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martes, 21 de abril de 2026

La prueba del delito. Una simpática historia del mundo del vino.

 

La prueba del delito.

Una simpática historia del mundo del vino.

Siendo un adicto al mundo del vino padezco a veces de una abstinencia que se me hace difícil de soportar. Y no se trata de cuidarme de beber esta apasionante bebida, algo que hasta ahora mi buena salud no me ha obligado a hacer casi nunca, sino de una abstinencia provocada por la distancia.

Vivir en Buenos Aires tiene, para un enófilo activo que gusta de participar en catas y eventos, una gran ventaja ya que no debe haber en la Argentina (y probablemente tampoco en muchos otros lugares del mundo) otra ciudad con tan nutrida y variada oferta de este tipo de eventos.

Pero lo que no hay son viñedos, ni bodegas. Aquí es interesante recordar que sí las hubo: a fines del siglo XIX en la zona del Cid campeador, barrio de Caballito hay registros de 14 ha de viñedos que producían vinos para el servicio en los vagones comedor del ferrocarril en sus largos viajes, pero fueron devorados por el avance de la ciudad. Hoy en día hay que viajar varios kilómetros en auto y no menos de una hora, para llegar a pisar algún viñedo real o viajar en avión para llegar a las zonas productoras importantes.

Así que, en un año 2026 en el que pasé mis vacaciones de verano en un país donde abundan fincas de cacao o de café, pero los viñedos brillan por su ausencia (Costa Rica), cuando recibí el llamado para conocer Ribera del Cuarzo, una bodega que no había visitado en mis viajes anteriores a esa región, supe que por fin iba a poder a poder saciar mi sed de viñedos y bodegas.

La bodega rionegrina Ribera del Cuarzo se encuentra en la región a la cual más veces he viajado a lo largo de mis 62 años de vida, porque, así como muchos porteños han acumulado incontables viajes a la costa de la provincia de Buenos Aires para disfrutar las playas de Mar del Plata, Pinamar o aledañas, en mi infancia las vacaciones de verano tenían un destino recurrente: ir a vivir un mes en la chacra de mis abuelos maternos, ubicada en Cinco Saltos, Alto Valle de Río Negro.

Tengo los recuerdos más felices de esas épocas dónde, tras un largo viaje en auto que en los años sesenta podía llegar a durar unas 20 horas, finalmente atravesábamos la tranquera y entrábamos por el camino de piedras sueltas franqueado por bellísimos manzanos atiborrados de fruta, hasta llegar a la casa y los galpones, siendo recibidos por varios perros que anunciaban nuestra llegada con sus ladridos. 

Nos instalábamos y durante cuatro semanas la vida de ese niño que fui, criado en un edificio de 10 pisos y cuyo patio de juegos era el asfalto de las calles, se transformaba por completo en un oasis de frutales y granja de animales, que, además de la producción de manzanas, abarcaba peras, higos, ciruelas, duraznos, damascos, granadas, membrillos, sandías, pelones y cerezas. Pero, sin duda, la plantación que más me llamaba la atención eran las tres hermosísimas hectáreas de viñedo que mi abuelo y mis tíos habían ido plantando a medida que recibían esquejes que otros vecinos generosamente les regalaban. Porque eran épocas donde todo se hacía a pulmón y no había posibilidades de comprarlas a los viveros.

Yo en esa época era aún muy chico y no sabía nada de cepas, pero mi tío Elisardo Arredondo me contó que el viñedo se trataba de una mezcla con un poco de todo, pero con predominancia de Malvasía. Sí tengo vívidos recuerdos de la prensa que utilizaban para moler las uvas, o de la barrica a la que ellos llamaban “bordolesa”, así como de un parral que cubría un patio en el lateral de la casa, del que arrancaba unas muy dulces y espléndidas uvas rosadas Moscatel, las más ricas que comí en mi vida.

En mi tierna infancia el vino se hacía allí mismo, en la chacra, pero para mediados de los 60 y 70 ya mis tíos Manolo y Elisardo habían comenzado a llevar las uvas a una cooperativa llamada La Picasa, donde se juntaban con las de otros chacareros, para procesarlas todas juntas y hacer el vino que se despacharía y comercializaría en damajuanas.

Entre tantas anécdotas e historias de esas vacaciones, hay una relacionada con esos vinos que me quedó grabada. Y atentos, porque aquí voy a confesar haber participado de la comisión de un delito.

Es que en aquellos años aún no había llegado el cambio climático y el frío en el Valle de Río Negro se hacía sentir durante mucho más tiempo. Ello hacía que en los años fríos las uvas tuvieran dificultad para alcanzar el grado de madurez y de azúcar óptimos. Para colmo, por aquellas épocas, el Instituto Nacional de Vitivinicultura no había aún implementado un grado mínimo de alcohol diferente por regiones (algo que sí se hizo después) y se determinaba el mismo que para Cuyo, una región mucho más cálida.

Ello ponía en un brete a la cooperativa cuando, luego de la fermentación, los piletones arrojaban grados de alcohol que no llegaban a ese caprichoso mínimo reglamentario. Y resultaba inadmisible para esos humildes chacareros que, en los años fríos veían que el esfuerzo de toda una cosecha completa corría riesgo de perderse a la llegada del inspector del instituto sino aprobaba esos vinos de bajo nivel de alcohol. Pensar que hoy parecen ser los más buscados, qué paradoja.

Así que un año, mi tío Manolo -que era además mi padrino y que me llevaba a todos lados durante mi estadía allí- me hizo subir como acompañante al viejo camión Chevrolet 400, para una tarea muy particular.

En la caja del camión había varios cajones de madera tapados con una lona. Encaramos hacia las bardas por el desolado camino que iba hacia el lago Pellegrini, hasta que se metió por una huella lateral para acceder a un lugar aislado, en el que nadie nos veía. Allí en el medio de los matorrales que crecían sobre ese suelo arenoso, ya había dejado preparada una excavación que, de haber sido más larga que ancha, habría parecido a la de una tumba.

Cuando destapó los cajones vi que estaban llenos de botellitas verdes vacías de medio litro (que no eran de vino) y me dijo: “ahora viene lo divertido, las vamos a ir tirando al pozo una por una, sin importar que se rompan”.

Yo no entendía mucho lo que pasaba, pero en un santiamén las botellas estaban allí abajo, todas hechas añicos. Eran botellas de alcohol, la prueba del delito que se debía ocultar y nunca podría encontrarse: el alcohol que se había tenido que agregar, para no perder el vino.

No me pidió que con la pala moviera la arena para tapar el pozo, pero sí que no se lo contara a nadie.

Hoy, ya prescripto ese delito, me he animado a contar esta romántica historia del vino que escribí de un tirón durante el viaje de avión que en menos de dos horas me ha depositado en el valle (mucho más rápido que esas 20 horas de auto) para vivir una nueva aventura en Bodega Ribera del Cuarzo, siempre conectada con mi querido mundo del vino.

Ángel Ramos entre los perales de la chacra.


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La casa de la chacra, nevada.

Mi querido tío y padrino: Manolo.

Publicado en 

El ángel del vino. Blog de vino argentino y del mundo, tipos, regiones, historia, bodegas, recomendaciones.

https://angelyvino.blogspot.com/2026/04/la-pueba-del-delito.html

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sábado, 4 de abril de 2026

Legado en Beltrán: 110 años de la bodega que eternizó al noble Calfulén.


Legado en Beltrán: 110 años de la bodega que eternizó al noble Calfulén.

Cuatro generaciones y una familia ensamblada dejaron su huella en la gran Isla “La Esmeralda”, cinco kilómetros al norte del ejido urbano. Del tiempo en que los toneles viajaban por el agua, río abajo, a la difusión por redes sociales, sigue viva una herencia cargada de coraje. Y en el medio, la figura inolvidable de un peón.

Por Melina Ortiz Campos.



El azul en el diseño, destacando el significado del apellido, en mapudungun. Foto: Arhivo RN | Hebe Rajneri.

1,80 metros de estatura, robusto y con tonada cordillerana, tez más bien trigueña, Calfulén tenía entre 50 y 55 años cuando lo conocieron los hijos de su patrón, Daniel Videla Dorna. Respetuoso y de perfil bajo, había llegado a Beltrán desde el sur neuquino, portando consigo la sabiduría de su raíz mapuche, y se encontró quizás sin pensarlo, transmitiendo muchos de sus conocimientos de campo a los muchachitos oriundos de Buenos Aires, que se empezaban a criar entre viñedos y ovejas, junto al río Negro.

De la producción en escala en el siglo XX a la selecta de hoy: la historia de una bodega centenaria

Hoy el apellido Videla Dorna tiene décadas de trayectoria en la vitivinicultura del Valle Medio, pero a fines de los años ‘50 representaba a una familia de la gran capital, que probó su tenacidad en las tierras heredadas por la madre de Daniel, Julia Guido. Viuda ella, se había casado en segundas nupcias con Benigno Gutiérrez Acha, también viudo, el propietario original de estas hectáreas, donde tenía su propia bodega desde 1916, hace exactamente 110 años.

Familia ensamblada, a partir de ese vínculo se mantuvo la actividad y se abrió un horizonte nuevo para los nietos de Julia, que encontraron entre las tardes bajo los sauces de la antigua casona y las noches estrelladas, el hogar de su infancia: Martín y Juan los mayores; Victoria, la única mujer; y Carlos junto con Ignacio, los protagonistas del proyecto que ya de adultos le devolvió a “La Esmeralda” su propósito productivo.

Foto: Captura Informe Especial Archivo Canal 10.

Más de 600 ovejas madres se cuidaron en los mejores años, a la par del cultivo de viña en la isla que ya realizaban desde siempre, donde la uva llegó a ocupar 50 hectáreas. En ese contexto, los jovencitos aprendieron todas y cada una de las tareas de aquel peón sencillo y gracias a ese compartir le tomaron un gran aprecio.

Por eso, cuando pensaron los nombres para las dos marcas de vino que permitieron el regreso de la producción, después de años de quietud, no dudaron en homenajearlo: Calfulén, bautizaron a su línea Reserva Malbec, Merlot y Pinot Noir, además de un Riesling y el Torrontés; junto a “Maroma”, el sello elegido para la línea Joven.

La producción, entre Maroma y Calfulén, exhibida en la antigua casona que recorren los turistas. Foto: Juan Thomes.

No quedaron fotos para ilustrar el recuerdo de ese paisano que trabajó por casi una década entre los Videla Dorna, pero el diseño de las etiquetas, a cargo de una prestigiosa agencia porteña, se encargó de recrear sus rasgos y su mirada, bajo el tono azul que se traduce en su apellido originario, aún presente en la zona de Junín de los Andes por ejemplo.

Y como el mundo es chico y la Patagonia aún más todavía, una sobrina de Calfulen, radicada en Neuquén, fue quien se enteró de semejante gesto y logró ubicar el stand de los Videla Dorna en una feria en Las Grutas, para agradecerles, emocionada. Se sabe que ese trabajador callado pero generoso, vivió sus últimos días de regreso en sus pagos, cerca de los suyos, aunque no tuvo descendencia propia.


Nueve etiquetas integran la producción del establecimiento, entre blancos, tintos y blends. “Carloto”, el anfitrión. Foto: Juan Thomes.


En tantos años de historia, esto que se vive desde 2007, fue un renacer después de que la pérdida de rentabilidad en los ‘80 intentara dar el golpe final a semejante sitio. Hoy, el presente de la bodega encontró la manera de conectar ese pasado de “La Esmeralda”, con la experiencia de Carlos, el legado de Ignacio y las aptitudes de la siguiente generación, que a través del manejo de la web y la cuenta en Instagram (@bodegavideladorna), les permite mostrarse ante el mundo.

Ya no se trabaja el vino a granel como en los tiempos de Gutiérrez Acha, cuando se almacenaban 500.000 litros entre piletas y cubas de roble, para luego transportar los toneles en tren o por el río, cargados en chatas flotantes, para fraccionarlos en damajuanas. Fruto de la labor a tiempo completo y tras el fallecimiento de Ignacio y de su madre Victoria Landajo (“Toli”), es Carlos, “Carlotto” para sus vecinos, quien sostiene e impulsa la propuesta junto a los nuevos peones. “Yo ya hacía el grueso de la producción, ya tenía las manos embarradas hasta el hombro”, graficó.

La Bodega integra el circuito del Camino del Vino, lo que le facilita el arribo de turistas. Foto: Juan Thomes.


Febrero 1929: la publicidad de la bodega original de la isla, en el periódico El Mentor, que circuló por el Valle Medio. Foto: Museo Histórico Choele Choel.


La etiqueta de «La Esmeralda», la bodega original que este año cumple 110 años. Foto: Juan Thomes.

Por eso este egresado de la educación salesiana local, también antiguo emblema de la formación en enología, no tuvo miedo ni permitió que el duelo le torciera el timón. Fue sumando mejoras y comodidades para el agroturismo, además de afianzar los 40.000 litros anuales que saca al mercado con esmero y argumentos de sobra para cada creación. “No podría vivir en otro lugar”, reconoció en diálogo con Río Negro.

Admirado de la obra que dejaron los dueños originales, cuando no habían facilidades ni servicios, cuando la movilidad solo era posible a partir de una balsa y cuando se batallaba con las crecidas y el clima riguroso, hoy entiende que la mejor decisión que pudo tomar fue la de quedarse allí viviendo y forjando este sueño compartido.

Integrar la Ruta del Vino, participar en ferias regionales y nacionales, recibir a las delegaciones que lo visitan y alentar la llegada de su cosecha a negocios y restaurantes elegidos a conciencia entre Neuquén, Cipolletti, Roca y Regina, además de la costa rionegrina donde se luce entre turistas, hacen que se vaya formando una nueva manera de entender la actividad más allá del precio y que se le reconozca el sentido profundo guardado en el contenido de cada botella. “Vale la pena, el tiempo confirma por qué”, dijo Carlos, convencido de que el éxito no pasa ni por los premios ni por los números, sino por ver la obra de sus manos hecha realidad cada día.

Sueño compartido: el resurgimiento de la bodega fue posible gracias al empuje de Carlos con su hermano Ignacio, ya fallecido. Foto: Arhivo RN | Hebe Rajneri.


40 mil litros anuales, la producción que sostienen en esta nueva etapa. Foto: Juan Thomes.

*** Publicado en RURAL del Diario Río Negro.

https://www.rionegro.com.ar/rural/legado-en-beltran-110-anos-de-la-bodega-que-eternizo-al-noble-calfulen/

22/03/2026.



Foto: Juan Thomes.



Imagen de Federico Witkowski.




Enlace de interés:

jueves, 22 de enero de 2026

EL LEGADO DE UN VISIONARIO: 140 AÑOS DE BODEGA ESCORIHUELA.


 La historia de la vitivinicultura argentina no se puede contar sin mencionar a Don Miguel Escorihuela Gascón. En 1880, este joven español desembarcó en nuestras tierras con una maleta cargada de determinación. Apenas cuatro años después, en 1884, fundaba en Godoy Cruz, Mendoza, lo que se convertiría en un pilar de la industria: Bodegas Escorihuela. Don Miguel no solo fue un bodeguero ingenioso que conquistó a la élite del país con sus etiquetas; fue un protagonista clave del desarrollo político y social mendocino. A siete décadas de su partida, su espíritu de lucha incansable sigue vibrando en cada rincón de la bodega original. Tras décadas bajo la dirección familiar, 1992 marcó un nuevo rumbo con la llegada de la familia Catena y un grupo de inversores. Este cambio impulsó una modernización necesaria para brillar en el mercado internacional. Se expandieron hacia zonas privilegiadas como Agrelo (Luján de Cuyo) y Altamira (Valle de Uco), apostando por una agricultura orgánica y sustentable. Se construyó una bodega dedicada exclusivamente a tintos Ultra Premium. Hoy, el establecimiento histórico en Godoy Cruz fracciona 8.500 botellas por hora, sumando una capacidad total entre sus distintas sedes de más de 13 millones de litros. La bodega cultiva cerca de 230 hectáreas propias, pero su secreto reside en la diversidad: trabajan en equipo con productores de toda la provincia para lograr perfiles únicos en cada vino. Además, la experiencia Escorihuela trasciende la copa. A finales de los '90, en alianza con el prestigioso chef Francis Mallmann, nació el restaurante "1884". Este espacio es un tributo viviente a la cocina andina y a la historia líquida de Mendoza.

Publicado en

MENDOZA ANTIGUA.

Fotos Antiguas de Mendoza, Argentina y el Mundo de cada década desde 1880.

https://mendozantigua.blogspot.com/2026/01/el-legado-de-un-visionario-140-anos-de.html

domingo, 7 de diciembre de 2025

Bodega y Viñedos “La ciudad de Astorga” de Fernández Carro S.C.C.

 


Afiche # 034

Bodega y Viñedos “La ciudad de Astorga” de Fernández Carro S.C.C.

Don Domingo Fernández Alonso (1870 – 1931), oriundo de Astorga, provincia de León, España, llega a la Argentina y se instala en Buenos Aires; de ésta ciudad, viaja como cocinero de un grupo de tropilleros hacia suelo patagónico, lo acompaña su hermano Nicanor y se instalan en la Estancia Cabo Alarcón (cerca de Picún Leufú, Provincia del Neuquén).
Tiempo después, desde España recala en este alejado paraje neuquino doña Manuela Carro, fusionando un inquebrantable destino con don Domingo.
Hacia el año 1910, año del nacimiento del pueblo de Allen, el matrimonio Fernández– Carro se establece en tierras allenses, y entonces, en sus ojos brilló una nueva esperanza.
Abroquelados en el trabajo y con la piel cubierta de sudor, se pusieron el sol a hombros y comprendieron que: la vida es la labranza y la muerte la consiguiente cosecha.
Don Domingo había crecido entre viñedos y bodegas, típico paisaje de las góticas tierras leonesas; en el génesis de sus recuerdos aparecía persistentemente esta postal, y así la viña se constituyó en su inseparable compañía en el suelo de Sayhueque. Luego, erigió unas piletas para la elaboración de un tipo de vino que tenía reminiscencias de los gruesos vinos de las órdenes monásticas esparcidas por la meseta ibérica.
Y, en la primavera de 1915, airoso don Domingo levantó la copa desbordante del néctar sagrado, expresión tangible de toda dignidad social, y pudo dar un anhelado descanso a la nostalgia del alma.
Los hijos siguen los designios de sus progenitores y para el año 1945 constituyen la firma Bodega y Viñedos “La ciudad de Astorga” de Fernández Carro S.C.C., sociedad integrada por los hermanos: Teodoro Carlos, Domingo Isidro, Catalina Francisca, Haydeé Cruz, Marcelino y Alfredo Fernández Carro. La bodega ya contaba para entonces con una capacidad de 534.000 litros. Vinos que eran comercializados en bordelesas con la marca DOMINGUITO.
Poseían 50 hectáreas de viñedos propios en Allen y 50 hectáreas en Fernández Oro, desarrollando una intensa actividad vitivinícola que les obligó a ir ampliando las instalaciones hasta alcanzar una capacidad de vasija total de 1.235.000 litros. La bodega quedó registrada en el Instituto Nacional de Vitivinicultura bajo el número N 70738.
Han elaborado vino de mesa tipo blanco, rosado, clarete y tinto, que fraccionaban en damajuanas de 5 y 10 litros y eran comercializados con la afamada marca DOMINGUITO. Asimismo, elaboraran vinos reserva Pinot y Semillón envasados en botellas de 950 cm3 que expendían con la tradicional etiqueta DOMINGUITO.
En el año 1979 alquilan la bodega a la firma S.A. Luis Filippini Ltda. y en 1982 le dan de baja ante el I. N. V.

Afiches de bordelesas de vino de la Patagonia Norte

de Federico Witkowski. .

Una antigua botella del vino Dominguito. Gentileza Flia. Fernández Carro

Una antigua botella del vino Dominguito. Bodega y Viñedos "La Ciudad de Astorga" de Fernández Carro Hnos. (Soc. Com. Colectiva) Allen, Río Negro. Gentileza Flia. Fernández Carro publicada en La Mañana de Neuquén.

sábado, 15 de marzo de 2025

Cooperativa Agrícola de Producción y Consumo Viñateros Unidos.

Visita del gobernador Castello en Cipolletti, año 1960. Visita a la Bodega Flor del Prado. En la imagen se ven las damajuanas de vino. Gentileza: Archivo Cabus Trenes.

Vino, legado y pasión: El renacer de Flor del Prado en la Patagonia.

Cipolletti fue protagonista de una época en la que existieron importantes marcas de vino de mesa, como las que elaboró la Cooperativa Agrícola de Producción y Consumo Viñateros Unidos. En esta nota repasamos el pasado y el presente de un ícono del Valle de Río Negro.

Por Mariana Lesa Brown.

En la década del 30, la ciudad de Cipolletti ya tenía entre su población una gran cantidad de inmigrantes de origen europeo, principalmente italianos y españoles. Parte de esta comunidad trabajaba la tierra para plantar vides, una de las actividades principales en la zona. La producción de uvas en el Alto Valle alguna vez fue protagonista, por sobre las chacras de peras y manzanas que afloraron varias décadas más tarde. El vino que tomaban nuestros abuelos, era el vino de mesa de que se producía en Río Negro.

Algunos vecinos de Cipolletti como Luis Vaira recuerdan que, en la época de la vendimia, cuando la calle San Luis era de tierra, los productores se veían haciendo cola para entregar las uvas en tambores de 200 litros. “Había chatas tiradas por caballos y otras por tractores y se veían camiones Bedfor, Desoto, Ford y Chevrolet”, recuerda el señor Vaira en el perfil de Facebook Cipolletti de Ayer.

En el mismo sitio, Klaudio Nittinger, rememora imágenes de los productores que esperaban a que les pesaran la producción en la báscula sobre calle San Luis, donde descargaban lo suyo en la planchada. Ambos vecinos se refieren a lo que sucedía en la Cooperativa Agrícola de Producción y Consumo Viñateros Unidos.

La tradición del vino de mesa.

Sobre calle Mariano Moreno y San Luis, donde hoy se encuentra un moderno centro comercial, alguna vez funcionó la Cooperativa de Viñateros creada por los por inmigrantes Saturnino Álvarez Calvo, José Brierre, Vittorio Gallardini, Rafael García Montero, Emiliano González Rodríguez, Eduardo Gunzelmann, Firn Kier, Logan Mac Kidd, Pedro Navarro, Giulo Nicolai y Julio San Miguel.

Según los datos recolectados por el Ing. Federico Witcowski, el acta de fundación, que tiene fecha 15 de junio de 1933, fue redactada por el finés Firn Kier, quien además fue gerente de la Cooperativa por varios años.

Algunas de las marcas que elaboró la Cooperativa fueron Flor del Prado, Piedra Pintada, Ciudad de los Césares y Árbol Caído. Los vinos de mesa eran de tipo blanco, rosado y clarete y más adelante, hacia fines de la década del 40, se comenzaron a elaborar vinos reserva bajo la marca Flor del Prado en botellas de 750 cc. También se llegó a comercializar el vino en damajuanas de 5 y 10 litros y en botellas de 930 cc.

Ya en la década del 80, la cooperativa también lanzó su propio champagne tinto, el COVIU, bajo el programa “El Champagne de las zonas frías”.

Recuerdos de enólogo.

De ascendencia española, Juan José Ferragut nació en Cipolletti y estudió enología en Mendoza. Hacia fines de la década del 60, entró a trabajar a la Cooperativa como enólogo, a la vez que estudiaba Ingeniaría Agrónoma en Cinco Saltos.

Ferragut trabajó seis meses a la par del antiguo enólogo y luego de su fallecimiento, se hizo cargo de toda la bodega. “En la parte directiva también había parientes, de parte de mi abuelo y de mi padre, eran socios y mi abuelo materno de apellido Álvarez fue presidente de la cooperativa durante 12 años” recuerda.

La zona donde estaba la bodega eran todas chacras, aun en el predio se conservan las piletas de hormigón cilíndricas que hoy enaltecen el patio del centro comercial. La Cooperativa no tenía viñedos de su propiedad, sino que admitía la producción de los socios provenientes de Cipolletti, Fernández Oro, Allen y Centenario. “Las puertas estaban abiertas”, aseguró Juan José sobre el hecho de que hubo más de 100 aportantes de uvas, de los cuales el 70% eran socios.

El vino abocado era el mismo para todas las marcas, pero por la concesión de zonas se le cambiaba la marca, no había menor calidad, asegura el enólogo. “La bodega tenía 6,5 millones de litros de capacidad anual”, afirma Ferragut.

Algunos de los apellidos que más recuerda Juan José son el de Isidro García, cuyo hijo Rafael García fue gerente de la Cooperativa durante muchos años, además de Demetrio, Troviani, Lombi, Rastellini y Prieto, todos pertenecientes a familias de inmigrantes asentadas en el Valle.

La cantidad de personas que trabajaban era variable según el momento, se tomaba personal temporario para reforzar durante la vendimia. Pero en general había unas 35 o 40 personas involucradas en la elaboración.

Según la visión del enólogo, los mejores momentos de la Cooperativa se dieron entre la década del 1960 al 80, “estábamos muy en competencia con otras bodegas cooperativas de Allen y demás. Se compró maquinaria y creo que esos 20 años fueron los más importantes de la cooperativa”, aseguró.

Por ese entonces, Ferragut recuerda que la mayor parte de la producción se vendía al mercado local “no dábamos abasto” dijo. También remarcó uno de los hitos que tuvo la Cooperativa hacia 1990: “La mayor facturación fue de 600 mil litros de vino en un solo mes”, detalló.

Relato de una caída.

Si bien el consumo de vino no disminuyó, la producción de uvas en la zona sí. Por mayor conveniencia económica, muchos productores se convirtieron a la producción de manzanas, peras y frutas de carozo. “Nos faltaba uva”, recuerda Ferragut, quien admite que tampoco estuvieron exentos de los avatares del clima, en algún momento tuvieron que comprar vino en Mendoza, ya que no se permitía el traslado de uva en forma interprovincial.

La producción comenzó a decaer, según sus recuerdos, a principios de los 90. También había hipotecas de préstamos que en algún momento había sacado la Cooperativa. En un edicto publicado en el Boletín Oficial de Río Negro en abril del 2007, se anuncia el remate de las marcas COVIU; CVU; Flor del Prado; Lágrimas del Limay y Viejo Limay. Por su parte, en el año 2012 el INAES le retira a la Cooperativa la autorización para funcionar.

Según la información aportada por Witkowski, “la última elaboración de esta bodega se registró en al año 1998”. Según el experto, la Cooperativa no pudo superar el colapso económico-financiero que la asfixiaba, “un año más tarde solicitó la baja de la actividad ante el Instituto Nacional de Vitivinicultura clausurando definitivamente sus puertas”, describió. Sumado a esto, “las periódicas crisis que afectaron al sector vitivinícola en el ámbito nacional, influyeron localmente hasta llegar a sumir a la actividad vitivinícola regional en un sostenido estancamiento”, describió el ingeniero.

Flor del Prado y un nuevo comienzo.

Décadas después la marca Flor del Prado tuvo una nueva oportunidad y un nuevo renacer; por recomendación de Roberto García, Luciano Fernández adquirió la marca en un remate. Fernández, que es nieto e hijo de chacareros y viñateros de Río Negro, decidió encarar la producción vitivinícola en su terruño familiar, ubicado a metros de la confluencia de los ríos Limay y Neuquén.

La marca Flor del Prado también significa un homenaje a su abuelo Félix Antonio Amoruso, exmiembro de la Cooperativa de Viñateros Unidos. Según expresaron desde la bodega, la idea de resignificar la marca, tiene que ver con “poner en valor lo que habían hecho nuestros abuelos. Sentimos que renace un vino inspirado en nuestra historia”, agregaron.

Sin embargo, aclararon que “como vino no tiene mucho que ver con ese vino de mesa que tomaban en damajuana nuestros abuelos, pero sí con el espíritu de los que quisieron hacer del Valle algo productivo”, expresaron desde la nueva bodega Flor del Prado que hoy elabora vinos premium de Cabernet Franc, Pinot Noir y Malbec.

En todo caso, la idea de volver a revivir ese Valle productivo donde alguna vez los pioneros se dedicaron a la vitivinicultura, antes que a los frutales, está más en boga que nunca, nos representa y nos llena de orgullo, por la calidad de los vinos que nos da esta tierra.





Publicado en Más Producción de LA MAÑANA DE NEUQUÉN.

https://masp.lmneuquen.com/vitivinicultura/vino-legado-y-pasion-el-renacer-flor-del-prado-la-patagonia-n1179917