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viernes, 20 de marzo de 2026

Murió Michel Rolland, el reconocido enólogo que revolucionó el vino argentino y puso al Malbec en el mapa mundial.

 


Murió , el reconocido enólogo que revolucionó el vino argentino y puso al Malbec en el mapa mundial.

Dejó una huella profunda con su visión innovadora en el trabajo de bodegas, elevando la calidad y el prestigio de la vitivinicultura nacional.

Michel Rolland murió en la noche del jueves en Burdeos. Tenía 78 años y falleció tras sufrir un infarto en la ciudad francesa donde había estudiado enología décadas atrás.

El francés cambió para siempre la forma de hacer y pensar el vino en el mundo. Su partida marca el final de una era en la vitivinicultura global.

Michel Rolland murió en la noche del jueves en Burdeos. Tenía 78 años y falleció tras sufrir un infarto en la ciudad francesa donde había estudiado enología décadas atrás.

El francés cambió para siempre la forma de hacer y pensar el vino en el mundo. Su partida marca el final de una era en la vitivinicultura global.

Se formó en el Instituto de Enología de Burdeos. Junto a su esposa Dany fundó un laboratorio de análisis que se transformó en el punto de partida de una consultora internacional.

Desde los años 80, su nombre empezó a sonar fuerte en los principales mercados. Su figura se consolidó como la de un asesor global, requerido en regiones tan diversas como California, Armenia y Mendoza.

Rolland había "inventado" una profesión: la de flying winemaker o enólogo itinerante. Un experto que viaja a los viñedos para asesorar a los productores en la elaboración de los mejores vinos.

Se convirtió en una referencia obligada para bodegas de todo el planeta. Según él mismo reveló, asesoró a más de 300 bodegas en 22 países. Su mirada innovadora y su capacidad para anticipar tendencias lo pusieron en el centro de la escena.

En Francia se lo conoce por haber sido el primero en recibir a Robert Parker en su viñedo a principios de la década de 1980. El famoso crítico estadounidense marcaría el rumbo de la industria durante años.

"En la vida, se necesitan tres cosas para triunfar: primero, trabajar duro, algo que solemos olvidar hoy en día. Segundo, cuando se trabaja en un sector que requiere cierta destreza, se necesita talento… Y tercero, también un poco de suerte", dijo en una entrevista con el podcast Les 4 saisons du vin.

Rolland solía comparar su trabajo con el de un "coach" que guía al resto del equipo de la bodega. Aunque al momento de hacer un vino reconocía que "el terroir es el factor número uno, lo que te va a definir el vino".

Un estilo que dividió aguas en la industria mundial.

Rolland fue uno de los grandes impulsores de un estilo de vinos más estructurados. Buscaba intensidad y gran volumen en boca.

Esta tendencia encontró respaldo en críticos influyentes como Parker y ayudó a instalar nuevos parámetros de evaluación que trascendieron Europa y se replicaron en distintos continentes.

Sin embargo, su influencia no estuvo exenta de controversias. Parte de la crítica lo acusó de favorecer una cierta uniformidad en los vinos.

Le reprochaban priorizar perfiles más comerciales y dejar de lado la expresión de los terruños. A pesar de los cuestionamientos, su trabajo acompañó —y muchas veces anticipó— la transformación de la industria en un negocio global.

Él mismo negó tener un estilo propio: "No existe un estilo Rolland. Reto a cualquiera a identificar vinos Derenoncourt, Boissenot o Rolland en una cata a ciegas… Reto a cualquiera. Incluso estoy dispuesto a organizar la cata yo mismo, si fuera necesario", desafió al citar a otros consultores famosos.

Argentina, el país donde eligió disfrutar del vino.

Además de su actividad como consultor, Rolland mantuvo proyectos propios como productor. Fue uno de los primeros enólogos internacionales en poner los ojos en Argentina.

En el país fue uno de los socios fundadores de la bodega mendocina Clos de los Siete, de 850 hectáreas. También creó la bodega Rolland en Vista Flores.

Tenía un restaurante recomendado por la guía Michelin en Puerto Madero: el Michel Rolland Grill & Wine. Sus proyectos en el país reflejaban un compromiso que iba más allá de lo profesional.

Rolland pisó por primera vez Argentina en 1988. Lo había convocado Arnaldo Etchart en Cafayate, lo que definió como "una aventura" y el principio de una historia de amor.

Al país le encontró "gente encantadora" y "un potencial enorme". Durante décadas asesoró bodegas locales de norte a sur, de Salta a Neuquén.

"Hice vinos en 22 países. Pero tengo tres países. Francia es el país para vivir, Estados Unidos para trabajar, y Argentina para disfrutar", dijo entre risas a Clarín. El hombre fue uno de los impulsores del Malbec argentino en el mundo.

"No apostar al Malbec es estar mal de la cabeza", dijo en una entrevista con El Cronista. Recalcaba que fue la cepa que colocó al vino argentino en el mapa mundial.

"Cuando llegué, la Argentina no tenía imagen como país productor de vinos, no tenía mercado, no tenía nada. Era un desierto en el mundo del vino. ¡No existía!", recordó.

Rolland afirmaba que "el vino va a ser el futuro de la Argentina" y que el país todavía tiene un margen de progresión enorme gracias a que "tiene varios suelos, muchas condiciones diferentes, mucha altura".

En su opinión, para lograr la excelencia hay que "tener en la cabeza que no hay límite". "Siempre preguntar qué podemos mejorar para llegar más arriba", sostuvo.

Además, en una entrevista con Radio Rivadavia recalcó que hoy en día "el vino de la Argentina puede competir con los mejores vinos del mundo". Aseguraba que el país estaba "dentro de los seis o siete países capaz de producir vinos de alta gama en el mundo".

Padre de dos hijas, deja una marca profunda en el universo del vino. Tanto por su alcance como por el debate que generó su visión.

Informacón: iProfesional.

https://www.iprofesional.com/vinos/450710-murio-michel-rolland-famoso-enologo-revoluciono-vino-argentino-impulsor-malbec-mundo

sábado, 10 de julio de 2021

Michel Rolland: “El problema que más asusta a los inversores en Argentina es la inflación”.

 


El más famoso flying winemaker volvió al país para supervisar sus proyectos y tuvo una profunda charla con Los Andes en la que habló de todo: la cosecha 2021, las inversiones, el mercado mundial y el futuro del vino argentino.

Después de un año completo en el que suspendió sus visitas al país por la pandemia de coronavirus, Michel Rolland (73) volvió a Argentina para supervisar los proyectos propios y ajenos que asesora en Mendoza y Salta y empezó a definir cómo serán los vinos de la añada 2021.

Con más de 30 años visitando el país y a casi 20 de su inversión con Clos de los Siete, el flying winemaker más influyente del mundo volvió así a recuperar el contacto directo con los viñedos y las bodegas que tanto había extrañado durante 2020.

Luego de diez días en el país, Michel se tomó unos minutos antes de tomar su avión de regreso a Francia para Charlar con Los Andes acerca de todo: sus vinos, la cosecha, sus negocios en Argentina, el futuro de la vitivinicultura nacional y más.

“Argentina no tiene la menor chance de hacerse famosa más allá del Malbec”

- ¿Cómo ha sido venir al país en medio de la pandemia?

- Lo primero es entrar, no cuesta mucho pero requiere preparar muchas cosas administrativas para estar seguros. Eso no es tan complicado. Dentro del país no hemos tenido problemas, dentro del país hemos tomado aviones con facilidad. Una vez ya en Mendoza no tuve problemas, cuando estoy ahí me la paso más que todo en Clos de los Siete, entonces no veo a nadie más que los enólogos de las bodegas con quienes probamos los vinos y preparamos el futuro de nuestra bodega y las otras que aportan el vino y hacen los suyos propios donde estoy involucrado.

El viaje que hago en julio es de descubrimiento de la nueva cosecha, donde hacemos una cata con los vinos jóvenes para estar en contacto y para preparar lo que viene. En el mes de noviembre sí es un poco más importante porque hacemos la selección de los tipos de vinos de alta gama y media gama de la bodega.

- ¿Con qué calidad se encontró en esta cosecha?

- En 2021 Argentina ha tenido una suerte fenomenal, más que todo Mendoza. Hemos hecho 2017, 2018, 2019, 2020 y ahora 2021 con muy buen nivel. Por supuesto hay diferencias entre ellas: 2017 estaba muy bueno pero no había producción; la ’18 puede ser la mejor cosecha histórica del país, es la mejor que encontré; las ’19 y ’20 salieron muy bien también; esta cosecha ha estado marcada por la lluvia, por lo que el vino puede no tener la potencia del 2018, pero es un vino muy agradable, elegante, fino, fresco y, por fin, correspondiente a lo que periodistas gustan, con alcoholes más bajos.

Es una cosecha que está en camino a la historia y con vinos realmente muy buenos, con elegancia y finura como no habíamos hecho desde hace muchos años. Puedo decir que son vinos realmente buenos y con un estilo diferente.

- Resaltaba la cosecha 2018, ¿esa es la que sale al mercado con Clos de los Siete?

- Sí, estamos saliendo al mercado con esa. Un poco bromeando le decía a la gente que no tenía acostumbrarse a la 2017 porque es demasiado buena. Tenía una densidad, una concentración que estaba un poco por encima del nivel normal. En cambio, 2018 es el vino perfecto para Clos con frescura, elegancia y también poder. Ya hice el vino de la 2019 y el de la 2020 ya está casi terminado y van a salir cosas realmente buenas.

- Muchas veces ha dicho que cuando llegó al país los vinos de Argentina no eran del todo de su agrado, ¿ha podido cambiar eso?

- La cosa no es totalmente así -risas-. La historia es que Arnaldo Etchart me pidió que vaya a Cafayate porque cerca del 1985 él quería exportar vino argentino, algo muy visionario porque todavía no se exportaba. Él me pidió hacer un vino de gusto internacional que se pudiera exportar.

Nos pusimos a trabajar en Cabernet Sauvignon, porque en esa época se creía más en ese varietal, y también el Malbec. Después de uno o dos años le dije que no había que trabajar demasiado Cabernet Sauvignon y que la variedad de Argentina era definitivamente el Malbec. Entonces empezamos a cambiar un poco la idea y empezamos a hacer más vino con Malbec, a plantar más y a salvar los viejos viñedos con este varietal. De ahí nació el crecimiento de Argentina en los ’90 y principios de los 2000, donde comenzaron a exportar grandes bodegas.

Hoy Argentina es un gran exportador, pero no tiene el gusto de Michel Rolland, tiene el gusto internacional para poder exportar -risas-. Es verdad que tengo preferencia por el gusto internacional, porque soy francés.

- Si tiene que elegir un vino para disfrutar de su cava personal, ¿elegiría uno argentino?

- Yo soy el enólogo más open mind del mundo, porque he hecho vinos en 22 países del mundo. Tengo el portafolio más importante que cualquier otro enólogo, entonces puedo tomar todos los vinos cuando son buenos. Yo tomo vino argentino bastante seguido porque además he puesto plata como inversor. Puedo tomar vino francés, italiano, argentino o norteamericano sin ningún problema.

- Respecto a su perfil inversor, ¿hoy en día se podría llevar adelante un modelo como el que desarrolló hace 20 años?

- No hay país fácil para invertir. Hay que reconocer que Argentina no facilita la cosa, porque hay una administración fuerte, un poco pesada, que castiga a los inversores. Eso se podría mejorar y yo lo digo desde el principio, ese no es el mejor camino para que los inversores lleguen masivamente al país, pero los gobiernos que han pasado no me han escuchado.

El problema que más asusta a los inversores es la inflación, porque la administración está complicada en todo los países, pero la gente no entiende de inflación. Cuando se ve un peso que cambia de valor de un día al otro de manera tan fuerte, la gente piensa que no se puede hacer negocio con eso.

Otra cosa que puede frenar la llegada de inversores es que una empresa que viene al país generalmente tiene otras inversiones en el mundo y está la posibilidad de comunicar la plata que se pierde y se gana de una empresa a la otra. Eso hoy no se puede hacer en Argentina porque no podés sacar la plata que generás y si se pierde hay que hacer un blanqueo de capital.

Hay varias cosas que no ayuda, hoy en día no se si los inversores estarían dispuestos a venir. Y si el Gobierno los necesita, debería un poco en qué podría hacerlo más sencillo. Nosotros vamos a seguir porque no podemos llevar 850 hectáreas a otro lugar.

- A nivel empresarial, ¿Cómo es la situación de Clos de los Siete?

- Está andando muy bien, hacemos más o menos un millón de botellas. Es una marca que se desarrolló bastante rápido. En 15 años hemos hecho una marca que en Estados Unidos o Europa es conocida, eso es algo realmente interesante. Las propiedades que la integran funcionan muy bien, los vinos se venden bien en el mercado americano o el europeo, no tanto en el asiático porque es más complicado. Por ejemplo, Chile no tiene tasas para la exportación en China, Corea o Japón, mientras que nosotros tenemos tasas en todos los mercados.

- Después de un 2020 donde el consumo mundial de vinos cayó un 3%, aunque no fue igual en todos los países, ¿cómo ve el negocio para este 2021?

- La pandemia ha hecho las cosas diferentes. La caída cercana al 3% en todo el mundo es nada. El sector más castigado ha sido el sector de entry level, no en los vinos de buen nivel. Todos los vinos que producimos en Argentina o en Francia han crecido bastante en el mercado durante la pandemia, pero los vinos de baja gama se vendieron muy mal porque la gente elegía vino de vinoteca o comprando en forma directa. Se dieron cuenta que cuando van a un restaurante pagan tres veces más el precio de una botella y por la misma cantidad de plata podían tomar tres botellas en lugar de una.

Creo que para el futuro la gente tiene información sobre la manera de comprar y consumir el vino y creo que va a traer cosas interesantes para las empresas que están haciendo un trabajo lindo.

- La industria ha insistido en el último tiempo en la diversificación, ¿tiene Argentina posibilidades de ganar terreno en algo más que el Malbec?

- Argentina no tiene la menor chance de hacerse famosa más allá del Malbec. Puede hacer Cabernet Sauvignon, Merlot, Cabernet Franc, Bonarda o lo que quiera, pero la fama de Argentina es sin dudas por el Malbec, porque no existe en otro país, salvo una producción muy chica en Francia. El Cabernet Sauvignon lo hace bien, pero atrás de Francia, Estados Unidos y Chile, nunca va a ser primero. Lo mismo que en el Merlot, va a estar atrás de Francia e Italia.

Esto es como si un atleta en los Juegos Olímpicos que corre 200 metros y los gana siempre quisiera cambiarse a los 1.000 metros, donde ahí nunca va a salir primero. Eso me hace acordar a Argentina, quiere ir a un lugar donde nunca va a salir primero. Puede hacer buen vino y venderlo, pero no va a poder competir. El único lugar donde va a salir primero es el Malbec, ¿por qué buscar otra cosa? Si quiere hacer otra cosa, lo puede hacer, incluso yo hago otras cosas, pero el vino emblema de mi bodega es el Malbec, no otro.

- ¿Qué opina de las tendencias como los vinos orgánicos, de baja graduación alcohólica o nuevos envases?

- Tengo una filosofía muy tranquila con eso: si nada molesta al vino, no me molesta mientras se pueda tomar y sea bueno. Lo orgánico es una forma de vivir y tiene un futuro. No se si de esta manera u otra más, pero vamos a buscar nuevas formas de producir en toda la agricultura. Mi vino Val de Flores es orgánicos, pero no lo pongo sobre la botella. Pienso que hay tantas personas que engañan poniendo orgánico cuando no es la verdad, que no lo he puesto aunque esté certificado. Es algo del marketing, pero no tengo nada en contra de eso. Pienso que podría ser el futuro, si no castiga al vino.

Se puede hacer un vino de baja graduación alcohólica también, pero no cualquier porquería.

- Cuando llegó proyectó cuál era el vino que tenía que hacer el país, pensando en los próximos Diez años, ¿cómo se imagina que serán los vinos de Argentina?

- Diez años es mañana -risas-. No se si todo va a caminar, pero para mi el vino es una cultura, ha sido siempre parte de mi vida, y no pienso que haya 50 formas de hacer buenos vinos, no hay mucho para inventar.

Se puede dar, pero de todos los vinos que estoy probando y de lo que veo en el mercado, he visto vinos perdiendo alma, carácter y personalidad para satisfacer a algunos periodistas que no tienen gusto e ideas un poquito locas en cuanto a la finura o el grado alcohólico bajo. Eso castiga al vino y me castiga un poco también.

Podemos decir que se puede mejorar mucho todavía. Hay cosas que hacer en la viña y en la bodega para cada vez hacer vinos con más finura y elegancia, pero guardando el carácter.


Publicado en GUARDA 14 del Diario "Los Andes" de Mendoza, jueves 8 de Julio del 2021.

https://www.losandes.com.ar/guarda14/michele-rolland-argentina-no-tiene-la-menor-chance-de-hacerse-famosa-mas-alla-del-malbec/


domingo, 25 de abril de 2021

Michel Rolland, el mejor enólogo del mundo: “La Argentina es demasiado complicada para los inversores extranjeros”.

 


Michel Rolland, el mejor enólogo del mundo: “La Argentina es demasiado complicada para los inversores extranjeros”.

Hace 33 años que el llamado “rey del vino” hace negocios en el país, donde tiene su propia bodega. Se define como un “viejito que ya no trabaja tanto, pero no quiere jubilarse”. Las críticas, el impacto de la pandemia y su tinto preferido.


“El año que viene cumplo 50 años cosechando vino”, le dice Michel Rolland a Infobae. A los 73 sigue siendo una de las figuras emblemáticas de la industria vitivinícola global y para muchos aún el mejor enólogo del mundo. “Soy un viejito inofensivo”, se autodefine en medio de una carcajada.

Nació en Pomerol, Francia, cuna del Merlot más prestigioso del mundo. Su padre era productor y él estudió enología para convertirse luego en el flying winemaker más famoso, e inventar ese concepto, de hecho, algo que también le valió fuertes críticas. Eso hizo, eso hace: produce vinos y asesora a bodegas acá y allá. Hace más de 40 años que elabora blends en más de 20 países y hace más de tres décadas que llegó a la Argentina, donde se enamoró del Malbec local y se convirtió en uno de sus evangelizadores de la cepa emblema del país.

“Todos los países quieren inversores, pero si les complican la vida nunca va a venir. Hay siempre una cantidad de papeles, una cantidad de complicaciones. La AFIP que es un horror para cualquier inversor”

Rollan recuerda su primera vez en la Argentina, hace 33 años. Una cena en el Jockey Club con los hermanos Etchart, quienes lo contrataron, y un viaje interminable y divertido hasta Cafayate, en Salta, donde esa familia tenía sus viñedos “en el medio de la nada”. “Viajando por la Quebrada de Cafayate, un lugar fantástico, me preguntaba dónde podría haber viñedos en esta zona. Fue una aventura, pero había viñedos y vino. Yo no diría buen vino, pero había vino”, recuerda y se ríe otra vez.

— ¿Si alguien en el exterior le pregunta por qué invierte en la Argentina, qué responde?

— No soy un inversor clásico, soy un inversor de gusto y alma. Desde el principio pensé que en el norte, en Cafayate, y también en Mendoza, se podían hacer muy buenos vinos, aunque no fueran de mi gusto en ese momento, cuando llegué a Argentina. El potencial estaba. Un inversor normal no es sentimental, pero Argentina me gustó por su gente, que es muy agradable y simpática. Además, el ambiente de la Cordillera es fenomenal, del norte al sur. Bariloche y San Martín de los Andes son lugares fantásticos. No voy a decir que fue un error, pero no miré todas las cosas que un inversor tiene que ver. Hace veintipico de años que invierto en Argentina y nunca tuve problemas. Vivimos con todas las dificultades, pero estamos contentos de estar. A Clos de los Siete la desarrollamos en poco tiempo, en 2002, y en 15 años hicimos una marca que funciona acá y en el exterior. Internacionalmente no está nada mal.

— ¿Cómo es el modelo de negocios de Clos de los Siete?

— En los ’90 los vinos locales no me gustaban tanto: estaba convencido de que había posibilidad de hacerlos muy bien. Para hacer un muy buen vino hay que tener los viñedos. Pensé en unas 100 hectáreas, pero encontramos un lugar con 850. Me puse a buscar socios, sumamos siete y hoy plantamos más de 600 hectáreas. Cada uno de los socios tiene su propio emprendimiento y con tres de las familias fundadoras –Bonnie (Bodega Diamandes), Parent (Bodega Monteviejo), Cuvelier (Bodega Cuvelier)– aportamos uvas para Clos. Vendemos el 25% dentro del país y exportamos el otro 75 por ciento.

— ¿Es fácil o no tanto hacer negocios en Argentina?

— Es una buena pregunta. No es tan fácil, no es tan fácil.

— ¿Por qué?

— Los argentinos son un poco complicados para los negocios. Ese tema se puede arreglar bastante bien conociendo un poco la mentalidad y la gente. Pero hay una administración terrible que no facilita nada y que para los inversores es un drama. Estamos hace más de 20 años y ahora lo manejamos, pero Argentina es demasiado complicada para los inversores extranjeros. Todos los países quieren inversores, pero si les complican la vida nunca va a venir. Hay siempre una cantidad de papeles, una cantidad de complicaciones. La AFIP que es un horror para cualquier inversor, no sé para los argentinos.

“El rey del mundo en Malbec es Argentina. ¿Por qué buscar otra cosa? Primero hay que desarrollar el Malbec y después se puede hacer muy buen Merlot, Cabernet Sauvignon y Cabernet Franc”

— Para muchos, también.

— Yo lo pienso. No se necesita ser tan complicado, pero bueno, es así y hay que sobrevivir.

— En la industria del vino local suele discutirse si hay que ser diversos o si hay que apuntar directamente a desarrollar y hacer crecer el Malbec como cepa insignia. ¿Qué opina?

— La Argentina tiene la gran suerte de tener una variedad Malbec que viene muy bien por ubicación y clima. El Malbec argentino tiene su fama. Por qué competir entonces contra EEUU, Chile y Francia, en el Cabernet Sauvignon; con Francia e Italia en el Merlot; o con España y su Tempranillo. España no puede hacer Malbec, ni Italia. En Francia hay un poquito, pero no tanto. El rey del mundo en Malbec es la Argentina. ¿Por qué buscar otra cosa? Primero hay que desarrollar el Malbec y después se puede hacer muy buen Merlot, Cabernet Sauvignon y Cabernet Franc. Pero no hay que matar al Malbec porque es la bandera del país.

— ¿Y por qué se habla tanto de diversificar más?

— Puede ser un poco por la complicación natural de los argentinos. La Argentina tiene todo y se complica la vida. Al Malbec hay que cuidarlo porque es la marca. Si quieren hacerse famosos con su Cabernet Sauvignon van a tener problemas.

— ¿Cómo fue el año 2020 para la industria del vino?

— Fue un año muy complicado. El negocio cambió porque el mundo cerró los restaurantes, algo que nadie imaginaba como posible. Pero la gente se quedó en sus casas y compró vino. La venta aumentó en vinotecas y en canales como Mercado Libre, que acá es muy fuerte y también en otros países. La exportación fue más complicada. Asia se cerró totalmente y China no tuvo el flujo normal de ventas. Estados Unidos también estuvo complicado. A pesar de todo, no se dejó de tomar vino. El mercado nacional funcionó bastante bien.

— ¿Y el 2021, cómo viene?

— Si los restaurantes vuelven a abrir normalmente podemos estar en una zona económica bastante buena. No hay que ser negativos: el vino encontró su espacio durante la pandemia y la gente tomó en casa más que nunca, pero cuando se pueda van a volver a salir.

— Hace 15 años se criticó mucho su estilo. La película Mondovino lo acusó de simplificar el negocio y hacer todos los vinos parecidos. ¿Qué piensa a la distancia de esos cuestionamientos?

— Este año voy a cumplir 49 años de cosecha en Francia. Todavía estoy. Estoy en Francia y estoy en Argentina. Muchos de los críticos de esa época desaparecieron. Tuve la suerte de ser el número 1… hoy menos porque trabajo mucho menos, soy un viejito. Cuando uno tiene el leadership de una actividad todo el mundo está apuntando y quieren matarte. En esa época había dos hegemónicos Bob Parker [el creador de la revista Wine Advocate] y Michel Rolland. Había que matar a los dos y no mataron a nadie. Bob se jubiló y está muy tranquilo. Yo no me jubilé porque no me gusta jubilarme y sigo muy contento con lo que hago. Así es la vida. La crítica pasa y los críticos desaparecen.

“Este año voy a cumplir 49 años de cosecha en Francia. Todavía estoy. Estoy en Francia y estoy en Argentina. Muchos de los críticos de esa época desaparecieron”

— ¿En qué otros proyectos además de Clos de los Siete está involucrado?

— Trabajo en 22 países, pero con mi equipo. Tengo cinco colaboradores que hace un año son mis socios. Argentina es una zona importante. Estados Unidos también. En Francia e Italia tenemos muchas cosas.

— ¿Y en cuál le va mejor económicamente?

— Puede ser que en Italia. Me van a matar los italianos, pero no tienen una producción de muy alta gama. Tienen muy buenos vinos, por supuesto, pero no un número importante de grandes vinos. Su gama media es muy fuerte y está ayudada por la cocina italiana, que es conocida en todo el mundo. La Argentina funciona, pero está complicada para pagar y por el cepo. Igual, hay algunos actores locales que hacen muy buenos negocios en el mundo.

— ¿Cuál fue el mejor vino argentino que tomó?

— El primer vino que me impactó fue el Cavas de Weinert 1977. Detrás de un gran vino no hay suerte ni milagro. El hombre es importante, pero no tanto. Lo más importante es la variedad del suelo y el clima.

“La Argentina funciona, pero está complicada para pagar y por el cepo. Igual, hay algunos actores locales que hacen muy buenos negocios en el mundo”

— ¿Y más recientes?

— Un montón. En el 2002 escribí un libro sobre los vinos argentinos. La primera edición fueron 150 vinos en una cata de 210. O sea, eliminé unos 50 porque no me parecían tan buenos. Dos años después hicimos otro e incluí 250 vinos con 20 eliminados. En la tercera edición del libro pusimos casi 400 y saqué sólo 5 vinos. Es fenomenal.

— ¿En China se hacen buenos vinos?

— Todavía no. Pero están trabajando.

— ¿Tiene negocios ahí?

— Sí, soy asesor de Cofco que tiene viñedos en varias zonas. Trabajan bien, pero tienen un problema de clima que no se puede cambiar. El clima de China es un poco extremo y al viñedo no le gustan tanto los climas extremos. Sabemos hacer buen vino en China, pero el mejor es el que se puede repetir. El one shot no funciona y China está complicada todavía en ese sentido.

“La verdad, los políticos no ayudan. Si ayudaran a la exportación en vez de complicar todo, si se abre un poco el espíritu, Argentina puede tener un espacio fenomenal en el mundo”

— ¿Los sommeliers, enólogos, expertos y críticos exageran un poco cuando en sus notas de cata hablan tanto de los sabores, olores y gustos que les encuentran a los vinos?

— Sí, se exagera un poco. Y muchas veces los expertos no son tan expertos. La gente necesita información, pero muchos sommeliers y periodistas especializados mantienen muy fuertes sus ideas personales. Eso no sirve, no tendrían que quedar tan expuestos sus gustos. Es un problema que se acrecienta y también hay un poco de falta de humildad en muchos casos.

— ¿Cómo imagina la industria del vino en 10 años?

— Tengo que cuidar mi respuesta porque en 10 años puede ser que esté todavía. En 20, no sé (risas). Hay un consumo de vino importante en el mundo y la competencia es muy fuerte. Hay muchos países productores y debemos hacer las cosas bien en cuanto a calidad, marketing y distribución. El mercado existe y va a existir. China tiene un consumo per cápita muy chico y le queda mucho por crecer. Algunos mercados, como Francia e Italia, bajaron un poco en los últimos cinco años, pero a nivel internacional hay crecimiento y lo habrá en la próxima década. Sí sería un problema, por ejemplo, si el vino pasa a ser considerado malo para la salud, por el alcohol o el azúcar que tienen algunos. En 10 años, el vino seguirá siendo un buen negocio.

— ¿Y en la Argentina?

— Está muy bien el negocio local. Se sintió el impacto de 2000, luego la crisis de 2008 y ahora la pandemia. Cada 10 años tenemos algo que viene en contra. Y, la verdad, los políticos no ayudan. Si ayudaran a la exportación en vez de complicar todo, si se abre un poco el espíritu, la Argentina puede tener un espacio fenomenal en el mundo.

Publicado en Infobae, 24 de abril del 2021.

https://www.infobae.com/economia/2021/04/24/michel-rolland-el-mejor-enologo-del-mundo-la-argentina-es-demasiado-complicada-para-los-inversores-extranjeros/

jueves, 20 de junio de 2019

Entrevista a Michel Rolland, el francés que cambió la industria del vino argentino. ¿Qué llevó a un francés de Burdeos a invertir tiempo, dinero y trabajo en una tierra desértica al pie de la Cordillera de los Andes? Hablamos con el enólogo responsable de uno de los proyectos más ambiciosos del vino argentino, Clos de los Siete.

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Entrevista a Michel Rolland, el francés que cambió la industria del vino argentino.

¿Qué llevó a un francés de Burdeos a invertir tiempo, dinero y trabajo en una tierra desértica al pie de la Cordillera de los Andes? Hablamos con el enólogo responsable de uno de los proyectos más ambiciosos del vino argentino, Clos de los Siete.

"Argentina es un peligro. Es un país fantástico con un número impresionante de problemas, pero tiene algo. Hace 30 años, cuando llegué al norte, a Cafayate, me encantó. No había nadie. No queríamos hablar demasiado de eso en Europa para resguardarlo de lo que terminó pasando: hoy en día, Cafayate tiene 25 hoteles, restaurantes... En ese momento, Buenos Aires era una ciudad que nos parecía lo que había sido París 30 años atrás. En todo eso hay un encanto. Es una trampa". Michel Rolland tiene 71 años y vive un affaire con nuestro país. Nació en la región francesa de Pomerol, dentro de la ruta de viñedos de Burdeos, un lugar estratégico para dedicarse al vino. Sin embargo, haciendo honor a un espíritu inquieto, ambicioso y aventurero, el enólogo no se limitó a producir en su propia tierra: en la década del 80, Rolland ya estaba trabajando con el salteño Arnaldo Etchart en sus tintos y embotellando lo que sería uno de nuestros primeros vinos de alta gama, el Arnaldo B. Etchart de 1989. Casi diez años después, en 1998, asociado al viticultor bordelés Jean Michel Arcaute, Rolland descubrió un terreno de más de 800 hectáreas al sur de la ciudad de Mendoza, al pie de la Cordillera de los Andes y en la zona que llamamos Valle de Uco. No era más que una extensión poblada de rocas y de apariencia desértica, pero el francés sabía que en la Argentina podíamos producir mejor vino, que ese lugar a 1200 metros de altura podía ser hogar de un emprendimiento enológico sin precedentes y que tenía que buscar aliados que le permitieran concretar su visión. En ese entonces, Rolland ya tenía más fe en la vid argentina que muchos productores locales y fue uno de los jugadores claves para que la industria, con el Malbec como cepa insignia, se proyectara hacia un futuro de esplendor.

Con una ayudita de mis amigos

Por supuesto, el enólogo llevó su idea a Francia, donde consiguió, no sin un poco de esfuerzo, la inversión de varias familias productoras. Ese fue el inicio de Clos de los Siete, que en 2003 presentó su primera cosecha en el mercado con un concepto fuera de serie: un vino de corte, con el Malbec como protagonista, elaborado a partir del aporte de siete bodegas distintas. En su etapa fundacional, los participantes fueron Laurent Dassault y Nadine de Rothschild (bodega Flecha de los Andes), Jean Guy Cuvelier (Cuvelier los de Andes), Catherine Pére-Vergé (Monteviejo), Jean-Jacques Bonnie (Diamandes), Francois D'Aulan (Altavista) y el mismo Rolland. Hoy, ya sin los propietarios de Flecha de los Andes ni los de Altavista como miembros del proyecto, las familias que siguen representando su papel en la creación de la etiqueta Clos de los Siete son los Cuvelier, los Bonnie, Henry Parent (hijo de Catherine Pére-Vergé) y los Rolland, cada uno con un 25% de la empresa. 
Si bien el enólogo principal es el francés responsable de este desarrollo titánico, en cada cosecha de Clos intervienen los enólogos de las diferentes bodegas. Están Marcelo Pelleriti de Monteviejo, Adrián Manchon de Cuvelier Los Andes, Rodolfo Vallebella de Rolland y Ramiro Barillo de Diamandes.Juntos hacen un blend que varía año tras año, en una producción que alcanza el millón de botellas y se destina tanto al mercado interno como al externo, con Estados Unidos, Canadá Francia, Brasil y Reino Unido como sus principales compradores. Actualmente se está comercializando la cosecha 2016, lanzada este año y compuesta por 54% Malbec, 18% Merlot, 12% Cabernet Sauvignon, 12% Syrah, 3% Petit Verdot y 1% Cabernet Franc. Un vino que ronda los $600 y que, según sus autores, es único en el mundo por su relación precio-calidad. 

Firma: Michel Rolland 

Para que un proyecto arriesgado como Clos de los Siete diera sus frutos (en 2018, facturó 162 millones de pesos), hacía falta audacia, pero también convicción, inteligencia, talento y trabajo. Michel Rolland no escatimó en nada. Reconoció el valor de esas hectáreas desabridas, vio el potencial del suelo y aplicó su experiencia a una región vinícola que no ofrecía garantías, pero sí promesas. En ese momento, antes de que desembarcaran otros emprendedores extranjeros, Rolland ya sabía que la Argentina tenía un largo camino por recorrer. Empezó y no paró: adquirió las tierras, convenció a los inversores, armó su bodega e hizo de Mendoza su segunda casa, a la que viene cuatro veces por año; nunca se cansó de volver. 
"Hace más de 20 años había algo por hacer. No pensábamos que iba a ser tan grande, pero lo hicimos enorme, fue un poco loco. Un proyecto así, hoy, no se lo recomendaría a un enólogo joven. Sería mucho más complicado que en nuestra época. Sería casi imposible".
¿Cómo descubriste este terreno?
Con un amigo mío que falleció hace poco, desgraciadamente. Jean Michel Arcaute. Cada vez que venía a la Argentina, buscábamos lugares. Y un día me dijo que había encontrado uno interesante. Así que vinimos y nos paramos abajo, al costado de la ruta, y empezamos a caminar. Desde la entrada hasta arriba hay 4 kilómetros. Ya llegando arriba, me dijo: "Este es el terreno, pero hay algo que no te dije: son 850 hectáreas". Pequeño detalle (ríe).
¿En Argentina encontraste una cultura asociada al vino como la de Francia?
Si bien no me gustaban los vinos al principio, había una cultura, la gente tomaba vino. La producción era muy grande. Encontré algunos ejemplares buenos, con posibilidad de mejorar bastante. Dije: "En este país sí se puede hacer buen vino". La idea de este proyecto era demostrar que la Argentina tenía potencial. Entre 1995 y 2005 llegaron todos, pero yo pensaba eso desde antes: quería hacer un proyecto de 100 hectáreas... En vez de eso, hice uno de 850. Hoy no pienso que exista un país en el mundo donde se pueda desarrollar un proyecto como este, tan rápido. Fue un desafío enorme. 
Hay una especie de norma que dice que, para cualquier proyecto vitivinícola, hay que pensar primero en una marca y su comercialización; luego, en una bodega y, por último, en un viñedo. La historia de Clos es al revés, ¿por qué?
No totalmente. Yo diría que todos los proyectos que fracasan en el mundo lo hacen porque los inversores llegan con plata, invierten, producen y antes nunca se ponen a pensar cómo vender. Entonces, llega un momento que se acumula el stock y no se vende el vino. Cuando empezamos nosotros, sí, compramos el terreno, plantamos, hicimos primero la bodega Monteviejo y luego empezamos a hacer Clos. Pero antes encontramos a un distribuidor mundial en Francia. Hicimos todo al mismo tiempo. Por supuesto, el primer año producimos 180.000 botellas, lo cual parecía imposible de vender en ese momento. Pero lo vendimos. Ahora hacemos muchísimo más. No te digo que sea simple, es una competencia, es un negocio como cualquier otro, nada es perfecto. Si yo tuviera que empezar un negocio ahora, sí, empezaría por tener una distribución, comprar uva, hacer vino y después puede ser una bodega.
En 30 años, ¿qué aprendiste del consumidor argentino?
Cambió. Yo digo siempre que cuando llegué a Argentina, los vinos no estaban a mi gusto. A los consumidores les gustaba Valmont y para nosotros era un horror total (ríe). Cada vez que me subía a un taxi le preguntaba al tipo si estaba tomando vino. “Sí, sí, me encanta el vino”, me respondía. Y 9 veces sobre 10 me nombraban el Valmont, que para mí era el antivino total.
¿Y cuál te parece que es la tendencia hacia el futuro?
No hay que preocuparse. Argentina cambió: de un mercado doméstico a uno internacional. Hoy no se puede hacer vino solamente para el mercado interno, no hay consumo suficiente. Hay que hacer vino que se venda adentro pero que también se venda afuera. Ya todos tienen eso en mente. Hace 30 años, no. No sabían que se podía exportar vino. Lo descubrieron en los 90, cuando la relación peso/dólar era infernal. Y había que hacerlo porque si no desaparecía la vitivinicultura. Entonces, no sé cuál va a ser el vino de mañana, pero seguramente será el que encuentre consumidores afuera. Si no es de mi gusto, no importa. Yo ya tengo suficiente (ríe).
En nuestro país cayó mucho el consumo de vino pero subió la calidad, ¿cómo se explica?
Era una necesidad. No es agresivo lo que voy a decir: yo fui asesor de Trapiche y en esa época, Trapiche tenía 6 máquinas de Tetrapak. El vino ícono era Termidor, intomable. Yo soy íntimo amigo de Ángel Mendoza (enólogo fundador de Trapiche) y Ángel también decía que era intomable. Pero estaba haciendo millones y millones de litros. Tenía razón en esa época. Yo le decía a Pulenta padre: “Cuidado, esto va a cambiar”. Porque en Francia había pasado exactamente lo mismo 30 años atrás. Bajó mucho el vino de mesa, que te aterciopelaba el estómago, un horror, como el Termidor. Y Pulenta me decía que no iba a cambiar. Mirá cómo cambió. En Argentina tenía que desaparecer el vino de baja calidad. Quedan algunos, pero no hay mucho. Y el consumo bajó, como en Francia: pasó de 128 litros en el año 73 a 48 hoy.
El perfil de inversionistas en el vino parece haber cambiado en los últimos años: de familias muy tradicionales a inversiones más furtivas de gente “nueva”. ¿El vino es más rentable que antes?
No. Hay una broma en Burdeos que dice: "¿Sabés cómo hacer una pequeña fortuna en el vino? Hay que empezar teniendo una gran fortuna" (ríe). Hay dos tipos de inversión. La de grupos grandes, como Concha y Toro o Trapiche, por ejemplo. Por otro lado está la inversión privada, que pasa por la atracción del vino. Mirá a la familia Bonnie (Diamandes), que no vienen del vino: un poco por mi culpa vinieron aquí y ojalá sigan queriendo estar. En Estados Unidos hacer una inversión cuesta mucho, y tener un viñedo a veces es más un problema que una ventaja. Pero lo hacen por placer personal. Yo lo entiendo: ¿dónde puse el poco dinero que gané a lo largo de estos 45 años? Aquí. Por suerte funciona así.
¿Cómo te llevás con que te digan que sos el padre del vino argentino moderno?
No sé. Por supuesto que llegué en un momento en el que la Argentina tenía que cambiar. Estuve en el lugar correcto en el momento correcto, fue una coincidencia. Pero cambiaron todos: Catena, Trapiche, Salentein. En 10 años cambió todo y eso es lo destacable. La gente no es estúpida y vio que el mercado interno, por bueno que fuera, no era suficiente y había que hacer vino para venderlo afuera. Arnaldo Etchart fue un visionario, porque en el año 86 estaba dando la vuelta al mundo para vender su vino. Siempre fracasaba porque el vino no era para el gusto internacional. Pero se puso a trabajar, me llamó a mí y me preguntó qué vino tenía que hacer para exportar.
¿Cómo ves el vino argentino afuera?
Muy bien. Turbulencia hay para todos, Francia, España, Italia, y Argentina no está peor. Hay muy buenos vinos sin duda, hay mercado, pero la competencia es muy fuerte, hay que trabajar. Todavía se puede captar clientes: China creció mucho. Hay lugar para el vino, pero no hay lugar para el vino malo. El consumo está alrededor de 260 millones de hectolitros en el mundo y va a seguir así. Si desaparecen los vinos malos, hay espacio para los otros. 
¿Cómo podrías definir a cada bodega que forma parte de Clos?
Cuando hicimos este emprendimiento, había una posibilidad: hacer una bodega enorme con un enólogo jefe. Yo dije que no porque íbamos a tener un solo vino, una sola visión y listo. Con varias bodegas, los vinos son siempre diferentes. Podemos tomar Diamandes, Monteviejo, Mariflor, Cuvelier: son distintos. El asesor es el mismo, pero los enólogos otorgan al vino una personalidad. Cuando hacemos el Clos es divertido. A veces lo hago en una bodega y después en otra. Todos los enólogos mandan muestras y cada uno me dice: "El nuestro está muy bueno, ¿no?" (ríe). La mezcla siempre resulta mejor.
En tu bodega hay algo de cemento, pero en las demás no. ¿Qué opinás del cemento para la vinificación?
Cuando empezamos el proyecto, el cemento en Argentina no era cultural. Voy a ser un poco duro (ríe). Si no conocés, te agarra un argentino promedio y te dice: “Te voy a hacer un cemento tremendo”, pero pone demasiada arena. Te promete alta gama y compra baja gama al mismo precio. Hay que saber. Y esa es la razón por la cual no hicimos cemento al principio. Pero, en 2010, cuando hicimos la última bodega, traje a un tipo de Francia que sabía de cemento más que yo y se quedó tres meses supervisando todo. A mi amigo François Lurton le hicieron cemento hace 20 años. Hablá con él: hay vino que pasa a través de la muralla, fisuras en todos lados… Yo no quería eso.
¿Tuviste experiencias parecidas con argentinos en otros rubros?
¿Chantas? Sí, hay (ríe). 
¿Cuál fue la peor cosecha de tu vida?
En el 91, en Francia, porque directamente no hubo cosecha por la helada. Yo era un poco más joven y no tenía una consolidación como la de hoy. Fue un año bastante complicado porque no tenía trabajo y todavía no hacía muchas asesorías. Pero a raíz de eso pasaron dos cosas. Por un lado, viajé más: fui dos veces a Estados Unidos durante la cosecha, eso no lo volví a hacer nunca. Recuperé algunos clientes, ahora tengo 21 en Napa. Empezó a crecer mi ocupación de asesor. También mejoró mucho mi handicap de golf (ríe). 
En Burdeos pasamos una década del 90 terrible... En el 91 estuvo la helada. En el 92, llovió todo el tiempo, un desastre. En el 93 venía muy bien hasta que llovió entre el 15 de agosto y la cosecha. En el 94 y el 95, igual. El 96 estuvo bastante bien. En el 97, de nuevo lluvia. Dije: "Tenemos que hacer algo". En el 98 no hice nada, pero en el 99 pusimos plástico en el suelo para evitar la lluvia de fin de temporada. Ese año llovió como locos. En el 2000 pusimos la tela de plástico también, pero no llovió. Lo más divertido es que en ese momento, la administración francesa, muy inteligente, me mandó una carta diciendo: "Señor, si no saca el plástico mañana, no puede usar la denominación de origen". Respondí: "No puedo sacarlo, estoy en Estados Unidos". No apreciaron mucho mi sentido del humor. Hice un vino que se llama "El desafío", que es un vino de mesa, no tiene denominación. Vale el doble que el que sí tiene denominación. 
¿Cuántas bodegas asesorás en el mundo? 21 en Napa, ¿y el resto?
En el resto... lo menos posible (ríe). Napa es particular porque, excepto en dos bodegas, estoy yo. Napa era como Argentina para mí, hasta el año pasado que tuve que llevar un asistente. Me encanta Napa. Para trabajar, prefiero Estados Unidos. Para soñar y disfrutar, Argentina. Personalmente, estoy asesorando a 28 o 30 propiedades, el resto lo hago con mi equipo. Con ellos, entre Francia y afuera, hacemos 250 proyectos. Somos ocho personas en los cinco continentes. Tenemos mucho más en el norte que en el sur. No vamos a Australia pero vamos a Sudáfrica, Argentina y Chile. Antes hacíamos Brasil. 
¿El Malbec argentino ya alcanzó su techo?
Siempre hay más para hacer. Yo he hecho 46 cosechas en Francia, van a ser 47 dentro de pocos meses. Todo está cambiando. El viñedo y la vinificación se pueden mejorar, nunca se termina. Con más o con menos tecnología, con más conocimiento del lugar. Los suelos son bastante parecidos pero no son iguales. Aquí, en 850 hectáreas, tenemos 250 metros de diferencia desde la entrada hasta uno de los viñedos. En el suelo hay mucha variación, todo eso hay que estudiarlo y aprovecharlo. Cada año somos un poco menos estúpidos.
Acá estamos tratando de conquistar a los paladares más jóvenes. ¿Es así en el mundo?
Es una buena idea, porque el futuro es mejor. Hay que convencerlos de seguir tomando vino y de cambiar un poco de costumbre de consumo. Creo que es el trabajo de todos. Cuando llegué acá, la problemática era prácticamente igual. El tema es que buscar el producto que va a convencer a la juventud lleva tiempo. Un día va a salir. 
Si tuvieras que tomar una sola cepa el resto de tu vida, ¿cuál sería?
Tengo un montón de respuestas malas para esto. Mi origen me hizo apreciar mucho el Merlot. Mi familia estaba en Pomerol, yo nací en Pomerol y allí estaba el Merlot. Hasta el momento en que entendí un poco de vino, creía que todo era Merlot, que no tenía otra cosa. El gusto del Merlot me da placer, es un gusto personal, por fuera de mi profesión.
¿Qué le dirías a la gente que es el vino para vos?
No sé si hay una buena respuesta. El vino te gusta o no te gusta. Si no te gusta, ¿por qué tomarlo? No hay que forzar la naturaleza. Hay vinos que me gustan más que otros, pero puedo catar y tomar todos los vinos con placer. 
¿Cuál es la etiqueta más barata que más te gusta? 
De $300 o $400, Diamandina. Pero no lo tomo mucho, porque conmigo son todos muy amables y siempre me dan los mejores (ríe). 
¿En algún momento no tomás vino?
Por suerte, no. En un día puedo llegar a tomar 300 muestras. Yo digo siempre una cosa: la cata loca, de 80, 100 o más vinos, es como correr. Si nunca corriste, vas a hacer un kilómetro y vas a estar muerto. La cata es igual: si tenés la costumbre de catar mucho vino, podés catar 200 veces sin problema. 
¿Qué otras cosas te dan placer?
Eh... el vino (ríe). Muchas cosas. Me gusta la música, la comida. Me encanta jugar al golf, aunque a mi espalda no tanto. Me encanta viajar. Estoy seis meses afuera y seis meses en Francia. 
¿Trabajás con muchas mujeres?
No lo suficiente. No hay una mujer en mi equipo de asesores. El tema es que, cuando estamos buscando a alguien, decimos que hay que tener disponibilidad para viajar. Para una mujer no es un trabajo tan fácil. Pero nunca vino una mujer a decirme: "Quiero hacer esto". Sí hay una mujer en el laboratorio, pero no viaja con nosotros. 
¿Cómo es un día tuyo acá?
Todas las mañanas voy a una bodega a catar vino. A la tarde tenemos reuniones y puedo trabajar en mi bodega con Rodolfo. Y listo. Normalmente estoy cuatro o cinco días acá. Es un lindo ritmo. Es mucho más loco en Burdeos, porque puedo llegar a visitar cinco, seis, siete propiedades en un mismo día. 
¿Te importan los puntos Parker, Atkin...?
A mí, nada. Pero tengo clientes que los miran. Un poco hay que tenerlos en cuenta.
¿Una cosecha de Clos?
2009.
¿Tres platos que te gusten?
Me encanta la carne roja, en todos lados. En Francia hay buena, en Estados Unidos y aquí por supuesto. Me encanta el canard laqué (pato laqueado), de China. Y los pescados. Un pescado bien hecho a la sal puede ser fantástico, un salmón salvaje. 
¿Restaurante argentino favorito?
Oviedo.
¿Cuántos años más pensás que vas a trabajar?

Lo que me permitan el paladar o las piernas. 

Fuente: https://www.filo.news/comida/Entrevista-a-Michel-Rolland-el-frances-que-cambio-la-industria-del-vino-argentino-20190617-0029.html


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