martes, 29 de septiembre de 2026

Petróleo y vino: así construyó Bulgheroni su imperio en la Patagonia.


Petróleo y vino: así construyó Bulgheroni su imperio en la Patagonia.

Un almacén de campo en Santa Fe. Cerro Dragón. Vinos al fin del mundo. La historia de un apellido que reescribió la Patagonia.

Alejandro Bulgheroni, ingeniero industrial, lidera hoy uno de los grupos más diversificados del país.

Esta historia nos lleva a principios del siglo XX. Un inmigrante italiano llamado Ángel Bulgheroni desembarca en Argentina y se instala en Rufino (Santa Fe) y abre un almacén de ramos generales con "todo para el hombre de campo", desde ropa hasta herramientas. Nadie podría haber imaginado entonces que ese mostrador de pueblo sería la primera piedra de uno de los grupos empresarios más poderosos de América Latina, con fuerte anclaje en Patagonia.

Su hijo, Alejandro Ángel Bulgheroni, hereda algo más que el negocio: hereda la ambición. En 1948 funda Bridas, una compañía que nace pequeña pero que lleva en su ADN la vocación de crecer. Años después, esa semilla dará sus frutos más inesperados lejos de Santa Fé: petróleo en el sur profundo y vino en el confín del mundo.

Así llegamos al 24 de octubre de 1943, en esa misma Rufino, nace Alejandro Pedro Bulgheroni. Se forma como ingeniero industrial en la Universidad de Buenos Aires y, a los 22 años, en 1965, se suma a Bridas junto a su padre. No lo sabe todavía, pero está subiendo al primer escalón de un imperio.

En la foto se ve al matrimonio de Angel Bulgheroni y Rosa Botto, su hijo sentado en el extremo inferior izquierdo es Alejandro Angel Bulgheroni, padre de los reconocidos empresarios Alejandro y Carlos Bulgheroni, fundadores del Grupo Bridas. 

@antiguasfotografiasargentinas

De Rufino al mundo: la gran apuesta.

Bridas crece durante los años setenta hasta convertirse en una de las firmas privadas más influyentes del sector energético argentino. A su lado, el hermano menor, Carlos Bulgheroni, construye junto a él ese camino, hasta su muerte en Washington, en septiembre de 2016.

El gran salto llega en 2010: la familia vende el 50% de Bridas Corporation a la petrolera estatal china CNOOC por 3.100 millones de dólares. Es el momento en que un negocio familiar argentino se convierte en un jugador global. Dos años más tarde, la compañía suma Axion Energy Argentina y refinerías junto a activos de ExxonMobil en Paraguay, Argentina y Uruguay. En 2017, la fusión entre Bridas, BP, Pan American Energy y Axion da forma a Pan American Energy Group (PAEG), hoy conducido por Alejandro Bulgheroni junto a su sobrino Marcos.

Carlos Bulgheroni intentó en 1995 construir un gasoducto que atravesaba Afganistán. La historia fue publicada en 1997 en el Suplemento Económico de Clarín.Hay un lugar donde esta historia se vuelve subterránea, literal y metafóricamente: Cerro Dragón, en la cuenca del Golfo San Jorge, Chubut. Allí, PAE perfora, extrae y reinventa su negocio desde hace casi 70 años. Es el escenario donde el apellido Bulgheroni se volvió sinónimo de energía en la Patagonia.

En 2025 llega una noticia que reactiva la apuesta: la compañía confirma la existencia de shale gas en la formación D-129 y convierte el área en una concesión no convencional por 35 años, prorrogables por 10 más. La inversión inicial: 250 millones de dólares para un plan piloto de cinco pozos. Un año después, en mayo de 2026, PAE presenta ante el RIGI el primer proyecto de petróleo convencional de la provincia bajo ese régimen: 680 millones de dólares para 22 plantas de inyección de polímeros, 220 pozos inyectores y 650 productores, con una producción incremental estimada en 24 millones de barriles.

Otronia, al sur de Chubut, a apenas 50 kilómetros de la frontera con Santa Cruz y 150 de Comodoro Rivadavia, es la más nueva de las bodegas, centrada en alta gama.

Cuando el petróleo se vuelve vino.

Pero la historia de los Bulgheroni no se agota en el subsuelo. Con la fortaleza del negocio energético como cimiento, Alejandro decide mirar hacia otro horizonte: la tierra fértil y preside Alejandro Bulgheroni Family Vineyards, un mapa de bodegas que se despliega por Mendoza, la Patagonia, Burdeos, Barossa Valley, Toscana, Napa Valley y Garzón, en Uruguay.

En 2011, el empresario elige un campo cercano a Sarmiento, Chubut, y destina 1.300 hectáreas a un proyecto que suena casi imposible: producir vino en la estepa de Patagonia sue. Dos chacras iniciales, de 11 y 39 hectáreas, son el punto de partida de Otronia, que en 2023 obtiene su propia Indicación Geográfica del Instituto Nacional del Vino (INV) y hoy elabora los vinos más australes del planeta, sobre el paralelo 45° Sur.

Otronia forma parte de Grupo Avinea, primer productor de vino orgánico del país, y comparte holding con una participación del 50% en Bodega Vistalba. Según fuentes del sector, la inversión total del grupo en el negocio vitivinícola ya supera los 76 millones de dólares.

Bulgheroni llevó la vitivinicultura al límite: hoy sus viñedos crecen sobre el paralelo 45° Sur.

Dos historias, un mismo apellido.

Del mostrador de un almacén en Rufino a las plantas de inyección de Cerro Dragón, y de allí a las cepas más australes del mundo, la trayectoria de Alejandro Bulgheroni condensa más de siete décadas de decisiones audaces. La Patagonia, ese territorio que algunos asocian a la potal cordillerana y otros a la estepa o yacimiento, es hoy el escenario donde conviven dos negocios que parecen opuestos, pero que responden a la misma lógica familiar: mirar lejos, invertir fuerte y sostener la apuesta en el tiempo.

Más Producción del Diario La Mañana de Neuquén.

https://masp.lmneuquen.com/vitivinicultura/petroleo-y-vino-asi-construyo-bulgheroni-su-imperio-la-patagonia-n1255194

lunes, 14 de septiembre de 2026

El día que Chandon se ilusionó con hacer espumantes en Patagonia.



El día que Chandon se ilusionó con hacer espumantes en Patagonia.

En la década de 1950, Moët & Chandon exploró el Alto Valle buscando terruños ideales para espumantes. Esa iniciativa sentó bases para el Pinot Noir patagónico.

Robert-Jean de Vogüé, descendiente directo de la familia Moët & Chandon y director de la Maison en Francia.

A finales de la década de 1950, la emblemática casa francesa Moët & Chandon inició una travesía estratégica para fundar su primera filial fuera de Francia. Mientras evaluaban la icónica zona de Agrelo en Mendoza, donde finalmente establecieron su sede oficial en 1959, Robert-Jean de Vogüé (descendiente directo de la familia Moët & Chandon y director de la Maison en Francia), junto a Renaud Poirier (enólogo prestigioso y muy respetado de la región de la Champagne), investigaron la potencialidad de Argentina, recorrierron el país y extendieron sus expediciones analíticas hacia las latitudes del sur.

El objetivo primordial consistía en identificar terruños de clima frío capaces de aportar la acidez natural, la finura aromática y la elegancia que requieren las bases para vinos espumantes de categoría mundial. Las observaciones agronómicas señalaron al Alto Valle del Río Negro como un ecosistema idóneo. La marcada amplitud térmica de la región, sumada a sus noches frescas y a un ambiente seco con excelente insolación, ofreció las condiciones óptimas para el cultivo riguroso de varietales nobles de ciclo corto.


La apuesta productiva de 1969.

Tras completar los estudios de suelo y clima, la compañía materializó su visión en 1969 mediante la adquisición de aproximadamente 400 hectáreas en las inmediaciones de General Roca, Río Negro. En esa superficie, los expertos de la firma implantaron cerca de 40 hectáreas dedicadas de forma exclusiva al cultivo de Pinot Noir.

Para llevar a cabo este proyecto, la casa francesa importó clones seleccionados que implantó sobre pie franco. Esta decisión técnica constituyó uno de los primeros bloques puros, sistemáticos y de escala comercial de esta variedad fina en suelo patagónico. La iniciativa sentó un antecedente agronómico inédito para la vitivinicultura de la región, demostrando que la pampa del norte patagónico reunía atributos excepcionales para cepas de alta exigencia climática.


Desafíos australes.

A pesar de los sobresalientes resultados cualitativos obtenidos en cada cosecha, la operación patagónica enfrentó severas dificultades operativas hacia finales de la década de 1960 y comienzos de los años 70. La infraestructura de transporte entre el Alto Valle y los principales centros urbanos de procesamiento y consumo generaba costos logísticos significativos para la época.

Ante este escenario, la dirección de Chandon optó por reestructurar su esquema productivo. Decidió centralizar las operaciones de molienda, vinificación y embotellado en sus instalaciones de Luján de Cuyo, Mendoza, lo que derivó en la posterior desinversión y venta de las hectáreas patagónicas.

Un legado viviente.

El repliegue territorial de la firma gala no significó el fin de aquellos viñedos pioneros. Hacia fines de la década de 1990, la histórica Bodega Humberto Canale adquirió las tierras y sus instalaciones, bautizando la propiedad como Finca La Isabel.

Aquel bloque inicial de Pinot Noir plantado en 1969 se conserva en plena producción y destaca como el viñedo continuo de Pinot Noir más antiguo de la Patagonia. De sus filas nacen en la actualidad etiquetas emblemáticas del portafolio regional, confirmando que la visión analítica de los técnicos de Chandon a mediados del siglo XX trazó el rumbo del Pinot Noir austral.

FUENTE: Redacción +P. 

Más Producción del Diario La Mañana del Neuquén.

23 de agosto del 2026.

https://masp.lmneuquen.com/vitivinicultura/el-dia-que-chandon-se-ilusiono-hacer-espumantes-patagonia-n1250090

Notas: 

Se dice que Chandon presentó una nota para instalarse en Río Negro. Dicen que Chandon todavía está esperando repuesta.

De otros blogspot.

En Valle Medio “ la finca La Isabel, ubicada en Pomona. Finca que era propiedad de los Barzi (Canale) y que en su momento había sido propiedad de la bodega Chandón. La misma tiene casi 40 has., y poco más de 30 con viñedos plantados en la década de 1950 y 1960 por los operarios y expertos que la misma casa matriz en Francia envió para instalarse en la Argentina. Allí plantaron Cabernet Sauvignon, Pinot Noir, Merlot, Chardonnay. Pero el que se destaca es un Riesling. (Fabián Mitideri sobre Videla Dorna).

“Cuenta la historia que, en los 70 en Río Negro, Chandon iba a establecerse con 500 hectáreas, pero finalmente plantaron solamente 40 ha de viñedos en la zona del Valle Medio, (cerca de Choele Choel). Pero finalmente se decidieron por Mendoza y le vendieron todo a Humberto Canale. Matías compró 20 de esas hectáreas en la isla grande y allí cultiva Malbec, Cabernet Franc, Pinot Noir, Bastardo (el nombre común que se le da en la zona al Trosseau), Semillón, Torrontés, Ugni Blanc, Pedro Giménez y Chenin Blanc, restaurando las plantas antes injertadas a sus cepas originales” (El ángel del vino. Blog de vinos sobre Riccitelli).

La filial mendocina forma parte del prestigioso grupo LVMH, líder mundial en productos de lujo, y fue la primera casa de Chandon fuera de Francia, inaugurada en 1959 al pie de la Cordillera de los Andes.

Hoy Chandon cuenta con otras sedes en Brasil, Estados Unidos, India, Australia y China.

lunes, 7 de septiembre de 2026

La damajuana resiste las bodegas del Alto Valle Rionegrino aún venden miles de litros al mes usando este envase.

De la bodega a la mesa: la venta directa en los establecimientos del Alto Valle mantiene vivo el ritual familiar de ir a buscar el vino en damajuana.

CONSUMOS DE VINOS. 

LA DAMAJUANA. 

Bodegas Rionegrinas.

La damajuana resiste: con su aire vintage, permite acceder a vino varietal a menos precio.

Las bodegas del Alto Valle aún venden miles de litros al mes usando este envase. Da más trabajo su conservación, y logró ingresar en los restaurantes por su aporte cálido y sinónimo de vinos genuinos.

Escondida atrás de la puerta, o tal vez oculta bajo algún estante en las sombras de la despensa, la damajuana de vino es símbolo de otra época. Porque en esa otra época se tomaba más vino. Y no se vivía tan apurado. Pero con su cesto plástico, y su manija traicionera, la damajuana resiste el paso del tiempo, y el testimonio de tres bodegueros de la región dan fe de ello. Es un artículo que genera múltiples beneficios a quienes están en los dos extremos de la comercialización: El consumidor, el menos en el pródigo Alto Valle, puede acceder a un vino varietal, de calidad similar al que se envasa en botellas de ¾ litro, a un precio tres o cuatro veces inferior. Para el bodeguero, es caja diaria, menos insumos, y despacho de los saldos remanentes de la vendimia anterior para hacer lugar al vino nuevo.

Ricardo Hernández, miembro del establecimiento Familia Dellanzo, resume lo que hoy representa este noble envase en términos ambientales: “Ecológicamente es un golazo”, y eso se puede analizar incluso siguiendo la “huella de carbono”. Se usa un solo corcho, en vez de 6 (una damajuana contiene tanto vino como una caja de 6 botellas de ¾), una sola etiqueta con menos tina en uso, menos vidrio, menos flete. No se usan cajas de cartón, ni capuchones sofisticados. Y requiere para su envasado “muchísima menos mano de obra”, acota Carlos Tronelli, desde su mítica bodega roquense.


Carlos Tronelli, recuerda de cuando las bodegas vendían el vino directo en "bordalecesas" y barricas de madera de 200 litros. Luego se pasó a la damajuana de 10 litros. A fines de los 70s aparecieron las de 5 litros.

Altri tempi.

Pero no hay que perder de vista las adversidades. La principal es lo lejos que está el mercado del record histórico de 91,8 litros per cápita por año registrado en 1970 en Argentina. Hace pocos meses el consumo en Argentina tocó los 14 litros según las estadísticas oficiales. 77,8 litros debajo de aquella marca histórica.

Cambiaron los trabajos y las rutinas. Más oficina y menos campo. Pero, la damajuana conserva su encanto y atraviesa por estos días un revival a partir de su aporte vintage a restaurantes, sobre todo los que se especializan en carnes asadas. De la damajuana al pingüino, o a la copa directo. Y también se ponen en lugares visibles para darle un toque personal a la ambientación de los salones de comidas.

Para tener un panorama de la actualidad de este segmento específico de la comercialización de los vinos regionales, consultamos en 3 puntos estratégicos del Alto Valle. En el extremo norte del valle, cerca de la localidad de Sargento Vidal, están las 20 hectáreas de viñedos (divididas en tres chacras), de la familia Dellanzo. En el centro de la región, Bodega Tronelli, y hablamos con su propietario. Y en la otra punta del valle Bodega Favretto, un emblema del vino en damajuana desde hace décadas. Consultados por +P, cada uno hizo su aporte y en algunos casos hay varios aspectos compartidos.

Gustavo Favretto, comunicador de formación, no se anda con medias tintas: “¡Cuando veas a una persona que sale de un mercado abrazado a una damajuana, no tenés que pensar…mirá este borrachín! Al contrario, lo que tenés que pensar es que ese hombre tiene más salud que vos”. Y sostiene que “el alcohol no es el problema de la salud de las personas. El problema está en lo que comemos, no en lo que tomamos. El vino no tiene octógonos prohibitivos. Eso sí, se debe beber con moderación”.

Sobre la calidad, asegura que “un vino en damajuana hoy le puede hacer pasar vergüenza a un vino que viene en una botella de 750 centímetros cúbicos”; y revela un análisis compartido: “Actualmente, con la caída del consumo, la damajuana es la caja diaria de la bodega. No soluciona las crisis de ventas, pero sacás volumen de la bodega, porque en unos meses más se viene la próxima cosecha y la bodega tiene que estar vacía para poner el vino nuevo”.


Gustavo Favretto, continuador de un emprendimiento que en los 70 vendía vinos en damajuanas de 10 litros.

Ventajas y advertencias.

Dos consideraciones indispensables sobre la conservación: El vino así envasado, puede durar sin alteraciones 3 o 4 días. Y lo más aconsejable es, una vez abierta la damajuana, tomar un pequeño embudo, de esos de plástico que suelen venir rojos, verdes o amarillos, y se fracciona el contenido (luego de completar la primera jarra), en varias botellas y se lo tapa. Así aguanta más. “Puede aguantar 3 o 4 meses”, aclara Tronelli, quien aconseja su guarda en lugares oscuros, frescos y bien tapados. El oxígeno es el principal enemigo del vino.

El otro aspecto no menos importante -dentro de las ventajas que tiene el vino en damajuana-, es el precio. Los 4,750 litros de cada envase se comercializan entre 11 y 16.000 pesos. Eso da un promedio 2.500 pesos el equivalente a una botella de ¾. Una botella, de calidad similar, puede ir de los 10 a los 12.000 pesos. Ni más, ni menos.

Por ejemplo, Tronelli envasa su Malbec Reserva tanto en las botellas como en las damajuanas. La caja de 6 unidades cuesta 30.000 pesos en bodega, lo que da un precio de 5.000 pesos la botella. El mismo vino en damajuana, se comercializa a 11.000 pesos, lo que da un valor final de 1.800 pesos por la misma calidad y misma cantidad de vino.

Los Dellanzo llevan 63 años haciendo vinos, de los cuales 60 estuvieron dedicados a la damajuana para abastecer al mercado de cercanía, como Campo Grande, Cinco Saltos, El Chañar, Cipolletti o Neuquén.

“Si bien había un anhelo de poder llegar a la botella, siempre se elaboraron vinos con la intención de que tenían que tener la calidad como para una botella”, aclara Hernández, quien reconoce que aún hoy, la damajuana representa el 80% de la producción anual de 150.000 litros. Algo así como 32.000 damajuanas. Un número que demuestra así su vigencia y su vigor.


"Ecológicamente es un golazo": Ricardo Hernández, de Familia Dellanzo, destaca que el uso de un solo corcho y la menor cantidad de insumos reducen notablemente la huella de carbono.

De tiempos idos.

Hernández acepta que “ya no se consume vino al mediodía y vino a la noche como hacían nuestros viejos”, pero a favor de este envase, comentó que “hoy tenés vinos de 12.000 pesos la botella, nosotros tenemos la damajuana en 12.000 pesos. Entonces, realmente, te estás llevando vino un vino muy económico y de muy buena calidad”.

En Tronelli, cada vez que uno pisa la bodega, hay un auto que estaciona y alguien que se baja con su envase para renovar la carga. Todo un mundo invisible, de pautas antiguas y al margen de la vorágine cotidiana, se expresa en esos intercambios.

Carlos aclara que, en su caso, la damajuana representa “una venta local, en bodega”. Además “ya no hacemos vinos comunes”, sino que se envasa lo mismo que va a botellas. Sobre las oportunidades de negocio que abre la damajuana, aclara que, a pesar de algunos pedidos, “ya no hago más envíos por una simple razón: Los fletes son caros, y en la damajuana vos tenés el envío de la damajuana llena y la vuelta de la damajuana vacía”.


Un envase con historia y gran rendimiento: la damajuana permite acceder a la misma calidad de un vino de botella por hasta tres o cuatro veces menos de su valor.

Bodega Tronelli.

La vida es una moneda.

Este veterano productor dice algo que puede resultar determinante en un recorrido por la vida y subsistencia de la damajuana, y tiene que ver con qué tan profundas son las crisis que atravesamos los argentinos.

Primero dispara: “El problema con la damajuana es el trabajo”. Y aclara que se refiere al trabajo que da una vez que llega a cada hogar: “tenés que tener la constancia de abrir la damajuana, traspasar a la botella como se hacía antes. Y eso a todo el mundo no le gusta hacerlo. Pero sí es atractiva porque representa una economía a partir que el dinero de las personas es escaso. Eso ha hecho que la damajuana siga teniendo vida. Si hubiera quizás otro tipo de economía, quizá por comodidad de la gente, la damajuana ya hubiera desaparecido”.

Respecto del vino en botella, “te deja casi el mismo margen o a veces mejor, porque prácticamente tenés muy poca mano de obra en la damajuana, y lo que vendiste en vino en la damajuana te queda prácticamente el valor del vino puro. En la botella, cuando vos empezás a deshojar la margarita, y sacás los costos, lo que queda para el vino es menor”.


Ecológicamente eficiente: al reutilizar el envase y usar solo un corcho por cada 4,75 litros, la damajuana reduce significativamente la huella de carbono.

Bodega Favretto.

Aunque no lo veamos.

Mientras, los clientes siguen las pautas de las viejas viralizaciones: La publicidad boca en boca. Será tal vez por eso es que “recién la semana pasada instalamos nuestro primer cartel. O sea, la bodega nunca tuvo un cartel porque no hacía falta”, dice Hernández, dando cuenta del poder que ejerce un prestigio ganado y como ese renombre obtenido trepana aún los calendarios más espesos.

“No hacía falta tener un cartel, porque la gente entraba a comprar, y se llevaba todo el vino del año”, y agrega un dato, en este contexto, muy poderoso: La compra del vino para varias semanas o meses, pasa a ser en algunas familias un ritual que es tomado como como una escapada de fin de semana o una salida de la familia. “Hoy tenemos clientes de la zona (aledaños a Campo Grande y Sargento Vidal), pero también tenemos algunos que se hacen su viaje, como los que vienen de Neuquén, Plottier, Catriel, Allen o de Senillosa, “que vienen exclusivamente con su damajuana y compran el vino acá”.

Gustavo Favretto coindice que la compra del vino en damajuana es un ritual que se desarrolla de manera casi exclusiva en las bodegas: “El 90% de la venta de damajuana es venta directa en la bodega, aunque después tenemos clientes en toda la provincia a los que se envía por transporte”.

Y el mercado, si se quiere, es más amplio de lo que parece, porque para este bodeguero de Regina, “tenemos pedidos de compra de varios lugares del país, pero el tema es el envase”. Hoy sus clientes saben que “tienen que traer el envase para que vendamos la llena”. Las damajuanas “son retornables: se lavan y se vuelven a utilizar”.

La bodega Favretto tiene 78 años y el rubro damajuana lo comenzó a desarrollar en la década del 70. “Primero fueron las damajuanas de 10 litros”, rememora este joven descendiente.


Una imagen habitual en Bodega Tronelli: Un vecino se acerca con su envase a comprar el vino para toda la semana, con la habitual charla sobre temas varios de la vida.

Su estelar reentrée al mundo de la gastronomía.

Ricardo Hernández dice que el vino en damajuana “sigue estando” en restaurantes de la región. Menciona a clientes de Cipolletti, Neuquén, y hasta de Villa Pehuenia y Moquehue. En Roca, algunas casas de comida compran en Tronelli, para su “vino de la casa”.

El primer objetivo, es utilizar la damajuana como reservorio para atender la venta del vino en copa.

“Si bien uno piensa que no está más, hoy los nuevos restaurantes como que la están poniendo otra vez de moda. Porque es vistoso tener una damajuana, que la vean, que te sirvan en un pingüino, que te lleven el pingüino a la mesa. O te sirve la copa de la damajuana. Es como todo un ritual nuevo y por ahí existe un redescubrimiento”, comentó Hernández a la luz de sus propias experiencias.

En su caso, hizo una fuerte inversión en una máquina que envasa e vino en las “Bag in box”, esas cajas de cartón que llevan en el interior un sachet (como el de la leche), que permite servir por copa, pero con un sistema que mantiene el vacío del envase y hace mucho más durable el vino y sus condiciones inalterables. Con ese envase “te servís hoy, te servís la semana que viene, te servís el mes que viene, y el vino sigue intacto. La calidad del vino se mantiene inalterable porque se mantiene el vacío”, explicó a +P.

La bodega Dellanzo tiene 10 varietales en total. “La idea es que justamente puedas tomarte una damajuana de Cabernet Sauvignon, de Malbec, de Petit Verdot, de Tempranillo, de Syrah, o de Bonarda. En blanco tenemos una solo un solo varietal, que es Torrontés”, especificó.

Luego de aclarar que “la damajuana perdura porque no es para cualquiera”, Favretto dio su análisis sobre la resistencia de este noble envase: “Las damajuanas perduran por varios motivos y uno fundamental es por el precio. Segundo mantiene una tradición familiar, porque aún hay gente que le gusta descorchar y llenar una jarra con vino y ponerla en la mesa”.

Por Fabricio González.

Publicado en Más Producción de La Mañana de Neuquén.

4/9/2026.

https://masp.lmneuquen.com/vitivinicultura/la-damajuana-resiste-su-airevintage-permite-acceder-vinovarietal-menos-precio-n1252262

jueves, 3 de septiembre de 2026

Ana Viola, la mujer que defiende el nombre de Patagonia y trabaja por los vinos del sur.

 

Ana Viola, la mujer que defiende el nombre de Patagonia y trabaja por los vinos del sur.

Desde la Cámara de Bodegas de la Patagonia, trabaja para proteger la Indicación Geográfica Patagonia y evitar que el nombre sea utilizado por vinos que no nacen en la región. Desde Bodega Malma, además, impulsa el enoturismo y una nueva manera de acercar el vino patagónico al público: entre viñedos, paisajes, gastronomía y experiencias que buscan convertir al sur en un gran destino del vino.


Ana Viola, CEO de Bodega Malma y presidenta de la Cámara de Bodegas Exportadoras, defiende que Patagonia sea mucho más que una palabra atractiva en una etiqueta: para ella, debe identificar un vino nacido realmente en el sur.

Patagonia está en una etiqueta antes de que el vino llegue a la copa. Está en la imaginación del consumidor que piensa en el sur, en los paisajes interminables, en el viento, en los ríos, en la inmensidad. También en la idea de una vitivinicultura que crece lejos de los grandes centros, entre distancias enormes y condiciones que obligan a quienes producen a resolver casi todo un poco más solos. Por eso, para Ana Viola, CEO de Bodega Malma y presidenta de la Cámara de Bodegas Exportadoras, la palabra Patagonia no puede convertirse simplemente en una marca atractiva estampada sobre una botella. Tiene que decir la verdad sobre su origen.

Desde la Cámara, Viola lleva años en esa pelea, junto a otros bodegueros. Cada vez que una empresa intenta registrar Patagonia como marca, dentro de la clase 33 de propiedad intelectual, la correspondiente a los vinos, aparece una alerta y comienza el trabajo: estudiar el caso, presentar una oposición, pedir una nulidad o solicitar la caducidad del registro, según corresponda. “Tenemos una vigilancia internacional que nos informa cuando aparecen estos intentos de registro”, explica. Detrás de cada expediente hay una misma pregunta: ¿ese vino realmente nació en Patagonia?

La discusión no empezó ayer. Viola ubica uno de los primeros conflictos alrededor del año 2000, cuando un particular consiguió registrar Patagonia como marca para vinos en Argentina y pretendió cobrar derechos a las bodegas de la región por utilizar el nombre.

En aquel momento, el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) registró de oficio la Indicación Geográfica, aunque debió hacerlo como “Patagonia Argentina” porque la marca ya estaba en manos de ese particular. Las bodegas patagónicas, encabezadas entonces por el ingeniero Guillermo Barzi de Bodega Humberto Canale, llevaron el conflicto a la Justicia y ganaron. Esa sentencia permitió recuperar algo que hoy parece natural: poder escribir simplemente “Patagonia” en una botella para señalar su verdadero origen.

Después la disputa cruzó las fronteras. La Cámara trabaja junto con Cancillería, el INV y la Secretaría de Agricultura, mientras sigue de cerca los acuerdos comerciales que pueden ampliar esa protección. Uno de ellos es el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, donde la IG Patagonia fue incluida entre las indicaciones geográficas argentinas que se busca proteger. También aparece en las negociaciones dentro del Mercosur y en otros acuerdos, como EFTA. “Son pequeñas conquistas que se van sumando”, dice Viola. No hay una batalla definitiva, sino una sucesión interminable de expedientes que obliga a mirar todos los días qué ocurre en algún lugar del mundo.

Porque Patagonia tiene un valor que excede al vino. En el mercado internacional, explica Viola, el origen es parte de la identidad de una botella. El clima, el viento, la amplitud térmica, las horas de luz y los suelos dejan su marca sobre las uvas y, finalmente, sobre el vino. Pero además existe algo más difícil de medir: la carga simbólica de la palabra. “Tiene un peso enorme”, sostiene. Patagonia evoca naturaleza, paisajes y una manera particular de producir. Y justamente por eso es un nombre codiciado.

El problema aparece cuando esa imagen se utiliza para contar una historia que el vino no puede sostener. Viola menciona el caso de una marca de la chilena Concha y Toro que lleva el nombre Patagonia y que utiliza en su etiqueta imágenes fuertemente asociadas al sur argentino, entre ellas una ballena franca austral. Sin embargo, el vino no procede de la Patagonia, sino de otras regiones vitivinícolas de Chile.

La empresa vincula parte de sus ventas con iniciativas ambientales, pero para la bodeguera eso no modifica la cuestión central: un consumidor puede interpretar que está comprando un vino de la Patagonia cuando en realidad no es así. “Queremos preservar la palabra Patagonia como una referencia real al lugar de origen y no permitir que se convierta en una marca vacía”.

La discusión, entonces, no es solamente comercial. Es también una cuestión de justicia para quienes decidieron plantar, cosechar y elaborar vino en una región donde producir tiene un costo adicional. Están lejos de los consumidores, de los proveedores, de los servicios técnicos, de los mecánicos, de la maquinaria y muchas veces de la mano de obra especializada. Cada botella lleva detrás esa distancia. “Producir en la Patagonia implica muchos más desafíos”, dice Viola. Por eso considera que el nombre no puede utilizarse livianamente.

En el fondo, la pelea de Ana Viola es para que una palabra siga significando algo. Que cuando alguien encuentre “Patagonia” en una botella pueda imaginar el paisaje, pero también saber que detrás de esa etiqueta hay viñedos realmente plantados en el sur, trabajadores, productores y bodegas que eligieron quedarse y producir allí. “No se trata solamente de poner una palabra que suena atractiva. Si un producto dice Patagonia, tiene que estar hecho en Patagonia”. Y mientras sigan apareciendo registros en algún lugar del mundo, la defensa continuará: porque para quienes hacen vino en el sur, Patagonia no es una marca, es el lugar de donde viene todo.

El vino como viaje: bodegas, viñedos y destino enoturístico.

Hay un momento en que el vino deja de estar dentro de una botella. Ocurre cuando alguien llega a la bodega, camina entre las hileras de viñedos, mira el paisaje, se sienta a comer y levanta una copa mientras cae la tarde. Entonces el vino ya no es solamente una bebida. Es el lugar donde nació, las personas que lo hicieron, el paisaje que lo rodea y la experiencia de haber estado allí.

Ana Viola conoce esa transformación desde Bodega Malma, donde reciben visitantes con recorridos guiados, se puede degustar vinos, almorzar en el restaurante y dormir entre viñedos en Aldea de Terruño by Haiku. Los sunsets, cuenta, son parte de una tendencia que viene creciendo y que muestra que hay un público dispuesto a acercarse a las bodegas no solamente para conocer cómo se produce una botella, sino para pasar un buen momento. “La gente busca encontrarse, salir, pasar tiempo al aire libre, venir a un lugar lindo, rodeado de viñedos, disfrutar del paisaje, de la gastronomía y, por supuesto, del vino”, cuenta.

El desafío ahora es hacer que esa experiencia tenga una dimensión mayor. La Patagonia vitivinícola no está concentrada en un único valle ni tiene las bodegas a pocos kilómetros unas de otras. Están distribuidas en distintos puntos de una región enorme. Por eso, recorrerlas implica planificar un viaje más largo. “Cuando hablamos de la Ruta del Vino siempre decimos lo mismo: es un camino muy largo”, explica Viola. Lo que en otras regiones puede resolverse en una escapada corta, en Patagonia requiere tiempo, kilómetros y ganas de descubrir.

En Bodega Malma, los sunsets entre viñedos suman una nueva manera de acercarse al vino: copa en mano, paisaje abierto y el último sol del día como parte de la experiencia.

Pero esa distancia también puede convertirse en parte del atractivo. El viaje entre una bodega y otra atraviesa una Patagonia distinta, donde el vino puede convivir con la cordillera, la estepa, los ríos, el mar, la gastronomía y los pequeños pueblos. Para Viola, falta todavía consolidar esa mirada y conseguir que el enoturismo deje de ser un atractivo complementario para ocupar un lugar propio dentro de la oferta turística. “Hoy, cuando uno piensa en Neuquén, Río Negro o Chubut, enseguida aparecen la cordillera, la nieve o el mar. Nosotros creemos que el enoturismo también tiene que ocupar ese lugar”, sostiene.

Para que eso ocurra, dice, hace falta comunicación, promoción y acompañamiento institucional. En las bodegas, mientras tanto, la respuesta del público ya ofrece una señal: los eventos convocan, los visitantes participan y cada encuentro alrededor del vino se transforma en una experiencia compartida.

La nueva cosecha: más mercados y nuevas formas de brindar.

Pero mientras afuera se disfruta, adentro el viñedo sigue su calendario. En estos días, en Bodega Malma están en plena poda, una de las tareas fundamentales del ciclo productivo. Este año el trabajo se demoró un poco por las lluvias. No es una tarea que pueda hacerse a cualquier costo: la poda es manual y, con bajas temperaturas y suelo mojado, la decisión es esperar. Cuando el clima no acompaña, se aprovecha el tiempo para mantener talleres, reparar instalaciones, acondicionar estructuras y avanzar con los postes y otros elementos del viñedo.

Después, cuando vuelve una ventana de buen tiempo, las cuadrillas regresan a las hileras. Es un trabajo silencioso y preciso que ocurre mucho antes de que una botella llegue a una mesa de restaurante o a la copa de un visitante. Mientras tanto, dentro de la bodega continúa otra parte del ciclo: la conservación de los vinos, el embotellado y la preparación de las exportaciones.

Y allí aparece otro desafío. El mundo está consumiendo menos vino, aunque Viola observa señales que permiten mirar el escenario con algo más de optimismo. Viola observa una reactivación tanto en Argentina como en el exterior y un repunte en los pedidos, pese a un contexto internacional atravesado por conflictos, guerras y cambios económicos. “Aun con ese contexto, vemos señales positivas y un renovado interés por el vino argentino, algo que se refleja en la demanda que está teniendo nuestra bodega”, cuenta.

Tendencia: Vino sin alcohol.

Al mismo tiempo, el consumidor está cambiando. Hay quienes buscan vinos con menor graduación alcohólica y también quienes directamente quieren disfrutar de una experiencia sin alcohol. En Bodega Malma todavía no tienen un producto de ese tipo, pero están haciendo pruebas. «Hay que tener en cuenta que el vino sin alcohol no se elabora de una manera distinta desde el comienzo. Primero se hace un vino tradicional y, una vez terminado, pasa por un proceso de desalcoholización. Hemos probado algunos blancos y espumantes que lograron muy buenos resultados».

Hay una escena que resume esa nueva manera de pensar la experiencia: la persona que llega manejando. En la bodega buscan que también tenga su propio momento. Bebidas especiales, regalos o propuestas diferentes forman parte de las alternativas que preparan para quienes conducen. “No queremos que quien maneja sea el que menos disfrute de la experiencia”, explica Viola.

Es una pequeña decisión, pero habla de un cambio más grande. El vino patagónico ya no se piensa solamente desde el viñedo, la botella o el mercado. También desde el viaje, desde la mesa, desde el paisaje y las personas que llegan a conocer el lugar donde todo comienza. La Patagonia que se presenta al mundo con sus montañas, sus lagos, su mar y sus grandes distancias empieza a sumar otra postal: una copa frente a los viñedos, el sol que cae sobre las hileras y una ruta larga que invita, justamente, a seguir viaje.

Publicado en Diario Río Negro.