lunes, 5 de octubre de 2026

Bodega San Sebastián, en Cervantes, un emprendimiento de la Familia Tello Najul.

 


Entre parrales y viejas historias: San Sebastián, la bodega donde el vino se cuenta desde la tierra.

En una chacra escondida entre las bardas, una familia conserva viejas cepas, recupera variedades que casi desaparecieron y transforma cada vendimia en una manera de contar el pasado. Ricardo abre la tranquera, camina entre plantas de 44 y 80 años, muestra las cicatrices que dejaron las heladas y conduce la visita desde el viñedo hasta las barricas, donde el vino vuelve a convertirse en memoria, trabajo y paisaje patagónico.

Ricardo Tello Najul recorre el viñedo familiar, donde sobreviven cepas antiguas y la historia de varias generaciones.
Fotos: Juan José Thomes.

El auto deja atrás Roca y avanza hacia Cervantes. El paisaje empieza a cambiar cuando el camino se mete entre las bardas, los piquillines y las jarillas. No hay tránsito, apenas el camino, el monte y esa sensación de un lugar sin gente. Hasta que aparece la tranquera y Ricardo Tello Najul saca el candado, abre, levanta una mano y la mueve en lo alto para indicar que hay que avanzar. Después sube a su camioneta y se pone al frente. No hace falta que explique demasiado: simplemente marca el camino.

Al doblar aparece la pequeña capilla de San Sebastián y, enseguida, el cartel de bienvenida a la bodega que lleva el nombre del santo. Hacia un lado están los cuadros de viñedos, prolijos, que empiezan a recibir la primavera. Al frente, entre algunos tamariscos, en la casa donde Ricardo creció, donde vive con su mujer Luciana Persiani, y donde sus padres criaron a cinco hijos, reina el silencio. A la derecha, hay una construcción de dos plantas tiene arriba un ventanal enorme que mira directamente hacia las hileras de plantas. Y en el centro entre las vides, los dos hombres que con una sonrisa, reciben a los visitantes.

Casi sin transición, los dos empiezan a contar la historia de aquel lugar. Una historia familiar, pero también la de muchas familias de Río Negro que hicieron de las chacras una forma de vida y que quedaron enlazadas, durante generaciones, con la historia del vino en Río Negro. “Los viejos compraron la chacra en 1983. Yo nací acá en 1983, porque en El Cuy no había hospital, pero hasta los seis años viví ahí. Mi viejo y mi vieja vivían en la escuela porque eran los directores, hasta que se consiguió este lugar”.


En Cervantes, la familia Tello Najul conserva viejas cepas y recupera una tradición vitivinícola atravesada por crisis y heladas.

Cuando sus padres llegaron había diez hectáreas de parrales. Del lado paterno estaban los abuelos, vitivinicultores en San Juan, una historia atravesada por el terremoto de 1944 y el abandono de los viñedos. El abuelo terminó en San Luis, donde nació su padre, pero el vínculo con la vid quedó como un deseo familiar: volver a tener un viñedo propio. Años después, ese sueño encontró su lugar entre las bardas de Cervantes.

El campo tuvo distintas vidas: hubo ovejas, vacas y actividad ganadera, mientras que hoy quedan los caballos. Para Ricardo, esa historia rural también explica el tipo de enoturismo que propone. “Después está el turista al que le encanta aprender, descubrir el terroir, probar los vinos del lugar”. Él los llama enófilos, visitantes interesados en conocer las plantas, las variedades y todo lo que sucede antes de que el vino llegue a la copa.

Cuando Río Negro tenía miles de hectáreas de viñedos.

La chacra familiar guarda viñedos patrimoniales que sobrevivieron a la reconversión de la fruticultura y hoy forman parte de una nueva historia del vino rionegrino.

Para comprender ese presente hay que volver a los años 90. La crisis de la industria, agravada por el escándalo de adulteración de vinos de 1993, afectó el consumo y aceleró la erradicación de viñedos y el reemplazo por peras y manzanas. En la chacra quedaron plantas antiguas como testimonio de aquel paisaje.

Ricardo camina hasta el parral y se abraza a uno de los troncos, grueso y retorcido. “Tenemos un viñedo, una cepa, un tronco que tiene unos 30 o 40 centímetros de diámetro, de los que quedan en Río Negro”. Después muestra el nuevo viñedo que plantó junto a su hermano con Malbec, Cabernet Franc y Pinot Noir. “Todo lo hicimos nosotros. En su momento hicimos un vivero gigante, el más grande de la Patagonia, y empezamos a armar nuestras propias plantas”.

En 2022, Ricardo sufrió una helada de lleno. Hasta entonces trabajaba también como enólogo para bodegas grandes. Su tiempo estaba repartido entre esos trabajos y el proyecto familiar. Pero aquella helada le mostró algo que hasta ese momento quizás había intentado postergar: si él no estaba allí, no podía defender lo que había construido. “Estoy construyendo el sueño de otro”, pensó, y decidió quedarse para dedicarse al propio.

Entre las bardas y los tamariscos, los viejos parrales todavía cuentan la historia de una familia ligada a la vid.

La escena parece pequeña, pero para Ricardo resume buena parte de lo que significa trabajar con un viñedo. Es ingeniero agrónomo, estudió en La Plata y después se formó en Enología en Mendoza. También hizo un máster en Viticultura y Enología en Europa y su hermano siguió un camino parecido: es agrónomo y enólogo. Pero antes de los títulos hubo otra escuela, más doméstica e improvisada. Empezaron haciendo vino en el garaje de la casa, cuando su hermano Farid tenía apenas 12 años y Ricardo 18. Hoy son una bodega boutique.



Las plantas que quedaron después de la gran reconversión.

Entre las hileras de su parral antiguo de 80 años, aparecen ahora las cepas que Ricardo considera parte de un patrimonio. Son variedades que sobrevivieron a una época en la que el mercado fue reduciendo el paisaje vitivinícola a unas pocas opciones, que ellos rescataron y que hoy tienen un valor diferente.

Una de esas variedades es el Trousseau, presente en muy pocos viñedos de Latinoamérica y también en algunas regiones de Portugal, Francia y España. En Argentina, explica, no es una cepa que se encuentre fácilmente. También está el Pinot Joubertin, una variedad de la que producen apenas unas 80 botellas. La cantidad es mínima, pero justamente allí está parte de su valor. Después aparece la Balsamina, una variedad endémica de Río Negro que, fue un cruzamiento espontáneo que se dio entre el Malbec y la variedad Loca Blanca y según explica Ricardo, no existe en ningún otro lugar del mundo.

Una de las botellas que pasó por una cava submarina en el Golfo San Matías, una experiencia que Ricardo Tello Najul realizó para explorar la evolución del vino bajo el mar.

“Por eso hablamos de cepas patrimoniales”, explica Ricardo. Son parte de un paisaje que alguna vez fue mucho más extenso y que hoy vuelve a despertar interés porque cuenta una historia diferente. El consumidor de vino cambió y empezó a buscar identidad, variedades menos conocidas y características propias de cada territorio. Para Ricardo, ahí aparece una oportunidad: mostrar lo que quedó y explicar por qué llegó hasta el presente.

De la tierra al tanque.


Después de recorrer los parrales, Ricardo conduce la visita hacia la bodega. Los tanques de acero inoxidable ocupan buena parte de la sala y alrededor aparecen el laboratorio, las herramientas y las botellas que permiten seguir el camino de la uva hasta convertirse en vino. Mientras camina, explica el proceso. Baja unas escaleras y llega a la sala donde las barricas descansan alineadas.

Allí habla del roble, de los tiempos de crianza y de cómo cada decisión puede modificar el resultado final. Su padre se acerca para una fotografía y queda junto a él en medio de la sala. Es una escena cotidiana, pero resume algo que aparece una y otra vez durante el recorrido: en esta bodega las generaciones no están separadas.

La siguiente sala guarda algunas de las botellas más particulares de la bodega. Están iluminadas con una luz tenue. Ricardo toma una y la muestra. Está cubierta de barro y tiene una historia que la diferencia de las demás: estuvo en la cava submarina del Golfo San Matías, dentro de una partida muy limitada que actualmente se convirtió en uno de los vinos más caros de la bodega.

El padre de Ricardo Tello Najul, junto a la chacra que la familia compró en 1983 y donde comenzó esta historia vitivinícola.

La experiencia surgió de una pregunta: si el movimiento constante del mar y las condiciones del fondo podían generar una evolución diferente en el vino dentro de la botella. Para comprobarlo, conservaron un vino testigo, un Gran Reserva, y colocaron otras botellas en una cava submarina. “Nos juntamos las bodegas que participamos, los enólogos y probamos las botellas sin saber cuál era cuál”, cuenta Ricardo. Según relata, encontraron diferencias y pudieron identificar cuáles habían pasado por la experiencia submarina.

La sidra también tiene su lugar.

La chacra no termina en el vino. También elaboran sidra de alta gama bajo la marca Alto Vuelo, con manzanas y peras orgánicas, a partir de Granny Smith y Pink Lady, utilizando el método “champenoise”. Ricardo explica que las botellas se van moviendo y colocando en el pupitre para que esas borras se acumulen en el pico. Después llega el degüello, un procedimiento que Ricardo relaciona con las antiguas técnicas de elaboración de espumantes de Dom Pérignon.

Una botella que guarda la huella de una experiencia singular: meses de permanencia en una cava submarina del Golfo San Matías.

Cuando habla de la producción actual, Ricardo vuelve inevitablemente a la familia. Hay clientes que los conocen desde los primeros años y que terminaron convirtiéndose en amigos. También están sus sobrinos, que ayudan, sus hermanas, que se acercan cuando hace falta, y su madre y su padre, que continúan siendo una presencia diaria.

Hoy Ricardo y su mujer Luciana Persiani, viven completamente de esta actividad y ya llevan 23 vendimias. La última parte del recorrido transcurre en una sala vidriada, con una mesa larga para la degustación. Hay copas, individuales y botellas listas para probar. Desde el enorme ventanal se ve el viñedo, el monte y el cielo abierto. Sobre una mesa aparecen libros y medallas obtenidas por sus vinos en distintos concursos. Ricardo vuelve entonces a una expresión que resume buena parte de su manera de entender el proyecto: “viñedo de autor”.

Sabe que el consumo de vino viene atravesando dificultades y que todavía se arrancan viñedos, pero también observa otro fenómeno. “Podés ver noticias que dicen que el consumo de vino baja, que se siguen levantando viñedos y que hay una crisis en el sector. Pero lo que está aumentando es la gente que demanda experiencias: poder hacer algo distinto, salir a la tierra, conocer el viñedo, tocarla, caminar, tocar una planta. Entonces se trata de vivir el momento. Y nosotros estamos en eso”.

Por eso llegan visitantes de Roca, Allen, Cervantes, Regina y Neuquén, pero también turistas que vienen desde otros lugares del país y grupos de enófilos que recorren la Patagonia detrás de bodegas y vinos con identidad. Ricardo le dice visita “de lunes a lunes”. La expresión tiene algo de la vida que se lleva allí: un lugar aislado, donde hay que cuidar el predio y donde las visitas se organizan de manera casi artesanal. Puede ser un miércoles o un domingo, porque si alguien quiere conocer la chacra y se puede coordinar, abre la puerta.


Cuando llega el momento de irse, queda atrás el ventanal de la sala, los viñedos y el monte. La primavera empieza a pintar de verde las hileras y el camino vuelve a perderse entre las bardas. Pero ahora la chacra aparece en la memoria como el lugar donde una familia conservó plantas que estuvieron a punto de desaparecer, donde una helada dejó cicatrices que todavía se muestran a los visitantes y donde cada botella puede contar algo de la tierra que la vio nacer. La tranquera se cierra otra vez, pero la historia sigue creciendo del otro lado, entre las viejas plantas y los nuevos brotes.


Como ir a visitar Bodega San Sebastián.

Para llegar a la Bodega y Viñedos San Sebastián ubicada en Cervantes, Río Negro, debes dirigirte a la Chacra 297. Para eso por wsp te enviarán el mapa (298 440-6555 o en @bodegasansebastian.

La visita guiada, con degustación de 5 etiquetas sale $30.000 por persona, o $40.000 las 8 etiquetas. También pueden aramar una opción con un catering y degustación. Siempre con reserva previa.

Por Lorena Vincenty.

Fotos: Juan José Thomes.

Domingo 04/10/2026.

Publicado en Diario Río Negro.

https://www.rionegro.com.ar/voy-turismo/entre-parrales-y-viejas-historias-san-sebastian-la-bodega-donde-el-vino-se-cuenta-desde-la-tierra/

 

Viños de la Patagonia Argentina, viñedos patagónicos y argentinos. Vinos del sur, de las zonas frías PATAGONIA.

martes, 29 de septiembre de 2026

Petróleo y vino: así construyó Bulgheroni su imperio en la Patagonia.


Petróleo y vino: así construyó Bulgheroni su imperio en la Patagonia.

Un almacén de campo en Santa Fe. Cerro Dragón. Vinos al fin del mundo. La historia de un apellido que reescribió la Patagonia.

Alejandro Bulgheroni, ingeniero industrial, lidera hoy uno de los grupos más diversificados del país.

Esta historia nos lleva a principios del siglo XX. Un inmigrante italiano llamado Ángel Bulgheroni desembarca en Argentina y se instala en Rufino (Santa Fe) y abre un almacén de ramos generales con "todo para el hombre de campo", desde ropa hasta herramientas. Nadie podría haber imaginado entonces que ese mostrador de pueblo sería la primera piedra de uno de los grupos empresarios más poderosos de América Latina, con fuerte anclaje en Patagonia.

Su hijo, Alejandro Ángel Bulgheroni, hereda algo más que el negocio: hereda la ambición. En 1948 funda Bridas, una compañía que nace pequeña pero que lleva en su ADN la vocación de crecer. Años después, esa semilla dará sus frutos más inesperados lejos de Santa Fé: petróleo en el sur profundo y vino en el confín del mundo.

Así llegamos al 24 de octubre de 1943, en esa misma Rufino, nace Alejandro Pedro Bulgheroni. Se forma como ingeniero industrial en la Universidad de Buenos Aires y, a los 22 años, en 1965, se suma a Bridas junto a su padre. No lo sabe todavía, pero está subiendo al primer escalón de un imperio.

En la foto se ve al matrimonio de Angel Bulgheroni y Rosa Botto, su hijo sentado en el extremo inferior izquierdo es Alejandro Angel Bulgheroni, padre de los reconocidos empresarios Alejandro y Carlos Bulgheroni, fundadores del Grupo Bridas. 

@antiguasfotografiasargentinas

De Rufino al mundo: la gran apuesta.

Bridas crece durante los años setenta hasta convertirse en una de las firmas privadas más influyentes del sector energético argentino. A su lado, el hermano menor, Carlos Bulgheroni, construye junto a él ese camino, hasta su muerte en Washington, en septiembre de 2016.

El gran salto llega en 2010: la familia vende el 50% de Bridas Corporation a la petrolera estatal china CNOOC por 3.100 millones de dólares. Es el momento en que un negocio familiar argentino se convierte en un jugador global. Dos años más tarde, la compañía suma Axion Energy Argentina y refinerías junto a activos de ExxonMobil en Paraguay, Argentina y Uruguay. En 2017, la fusión entre Bridas, BP, Pan American Energy y Axion da forma a Pan American Energy Group (PAEG), hoy conducido por Alejandro Bulgheroni junto a su sobrino Marcos.

Carlos Bulgheroni intentó en 1995 construir un gasoducto que atravesaba Afganistán. La historia fue publicada en 1997 en el Suplemento Económico de Clarín.Hay un lugar donde esta historia se vuelve subterránea, literal y metafóricamente: Cerro Dragón, en la cuenca del Golfo San Jorge, Chubut. Allí, PAE perfora, extrae y reinventa su negocio desde hace casi 70 años. Es el escenario donde el apellido Bulgheroni se volvió sinónimo de energía en la Patagonia.

En 2025 llega una noticia que reactiva la apuesta: la compañía confirma la existencia de shale gas en la formación D-129 y convierte el área en una concesión no convencional por 35 años, prorrogables por 10 más. La inversión inicial: 250 millones de dólares para un plan piloto de cinco pozos. Un año después, en mayo de 2026, PAE presenta ante el RIGI el primer proyecto de petróleo convencional de la provincia bajo ese régimen: 680 millones de dólares para 22 plantas de inyección de polímeros, 220 pozos inyectores y 650 productores, con una producción incremental estimada en 24 millones de barriles.

Otronia, al sur de Chubut, a apenas 50 kilómetros de la frontera con Santa Cruz y 150 de Comodoro Rivadavia, es la más nueva de las bodegas, centrada en alta gama.

Cuando el petróleo se vuelve vino.

Pero la historia de los Bulgheroni no se agota en el subsuelo. Con la fortaleza del negocio energético como cimiento, Alejandro decide mirar hacia otro horizonte: la tierra fértil y preside Alejandro Bulgheroni Family Vineyards, un mapa de bodegas que se despliega por Mendoza, la Patagonia, Burdeos, Barossa Valley, Toscana, Napa Valley y Garzón, en Uruguay.

En 2011, el empresario elige un campo cercano a Sarmiento, Chubut, y destina 1.300 hectáreas a un proyecto que suena casi imposible: producir vino en la estepa de Patagonia sue. Dos chacras iniciales, de 11 y 39 hectáreas, son el punto de partida de Otronia, que en 2023 obtiene su propia Indicación Geográfica del Instituto Nacional del Vino (INV) y hoy elabora los vinos más australes del planeta, sobre el paralelo 45° Sur.

Otronia forma parte de Grupo Avinea, primer productor de vino orgánico del país, y comparte holding con una participación del 50% en Bodega Vistalba. Según fuentes del sector, la inversión total del grupo en el negocio vitivinícola ya supera los 76 millones de dólares.

Bulgheroni llevó la vitivinicultura al límite: hoy sus viñedos crecen sobre el paralelo 45° Sur.

Dos historias, un mismo apellido.

Del mostrador de un almacén en Rufino a las plantas de inyección de Cerro Dragón, y de allí a las cepas más australes del mundo, la trayectoria de Alejandro Bulgheroni condensa más de siete décadas de decisiones audaces. La Patagonia, ese territorio que algunos asocian a la potal cordillerana y otros a la estepa o yacimiento, es hoy el escenario donde conviven dos negocios que parecen opuestos, pero que responden a la misma lógica familiar: mirar lejos, invertir fuerte y sostener la apuesta en el tiempo.

Más Producción del Diario La Mañana de Neuquén.

https://masp.lmneuquen.com/vitivinicultura/petroleo-y-vino-asi-construyo-bulgheroni-su-imperio-la-patagonia-n1255194

lunes, 14 de septiembre de 2026

El día que Chandon se ilusionó con hacer espumantes en Patagonia.



El día que Chandon se ilusionó con hacer espumantes en Patagonia.

En la década de 1950, Moët & Chandon exploró el Alto Valle buscando terruños ideales para espumantes. Esa iniciativa sentó bases para el Pinot Noir patagónico.

Robert-Jean de Vogüé, descendiente directo de la familia Moët & Chandon y director de la Maison en Francia.

A finales de la década de 1950, la emblemática casa francesa Moët & Chandon inició una travesía estratégica para fundar su primera filial fuera de Francia. Mientras evaluaban la icónica zona de Agrelo en Mendoza, donde finalmente establecieron su sede oficial en 1959, Robert-Jean de Vogüé (descendiente directo de la familia Moët & Chandon y director de la Maison en Francia), junto a Renaud Poirier (enólogo prestigioso y muy respetado de la región de la Champagne), investigaron la potencialidad de Argentina, recorrierron el país y extendieron sus expediciones analíticas hacia las latitudes del sur.

El objetivo primordial consistía en identificar terruños de clima frío capaces de aportar la acidez natural, la finura aromática y la elegancia que requieren las bases para vinos espumantes de categoría mundial. Las observaciones agronómicas señalaron al Alto Valle del Río Negro como un ecosistema idóneo. La marcada amplitud térmica de la región, sumada a sus noches frescas y a un ambiente seco con excelente insolación, ofreció las condiciones óptimas para el cultivo riguroso de varietales nobles de ciclo corto.


La apuesta productiva de 1969.

Tras completar los estudios de suelo y clima, la compañía materializó su visión en 1969 mediante la adquisición de aproximadamente 400 hectáreas en las inmediaciones de General Roca, Río Negro. En esa superficie, los expertos de la firma implantaron cerca de 40 hectáreas dedicadas de forma exclusiva al cultivo de Pinot Noir.

Para llevar a cabo este proyecto, la casa francesa importó clones seleccionados que implantó sobre pie franco. Esta decisión técnica constituyó uno de los primeros bloques puros, sistemáticos y de escala comercial de esta variedad fina en suelo patagónico. La iniciativa sentó un antecedente agronómico inédito para la vitivinicultura de la región, demostrando que la pampa del norte patagónico reunía atributos excepcionales para cepas de alta exigencia climática.


Desafíos australes.

A pesar de los sobresalientes resultados cualitativos obtenidos en cada cosecha, la operación patagónica enfrentó severas dificultades operativas hacia finales de la década de 1960 y comienzos de los años 70. La infraestructura de transporte entre el Alto Valle y los principales centros urbanos de procesamiento y consumo generaba costos logísticos significativos para la época.

Ante este escenario, la dirección de Chandon optó por reestructurar su esquema productivo. Decidió centralizar las operaciones de molienda, vinificación y embotellado en sus instalaciones de Luján de Cuyo, Mendoza, lo que derivó en la posterior desinversión y venta de las hectáreas patagónicas.

Un legado viviente.

El repliegue territorial de la firma gala no significó el fin de aquellos viñedos pioneros. Hacia fines de la década de 1990, la histórica Bodega Humberto Canale adquirió las tierras y sus instalaciones, bautizando la propiedad como Finca La Isabel.

Aquel bloque inicial de Pinot Noir plantado en 1969 se conserva en plena producción y destaca como el viñedo continuo de Pinot Noir más antiguo de la Patagonia. De sus filas nacen en la actualidad etiquetas emblemáticas del portafolio regional, confirmando que la visión analítica de los técnicos de Chandon a mediados del siglo XX trazó el rumbo del Pinot Noir austral.

FUENTE: Redacción +P. 

Más Producción del Diario La Mañana del Neuquén.

23 de agosto del 2026.

https://masp.lmneuquen.com/vitivinicultura/el-dia-que-chandon-se-ilusiono-hacer-espumantes-patagonia-n1250090

Notas: 

Se dice que Chandon presentó una nota para instalarse en Río Negro. Dicen que Chandon todavía está esperando repuesta.

De otros blogspot.

En Valle Medio “ la finca La Isabel, ubicada en Pomona. Finca que era propiedad de los Barzi (Canale) y que en su momento había sido propiedad de la bodega Chandón. La misma tiene casi 40 has., y poco más de 30 con viñedos plantados en la década de 1950 y 1960 por los operarios y expertos que la misma casa matriz en Francia envió para instalarse en la Argentina. Allí plantaron Cabernet Sauvignon, Pinot Noir, Merlot, Chardonnay. Pero el que se destaca es un Riesling. (Fabián Mitideri sobre Videla Dorna).

“Cuenta la historia que, en los 70 en Río Negro, Chandon iba a establecerse con 500 hectáreas, pero finalmente plantaron solamente 40 ha de viñedos en la zona del Valle Medio, (cerca de Choele Choel). Pero finalmente se decidieron por Mendoza y le vendieron todo a Humberto Canale. Matías compró 20 de esas hectáreas en la isla grande y allí cultiva Malbec, Cabernet Franc, Pinot Noir, Bastardo (el nombre común que se le da en la zona al Trosseau), Semillón, Torrontés, Ugni Blanc, Pedro Giménez y Chenin Blanc, restaurando las plantas antes injertadas a sus cepas originales” (El ángel del vino. Blog de vinos sobre Riccitelli).

La filial mendocina forma parte del prestigioso grupo LVMH, líder mundial en productos de lujo, y fue la primera casa de Chandon fuera de Francia, inaugurada en 1959 al pie de la Cordillera de los Andes.

Hoy Chandon cuenta con otras sedes en Brasil, Estados Unidos, India, Australia y China.

lunes, 7 de septiembre de 2026

La damajuana resiste las bodegas del Alto Valle Rionegrino aún venden miles de litros al mes usando este envase.

De la bodega a la mesa: la venta directa en los establecimientos del Alto Valle mantiene vivo el ritual familiar de ir a buscar el vino en damajuana.

CONSUMOS DE VINOS. 

LA DAMAJUANA. 

Bodegas Rionegrinas.

La damajuana resiste: con su aire vintage, permite acceder a vino varietal a menos precio.

Las bodegas del Alto Valle aún venden miles de litros al mes usando este envase. Da más trabajo su conservación, y logró ingresar en los restaurantes por su aporte cálido y sinónimo de vinos genuinos.

Escondida atrás de la puerta, o tal vez oculta bajo algún estante en las sombras de la despensa, la damajuana de vino es símbolo de otra época. Porque en esa otra época se tomaba más vino. Y no se vivía tan apurado. Pero con su cesto plástico, y su manija traicionera, la damajuana resiste el paso del tiempo, y el testimonio de tres bodegueros de la región dan fe de ello. Es un artículo que genera múltiples beneficios a quienes están en los dos extremos de la comercialización: El consumidor, el menos en el pródigo Alto Valle, puede acceder a un vino varietal, de calidad similar al que se envasa en botellas de ¾ litro, a un precio tres o cuatro veces inferior. Para el bodeguero, es caja diaria, menos insumos, y despacho de los saldos remanentes de la vendimia anterior para hacer lugar al vino nuevo.

Ricardo Hernández, miembro del establecimiento Familia Dellanzo, resume lo que hoy representa este noble envase en términos ambientales: “Ecológicamente es un golazo”, y eso se puede analizar incluso siguiendo la “huella de carbono”. Se usa un solo corcho, en vez de 6 (una damajuana contiene tanto vino como una caja de 6 botellas de ¾), una sola etiqueta con menos tina en uso, menos vidrio, menos flete. No se usan cajas de cartón, ni capuchones sofisticados. Y requiere para su envasado “muchísima menos mano de obra”, acota Carlos Tronelli, desde su mítica bodega roquense.


Carlos Tronelli, recuerda de cuando las bodegas vendían el vino directo en "bordalecesas" y barricas de madera de 200 litros. Luego se pasó a la damajuana de 10 litros. A fines de los 70s aparecieron las de 5 litros.

Altri tempi.

Pero no hay que perder de vista las adversidades. La principal es lo lejos que está el mercado del record histórico de 91,8 litros per cápita por año registrado en 1970 en Argentina. Hace pocos meses el consumo en Argentina tocó los 14 litros según las estadísticas oficiales. 77,8 litros debajo de aquella marca histórica.

Cambiaron los trabajos y las rutinas. Más oficina y menos campo. Pero, la damajuana conserva su encanto y atraviesa por estos días un revival a partir de su aporte vintage a restaurantes, sobre todo los que se especializan en carnes asadas. De la damajuana al pingüino, o a la copa directo. Y también se ponen en lugares visibles para darle un toque personal a la ambientación de los salones de comidas.

Para tener un panorama de la actualidad de este segmento específico de la comercialización de los vinos regionales, consultamos en 3 puntos estratégicos del Alto Valle. En el extremo norte del valle, cerca de la localidad de Sargento Vidal, están las 20 hectáreas de viñedos (divididas en tres chacras), de la familia Dellanzo. En el centro de la región, Bodega Tronelli, y hablamos con su propietario. Y en la otra punta del valle Bodega Favretto, un emblema del vino en damajuana desde hace décadas. Consultados por +P, cada uno hizo su aporte y en algunos casos hay varios aspectos compartidos.

Gustavo Favretto, comunicador de formación, no se anda con medias tintas: “¡Cuando veas a una persona que sale de un mercado abrazado a una damajuana, no tenés que pensar…mirá este borrachín! Al contrario, lo que tenés que pensar es que ese hombre tiene más salud que vos”. Y sostiene que “el alcohol no es el problema de la salud de las personas. El problema está en lo que comemos, no en lo que tomamos. El vino no tiene octógonos prohibitivos. Eso sí, se debe beber con moderación”.

Sobre la calidad, asegura que “un vino en damajuana hoy le puede hacer pasar vergüenza a un vino que viene en una botella de 750 centímetros cúbicos”; y revela un análisis compartido: “Actualmente, con la caída del consumo, la damajuana es la caja diaria de la bodega. No soluciona las crisis de ventas, pero sacás volumen de la bodega, porque en unos meses más se viene la próxima cosecha y la bodega tiene que estar vacía para poner el vino nuevo”.


Gustavo Favretto, continuador de un emprendimiento que en los 70 vendía vinos en damajuanas de 10 litros.

Ventajas y advertencias.

Dos consideraciones indispensables sobre la conservación: El vino así envasado, puede durar sin alteraciones 3 o 4 días. Y lo más aconsejable es, una vez abierta la damajuana, tomar un pequeño embudo, de esos de plástico que suelen venir rojos, verdes o amarillos, y se fracciona el contenido (luego de completar la primera jarra), en varias botellas y se lo tapa. Así aguanta más. “Puede aguantar 3 o 4 meses”, aclara Tronelli, quien aconseja su guarda en lugares oscuros, frescos y bien tapados. El oxígeno es el principal enemigo del vino.

El otro aspecto no menos importante -dentro de las ventajas que tiene el vino en damajuana-, es el precio. Los 4,750 litros de cada envase se comercializan entre 11 y 16.000 pesos. Eso da un promedio 2.500 pesos el equivalente a una botella de ¾. Una botella, de calidad similar, puede ir de los 10 a los 12.000 pesos. Ni más, ni menos.

Por ejemplo, Tronelli envasa su Malbec Reserva tanto en las botellas como en las damajuanas. La caja de 6 unidades cuesta 30.000 pesos en bodega, lo que da un precio de 5.000 pesos la botella. El mismo vino en damajuana, se comercializa a 11.000 pesos, lo que da un valor final de 1.800 pesos por la misma calidad y misma cantidad de vino.

Los Dellanzo llevan 63 años haciendo vinos, de los cuales 60 estuvieron dedicados a la damajuana para abastecer al mercado de cercanía, como Campo Grande, Cinco Saltos, El Chañar, Cipolletti o Neuquén.

“Si bien había un anhelo de poder llegar a la botella, siempre se elaboraron vinos con la intención de que tenían que tener la calidad como para una botella”, aclara Hernández, quien reconoce que aún hoy, la damajuana representa el 80% de la producción anual de 150.000 litros. Algo así como 32.000 damajuanas. Un número que demuestra así su vigencia y su vigor.


"Ecológicamente es un golazo": Ricardo Hernández, de Familia Dellanzo, destaca que el uso de un solo corcho y la menor cantidad de insumos reducen notablemente la huella de carbono.

De tiempos idos.

Hernández acepta que “ya no se consume vino al mediodía y vino a la noche como hacían nuestros viejos”, pero a favor de este envase, comentó que “hoy tenés vinos de 12.000 pesos la botella, nosotros tenemos la damajuana en 12.000 pesos. Entonces, realmente, te estás llevando vino un vino muy económico y de muy buena calidad”.

En Tronelli, cada vez que uno pisa la bodega, hay un auto que estaciona y alguien que se baja con su envase para renovar la carga. Todo un mundo invisible, de pautas antiguas y al margen de la vorágine cotidiana, se expresa en esos intercambios.

Carlos aclara que, en su caso, la damajuana representa “una venta local, en bodega”. Además “ya no hacemos vinos comunes”, sino que se envasa lo mismo que va a botellas. Sobre las oportunidades de negocio que abre la damajuana, aclara que, a pesar de algunos pedidos, “ya no hago más envíos por una simple razón: Los fletes son caros, y en la damajuana vos tenés el envío de la damajuana llena y la vuelta de la damajuana vacía”.


Un envase con historia y gran rendimiento: la damajuana permite acceder a la misma calidad de un vino de botella por hasta tres o cuatro veces menos de su valor.

Bodega Tronelli.

La vida es una moneda.

Este veterano productor dice algo que puede resultar determinante en un recorrido por la vida y subsistencia de la damajuana, y tiene que ver con qué tan profundas son las crisis que atravesamos los argentinos.

Primero dispara: “El problema con la damajuana es el trabajo”. Y aclara que se refiere al trabajo que da una vez que llega a cada hogar: “tenés que tener la constancia de abrir la damajuana, traspasar a la botella como se hacía antes. Y eso a todo el mundo no le gusta hacerlo. Pero sí es atractiva porque representa una economía a partir que el dinero de las personas es escaso. Eso ha hecho que la damajuana siga teniendo vida. Si hubiera quizás otro tipo de economía, quizá por comodidad de la gente, la damajuana ya hubiera desaparecido”.

Respecto del vino en botella, “te deja casi el mismo margen o a veces mejor, porque prácticamente tenés muy poca mano de obra en la damajuana, y lo que vendiste en vino en la damajuana te queda prácticamente el valor del vino puro. En la botella, cuando vos empezás a deshojar la margarita, y sacás los costos, lo que queda para el vino es menor”.


Ecológicamente eficiente: al reutilizar el envase y usar solo un corcho por cada 4,75 litros, la damajuana reduce significativamente la huella de carbono.

Bodega Favretto.

Aunque no lo veamos.

Mientras, los clientes siguen las pautas de las viejas viralizaciones: La publicidad boca en boca. Será tal vez por eso es que “recién la semana pasada instalamos nuestro primer cartel. O sea, la bodega nunca tuvo un cartel porque no hacía falta”, dice Hernández, dando cuenta del poder que ejerce un prestigio ganado y como ese renombre obtenido trepana aún los calendarios más espesos.

“No hacía falta tener un cartel, porque la gente entraba a comprar, y se llevaba todo el vino del año”, y agrega un dato, en este contexto, muy poderoso: La compra del vino para varias semanas o meses, pasa a ser en algunas familias un ritual que es tomado como como una escapada de fin de semana o una salida de la familia. “Hoy tenemos clientes de la zona (aledaños a Campo Grande y Sargento Vidal), pero también tenemos algunos que se hacen su viaje, como los que vienen de Neuquén, Plottier, Catriel, Allen o de Senillosa, “que vienen exclusivamente con su damajuana y compran el vino acá”.

Gustavo Favretto coindice que la compra del vino en damajuana es un ritual que se desarrolla de manera casi exclusiva en las bodegas: “El 90% de la venta de damajuana es venta directa en la bodega, aunque después tenemos clientes en toda la provincia a los que se envía por transporte”.

Y el mercado, si se quiere, es más amplio de lo que parece, porque para este bodeguero de Regina, “tenemos pedidos de compra de varios lugares del país, pero el tema es el envase”. Hoy sus clientes saben que “tienen que traer el envase para que vendamos la llena”. Las damajuanas “son retornables: se lavan y se vuelven a utilizar”.

La bodega Favretto tiene 78 años y el rubro damajuana lo comenzó a desarrollar en la década del 70. “Primero fueron las damajuanas de 10 litros”, rememora este joven descendiente.


Una imagen habitual en Bodega Tronelli: Un vecino se acerca con su envase a comprar el vino para toda la semana, con la habitual charla sobre temas varios de la vida.

Su estelar reentrée al mundo de la gastronomía.

Ricardo Hernández dice que el vino en damajuana “sigue estando” en restaurantes de la región. Menciona a clientes de Cipolletti, Neuquén, y hasta de Villa Pehuenia y Moquehue. En Roca, algunas casas de comida compran en Tronelli, para su “vino de la casa”.

El primer objetivo, es utilizar la damajuana como reservorio para atender la venta del vino en copa.

“Si bien uno piensa que no está más, hoy los nuevos restaurantes como que la están poniendo otra vez de moda. Porque es vistoso tener una damajuana, que la vean, que te sirvan en un pingüino, que te lleven el pingüino a la mesa. O te sirve la copa de la damajuana. Es como todo un ritual nuevo y por ahí existe un redescubrimiento”, comentó Hernández a la luz de sus propias experiencias.

En su caso, hizo una fuerte inversión en una máquina que envasa e vino en las “Bag in box”, esas cajas de cartón que llevan en el interior un sachet (como el de la leche), que permite servir por copa, pero con un sistema que mantiene el vacío del envase y hace mucho más durable el vino y sus condiciones inalterables. Con ese envase “te servís hoy, te servís la semana que viene, te servís el mes que viene, y el vino sigue intacto. La calidad del vino se mantiene inalterable porque se mantiene el vacío”, explicó a +P.

La bodega Dellanzo tiene 10 varietales en total. “La idea es que justamente puedas tomarte una damajuana de Cabernet Sauvignon, de Malbec, de Petit Verdot, de Tempranillo, de Syrah, o de Bonarda. En blanco tenemos una solo un solo varietal, que es Torrontés”, especificó.

Luego de aclarar que “la damajuana perdura porque no es para cualquiera”, Favretto dio su análisis sobre la resistencia de este noble envase: “Las damajuanas perduran por varios motivos y uno fundamental es por el precio. Segundo mantiene una tradición familiar, porque aún hay gente que le gusta descorchar y llenar una jarra con vino y ponerla en la mesa”.

Por Fabricio González.

Publicado en Más Producción de La Mañana de Neuquén.

4/9/2026.

https://masp.lmneuquen.com/vitivinicultura/la-damajuana-resiste-su-airevintage-permite-acceder-vinovarietal-menos-precio-n1252262