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jueves, 18 de junio de 2026

DESAFÍOS Y CERTEZAS SOBRE EL NUEVO PAISAJE DEL VINO.

 


DESAFÍOS Y CERTEZAS SOBRE EL NUEVO PAISAJE DEL VINO.

Caída de volumen, concentración del negocio y cambio cultural del consumo son las coordenadas de una industria en transformación.

Joaquin Hidalgo.

El negocio del vino está cambiando en todo el mundo. La caída del consumo es hoy un escenario común en casi todos los países, especialmente entre los grandes productores, y esa tendencia empieza a reconfigurar tanto la forma en que se vende el vino como la manera en que se lo bebe.

En paralelo, la cultura del vino está migrando desde su lugar tradicional como alimento cotidiano hacia un consumo más ocasional. 

Ese desplazamiento implica un cambio profundo: el vino se elige cada vez más como una experiencia o como un signo cultural, más cercano a la lógica de la moda que a la de un producto alimentario.

Entre esas tensiones —la caída del volumen, la concentración del negocio y el cambio cultural del consumo— empieza a configurarse el nuevo paisaje del vino. 

Lo grande y lo pequeño.

Hoy conviven dos fuerzas bastante claras dentro del negocio. Por un lado, la gran distribución, cada vez más concentrada, que define qué productos llegan a las góndolas del supermercadismo y del comercio de gran escala. 

A ese mundo acceden principalmente las bodegas que también operan a gran escala, con volúmenes importantes y estructuras capaces de sostener esa logística.

Son, paradójicamente, las que más sienten la caída del consumo. Cuando el volumen del mercado se contrae, incluso una reducción de pocos puntos porcentuales impacta en toda la cadena productiva. Por eso, en muchos países, los grandes productores aparecen hoy entre los más golpeados por el nuevo escenario.

En paralelo, los pequeños productores parecen encontrar formas más flexibles de supervivencia. Algunos venden directamente desde la bodega. Otros se apoyan en el turismo o en la experiencia de visitar el viñedo. Y otros encuentran sus canales en redes más informales como sommeliers, bares especializados o restaurantes que buscan ofrecer cartas de vino más personales.

Son dos lógicas distintas que conviven en tensión. Entre ambas hay matices, por supuesto, pero el negocio del vino se mueve hoy entre esos dos polos.

La lógica de la moda.

En este escenario de menor consumo general, el vino empieza a comportarse cada vez más como una categoría cultural atravesada por ciclos de moda.

Lo que resulta interesante durante una o dos temporadas puede perder atractivo rápidamente. Ocurre con estilos —los vinos naranjos, los naturales, los sin sulfitos, los vinos con menos madera— pero también con regiones, productores o etiquetas.

Esto obliga a los elaboradores, distribuidores y retailers a renovar su oferta con mayor velocidad que en el pasado. Antes, las marcas y los estilos eran capaces de sostenerse durante décadas. Hoy el ciclo de vida de un producto puede ser mucho más corto.

Ese cambio no afecta a todos por igual. Los pequeños productores suelen adaptarse con mayor rapidez, mientras que las estructuras más grandes deben enfrentar un problema operativo: desarrollar una marca o un estilo puede llevar años, mientras el interés del mercado se mueve a otra velocidad.

La industria del vino encontró una respuesta parcial a este dilema en las últimas décadas: la premiumización. Es decir, vender menos volumen pero a mayor precio. Eso permite sostener el negocio incluso cuando el consumo total cae.

El fin del gran consumo.

Hay, sin embargo, un cambio más profundo. El modelo histórico del vino como bebida de consumo masivo ha quedado atrás. En países como Argentina, Italia o Francia, donde durante décadas se bebían entre 70 y 90 litros per cápita al año, ese nivel de consumo difícilmente vuelva. 

No se trata solo del precio o de la sofisticación del vino. Cambió el contexto general del consumo. Hoy existe una oferta enorme de bebidas: con alcohol y sin alcohol, dulces o secas, listas para beber o para mezclar, con gas, sin gas, con sabores o neutras. 

Esa diversidad compite directamente con lo que durante siglos fue una hegemonía cultural del vino. 

En ese escenario, el vino pierde volumen pero gana valor simbólico. La copa deja de ser parte de la rutina diaria y se vuelve parte de una experiencia. Lo que se bebe importa, pero también importa el contexto: la cena, el lugar, la historia detrás de la botella, la posibilidad de contar esa experiencia después.

En ese sentido, el vino funciona cada vez más como un marcador cultural. Dice algo sobre quien lo bebe —estatus, gusto, curiosidad, capital social— y menos sobre su función original como alimento cotidiano.

No es que el vino se haya vuelto demasiado complejo para los consumidores. Es el consumo el que se volvió más complejo, y el vino intenta adaptarse a ese nuevo mundo.

Así, el negocio se achica en volumen pero se diversifica en significado. Para muchos productores, el objetivo ya no es construir una industria masiva, sino sostener un modo de vida en torno al vino. Y generar, al mismo tiempo, experiencias que valga la pena vivir —y contar— alrededor de una copa.

Publicado en Vinómanos.

https://vinomanos.com/2026/06/industria-del-vino-nuevo-escenario-global/

Joaquin Hidalgo. Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta con formatos y habla sin rodeos de lo que le gusta y lo que no. Lleva más de veinte años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en medios nacionales, como La Nación y La Mañana de Neuquén. Desde 2019 es el crítico para Sudamérica de Vinous.com (EE.UU.).

jueves, 26 de febrero de 2026

¿CÓMO SE HACE UN VINO SIN ALCOHOL?

 


¿CÓMO SE HACE UN VINO SIN ALCOHOL?

¿Qué secretos tiene la elaboración de estos vinos? De hecho, las etiquetas 0% alcohol, ¿son o no son vinos? ¿Por qué crece el mercado para estos productos? ¿En qué casos los resultados son mejores? Te respondemos esas preguntas que seguro te venís haciendo.

Por Joaquin Hidalgo.

El mundo está en un plan raro. Las bicicletas son eléctricas, la carne ya no es de carne y es apta veganos, y el vino entra en una etapa de desalcoholización para abrirse camino entre los bebedores abstemios. 

Lejos de ser una movida local, este giro global de las cosas que son sin serlo (la sacarina o la stevia al menos no son lo que reemplazan), abre nuevos e insospechados caminos.

Hasta el año 2025 en nuestro mercado no había buenas pruebas de vinos desalcoholizados que valieran la pena. Pero entre los primeros que se presentaron a mitad de año y el último que llegó al cierre del 2025, comienza a perfilarse una pequeña pero concreta oferta de vinos sin, pero que son.

En eso, el espumante Nieto Senetiner Brut 0% merece los más altos respetos. Para todo aquel que busque reemplazar el alcohol, pero no alterar prácticamente el sabor, para todo aquel busque beber sin el efecto embriagador y sin perder la magia de las ricas burbujas, este vino es un caso ejemplar. 

Contrario a muchos de los vinos que reemplazan el dulzor del alcohol por el dulzor del azúcar (y no mejoran el balance calórico ni dietario), el espumante de Nieto Senetiner es seco. Y eso no es poco mérito.

Anatomía de una desalcoholización.

Aunque suene contranatura, para hacer un vino que sepa a vino y no tenga alcohol no hay otro camino que fermentar el jugo de la uva y luego desalcoholizar el resultado. Es como hacer una asado hecho y derecho para luego retirarle la costra que estuvo en contacto con la parrilla, quitarle la sal y quedarse con la carne cocida. Pero el método según el que se lo haga en el vino cambia drásticamente el producto.

En el caso de Nieto Senetiner, el asunto empieza con la elaboración de un espumante de Pinot Noir oriundo del Valle de Uco, hasta terminarlo, incluso con la toma de espuma. Desde ahí el proceso es pura innovación y parte de la compra de una máquina capaz de evaporar el alcohol a bajas temperaturas. 

El truco es que trabaja con presión negativa y ahí la destilación del alcohol se separa sin alterar el sabor. Si uno piensa que el espumante es, precisamente, un vino con presión positiva, primero hay que quitarle el gas carbónico y almacenarlo, para luego volver a inyectarlo.

Junto con el alcohol se evapora una parte sensible de los aromas, que también la máquina separa por fases, parecido a un destilador. Separa fracciones mínimas de cola y una cabeza –casi como en una destilación– y se guardan esos componentes aromáticos para devolverlos al vino.

Pero si hasta acá la máquina es prácticamente el secreto, a partir de este punto empieza el trabajo de alquimista de los enólogos. Sucede que, si uno le retira al vino espumoso el alcohol, le está sacando un 10-12% del producto que aporta varias cosas: textura, gusto dulce, sensación de arrobo en el paladar. 

Para decirlo más sencillo: si se le quitan esas sensaciones, la acidez gana protagonismo, así como la burbuja final (una vez vuelta a inyectar) quedará más efervescente que texturada. Encontrar el nuevo punto de balance es un trabajo de orfebre, pero el equipo de Nieto Senetiner, liderado por Santiago Mayorga y Roberto González, consigue en este espumante un nuevo y atractivo balance.

Probé dos ediciones de este vino, ya que cada tirada del proceso requiere un recalibrado único a cada batch. La primera un poco más ácida que la segunda, donde el perfil de un vino espumoso de Pinot Noir, con fruta roja y notas de cereza y frutilla, junto con una burbuja delicada y vibrante, daban una textura de mouse con sabor de fruta. Es dable pensar que el camino irá por este segundo ajuste.

Otros vinos sin alcohol.

De lo que he probado en el mundo, la verdad es que los espumosos llevan una ventaja enorme a la hora de la desalcoholización, por la sencilla razón de que la textura está dada por la burbuja más que por el alcohol. 

En un vino tinto, sin embargo, reemplazar el trazo untuoso, envolvente y arrobante del alcohol, más aún cuando supone entre un 13 y 15% del vino, es muy complejo en términos de balance. En general se recurre al azúcar para suavizar los taninos que ganan relevancia o quedan algo desprovistos de balance, rústicos o delgados.

Entre los caminos posibles que veo que se exploran para los tintos, la vertiente de maceraciones carbónicas –donde casi no hay taninos en la elaboración y los que hay no son astringentes– es la que podría conducir a mejores resultados, conservando una fruta nítida y primaria. 

En blancos es un camino un poco más simple, pero aún el sabor queda algo verde de acuerdo con los que he probado.

Así las cosas, en un mundo en que algo puede no ser lo que es, hay una discusión gigantesca acerca de si el vino desalcoholizado puede o no considerarse vino. Y si el añadido de otros elementos –como el glicerol, que reemplazaría el dulzor del alcohol por un alcohol superior que no embriaga– debiera estar o no permitido en una bebida cuyo corazón es universal: jugo de uva fermentado y en equilibrio natural. 

Aún falta mucho por decir sobre la materia. Al menos ahora hay unas ricas burbujas para descubrir en la góndola.

Publicado en Vinómanos.

https://vinomanos.com/2026/02/como-se-hace-un-vino-sin-alcohol/

Destacado amarillo de Vinómanos.

lunes, 8 de septiembre de 2025

El renacimiento de Bodega Robinson. Vinos de Entre Ríos.

De la publicación de Vinómanos “ENTRE RÍOS, ENTRE VIÑAS”: DOS DÍAS PARA CELEBRAR LOS VINOS DE LA PROVINCIA. que fuera yá publicado en CEPAS ARGENTINAS destacamos de esta entrada la historia lamentable de producción, que tiene sus inicios en la época del entrerriano Urquiza, pero en tiempos de la presidencia de Agustín Pedro Justo (“el gordo masón” como lo llamaba despectivamente el Pedre Leonardo Castellani) se promulgan leyes que prohíben la vitinícultura en Entre Ríos y Buenos Aires favoreciendo la región de Cuyo.

La bodega BordeRío rinde homenaje a esta época con su vino "Injusto", cuyo nombre simboliza la injusticia y la adversidad que sufrió la industria vitivinícola entrerriana. 

"Los años fueron pasando, las vides madurando y esta región iba encontrando en ellas un camino hacia el progreso. Sin embargo, llegó la infame década del 30 y con ella, la crisis mundial que afectó a varios negocios locales. En este contexto, la prosperidad entrerriana se convirtió, lamentablemente, en una amenaza para el resto de las tierras dedicadas a esta floreciente industria.

Fue en ese entonces cuando comenzó una feroz cacería contra todas las bodegas de la provincia. Los inspectores llegaban en compañía de las fuerzas armadas y, sin mediar palabra, arrancaban las vides de raíz, incendiaban plantaciones enteras y perforaban los toneles, derramando de esta forma la producción y los sueños de cientos de entrerrianos.

Origen del vino Injusto.

En medio de esta injusticia, nació la historia del vino «Injusto». En 1934, un presidente llamado Agustín Pedro Justo, paradójicamente entrerriano, dictó la “Ley Nacional de Vinos” (Nº 52.137), prohibiendo la actividad vitivinícola en todo el país, excepto en la Región de Cuyo.

Esta ley marcó un período oscuro para los viticultores de Entre Ríos, quienes vieron cómo sus sueños se desmoronaban bajo el peso de la prohibición.

Pero la pasión por el vino y la resiliencia de los entrerrianos no podían ser sofocadas por una ley injusta.

Durante décadas, lucharon en silencio, esperando el día en que la justicia prevaleciera sobre la opresión. Y ese día se hizo esperar, pero al fin llegó. En el año 1993, otro político entrerriano, el senador Augusto Alasino, puso fin a esa injusta ley de Justo, convirtiéndola en tan solo un mal recuerdo. Esto significó el final de las prohibiciones y el comienzo de nuevos sueños y de nuevas ilusiones". BORDERÍO.



https://blog.borderio.com/historia-vino-injusto-una-odisea-de-resiliencia/

Bodega Robinson.

Bodega Robinson.


El renacimiento de Bodega Robinson.

En pleno auge vitivinícola en la Argentina, los hermanos Alberto y Horacio Robinson fundaron la bodega en 1890 en Villa Zorraquín. Tenía una extensión de más de 500 hectáreas y muy rápidamente se convirtió en líder de la provincia. 

En ese momento Entre Ríos cultivaba más cepas que Mendoza y San Juan, y Concordia era el tercer puerto de mayor movimiento de la Argentina. 

De hecho, Robinson contaba con 29 cubas hechas de algarrobo, de cinco mil litros cada una, y ocho ánforas de material revestidas interiormente con cerámica vitrificada para estacionar los vinos. 

Además del vino de mesa, producía blancos y rosados y grappa. En Buenos Aires había largas filas en las tiendas Harrods y Gath & Chaves para comprar su exclusivo vino “de postre”.

En 1936 se promulgó en Argentina la ley de zonificación de la producción. Hasta ese momento, Entre Ríos era una de las provincias más importantes del país en la elaboración de vinos, y contaba con casi 4000 hectáreas de viñedos registradas y más de 114 bodegas.

Esta ley prohibió la producción de vinos en suelo entrerriano y recién en 1998, cuando fue derogada, ese escenario se revirtió.

La bodega siguió funcionando hasta los años ´50, aunque en la clandestinidad. Y recién hace tres décadas volvió a tomar vida cuando Emilio Negri la compró y la fue restaurando poco a poco, con ayuda de su hijo Agustín, respetando lo que había quedado (la inconmovible estructura original, las ánforas y las cubas) e incorporando cosas que fue comprando sin saber qué destino les daría. 

Vinos de Entre Ríos.

Hoy, Entre Ríos cuenta con unas 80 hectáreas implantadas y más de 60 productores. El top bodegas de la provincia está compuesto por Bodega Vulliez Sermet y Champagnera (Colón), Los Aromitos (Colonia Ensayo, Paraná), ⁠Las Magnolias y champagnera (Gualeguaychú) y BordeRío (Victoria). Además hay unas 20 bodegas de elaboración casera y artesanal. 

Las cinco cepas más plantadas en la provincia son Marselán, Malbec, Merlot, Tannat y Chardonnay. 

Algo curioso es que casi un 80% del viñedo entrerriano está plantado con el sistema de conducción espaldero. El 20% restante está plantado en lira ya que en regiones más húmedas, como las tierras de la provincia, este sistema sirve para potenciar el desarrollo de la planta y evitando a la vez el exceso de humedad.



Publicado en Vinómanos.
Destacado color Vinómanos.

Entrada publicada de interés:

domingo, 7 de septiembre de 2025

“Entre Ríos, Entre Viñas”: dos días para celebrar los vinos de la provincia.

 


“ENTRE RÍOS, ENTRE VIÑAS”: DOS DÍAS PARA CELEBRAR LOS VINOS DE LA PROVINCIA.

El 12 y 13 de septiembre se desarrollará en Bodega Robinson, Concordia, un encuentro de productores con degustaciones, charlas, música en vivo, stands de emprendedores y food trucks.

Publicado en Vinómanos. 05/09/2025.

Para revalorizar y honrar la historia vitivinícola de Entre Ríos, los próximos 12 y 13 de septiembre se desarrollará en la provincia un viaje de aromas, sabores y sentidos: llega la 5º Edición de “Entre Ríos, Entre Viñas”, encuentro que se celebrará en Bodega Robinson, Concordia.

Degustaciones, charlas y otras actividades

Allí, los visitantes podrán degustar vinos de Bodega Vulliez Sermet, Bodega los Aromitos,  Bodega Alonso Saénz,  Bodega Cinco Ceibos, Bodega Los pioneros, Finca Los Bayos, Bodega Altos del Palmar, Ecovert Campagne, Cabañas del viñedo, Fisolo Viñedo y Bodega Boutique, Viñas entrerrianas, Familia Lugea Courault, Colinas de Baco y Pampa Azul, entre otros proyectos de la provincia. 

Durante los dos días del encuentro, se ofrecerán charlas para que los asistentes puedan conocer más sobre el enoturismo en la provincia, el patrimonio histórico vitivinícola de Entre Ríos, el uso de ⁠levaduras autóctonas y el potencial exportador de las bodegas locales.

También habrá visitas guiadas por Bodega Robinson, música en vivo, stands de emprendedores con productos de la ruta del vino y un salón con food trucks.

Las entradas para “Entre Ríos, Entre Viñas” están disponibles a través de Passline (link de entradas para el viernes / link de entradas para el sábado) a un valor de $20.000 + costo de servicio. El acceso a la feria incluye un copón de regalo. 

Bodega Robinson.


El renacimiento de Bodega Robinson.

En pleno auge vitivinícola en la Argentina, los hermanos Alberto y Horacio Robinson fundaron la bodega en 1890 en Villa Zorraquín. Tenía una extensión de más de 500 hectáreas y muy rápidamente se convirtió en líder de la provincia. 

En ese momento Entre Ríos cultivaba más cepas que Mendoza y San Juan, y Concordia era el tercer puerto de mayor movimiento de la Argentina. 

De hecho, Robinson contaba con 29 cubas hechas de algarrobo, de cinco mil litros cada una, y ocho ánforas de material revestidas interiormente con cerámica vitrificada para estacionar los vinos. 

Además del vino de mesa, producía blancos y rosados y grappa. En Buenos Aires había largas filas en las tiendas Harrods y Gath & Chaves para comprar su exclusivo vino “de postre”.

En 1936 se promulgó en Argentina la ley de zonificación de la producción. Hasta ese momento, Entre Ríos era una de las provincias más importantes del país en la elaboración de vinos, y contaba con casi 4000 hectáreas de viñedos registradas y más de 114 bodegas.

Esta ley prohibió la producción de vinos en suelo entrerriano y recién en 1998, cuando fue derogada, ese escenario se revirtió.

La bodega siguió funcionando hasta los años ´50, aunque en la clandestinidad. Y recién hace tres décadas volvió a tomar vida cuando Emilio Negri la compró y la fue restaurando poco a poco, con ayuda de su hijo Agustín, respetando lo que había quedado (la inconmovible estructura original, las ánforas y las cubas) e incorporando cosas que fue comprando sin saber qué destino les daría. 

Vinos de Entre Ríos.

Hoy, Entre Ríos cuenta con unas 80 hectáreas implantadas y más de 60 productores. El top bodegas de la provincia está compuesto por Bodega Vulliez Sermet y Champagnera (Colón), Los Aromitos (Colonia Ensayo, Paraná), ⁠Las Magnolias y champagnera (Gualeguaychú) y BordeRío (Victoria). Además hay unas 20 bodegas de elaboración casera y artesanal. 

Las cinco cepas más plantadas en la provincia son Marselán, Malbec, Merlot, Tannat y Chardonnay. 

Algo curioso es que casi un 80% del viñedo entrerriano está plantado con el sistema de conducción espaldero. El 20% restante está plantado en lira ya que en regiones más húmedas, como las tierras de la provincia, este sistema sirve para potenciar el desarrollo de la planta y evitando a la vez el exceso de humedad.

Capacitación y cooperación

Los productores de la provincia están nucleados en la Asociación de Vitivinicultores de Entre Ríos (AVER), que fomenta la capacitación técnica y la cooperación entre los bodegueros y el estado. 

Asimismo, la entidad impulsa actividades formativas y contribuye a la mejora de calidad de vida en zonas rurales. Por otro lado, aboga por la sostenibilidad ambiental y paisajística del cultivo de la vid y propicia la conservación de cultivos tradicionales, aunque invita a la permanente modernización.

Ahora, AVER organiza “Entre Ríos, Entre Viñas” junto con el municipio de Concordia y la Secretaría de Turismo provincial.

GPS

Entre Viñas, Entre Ríos

12 y 13 de septiembre de 2025

Bodega Robinson, Gualeguay 4500, Concordia, Entre Ríos.

Link a entradas para el viernes 12/09

Link a entradas para el sábado 13/09

Autor: Vinómanos.


Publicado en Vinómanos.
Destacado color Vinómanos.

miércoles, 12 de febrero de 2025

10 CRIOLLAS PARA DESCUBRIR (¡Y POR QUÉ VALE LA PENA PROBARLAS!).

 


10 CRIOLLAS PARA DESCUBRIR (¡Y POR QUÉ VALE LA PENA PROBARLAS!).

Echamos luz sobre la confusión general que reina en torno de estas variedades oscuras y solo desde hace poco legalmente tintas, y te damos data para que las elijas con toda la info.

Joaquin Hidalgo.

De qué color es el tinto, podría haber preguntado algún Carlitos Balá del mundo del vino en relación la Criolla Chica, una variedad de granos oscuros como la noche, pero que no podía etiquetarse como tinto hasta hace poco. 

Por medio de una resolución de agosto pasado, el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) concedió el color a esta variedad que, hasta entonces, sólo podía despacharse como rosada.

Detrás de este apartheid en torno al color de la piel de una uva, yacía una confusión técnica interesante para desarrollar. Y ahora que la Criolla Chica y las Criollas en general están en ascenso de cara al consumo, conviene dar el largo rodeo para llegar a la clave del color. 

Empecemos por la confusión general entre las criollas.

Desambiguando la Criolla Chica.

En Sudamérica está ampliamente difundida una variedad de uva oriunda de Canarias conocida en Europa con el nombre de Listán Prieto. Llegó de la mano de los primeros colonos españoles al continente, quienes la plantaron a cada paso que daban. 

Fue ampliamente cultivada en el pasado en los valles andinos del norte, pero también en el sur de Chile, particularmente entre Itata y el Maule.

Tan abundante fue su plantación que, incluso hoy, al otro lado de la cordillera hay 10.000 hectáreas de País, como la llaman allá, con cierto sentido poético: tan difundida está, que se confunden el paisaje, la nación y la uva. 

En el norte de Argentina, sin embargo, y en menor medida en Mendoza, el Listán adoptó un nombre de sentido parecido: Criolla Chica. Criolla porque fue descrita aquí, aunque es de Canarias. Chica, en comparación con otras Criollas, fundando esa diferencia en el tamaño de la baya (como es costumbre en el mundo del vino, dicho sea de paso).

Esa distinción de tamaño admite la existencia de otras criollas. Y en efecto, una de las gracias de Listán Prieto (aka Criolla Chica, País o Mission, en Estados Unidos) es que fue plantada junto a una blanca muy extendida en el mundo, la Moscatel de Alejandría. 

Entre ellas se han polinizado a lo largo de 500 años y dado origen a muchas variedades que fueron reproducidas por semillas y luego seleccionadas y replantadas por estaca. 

En rigor, estas últimas son las Criollas verdaderas, puesto que no existen en Europa –como sí sus progenitores–, sino que fueron desarrolladas en América. Criollas en el mismo sentido que se aplica a las personas nativas de un lugar.

Entre esas Criollas, como Torrontés Riojano, Pedro Giménez, Cereza y Criolla Grande, por mencionar algunas ampliamente difundidas, dos, la Criolla Grande y la Cereza, son rosadas. Ahí nace la confusión del color.

Criolla Rosada y Criolla Tinta.

Las dos se llaman Criolla. De la Criolla Grande, la rosada, existen unas 14.000 hectáreas en Argentina. De la Criolla Chica, la tinta, sólo 300. De forma que las autoridades proscribieron el uso de variedad tinta basados en el volumen de la otra, no sin cierta lógica. Por eso fue que hasta agosto de 2024 no se podía usar la Criolla Chica como uva tinta. Y eso era un problema.

Fundamentalmente porque los vinos de Criolla Chica –así deben ser etiquetados desde ahora para poder ser usados como tintos– ofrecen un claro color granate. Y muchos productores se veían en la imposibilidad de nombrar a sus vinos de Criolla (Chica) como tintos o, en caso afirmativo, no podían etiquetarlos como Criolla (Chica).

De modo que ahora veremos una explosión de Criollas Chicas tintas en el mercado. No es que haya tantas, pero sí están en pleno desarrollo, por dos motivos centrales. Uno, en los climas de altura y de desierto, da un tinto sin peso pero con estructura tánica, siendo el raro y el delicioso entre los tintos del NOA. 

El otro motivo es que el tipo de fruta que ofrece va desde una guinda clara a una cereza, a la que suma notas de tierra húmeda. Ambos elementos definen un paladar bien atractivo en un panorama dominado por sabores potentes, de riqueza y con frutas negras, sobremaduras, y notas de chutney.

En paralelo, en el mercado también están en ascenso los rosados ligeros elaborados a partir de la Criolla Grande y Cereza. Menos aromáticos que vibrantes en boca, el perfil de estas criollas define un paladar de sed con algunas notas herbales y otras de membrillo y guinda (al menos en mi experiencia), y en los que la nota de tierra mojada es más marcada.

10 Criollas para descubrir.

Entre las Criollas Chicas, destacan largamente Cadus 2023, Sunal Ilógico 2022, El Esteco Old Vines 1958 2023, Valle Arriba La Criollita 2021, Cara Sur 2022 y Kung Fu 2024. 

Entre las Criollas Grandes que ofrecen buen sabor, las más interesantes son Lagarde Criollas 2024, Vía Revolucionaria Criolla Grande 2022, Criolla Argentina Grande 2023 y Cara Sucia 2023.




Joaquin Hidalgo.

Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta con formatos y habla sin rodeos de lo que le gusta y lo que no. Lleva más de veinte años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en medios nacionales, como La Nación y La Mañana de Neuquén. Desde 2019 es el crítico para Sudamérica de Vinous.com (EE.UU.).

Publicado en VINÓMANOS.

https://vinomanos.com/2025/01/10-criollas-para-descubrir/

https://vinomanos.com/

*** Imágenes: VINÓMANOS.

miércoles, 22 de enero de 2025

HAY UNA MUJER EN MI VIÑEDO: NOMBRES FEMENINOS EN LAS UVAS.

 


HAY UNA MUJER EN MI VIÑEDO: NOMBRES FEMENINOS EN LAS UVAS.

El vino esgrime variedades de uvas denominadas Patricia, Victoria, Isabella y Canela. ¿Las conocés? Acá te las presentamos.

A mediados de año recorrí el Bierzo, un rincón de Castilla y León, España, donde la uva más plantada y la más deseada en los vinos es la Mencía. No es exclusiva del Bierzo, ya que se la encuentra bastante también en los valles del Este de Galicia, con los que linda.

Que en un recorrido por Galicia y Bierzo uno se tope con uvas desconocidas no debería llamar la atención. Las hay y de muchos tipos. 

Sólo por mencionar algunas de las que ofrecen vinos más sabrosos, existen la Brancellao, la Merenzao, Doña Blanca o la más aterradora de todas, La Monstruosa de Monterrei, cuyo nombre amedrenta más que la uva, llamada así por el tamaño de su racimo.
Pero volvamos a la Mencía. Según la guía Paadín, es hija de dos uvas, una conocida como Patorra, y la otra, el Albariño Tinto. De carácter gentil, un poco se parece al Pinot Noir en la capacidad que tiene para ofrecer texturas diferentes según cambian los suelos y las exposiciones al sol. Es la columna vertebral del Bierzo.

Muy cultivada en la región, lo que me sorprendió, sin embargo, fue encontrarme con que muchas mujeres en la zona se llaman así: Mencía. De hecho, es un nombre de lo más corriente en el Bierzo. 

Una noche, mientras contaba ovejas antes de dormir, me dio un ataque de risa pensando en que una persona se pudiera llamar Malbec González o Cabernet Sauvignon Ramírez. 

En esos devaneos estaba cuando tuve una iluminación: ¿por qué la gente no se puede llamar como las uvas? ¿Habrá muchas? Al fin de cuentas conocía el curioso caso de los tres homófonos de Pedro Ximénez.

Y me puse a buscar.

Uvas como mujeres.

Mencía es, si damos crédito a lo que ofrece la web, el hipocorístico (apelativo cariñoso o familiar usado para suplantar a un nombre real) de Clemencia. Sería el equivalente de Lito para los Miguelitos. 

Lo notable, en todo caso, es que en una región muy católica y practicante, la uva más querida lleve por nombre Clemencia, Mencía para los amigos. En nuestro medio hay al menos un vino elaborado con Mencía y clemencia: se llama Doña Mencía de los Andes y lo produce Ver Sacrum.

Lejos de ser la única, hay otras uvas que llevan nombres de mujeres. Una búsqueda más o menos rápida propone una lista sencilla: Canela, Patricia, Victoria e Isabella. 

En el caso de Canela, que en Argentina está plantada en el este de Mendoza, hay dos hipótesis para el nombre. La primera es que tiene un ligero sabor de especias y, en un rapto de romanticismo ultramarino, le llamaron Canela. 

La otra, más propia del mundo de los sarmientos y las podas, que los pecíolos son de ese color. En el mercado lo elabora y embotella Lucas Niven.

Patricia, Patricia.

Más interesante es el caso de Patricia. Fue una creación realizada por el ingeniero Ángel Gargiulo en el INTA Rama Caída, Mendoza, y proviene del cruzamiento entre las variedades Moscatel Rosado y CG 530. Esta última, a su vez, es hija del cruzamiento entre las variedades Sultanina y Gibi. 

Eso según el INTA, que no da pistas acerca de por qué Gargiulo decidió llamarla Patricia. Aunque, permítaseme divagar, siendo las Patricias Mendocinas figuras clave de la gesta Sanmartiniana en la provincia, es dable pensar que la cosa viene por ahí.

En todo caso, a juzgar por el tamaño del racimo de Patricia, poco tiene que envidiar a la Monstruosa de Monterrei. En nuestro mercado se consigue un espumoso con esta uva, elaborado por un prócer del vino, el enólogo Ángel Mendoza.

Isabella de América.

De Victoria sé poco, porque es más una uva de consumo en fresco, pero su nombre tiene, como todas las Victorias, algo de triunfo. 

Respecto de Isabella, sí hay vinos elaborados, aunque también hay que decir que no es propiamente una uva vinífera, sino un cruzamiento entre dos especies: Vitis vinífera x Vitis labrusca. En rigor, Vitis labrusca x Petit Meslier, según el análisis de ADN.

Como en todas las historias de investigadores dedicados a diseccionar la gracia de la naturaleza, Isabella recibió su nombre de un homenaje, según wein.plus. 

La primera planta identificada de Isabella fue donada por George Gibbs, un aficionado viticultor norteamericano –entre otras variedades introdujo la Zinfandel a los Estados Unidos– a un viverista de Long Island que la multiplicó al infinito desde 1909. 

Fue este quien eligió el nombre para la posteridad, en homenaje a la esposa de Gibbs. Supongo que con buenas intenciones.

En fin, Isabella dio la vuelta al mundo porque es una variedad resistente a las enfermedades. Por ello se adaptó bien a los trópicos y climas calientes. 

En nuestro país, se la llama también uva Chinche y produce unos vinos exóticos en Córdoba y la costa bonaerense. Para beber uno, buscar los raros Frambuá de Colonia Caroya.

Por Joaquín HIDALGO.

Publicado en Vinómanos.

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HIDALGO, Joaquín. Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta con formatos y habla sin rodeos de lo que le gusta y lo que no. Lleva más de veinte años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en medios nacionales, como La Nación y La Mañana de Neuquén. Desde 2019 es el crítico para Sudamérica de Vinous.com (EE.UU.).