jueves, 30 de abril de 2026

HANS VINDING-DIERS Y NOEMÍA 2022: LA HISTORIA DETRÁS DEL MEJOR MALBEC DEL INFORME VINÓMANOS.


HANS VINDING-DIERS Y NOEMÍA 2022: LA HISTORIA DETRÁS DEL MEJOR MALBEC DEL INFORME VINÓMANOS.

En Mainqué, Hans convirtió un viejo viñedo patagónico en cuna de uno de los Malbec más singulares de Argentina.

Antes de erigirse como uno de los nombres más respetados del vino argentino, Hans Vinding-Diers quería ser director de teatro y cine. Escribía sus propias obras a los 12 años y, como les pasa a tantos adolescentes, no tenía ninguna intención de seguir el camino de su familia.

Pero a los 18, su padre, Peter Vinding-Diers, figura clave del vino europeo de las últimas décadas, lo mandó a Australia a trabajar en Tyrrell’s Vineyards. Empezó como chico de campo y de bodega. Le gustó. Y ahí cambió el libreto.

La anécdota no es decorativa. Ayuda a entender algo central de sus vinos: tienen relato. No por artificio ni por maquillaje, sino por construcción, tensión y sentido del lugar.

Noemía 2022, que acaba de quedarse con el primer puesto del Informe Malbec de Vinómanos, tiene justamente eso. No solo impacta: también cuenta una historia. Y la cuenta con una voz que ya no se parece a ninguna otra.


Cuando una bodega entra en madurez.



Para Hans, este reconocimiento no habla de un golpe de suerte ni de una cosecha especial. Habla de tiempo, de insistencia y de madurez.

“La bodega está en un momento de madurez. Pudimos llegar al nivel al que apuntamos desde hace muchos años”, dice. No lo plantea como una línea definitiva, sino como una estación importante dentro de una senda abierta: “Obviamente, el camino sigue para mejorar siempre”.

En su caso, lo profesional nunca aparece del todo desligado de lo personal. “Como viticultor estoy en un buen lugar, y esto es válido en mi vida personal también. La armonía personal se transmite a los oficios”, asegura. En Noemía, esa armonía parece haberse convertido en una forma de trabajo.

Cada vez que intenta condensar su proyecto, Hans vuelve a la misma idea: “Un lugar, un viñedo, un vino”. La frase, que podría sonar minimalista, encierra en realidad una disciplina.

En una industria donde abundan las etiquetas nuevas, los portafolios interminables y los cambios de rumbo, sostener una visión durante 25 años no es solo coherencia: es carácter.

Mainqué, un lugar que no se parece a ningún otro.

Hans hizo vino en Sudáfrica, Burdeos, Australia, Italia, Uruguay y Argentina. Vio bastante mundo. Por eso tiene peso cuando afirma que “Mainqué es un lugar único”.

Lo sedujeron su baja humedad, el agua dulce cargada de minerales y los suelos aluviales fríos, una combinación que, en sus palabras, forma “un complejo ideal para vinos refinados”. Pero hubo además algo menos técnico y más íntimo: “Me enamoré hace casi 30 años. Me sentí en casa”.

Llegó a la Patagonia para trabajar en Humberto Canale, cuando la región todavía no ocupaba el lugar que hoy tiene en la conversación sobre los grandes vinos argentinos.

Lo que encontró fue un paisaje áspero y fascinante: caminos largos, viento sin pausa, suelos pobres, días cálidos, noches frescas y el río Negro como eje vital.

No por nada insiste en que sin río no hay vino. Fue en ese escenario, todavía lejos del radar global, donde pensó: “Aquí, justo aquí, puedo crear algo”.

Y eso hizo.

El viñedo de 1932 y la paciencia como método.

Hans mapeó los viejos viñedos de la zona. El hallazgo fue una parcela de apenas 1,5 hectáreas de Malbec plantadas en 1932, un viñedo que terminaría siendo el corazón de Noemía.

Allí entendió algo que todavía hoy defiende con convicción: el valor irreemplazable de las viñas viejas.

“Elegir viña vieja simplemente es saber que este material, que sobrevivió con poco cuidado por tantos años en estos suelos, debía ser excelente material vegetal. Eso es lo que intentamos respetar”, explica.

En su mirada, una viña vieja no es una postal romántica ni una herramienta de marketing elegante. Es memoria biológica, adaptación, equilibrio y resistencia.

También, curiosamente, una criatura sensible: “La enseñanza de nuestra viña es que le encanta la atención. Más atención, más feliz”.

De visitar una bodega a vivir un proyecto.

Hay otro giro decisivo en esta historia: Noemía cambió cuando Hans dejó de ser un enólogo que iba y venía y empezó a vivir en Mainqué. “Logré una visión diaria e íntima. La bodega se transformó en un proyecto de vida”, resume.

Ese proyecto de vida tomó otra profundidad cuando decidió quedarse definitivamente en la Patagonia junto a María Belén, con quien eligió apostar todo por ese lugar.

Un Malbec contra los prejuicios.

La mirada de Hans sobre el lugar del Malbec argentino en el mundo es tan lúcida como incómoda. “Afuera, la mayoría de los consumidores conocen un Malbec argentino potente, dulce, alcohólico y con madera. Esa es la realidad”, dice.

Fue, durante años, el perfil que dominó mercados y ayudó a construir una imagen tan exitosa como simplificada. El problema es que esa imagen también dejó prejuicios. “La verdad hoy es otra y nuestra misión es transmitirla”.

En ese contexto, Noemía 2022 funciona como una respuesta elegante. No necesita subir el volumen para hacerse notar. No busca impresionar por exceso ni disfrazarse de grandeza. Juega otro partido: el de la fineza, la tensión, la textura y la identidad. Ese en el que un vino no solo gusta, sino que deja huella.

Tal vez por eso Hans se siente cómodo cuando se habla de Noemía como un ícono del Malbec argentino. “Hace rato que Bodega Noemía y sus vinos son reconocidos localmente e internacionalmente”, afirma.

¿Y qué convierte a un vino en referencia? La respuesta vuelve a ser precisa: “Cuando pasa de ser excelente a ser único y reconocible, y además coleccionable”.

Lo que viene, sin cambiar de brújula.

Cuando mira hacia adelante, Hans no elige una sola obsesión. Quiere hacer un vino todavía mejor, proteger ese patrimonio de viñas viejas, consolidar un legado familiar y seguir demostrando que Patagonia puede jugar en la primera división del vino mundial. Todo junto. Sin eslóganes. Sin dramatismo. Sin necesidad de cambiar de piel cada vendimia.

Tal vez ahí resida la verdadera fuerza de Noemía 2022, el vino que coronó nuestro Informe Malbec. No parece construido para ganar una carrera corta, sino para durar. Y en una época en la que tantos vinos buscan impacto instantáneo, esa forma de profundidad sigue siendo, todavía, una rareza deliciosa.

31/03/2026.

Autor Alejandro Iglesias Es sommelier y un consumado buscador de tesoros. Capaz de degustar cientos de vinos y de recordar del primero al último con la precisión y la agudeza de un entomólogo, conoce como nadie esos rincones del mercado a los que todos quieren llegar. Por eso elige los vinos del Club Bonvivir. Por eso escribe en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) sobre sus hallazgos o bien en importantes medios nacionales como Clase Ejecutiva, o internacionales como Decanter.

Publicado en Vinómanos.

Imágenes de Vinómanos.

https://vinomanos.com/2026/03/hans-vinding-diers-noemia-2022-mejor-malbec/


lunes, 27 de abril de 2026

Tapones versus corchos: la eterna disputa de calidad. Por Joaquín Hidalgo.


Tapones versus corchos: la eterna disputa de calidad.

Cuando la botella está en forma, la experiencia es extraordinaria. Cuando no, surge la duda: ¿es el vino o es el cierre?

Por Joaquín Hidalgo.

Durante años, el debate entre corcho natural y tapones alternativos pareció una discusión teórica. Hoy, en la medida en que ambos han mejorado su calidad, podría pensarse que ha perdido relevancia. Pero cuando se catan muchas botellas —de distintos países, estilos y precios—, el tema vuelve a imponerse con una claridad incómoda: la variación entre botellas sigue siendo un problema, y no menor.

Hace unos meses me tocó catar en mi oficina unas tres docenas de vinos de Terra Alta, una DO de Cataluña. La Garnacha Blanca es el corazón de la región: una variedad sensible a la oxidación, que algunos productores trabajan además con intención oxidativa. Sin conocer en detalle los estilos, se planteaba una duda concreta. En las botellas cerradas con corcho natural, era difícil distinguir si cierta evolución respondía a una decisión enológica o a una variación del tapón. En cambio, en aquellas con tapones técnicos, la lectura era más nítida: cuando había oxidación, era atribuible al estilo del productor.

La experiencia se repite en otros contextos. En Rioja, catando el vino ícono de un productor particularmente exigente —una botella de 250 euros—, fue necesario abrir cuatro ejemplares hasta encontrar uno que estuviera a la altura de sus expectativas. Las diferencias no eran extremas, pero sí suficientes: perfiles más frutados o más apagados, taninos más firmes o más rugosos. El cálculo era simple: mil euros para beber la botella correcta.

Un tercer caso, reciente, en Limarí. Un Chardonnay embotellado el mismo día fue probado en seis versiones, cada una con un sistema de cierre distinto: corchos naturales con distintos tratamientos y tapones técnicos con diferentes niveles de permeabilidad. El resultado fue elocuente: seis vinos diferentes.

¿Qué hay detrás de esto?

Los tapones técnicos parten de un principio claro: controlar la evolución del vino en el tiempo y reducir al mínimo la variación entre botellas. En general, se trata de conglomerados de corcho con resinas cuya permeabilidad está calibrada. Cuanto más cerrado el poro, menor intercambio de oxígeno y mayor capacidad de guarda. Lo relevante no es solo esa proyección, sino la consistencia: botella tras botella, el vino se comporta de manera previsible.

Esa previsibilidad es la que, en Terra Alta, permitía discriminar entre estilo y defecto. O la que, en el caso del Chardonnay de Limarí, mostraba cómo distintos niveles de oxigenación definen perfiles distintos, pero siempre dentro de un marco controlado. En este caso, el productor puede elegir la forma en que el vino se desarrollará en el futuro. Eso es oro.

El corcho natural, en cambio, no ofrece ese grado de uniformidad. Puede acompañar muy bien la evolución de un vino en guarda, pero introduce una variable difícil de anticipar: la botella individual. En vinos de precio elevado, esa incertidumbre convierte cada descorche en una pequeña apuesta. Cuando la botella está en forma, la experiencia es extraordinaria. Cuando no, surge la duda: ¿es el vino o es el cierre?

Los productores de corcho han avanzado mucho en controles y garantías. Si una botella presenta defecto de corcho (con sabor a corcho) en algunos casos cubren el costo de la botella. Me sucedió recientemente en Maipo: una botella claramente afectada por el sabor del corcho fue descartada del tasting y reemplazada en el acto, con el reaseguro de la corchera que pagaría esa botella perdida. Pero el problema no siempre es tan evidente. Más complejo es el caso de botellas que se muestran apagadas, fatigadas, sin un defecto claro. En una cata reciente de un 2009, una botella ofrecía ese perfil difuso; la siguiente, abierta de inmediato, estaba impecable. Dos botellas para entender el vino. ¿Y si uno no tiene chances de probar una segunda botella, o porque no la quiere pagar o porque el sommelier disiente respecto de la desviación de la botella, o porque simplemente no nos damos cuenta?

En ese punto, la discusión deja de ser técnica y pasa a ser práctica.

Desde mi perspectiva, tanto el corcho natural como los tapones técnicos pueden funcionar bien cuando no hay dudas sobre lo que se está bebiendo o cuando el precio no amplifica el riesgo. Pero cuando la incertidumbre es alta —ya sea por estilo, por evolución o por valor de la botella—, los tapones técnicos, sea DIAM o Vinvention, ofrecen una ventaja concreta: reducen la variación y devuelven al consumidor algo cada vez más escaso en el vino fino, que es la certeza.

Porque, al final, de eso se trata: no de elegir entre tradición o tecnología, sino de saber qué hay dentro de la botella antes de abrirla.

Negocio de los tapones.

El negocio de los tapones mueve unos 12 mil millones de unidades para vino (tanto naturales como aglomerados). El corcho natural lidera el negocio con números que asciende al 70% de las botellas de vino comercializadas anualmente, aunque lidera el segmento de vinos premium. Portugal produce aproximadamente el 50% de los tapones de corcho del mundo, con una producción diaria de 40 millones de unida.

La Mañana del Neuquén.

https://www.lmneuquen.com/neuquen/tapones-versus-corchos-la-eterna-disputa-calidad-n1236336

miércoles, 22 de abril de 2026

Conociendo Ribera del Cuarzo. El ángel del vino.

 


Conociendo Ribera del Cuarzo.

Ribera del Cuarzo. Nota 1

Conociendo la bodega patagónica que sorprende a todos.

En esta primera entrega inicio una saga de cuatro publicaciones, en la que te iré describiendo en detalle a una de las bodegas patagónicas que más rápido viene haciéndose notar en los últimos años. 

En esta nota, que escribí durante mi viaje en avión hacia la ciudad de Neuquén con el objetivo de visitar la bodega Ribera del Cuarzo, les conté el recuerdo de "un delito" relacionado con el vino, que protagonicé siendo niño, durante las vacaciones de verano que solía pasar en la chacra de mis abuelos en Río Negro. Recuerdos que me generaban una linda expectativa, al volver a la región.

En el aeropuerto nos recibió Rosario Langdon, directora de exportaciones, y partimos en auto hacia la bodega, ubicada en la localidad de Valle Azul, a unos 130 km de la capital neuquina. Tardamos casi dos horas (mucho tráfico y una ruta angosta), pero se pasaron rápido gracias a las vistas de las chacras y a la fluida conversación con la sommelier Delvis Huck, que formaba parte del grupo.

Rosario Langdon

Llegamos al atardecer, mientras crepitaban las llamas que asaban un cordero a la cruz que prometía ser regado con los vinos de la bodega. Esa cena de bienvenida fue la oportunidad de probar varios de los Araucana, para luego ir a descansar en las casas de huéspedes de la bodega (que aún no abre sus puertas al turismo) vislumbrando, a muy pocos metros, los edificios de la bodega, los viñedos y, por detrás, la barda, que surge protagonista, y parece formar un escudo protector de los vientos patagónicos.

Pero las bardas no solo aportan en cuidar un poco a las viñas de esos vientos -una función que en el Valle del Río Negro y en Neuquén es responsabilidad de las características columnas de álamos, sino también para conformar los suelos que, con 33 millones de años en los sectores más altos, presentan características particulares que favorecen el manejo orgánico y biodinámico.

Los viñedos de la Ribera del Cuarzo son únicos en ese sentido, montados sobre la base de la barda sur del Valle. Lo primero que su propietario, Felipe José Menéndez, quiso que comprendiéramos fue la especial geomorfología del lugar: nos referimos a todo el Valle de Río Negro, que es bastante atípico en comparación con otros valles que estamos acostumbrados a ver y recorrer en la búsqueda de viñedos.

Viñedo al pie de la barda norte

Es que se trata de un valle longitudinal, muchísimo más largo que ancho, que discurre a lo largo del recorrido del Río Negro, el cual nace de la unión de los ríos Neuquén y Limay que bajan raudos desde la Cordillera de los Andes. Sus límites, a lo ancho, son las formaciones localmente conocidas como bardas, de no demasiada altura y con perfiles formados por la erosión que provocó el río en sus épocas de monumentales caudales, al irse derritiendo los glaciares que se habían formado durante la era de hielo.

Detalle de una barda (lado norte, a la altura de Villa Regina)

Ello permite ver, en un corte vertical, las capas que conforman los suelos de la amplia meseta patagónica, que este valle corta formando una depresión que genera especiales condiciones climáticas, como la presencia de ese viento que obligó a los primeros colonos a idear los sistemas de defensa con las verticales y nutridas columnas de álamos.

Nacida aristocrática -el descubrimiento del lugar fue realizado por la condesa italiana Noemi Marone Cinzano y los primeros vinos salieron de la mano de un excelso winemaker como lo es Hans Vinding Diers (quien supo hacer un Malbec exótico que deslumbró en Catena Zapata)- hoy Ribera del Cuarzo tiene varios condimentos que la posicionan como un diamante en bruto en la escena local de las bodegas argentinas: un sólido y experimentado equipo de trabajo, impecables instalaciones y un terroir que, debido a su sanidad y características de suelos, genera naturalmente vinos de gran pureza.

Pero lo que yo creo que realmente distingue a este proyecto, y es uno de sus puntos más fuertes, es su propietario, Felipe Menéndez. Además de conocer muy bien la industria, por haber trabajado toda su vida en ella junto a los mejores, entiende a la perfección cada detalle de ese terruño. Y no por casualidad, ya que a sus años de experiencia recorriendo incansablemente la Patagonia, le suma una inagotable voluntad y energía, que le permiten explorar metro a metro, a pie, a caballo, en bote o a bordo de una 4x4, este terruño aún casi virgen de la región de Valle Azul.

Felipe José Menéndez

Es esa férrea convicción la que lo ha convencido de sumar compañía, entendiendo que para lograr el crecimiento de una región con semejante potencial como tiene el Valle Azul, hay que llamar y atraer a los mejores. Algo que ha comenzado, con la presencia de Santiago Achaval y Roberto Cipresso, a quienes invitó a conocer el lugar y que ya están haciendo un vino con uvas de la finca La Medialuna, de Celestino, la misma con la cual Ribera del Cuarzo ha firmado un contrato a 10 años. No son los primeros “grandes”, en la región, el mismo Hans (Noemia) y Piero Incisa della Rocchetta (Bodega Chacra) sobresalen con vinos de la elite argentina en la cercana Mainqué, a apenas 50 km, pero ubicados en la otra margen del río, recostados sobre la barda norte.

Ribera del Cuarzo es un proyecto que, además, desde lo comercial se encuentra bajo el paraguas de Casa Pirque, una de las Distribuidoras de vinos argentinos de alta gama más reconocidas del país, con varios años manejando la comercialización de las principales familias del vino de Argentina y del mundo como Caro, Luca, Matervini, Pendfolds, Opus One, Gaja y Barons de Rothschild. Ello le permite codearse con los mejores.

En las siguientes tres notas desarrollamos con más detalle los aspectos que sostienen a esta destacada bodega: el origen y el presente, los viñedos y suelos, y la bodega y sus vinos, no dejes de leerlas si quieres conocerla a fondo.

El presente está a la vista, el futuro… es incalculable. Esperemos que lleguen a brillar en la escena local e internacional tanto como el cuarzo que tapiza finamente sus suelos.

*** Publicado en El ángel del vino. Blog de vino argentino y del mundo, tipos, regiones, historia, bodegas, recomendaciones.

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martes, 21 de abril de 2026

La prueba del delito. Una simpática historia del mundo del vino.

 

La prueba del delito.

Una simpática historia del mundo del vino.

Siendo un adicto al mundo del vino padezco a veces de una abstinencia que se me hace difícil de soportar. Y no se trata de cuidarme de beber esta apasionante bebida, algo que hasta ahora mi buena salud no me ha obligado a hacer casi nunca, sino de una abstinencia provocada por la distancia.

Vivir en Buenos Aires tiene, para un enófilo activo que gusta de participar en catas y eventos, una gran ventaja ya que no debe haber en la Argentina (y probablemente tampoco en muchos otros lugares del mundo) otra ciudad con tan nutrida y variada oferta de este tipo de eventos.

Pero lo que no hay son viñedos, ni bodegas. Aquí es interesante recordar que sí las hubo: a fines del siglo XIX en la zona del Cid campeador, barrio de Caballito hay registros de 14 ha de viñedos que producían vinos para el servicio en los vagones comedor del ferrocarril en sus largos viajes, pero fueron devorados por el avance de la ciudad. Hoy en día hay que viajar varios kilómetros en auto y no menos de una hora, para llegar a pisar algún viñedo real o viajar en avión para llegar a las zonas productoras importantes.

Así que, en un año 2026 en el que pasé mis vacaciones de verano en un país donde abundan fincas de cacao o de café, pero los viñedos brillan por su ausencia (Costa Rica), cuando recibí el llamado para conocer Ribera del Cuarzo, una bodega que no había visitado en mis viajes anteriores a esa región, supe que por fin iba a poder a poder saciar mi sed de viñedos y bodegas.

La bodega rionegrina Ribera del Cuarzo se encuentra en la región a la cual más veces he viajado a lo largo de mis 62 años de vida, porque, así como muchos porteños han acumulado incontables viajes a la costa de la provincia de Buenos Aires para disfrutar las playas de Mar del Plata, Pinamar o aledañas, en mi infancia las vacaciones de verano tenían un destino recurrente: ir a vivir un mes en la chacra de mis abuelos maternos, ubicada en Cinco Saltos, Alto Valle de Río Negro.

Tengo los recuerdos más felices de esas épocas dónde, tras un largo viaje en auto que en los años sesenta podía llegar a durar unas 20 horas, finalmente atravesábamos la tranquera y entrábamos por el camino de piedras sueltas franqueado por bellísimos manzanos atiborrados de fruta, hasta llegar a la casa y los galpones, siendo recibidos por varios perros que anunciaban nuestra llegada con sus ladridos. 

Nos instalábamos y durante cuatro semanas la vida de ese niño que fui, criado en un edificio de 10 pisos y cuyo patio de juegos era el asfalto de las calles, se transformaba por completo en un oasis de frutales y granja de animales, que, además de la producción de manzanas, abarcaba peras, higos, ciruelas, duraznos, damascos, granadas, membrillos, sandías, pelones y cerezas. Pero, sin duda, la plantación que más me llamaba la atención eran las tres hermosísimas hectáreas de viñedo que mi abuelo y mis tíos habían ido plantando a medida que recibían esquejes que otros vecinos generosamente les regalaban. Porque eran épocas donde todo se hacía a pulmón y no había posibilidades de comprarlas a los viveros.

Yo en esa época era aún muy chico y no sabía nada de cepas, pero mi tío Elisardo Arredondo me contó que el viñedo se trataba de una mezcla con un poco de todo, pero con predominancia de Malvasía. Sí tengo vívidos recuerdos de la prensa que utilizaban para moler las uvas, o de la barrica a la que ellos llamaban “bordolesa”, así como de un parral que cubría un patio en el lateral de la casa, del que arrancaba unas muy dulces y espléndidas uvas rosadas Moscatel, las más ricas que comí en mi vida.

En mi tierna infancia el vino se hacía allí mismo, en la chacra, pero para mediados de los 60 y 70 ya mis tíos Manolo y Elisardo habían comenzado a llevar las uvas a una cooperativa llamada La Picasa, donde se juntaban con las de otros chacareros, para procesarlas todas juntas y hacer el vino que se despacharía y comercializaría en damajuanas.

Entre tantas anécdotas e historias de esas vacaciones, hay una relacionada con esos vinos que me quedó grabada. Y atentos, porque aquí voy a confesar haber participado de la comisión de un delito.

Es que en aquellos años aún no había llegado el cambio climático y el frío en el Valle de Río Negro se hacía sentir durante mucho más tiempo. Ello hacía que en los años fríos las uvas tuvieran dificultad para alcanzar el grado de madurez y de azúcar óptimos. Para colmo, por aquellas épocas, el Instituto Nacional de Vitivinicultura no había aún implementado un grado mínimo de alcohol diferente por regiones (algo que sí se hizo después) y se determinaba el mismo que para Cuyo, una región mucho más cálida.

Ello ponía en un brete a la cooperativa cuando, luego de la fermentación, los piletones arrojaban grados de alcohol que no llegaban a ese caprichoso mínimo reglamentario. Y resultaba inadmisible para esos humildes chacareros que, en los años fríos veían que el esfuerzo de toda una cosecha completa corría riesgo de perderse a la llegada del inspector del instituto sino aprobaba esos vinos de bajo nivel de alcohol. Pensar que hoy parecen ser los más buscados, qué paradoja.

Así que un año, mi tío Manolo -que era además mi padrino y que me llevaba a todos lados durante mi estadía allí- me hizo subir como acompañante al viejo camión Chevrolet 400, para una tarea muy particular.

En la caja del camión había varios cajones de madera tapados con una lona. Encaramos hacia las bardas por el desolado camino que iba hacia el lago Pellegrini, hasta que se metió por una huella lateral para acceder a un lugar aislado, en el que nadie nos veía. Allí en el medio de los matorrales que crecían sobre ese suelo arenoso, ya había dejado preparada una excavación que, de haber sido más larga que ancha, habría parecido a la de una tumba.

Cuando destapó los cajones vi que estaban llenos de botellitas verdes vacías de medio litro (que no eran de vino) y me dijo: “ahora viene lo divertido, las vamos a ir tirando al pozo una por una, sin importar que se rompan”.

Yo no entendía mucho lo que pasaba, pero en un santiamén las botellas estaban allí abajo, todas hechas añicos. Eran botellas de alcohol, la prueba del delito que se debía ocultar y nunca podría encontrarse: el alcohol que se había tenido que agregar, para no perder el vino.

No me pidió que con la pala moviera la arena para tapar el pozo, pero sí que no se lo contara a nadie.

Hoy, ya prescripto ese delito, me he animado a contar esta romántica historia del vino que escribí de un tirón durante el viaje de avión que en menos de dos horas me ha depositado en el valle (mucho más rápido que esas 20 horas de auto) para vivir una nueva aventura en Bodega Ribera del Cuarzo, siempre conectada con mi querido mundo del vino.

Ángel Ramos entre los perales de la chacra.


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La casa de la chacra, nevada.

Mi querido tío y padrino: Manolo.

Publicado en 

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