: Martín y Juan los mayores; Victoria, la
única mujer; y Carlos junto con Ignacio, los protagonistas del proyecto que ya
de adultos le devolvió a “La Esmeralda” su propósito productivo.
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| Foto: Captura Informe Especial Archivo Canal 10. |
Más de 600 ovejas madres se cuidaron en los mejores años, a la par del cultivo de viña en la isla que ya realizaban desde siempre, donde la uva llegó a ocupar 50 hectáreas. En ese contexto, los jovencitos aprendieron todas y cada una de las tareas de aquel peón sencillo y gracias a ese compartir le tomaron un gran aprecio.
Por eso, cuando pensaron los nombres para las dos marcas de
vino que permitieron el regreso de la producción, después de años de quietud,
no dudaron en homenajearlo: Calfulén, bautizaron a su línea Reserva Malbec,
Merlot y Pinot Noir, además de un Riesling y el Torrontés; junto a “Maroma”, el
sello elegido para la línea Joven.
La producción, entre Maroma y Calfulén, exhibida en la antigua
casona que recorren los turistas. Foto: Juan Thomes.
No quedaron fotos para ilustrar el recuerdo de ese paisano
que trabajó por casi una década entre los Videla Dorna, pero el diseño de las
etiquetas, a cargo de una prestigiosa agencia porteña, se encargó de recrear
sus rasgos y su mirada, bajo el tono azul que se traduce en su apellido
originario, aún presente en la zona de Junín de los Andes por ejemplo.
Y como el mundo es chico y la Patagonia aún más todavía, una
sobrina de Calfulen, radicada en Neuquén, fue quien se enteró de semejante
gesto y logró ubicar el stand de los Videla Dorna en una feria en Las Grutas,
para agradecerles, emocionada. Se sabe que ese trabajador callado pero
generoso, vivió sus últimos días de regreso en sus pagos, cerca de los suyos,
aunque no tuvo descendencia propia.
Nueve etiquetas integran la producción del establecimiento, entre blancos, tintos y blends. “Carloto”, el anfitrión. Foto: Juan Thomes.
En tantos años de historia, esto que se vive desde 2007, fue
un renacer después de que la pérdida de rentabilidad en los ‘80 intentara dar
el golpe final a semejante sitio. Hoy, el presente de la bodega encontró la
manera de conectar ese pasado de “La Esmeralda”, con la experiencia de Carlos,
el legado de Ignacio y las aptitudes de la siguiente generación, que a través
del manejo de la web y la cuenta en Instagram (@bodegavideladorna), les permite
mostrarse ante el mundo.
Ya no se trabaja el vino a granel como en los tiempos de
Gutiérrez Acha, cuando se almacenaban 500.000 litros entre piletas y cubas de
roble, para luego transportar los toneles en tren o por el río, cargados en
chatas flotantes, para fraccionarlos en damajuanas. Fruto de la labor a tiempo
completo y tras el fallecimiento de Ignacio y de su madre Victoria Landajo
(“Toli”), es Carlos, “Carlotto” para sus vecinos, quien sostiene e impulsa la
propuesta junto a los nuevos peones. “Yo ya hacía el grueso de la producción,
ya tenía las manos embarradas hasta el hombro”, graficó.
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| La Bodega integra el circuito del Camino del Vino, lo que le facilita el arribo de turistas. Foto: Juan Thomes. |
Febrero 1929: la publicidad de la bodega original de la isla, en el periódico El Mentor, que circuló por el Valle Medio. Foto: Museo Histórico Choele Choel.
La etiqueta de «La Esmeralda», la bodega original que este año cumple 110 años. Foto: Juan Thomes.
Por eso este egresado de la educación salesiana local,
también antiguo emblema de la formación en enología, no tuvo miedo ni permitió
que el duelo le torciera el timón. Fue sumando mejoras y comodidades para el
agroturismo, además de afianzar los 40.000 litros anuales que saca al mercado
con esmero y argumentos de sobra para cada creación. “No podría vivir en otro
lugar”, reconoció en diálogo con Río Negro.
Admirado de la obra que dejaron los dueños originales,
cuando no habían facilidades ni servicios, cuando la movilidad solo era posible
a partir de una balsa y cuando se batallaba con las crecidas y el clima
riguroso, hoy entiende que la mejor decisión que pudo tomar fue la de quedarse
allí viviendo y forjando este sueño compartido.
Integrar la Ruta del Vino, participar en ferias regionales y
nacionales, recibir a las delegaciones que lo visitan y alentar la llegada de
su cosecha a negocios y restaurantes elegidos a conciencia entre Neuquén,
Cipolletti, Roca y Regina, además de la costa rionegrina donde se luce entre
turistas, hacen que se vaya formando una nueva manera de entender la actividad
más allá del precio y que se le reconozca el sentido profundo guardado en el
contenido de cada botella. “Vale la pena, el tiempo confirma por qué”, dijo
Carlos, convencido de que el éxito no pasa ni por los premios ni por los
números, sino por ver la obra de sus manos hecha realidad cada día.
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| Sueño compartido: el resurgimiento de la bodega fue posible gracias al empuje de Carlos con su hermano Ignacio, ya fallecido. Foto: Arhivo RN | Hebe Rajneri. |
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| 40 mil litros anuales, la producción que sostienen en esta nueva etapa. Foto: Juan Thomes. |
*** Publicado en RURAL del Diario Río Negro.
22/03/2026.
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| Foto: Juan Thomes. |
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| Imagen de Federico Witkowski. |

















