viernes, 12 de junio de 2026

Mundial de Cepas 2026: El fixture definitivo para jugar la Copa con la copa en la mano.

 


Mundial de Cepas 2026: El fixture definitivo para jugar la Copa con la copa en la mano.

El Mundial 2026 también se puede jugar con una copa en la mano. Se me ocurrió armar un fixture paralelo al de la FIFA: cada país participante asociado a una cepa. Algunas relaciones salen solas. Otras piden VAR. Y otras entran directamente a préstamo.

Cada Mundial trae sus candidatos, sus batacazos, sus grupos difíciles, sus partidos imposibles y sus discusiones eternas. Esta vez, además del fixture futbolero, me dieron ganas de armar otro: uno de cepas.

La idea es simple: tomar los 48 países que juegan la Copa Mundial de la FIFA 2026 y asociar a cada uno con una uva. No necesariamente “la mejor”, ni “la única”, ni “la oficial”. Una cepa que pueda salir a la cancha con esa camiseta.

En algunos casos, la relación es inmediata como Argentina con el Malbec, Uruguay con el Tannat, o Alemania con el Riesling.

Pero después empieza lo más divertido, porque… ¿Qué hacemos con Francia? ¿Pinot Noir, Chardonnay, Cabernet Sauvignon, Merlot, Syrah, Sauvignon Blanc, Chenin Blanc, Semillón? Cualquier elección deja a medio mundo protestando desde la tribuna.

¿Y con países que no tienen una tradición vitivinícola fuerte? ¿Los dejamos afuera? De ninguna manera. Ahí aparece un recurso bien futbolero: el préstamo.

Las reglas del juego.

Para que esto no sea una lista tirada al azar, armé tres categorías.

Cepa titular.

Es la que entra de arranque. La cepa que tiene una asociación fuerte con ese país, ya sea por historia, identidad, producción, reconocimiento internacional o tradición.

Acá entran relaciones bastante claras: Malbec para Argentina, Tannat para Uruguay, Pinotage para Sudáfrica, Riesling para Alemania, Touriga Nacional para Portugal, Grüner Veltliner para Austria o Koshu para Japón.

Cepa suplente.

Es una cepa defendible, pero no excluyente.

Se usa en países donde hay producción de vino y varias opciones posibles, o donde la uva elegida tiene buenos argumentos, aunque alguien podría proponer otra sin estar completamente equivocado.

Francia es el mejor ejemplo. Elegir Pinot Noir no significa negar a Chardonnay, Cabernet Sauvignon, Merlot, Syrah o Sauvignon Blanc. Significa simplemente elegir una camiseta para salir a jugar este partido.

Cepa a préstamo.

Acá entran los países donde no hay una cepa nacional clara, donde la producción vitivinícola no es relevante, o directamente es nula, o donde la relación con el vino es más indirecta.

En esos casos, la asociación se resuelve por cercanía geográfica, historia, clima, cultura, consumo, influencia regional o una licencia editorial razonada.

No es una verdad sagrada. Es una forma de que ninguna selección se quede sin participar, porque un Mundial también se juega con símbolos: en la cancha son camisetas; en la copa, cepas.

Antes de que salte el VAR vínico.

Aclaración necesaria: este fixture no pretende ser una enciclopedia definitiva del vino mundial.

No voy a decir que Francia “es” Pinot Noir y nada más. Sería absurdo. Tampoco que todos los países participantes tienen una cepa insignia real, porque muchos no son productores importantes de vino o directamente no tienen una tradición vitivinícola reconocida.

La idea es otra: cruzar el mapa del fútbol con el mapa del vino. Jugar un poco. Descubrir cepas. Discutir con argumentos. Y, si hace falta, pedir revisión en el VAR con una copa en la mano.

En otras palabras: esto es un juego serio. Lúdico, sí. Pero tratando de no faltarle el respeto ni al vino, ni a la geografía, ni a la historia.

Grupo A

México — Nebbiolo

Suplente

Muy asociada a Baja California, aunque México podría jugar con otras.

Sudáfrica — Pinotage

Titular

Cepa sudafricana por excelencia. 

Corea del Sur — Campbell Early

Suplente

Uva muy difundida en Corea, más local que internacional.

República Checa — Pálava

Titular

Cepa morava, nacida en la actual República Checa.

Grupo B

Canadá — Vidal

Titular

Muy ligada al Icewine canadiense.

 Bosnia y Herzegovina — Žilavka

Titular

Blanca emblemática de Herzegovina.

Qatar — Viognier

A préstamo

Cepa de perfil elegante y clima cálido, asignada por licencia.

Suiza — Chasselas

Titular

Una de las grandes blancas clásicas suizas.

Grupo C

 Brasil — Merlot

Suplente

Muy defendible por Serra Gaúcha y Vale dos Vinhedos.

 Marruecos — Garnacha

Suplente

Cepa mediterránea, razonable para el norte de África.

Haití — Listán Prieto / Criolla

A préstamo

Relación por historia colonial americana.

 Escocia — Pinot Gris

A préstamo

Cepa posible para pensar climas fríos y vinos ligeros.

Grupo D

Estados Unidos — Zinfandel

Titular

Una de las uvas más asociadas a la identidad vínica estadounidense.

 Paraguay — Torrontés

A préstamo

Cercanía regional y guiño rioplatense.

Australia — Shiraz

Titular

La gran tinta australiana.

Turquía — Öküzgözü

Titular

Tinta autóctona turca de fuerte identidad.

Grupo E Alemania — Riesling

Titular

La cepa bandera alemana.

 Curazao — Palomino

A préstamo

Licencia atlántica y colonial.

Costa de Marfil — Cinsault

A préstamo

Cepa de clima cálido, con lógica francófona y africana.

Ecuador — Cabernet Sauvignon

Suplente

Internacional, reconocible y adaptable a distintos escenarios.

Grupo F

 Países Bajos — Johanniter

Suplente

Cepa PIWI (resistente a los hongos) razonable para climas fríos y húmedos.

 Japón — Koshu

Titular

Cepa japonesa emblemática.

 Suecia — Solaris

Titular

Muy usada en la viticultura nórdica moderna.

 Túnez — Carignan

Suplente

Cepa histórica y lógica para el norte de África.

Grupo G

🇧🇪 Bélgica — Pinot Meunier

Suplente

Cepa clave en espumosos y climas fríos.

Egipto — Moscatel de Alejandría

Titular simbólica

El nombre y la historia la hacen jugar de local.

 Irán — Rasheh

Titular / Suplente

Uva persa, más fina que caer en el guiño fácil de Shiraz.

Nueva Zelanda — Sauvignon Blanc

Titular

La cepa que puso a Nueva Zelanda en el mapa mundial del vino.

Grupo H

 España — Tempranillo

Titular

La tinta española más reconocible.

Cabo Verde — Negra Mole

Suplente

Licencia insular, con cercanía al mundo atlántico portugués.

 Arabia Saudita — Monastrell

A préstamo

Cepa mediterránea de clima cálido.

Uruguay — Tannat

Titular

La cepa que Uruguay hizo propia.

Grupo I

Francia — Pinot Noir

Suplente de lujo

Una elección borgoñona dentro de un país imposible de reducir a una sola cepa.

Senegal — Semillón

A préstamo

Licencia por eje francófono y vínculo bordelés.

Irak — Obeideh

A préstamo

Cercanía cultural y geográfica con el Levante.

Noruega — Rondo

A préstamo

Cepa resistente, pensada para viticultura de clima frío. 

Grupo J

Argentina — Malbec

Titular

Nuestra camiseta vínica más reconocible en el mundo.

Argelia — Alicante Bouschet

Suplente

Cepa históricamente importante en el norte de África.

 Austria — Grüner Veltliner

Titular

La gran blanca austríaca.

 Jordania — Dabouki

A préstamo

Cepa levantina, más honesta que imponer una internacional.

Grupo K

Portugal — Touriga Nacional

Titular

Una de las grandes tintas portuguesas.

 República Democrática del Congo — Chenin Blanc

A préstamo

Licencia africana, con puente hacia Sudáfrica y el Loira.

 Uzbekistán — Soyaki

Suplente

Cepa local, poco conocida pero más fiel que una internacional forzada.

 Colombia — Cabernet Franc

A préstamo

Cepa en expansión sudamericana, asignada por afinidad regional.

Grupo L

 Inglaterra — Chardonnay

Suplente

Clave en el crecimiento de los espumosos ingleses.

Croacia — Plavac Mali

Titular

Tinta emblemática de Dalmacia.

Ghana — Marselan

A préstamo

Cepa moderna, adaptable y de clima cálido.

Panamá — Ancellotta

A préstamo

Cepa de corte, de color y de equipo: entra para completar la jugada.

Los que miran desde la platea.

Como toda lista mundialista, este Mundial de Cepas también deja nombres importantes afuera.

No porque no merezcan jugar, sino porque el fixture tiene 48 lugares y el mundo del vino tiene muchísimos más candidatos.

Ahí aparecen países que no entraron en esta tabla pero que de haberlo hecho tendían también asociada una cepa para salir a la cancha con una copa en la mano.

Chile — Carménère

La cepa que Chile adoptó como bandera propia, después de redescubrirla en sus viñedos cuando durante años se la confundía con Merlot.

Italia — Sangiovese

Si Italia jugara este Mundial de Cepas, difícil no darle la camiseta titular.

 Grecia — Assyrtiko

Blanca griega de enorme personalidad, con Santorini como bandera.

Rusia — Krasnostop Zolotovsky

Una tinta autóctona del sur de Rusia, con historia propia y nombre de esos que parecen imposibles hasta que uno se anima a servirlos.

Georgia — Saperavi

Tinta profunda, histórica y con identidad caucásica.

 Hungría — Furmint

La uva detrás de grandes vinos secos y dulces, especialmente en Tokaj.

Rumania — Fetească Neagră

Tinta autóctona y una de las joyas de Europa del Este.

Armenia — Areni

Una cepa con historia antigua y carácter propio.

 Moldavia — Rara Neagră

Otra tinta del este europeo que merecía figurar.

Bulgaria — Mavrud

Cepa balcánica con nombre de defensor central.

China — Marselan

Una variedad que viene ganando terreno en el vino chino moderno.

Y está bien que queden nombres afuera. El Mundial de Cepas no busca cerrar la conversación: busca abrirla.

Si después de mirar la lista alguien dice “Falta la Carménère”, “¿y la Sangiovese?” o “¿dónde está la Marselan?”, entonces la jugada salió bien.

Porque al final, de eso se trata: usar el Mundial como excusa para descubrir cepas, cruzar países y brindar por los que juegan, por los que miran desde la platea y por los que siempre merecen una revancha.

Que empiece el Mundial de Cepas.

El fútbol tiene camisetas, himnos, banderas y cábalas.

El vino tiene aromas, historias, regiones y cepas.

Cruzar esos dos mundos puede parecer un capricho, pero también puede ser una forma entretenida de viajar sin moverse de la mesa. Un país, una uva, una copa y una excusa para conversar.

Que ruede la pelota.

Y que se llene la copa.

Fuentes consultadas

Fuentes consultadas: FIFA, Wines of Argentina, Wine Australia, Wines of Germany, Swiss Wine, Austrian Wine, Wines of Portugal, New Zealand Winegrowers, Koshu of Japan, Wines of South Africa, Wines of Moravia and Bohemia, Zinfandel Advocates & Producers, Vitis International Variety Catalogue y referencias generales de regiones vitivinícolas.


Curiosa investigación. Original. Dónde se aprende mucho de la cepas de otras latitudes. Aprecio estas notas porque sirven para aprender mucho. 
Con respecto a nuestra Argentina se destaca la cepa insignia CEPA de la ARGENTINA el Malbec. Faltarían dos cepas que son interesantes como el Torrontes (sobre todo en el norte argentino) y las Criollas que son las épocas del Virreynato.

jueves, 11 de junio de 2026

5 razones para el desarrollo del vino en el Alto Valle de Río Negro y Neuquén.


5 razones para el desarrollo del vino en el Alto Valle de Río Negro y Neuquén.

El futuro del vino en el Alto Valle de Río Negro y Neuquén.
Las cinco razones que brindan optimismo a sus protagonistas.

Factores favorables como la disponibilidad de agua, el clima, la positiva incidencia del cambio climático, la existencia de infraestructura y tradición vitivinícola, hacen pensar que la zona del Alto Valle de Río Negro y Neuquén puede volver a ser atractiva para el desarrollo de la vitivinicultura Argentina en los próximos años.

1. El agua.

A diferencia de lo que sucede en la mayor parte de las regiones andinas, este valle no se encuentra pegado a la cordillera recibiendo el recurso del agua limitado a las cuencas cercanas de los mismos. El Alto Valle se encuentra alejado tantos kilómetros que las imponentes montañas ni siquiera llegan a verse. Podría decirse que se encuentra por completo metido en la estepa patagónica. Sin embargo ha sido bendecido por el cruce de uno de los ríos más caudalosos de la Patagonia.

Se trata del Río Negro, formado por la confluencia de los Ríos Neuquén y Limay, los cuales a su vez son formados por el aporte de otros varios ríos y arroyos que descienden desde un nutrido grupo de lugares de la cordillera sur, siendo colectores de abundante agua de las zonas de deshielo proveniente de latitudes más extremas y, por lo tanto, donde la cantidad de nieve en la cordillera es superior a las zonas ubicadas mas al norte.

En relación a este tema, la otra ventaja no ha sido natural sino creada por el hombre: el caudal de estos ríos solía ser muy variable pero gracias a la construcción de una serie de represas con el objetivo de generar energía hidroeléctrica, se ha logrado regular el caudal y evitar las consecuencias indeseadas de las inundaciones que antiguamente se producían, regularizando la disponibilidad de agua para riego a lo largo del año de acuerdo a las reales necesidades. Por ello, la disponibilidad de agua que azota e impide el desarrollo de otras regiones vitivinícolas no es un problema acentuado en esta zona, donde incluso algunas bodegas se dan el "lujo" de defenderse de las heladas con riego por aspersión.

La calidad del agua también es destacada por los protagonistas, un agua de origen mineral que aporta todos los nutrientes y sales de que los suelos desérticos de la zona carecen.

2. El clima.

Esta zona se caracteriza por tener vientos fuertes que producen sequedad en el ambiente, lo cual evita la aparición de enfermedades criptogámicas. Debido al clima frío de la región, las uvas y mostos presentan características diferentes de las zonas andinas, mayor contenido de acidez y regular tenor azucarino.

Los días son templados y luminosos y las noches frescas, con una apreciable amplitud térmica. Las bajas temperaturas permiten que las uvas maduren conservando la acidez natural, factor clave para los vinos finos y que favorece a variedades como el Merlot y Pinot Noir, que en esta región se destacan.

Una de las razones más escuchadas que dan los protagonistas de la viticultura de la zona es la sanidad del clima. La muy baja presencia de precipitaciones es coincidente con las que ocurren en otros lugares del corredor corredor vitícola andino, pero en esta zona esa falta de humedad tiene un agregado, se trata de los vientos que atraviesan el valle en forma permanente.

En principio esto podría ser una desventaja, dado que cuando los mismos son muy fuertes pueden dañar a los viñedos, sin embargo nuevamente la mano del hombre aprendió a domesticarlos a través de la plantación de elementos arbóreos, principalmente álamos, formando cuadros de plantaciones que se encuentran protegidas por los mismos.

Alamedas.

De esta manera no se evita el efecto de los vientos pero se lo limita a la parte beneficiosa: el secado rápido de la humedad de las lluvias cuando estas son intensas con la consecuente falta de hongos y prevención de enfermedades en los viñedos. Hans Vinding Diers de Bodega Noemía define al clima como "placido y armonioso". Además, esta condición favorece la posibilidad de elaborar vinos orgánicos, sin uso de agroquímicos en el cultivo de vid, la categoría de vinos de mayor crecimiento en el mundo.

3. El cambio climático.

Las heladas tardías y tempranas, que perjudican especialmente a las variedades de ciclo vegetativo largo, pueden ser combatidas con prevención pasiva y activa y la región cuenta con buena disponibilidad de agua para realizar riego por manto o aspersión ayudando a la defensa de heladas.

Pero ahora se suma que el calentamiento global, generado por el cambio climático mundial, en términos generales favorece a la región principalmente por la disminución de la frecuencia e intensidad de las heladas, que son el principal factor limitante para el cultivo de la vid. 

4. Infraestructura y tradición vitícola.

Si bien la trayectoria vitivinícola de la región no es comparable a la de Cuyo, la zona cuenta con amplia disponibilidad de mano de obra acostumbrada a las tareas rurales. El crecimiento demográfico en la zona ha sido muy importante en los últimos años, en especial en la ciudad de Neuquén, debido a la potencia de la industria petrolera lo cual asimismo ha generado un desarrollo industrial y comercial y mayor disponibilidad de insumos de todo tipo para la zona, algo que hace 50 años no existía y fue una limitante para la implantación de grandes grupos Vitivinícolas (con el ejemplo de Chandon, que pese a haber elegido esta zona en primer lugar, terminó radicándose en Mendoza).

Historia.

La zona posee además varias instituciones y universidades relacionadas a la viticultura que pueden dar apoyo técnico, como delegaciones locales del INTI y del INTA, el Centro PyME-ADENEU, el Centro de Desarrollo Vitícola Patagonia Norte (CDV), el Centro de Formación Profesional Agropecuario N°2 y las Universidades del Comahue y de Rio Negro, con carreras terciarias y universitarias en enología y agronomía.

Por otra parte, la región contó en el pasado con un fuerte desarrollo vitícola, que fue incluso 10 veces superior al actual, lo cual no deja de ser una ventaja a la hora de conocer el comportamiento de las distintas cepas en este suelo y clima, recuperar viñedos y material genético y hasta instalaciones físicas de las viejas bodegas abandonadas.

Los números lo demuestran: entre 1920 y 1960 la región llegó a tener 160 bodegas que elaboraban vinos de calidad y hasta 18.000 hectáreas plantadas. Pero, vencidos los pequeños productores por el modelo de volumen y baja calidad que reinó a partir de los años 60, Río Negro fue la región vitivinícola que mayor descenso en superficie plantada sufrió en la Argentina, pasando actualmente al séptimo lugar entre las provincias; con una reducción a 1.659 ha según datos del INV (datos que incluyen las viñas el Valle Medio del Río Negro y el Alto Valle y Valle Medio del Río Colorado) y hoy cuenta apenas con 31 bodegas inscriptas, de las cuales solo 24 son elaboradoras.

Variedades.

Un punto cualitativo a destacar es que Río Negro registra una diversidad de variedades mayor al resto de las provincias vitícolas del país, son 38 variedades las que concentran el 98% del total y los viejos agricultores conocen perfectamente cuáles eran las que mejor se adaptan, incluso algunos de los productores actuales aprovechan la calidad de esos viejos viñedos para obtener productos de primer nivel y reconocidos internacionalmente.


5. Inversiones.

Quizá la principal razón por la cual la viticultura en esa región no solo no creció, sino que se redujo, haya sido lo desfavorable del contexto económico para la actividad, en la que la competencia contra otras producciones (peras y manzanas) y regiones que fueron designadas como "especialistas para la vid" como la región cuyana, hayan derivado las decisiones de inversión fuera del Alto Valle de Río Negro, con la excepción de lo sucedido en el particular desarrollo en la zona de San Patricio de Chañar que contó con un fuerte impulso brindado por la provincia de Neuquén.

Actualmente, la suma de las condiciones antes enunciadas podría ser el origen de un incipiente cambio de tendencia. Al ya concretado interés de pequeños productores para la elaboración de vinos de alta gama, se sumó recientemente la llegada del Grupo Peñaflor (que es uno de los grupos vitícolas más importantes del mundo) con la adquisición de Bodega Patritti en Neuquén. Catena Zapata hizo lo propio hace algunos años en la zona cercana de Casa de Piedra, en La Pampa. Esto ha generado cierta esperanza entre los que luchan por esta causa. Según apuntó Graciela Viola (Bodega Malma) «es un espaldarazo importante que un grupo de esa magnitud se interese por la Patagonia».

En nuestra opinión está todo dado para que la viticultura continúe creciendo y recuperando espacio: los vinos de alta gama ya alcanzan niveles de calidad muy altos (han habido casos de 100 puntos Parker o ganadores de concursos internacionales), la región es claramente apta para sobresalientes Pinot Noir, Merlot, Malbec y espumantes y en las líneas de precios medios los vinos no fallan.

Neuquén posee espacio suficiente aún para recibir bodegas y plantar grandes superficies (hay aun muchas hectáreas incultas en la zona) y en Río Negro la apuesta va más hacia la recuperación de viñedos antiguos o de su material genético, para realizar nuevas plantaciones en sectores lejanos a los que están sometidos a la presión inmobiliaria de los centros urbanizados. En ambos casos aplica la suma de los factores favorables enunciados. Esperemos que la realidad de la siempre agitada economía argentina lo permita.

Lee también El vino en el Alto Valle de Río Negro y Neuquén

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https://angelyvino.blogspot.com/2021/10/5-razones-para-el-desarrollo-del-vino.html

Publicado en Ángel y vino.

El ángel del vino. Blog de vinosVino argentino y del mundo, tipos, regiones, historia, bodegas, recomendaciones.

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viernes, 5 de junio de 2026

En el Valle de Viedma, cerca de San Javier, una bodega de la Patagonia Argentina produce vinos artesanales.

 


Con el viento y el mar como aliados: una bodega de la Patagonia produce 30.000 botellas de vino artesanal al año.

En el Valle de Viedma, cerca de San Javier, una bodega familiar sostiene desde 2004 un proyecto vitivinícola artesanal que combina clima marítimo, viento patagónico y suelos calcáreos para producir cerca de 30.000 botellas anuales con identidad regional propia.

Juan Alberto Millaman posando entre los viñedos con dos
botellas de la producción artesanal de la bodega.
Foto: gentileza.

En el corazón del valle de Viedma, en la provincia de Río Negro y cerca de la comuna de San Javier, una familia apostó hace más de dos décadas por producir vinos con identidad propia en un territorio atravesado por el viento y la influencia marítima de la Patagonia atlántica. Así nació Viñas de Lucía, un emprendimiento familiar que comenzó en 2004 con la implantación de sus primeros viñedos y que hoy elabora cerca de 30.000 botellas anuales bajo la marca SAVU, consolidándose como uno de los exponentes artesanales del vino regional.

El proyecto es encabezado por el técnico enólogo Juan Alberto Millaman, quien en diálogo con Río Negro Rural repasó los orígenes de la bodega, los desafíos de producir vino en el valle de Viedma y el camino recorrido para posicionar un producto con fuerte impronta patagónica.

Un proyecto familiar de vitivinicultura en el valle de Viedma.

«Viñas de Lucía nace como un emprendimiento familiar en 2004«, relató Millaman. La bodega se instaló en cercanías de Fuerte San Javier, dentro de la zona del Idevi, donde comenzaron a implantarse los primeros varietales de Malbec, Cabernet Sauvignon y Syrah.

El nombre del proyecto tiene un fuerte vínculo familiar. Lucía es la madre de Millaman y sus raíces provienen de Pocito, en la provincia de San Juan, una de las regiones históricas de la vitivinicultura argentina.

Las plantas llegaron desde esa provincia cuyana.»Hubo que trabajar mucho en la adaptación genética de las plantas a las primaveras frías y las heladas tardías de la Patagonia Norte», explicó el enólogo.

Los primeros años estuvieron dedicados al armado de espalderas, el cuidado del viñedo y la estabilización de las plantas. Recién en 2011 llegaron las primeras vinificaciones, cuando las vides alcanzaron un desarrollo adecuado.

Tres años después comenzó la comercialización de los vinos, inicialmente orientada al mercado local de Viedma y la región. Actualmente la bodega cuenta con cinco hectáreas implantadas y proyecta continuar creciendo en los próximos años.“Tenemos proyecciones de llegar a las siete hectáreas y estamos analizando qué varietales pueden adaptarse mejor a la zona”, explicó Millaman.

Paisaje del entorno rural del Valle de Viedma, condicionado por el clima marítimo.
Foto: gentileza.

El terroir marítimo que distingue al vino de la Patagonia atlántica.

Con el paso del tiempo, Viñas de Lucía empezó a construir una identidad propia basada en las condiciones naturales del valle de Viedma.

Para Millaman, el gran diferencial de los vinos de la zona está en el «terroir marítimo», una característica poco común dentro de las regiones vitivinícolas argentinas.

«Estamos influenciados por el clima marítimo, con el viento sur proveniente del mar, las lluvias y las brumas. Todo eso transmite características únicas a nuestros vinos», señaló.

La influencia oceánica también ayuda a morigerar las heladas, generando un equilibrio climático que resulta clave para el desarrollo del viñedo. A eso se suma un suelo calcáreo y pedregoso que aporta estructura y acidez a las uvas.

Según explicó el productor, estas condiciones permiten obtener vinos con personalidad marcada y perfiles muy distintos a los de otras zonas tradicionales del país.

Cómo influye el viento patagónico en la calidad del vino.

Uno de los factores más determinantes en la producción son los fuertes vientos provenientes del sur y del oeste.

Millaman explicó que esas corrientes generan un engrosamiento natural del hollejo (la piel de las uvas) durante el crecimiento fenológico.

Viñedos en el Valle de Viedma donde se desarrolla
 el proyecto vitivinícola artesanal de Viñas de Lucía.
Foto: gentileza.

«Eso produce vinos con mucho color, tonos oscuros y una gran estructura», detalló.

En variedades tintas como Cabernet Sauvignon y Syrah, el fenómeno también potencia los aromas a frutas rojas y negras, aportando intensidad y complejidad.

El trabajo artesanal detrás de cada vino del valle de Viedma.

La marca SAVU representa hoy la identidad comercial de la bodega, con una comercialización principalmente local y regional, centrada en Viedma y el valle de Viedma, aunque con ventas puntuales en otros puntos del país a partir del contacto directo con consumidores.

Millaman aseguró que cada añada busca reflejar el carácter del viñedo y las particularidades de cada cosecha. «El objetivo es expresar el terroir y respetar la tipicidad de cada varietal«, explicó.

El proceso comienza mucho antes de la vendimia. El enólogo participa personalmente en todas las etapas productivas: desde el manejo del suelo y la poda hasta el control del riego y la sanidad del viñedo.

«Cada planta tiene su propia esencia. Hay algunas más vigorosas y otras menos, entonces la poda es fundamental para equilibrar el viñedo y evitar que se estrese», detalló.

Aunque destacó la calidad de los vinos regionales, Millaman reconoció que sostener una bodega artesanal en el valle de Viedma presenta desafíos vinculados a los costos logísticos, la distancia con los polos industriales y los cambios en los hábitos de consumo. «Estamos lejos de los centros industriales y eso encarece los insumos y la producción», resumió el enólogo, quien además señaló la necesidad de mantener una mejora continua para sostenerse en el mercado.

De la cosecha manual a cada botella de vino artesanal.

La vendimia marca el inicio de una de las etapas más esperadas dentro de la bodega. «La magia comienza cuando transformamos las uvas en vino«, resumió Millaman.

La cosecha se realiza manualmente y luego las uvas pasan por el proceso de despalillado y encubado en tanques, donde comienza la fermentación alcohólica.

Posteriormente se realizan los descubes y trasiegos que acompañan la evolución del vino durante todo el año hasta llegar al embotellado y la estiba final.

Botellas de la marca SAVU, el vino artesanal producido en el Valle de Viedma. Foto: gentileza.

Actualmente la bodega cuenta con habilitación del Instituto Nacional de Vitivinicultura para elaborar hasta 24.000 litros anuales dentro de la categoría de elaborador artesanal. Según explicó Millaman, hoy la producción alcanza unas 30.000 botellas por año y el proyecto mantiene proyecciones de crecimiento.

Un vino artesanal de Patagonia que llega directo al consumidor.

Gran parte de la comercialización de los vinos se realiza de manera directa en la Feria Municipal de Viedma, que funciona martes y sábados de 8 a 14.

Allí, Millaman ofrece personalmente sus vinos y mantiene contacto directo con vecinos y turistas. «Es importante poder mostrar un producto genuino de la región y contar cómo se produce«, destacó.

La presencia de la bodega en la feria también se transformó en una forma de promocionar el potencial vitivinícola del valle de Viedma entre quienes visitan la capital rionegrina.

Muchos turistas que llegan a Viedma o están de paso descubren allí un vino artesanal elaborado íntegramente en la zona, con una identidad marcada por el clima, el suelo y el viento patagónico.

«Quienes prueban nuestros vinos también se llevan parte de la historia y del conocimiento de lo que se produce en esta región«, concluyó Millaman.

*** Publicado en Rural del Diario Río Negro.

miércoles, 3 de junio de 2026

En Guardia Mitre el vino no era una bebida: era una forma de organizar la vida.


En Guardia Mitre el vino no era una bebida: era una forma de organizar la vida.

De la molienda a mano a los rituales colectivos: la emotiva reconstrucción de una tradición vitivinícola pionera que dejó una huella imborrable en la memoria popular.

Hubo un tiempo en que Guardia Mitre olía a mosto. No era una imagen poética. Era literal. El perfume dulce de la uva molida salía de las chacras, atravesaba los galpones y se mezclaba con el aire húmedo del río Negro durante las épocas de cosecha. En aquellos años, el vino no ocupaba solamente las mesas familiares: ocupaba el centro de la vida cotidiana del pueblo.

(Fotos: Gentileza)

Mucho antes de que la Patagonia construyera su actual identidad vitivinícola, Guardia Mitre ya tenía familias enteras dedicadas al cultivo de la vid y a la elaboración artesanal de vino. Algunas producían para consumo familiar. Otras llegaron a comercializar miles de litros por temporada. Pero lo que terminó dejando huella no fueron solamente las cantidades producidas, sino la cultura que se construyó alrededor de esa actividad.

Porque en Guardia Mitre el vino nunca fue solamente vino. Fue trabajo. Fue esfuerzo. Fue economía familiar. Fue identidad.

Las viñas crecían cerca del río y también en las islas. El calendario de las familias giraba alrededor de las estaciones y del comportamiento de la parra. El proceso comenzaba en invierno, cuando llegaba el momento de la poda. Se realizaba la llamada “poda corta”, dejando apenas tres o cuatro yemas por guía según la fuerza que tuviera cada planta. Más abajo quedaban pequeños “pistones”, ramas cortadas más cortas que funcionaban como resguardo frente a las heladas tardías.

Reconocimiento vitivinícola a la familia de Desio Guillermo Evans, recibieron sus hijos Luis Ángel y Sonia Margarita.

Después llegaba el atado. Las guías se sujetaban con varas de mimbre verde que previamente se cortaban en la costa del río. Todo tenía un procedimiento propio. Todo requería conocimiento transmitido entre generaciones. “Acá se hacía el feldaño bajo, a un metro veinte o un metro cincuenta. Se trabajaba todo a mano”, recuerda Abel Bilbao, reconstruyendo las historias que escuchó desde chico en su familia.

Los parrales se curaban con azufre en polvo para prevenir enfermedades y, cuando los racimos comenzaban a madurar, se realizaba el deshojado para que el sol entrara de manera pareja sobre la uva. Después llegaba la cosecha. No había una fecha exacta. Dependía del clima, de la humedad y del comportamiento del año. Si el verano era seco y caluroso, podía adelantarse a febrero. Si era más fresco, se extendía hasta mayo. Pero casi siempre ocurría entre marzo y abril.

Rodrigo Petrolanda, en nombre de su familia, recibió el reconocimiento vitivinícola.

La cosecha empezaba recién entrada la mañana, cuando el rocío abandonaba los racimos. La uva se colocaba en cajones y se trasladaba hasta los galpones donde comenzaba uno de los rituales más intensos de toda la producción: la molienda y la fermentación.

Allí el vino volvía a convertirse en un trabajo profundamente colectivo. El mosto se colocaba en grandes recipientes abiertos y varias veces por día debía empujarse hacia abajo con una herramienta de madera en forma de cruz para evitar que el ollejo quedara en la superficie y arruinara la fermentación. Había que levantarse incluso durante las noches frías para mantener la temperatura.

Los viñedos de la familia Herrero.

“Cuando amenazaba helar, había que poner brasas alrededor para que el vino no cortara la fermentación”, recuerda Bilbao. Después llegaba el prensado. Primero se obtenía el vino de mayor calidad: el jugo que salía naturalmente del fermentador. Luego aparecía el vino de prensa, más fuerte y amargo. Y finalmente la “lavineta”, una bebida más liviana elaborada agregando agua hervida al resto del mosto prensado.

Nada se desperdiciaba. Incluso con los restos de la prensa algunos elaboraban grapa artesanal mediante pequeños destiladores caseros. El vino se almacenaba en grandes damajuanas o en barriles de madera que también requerían un trabajo minucioso. Había que quemarlos por dentro, rasparlos, lavarlos con soda cáustica, sellarlos y prepararlos cuidadosamente antes de recibir el nuevo vino.

Los Herrero siguen la tradición del vino artesanal.


En algunas familias se llegaron a producir cifras enormes para la época. La familia Lelli, recuerdan vecinos históricos, llegó a elaborar más de 28 mil litros anuales. En la chacra de los Bilbao, según los relatos familiares, hubo cosechas cercanas a los cinco mil litros. Parte de esa producción se consumía localmente y otra salía del pueblo. Los barcos que llegaban al viejo muelle natural cargaban vino junto a otras producciones regionales. Y en el viaje de regreso traían harina, aceite, yerba y mercadería para las familias de la zona.

Los apellidos vinculados a aquella historia todavía sobreviven en la memoria colectiva: Luca, Resler, Tomasini, Evans, Lenschow, Monina, Lelli, Herrero, Carante, Pereira, Thomé, Pascuale, Falcón y muchas otras familias que hicieron de la vitivinicultura una forma de vida.

Abel Bilbao, de joven, con su hijo Dabel. De fondo un carro con barril de vino Chacolí.

Por eso el reciente homenaje realizado durante la Fiesta Provincial del Jabalí al Asador tuvo una carga emocional tan profunda.

Cuando comenzaron a nombrarse las familias históricas vinculadas al vino, no se estaba reconociendo solamente una actividad económica. Lo que aparecía allí era otra cosa: generaciones enteras de trabajo silencioso, infancia entre parrales, manos manchadas de mosto y memorias que todavía siguen vivas en el pueblo.


Porque aunque gran parte de aquella producción desapareció con el paso del tiempo, Guardia Mitre nunca perdió del todo su relación con el vino. El escudo local todavía conserva racimos de uva como símbolo identitario. Durante años existió la Fiesta Provincial del Vino Chacolí. Y todavía hoy queda una familia sosteniendo esa tradición: la familia Herrero, actual productora vitivinícola de la localidad.

Eloy Lenschow, otro de los productores vitivinícolas.

Pero quizás lo más importante no esté en las viñas que quedan. Sino en la memoria. En esos relatos donde todavía aparecen las damajuanas acomodadas sobre tablones, las noches cuidando la fermentación, los barriles calafateados con grasa y ceniza, los chicos ayudando en la cosecha y los barcos cargando vino desde el viejo muelle del río. Porque hay pueblos donde el vino se toma. Y otros, como Guardia Mitre, donde el vino todavía se recuerda.

La familia Zingoni en plena cosecha allá por los años ’40.


Publicado en Diario Río Negro.

Domingo 31 de mayo del 2026.

https://www.rionegro.com.ar/gastronomia/en-guardia-mitre-el-vino-no-era-una-bebida-era-una-forma-de-organizar-la-vida/