Mostrando entradas con la etiqueta emprendimientos familiares.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta emprendimientos familiares.. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de septiembre de 2026

Petróleo y vino: así construyó Bulgheroni su imperio en la Patagonia.


Petróleo y vino: así construyó Bulgheroni su imperio en la Patagonia.

Un almacén de campo en Santa Fe. Cerro Dragón. Vinos al fin del mundo. La historia de un apellido que reescribió la Patagonia.

Alejandro Bulgheroni, ingeniero industrial, lidera hoy uno de los grupos más diversificados del país.

Esta historia nos lleva a principios del siglo XX. Un inmigrante italiano llamado Ángel Bulgheroni desembarca en Argentina y se instala en Rufino (Santa Fe) y abre un almacén de ramos generales con "todo para el hombre de campo", desde ropa hasta herramientas. Nadie podría haber imaginado entonces que ese mostrador de pueblo sería la primera piedra de uno de los grupos empresarios más poderosos de América Latina, con fuerte anclaje en Patagonia.

Su hijo, Alejandro Ángel Bulgheroni, hereda algo más que el negocio: hereda la ambición. En 1948 funda Bridas, una compañía que nace pequeña pero que lleva en su ADN la vocación de crecer. Años después, esa semilla dará sus frutos más inesperados lejos de Santa Fé: petróleo en el sur profundo y vino en el confín del mundo.

Así llegamos al 24 de octubre de 1943, en esa misma Rufino, nace Alejandro Pedro Bulgheroni. Se forma como ingeniero industrial en la Universidad de Buenos Aires y, a los 22 años, en 1965, se suma a Bridas junto a su padre. No lo sabe todavía, pero está subiendo al primer escalón de un imperio.

En la foto se ve al matrimonio de Angel Bulgheroni y Rosa Botto, su hijo sentado en el extremo inferior izquierdo es Alejandro Angel Bulgheroni, padre de los reconocidos empresarios Alejandro y Carlos Bulgheroni, fundadores del Grupo Bridas. 

@antiguasfotografiasargentinas

De Rufino al mundo: la gran apuesta.

Bridas crece durante los años setenta hasta convertirse en una de las firmas privadas más influyentes del sector energético argentino. A su lado, el hermano menor, Carlos Bulgheroni, construye junto a él ese camino, hasta su muerte en Washington, en septiembre de 2016.

El gran salto llega en 2010: la familia vende el 50% de Bridas Corporation a la petrolera estatal china CNOOC por 3.100 millones de dólares. Es el momento en que un negocio familiar argentino se convierte en un jugador global. Dos años más tarde, la compañía suma Axion Energy Argentina y refinerías junto a activos de ExxonMobil en Paraguay, Argentina y Uruguay. En 2017, la fusión entre Bridas, BP, Pan American Energy y Axion da forma a Pan American Energy Group (PAEG), hoy conducido por Alejandro Bulgheroni junto a su sobrino Marcos.

Carlos Bulgheroni intentó en 1995 construir un gasoducto que atravesaba Afganistán. La historia fue publicada en 1997 en el Suplemento Económico de Clarín.Hay un lugar donde esta historia se vuelve subterránea, literal y metafóricamente: Cerro Dragón, en la cuenca del Golfo San Jorge, Chubut. Allí, PAE perfora, extrae y reinventa su negocio desde hace casi 70 años. Es el escenario donde el apellido Bulgheroni se volvió sinónimo de energía en la Patagonia.

En 2025 llega una noticia que reactiva la apuesta: la compañía confirma la existencia de shale gas en la formación D-129 y convierte el área en una concesión no convencional por 35 años, prorrogables por 10 más. La inversión inicial: 250 millones de dólares para un plan piloto de cinco pozos. Un año después, en mayo de 2026, PAE presenta ante el RIGI el primer proyecto de petróleo convencional de la provincia bajo ese régimen: 680 millones de dólares para 22 plantas de inyección de polímeros, 220 pozos inyectores y 650 productores, con una producción incremental estimada en 24 millones de barriles.

Otronia, al sur de Chubut, a apenas 50 kilómetros de la frontera con Santa Cruz y 150 de Comodoro Rivadavia, es la más nueva de las bodegas, centrada en alta gama.

Cuando el petróleo se vuelve vino.

Pero la historia de los Bulgheroni no se agota en el subsuelo. Con la fortaleza del negocio energético como cimiento, Alejandro decide mirar hacia otro horizonte: la tierra fértil y preside Alejandro Bulgheroni Family Vineyards, un mapa de bodegas que se despliega por Mendoza, la Patagonia, Burdeos, Barossa Valley, Toscana, Napa Valley y Garzón, en Uruguay.

En 2011, el empresario elige un campo cercano a Sarmiento, Chubut, y destina 1.300 hectáreas a un proyecto que suena casi imposible: producir vino en la estepa de Patagonia sue. Dos chacras iniciales, de 11 y 39 hectáreas, son el punto de partida de Otronia, que en 2023 obtiene su propia Indicación Geográfica del Instituto Nacional del Vino (INV) y hoy elabora los vinos más australes del planeta, sobre el paralelo 45° Sur.

Otronia forma parte de Grupo Avinea, primer productor de vino orgánico del país, y comparte holding con una participación del 50% en Bodega Vistalba. Según fuentes del sector, la inversión total del grupo en el negocio vitivinícola ya supera los 76 millones de dólares.

Bulgheroni llevó la vitivinicultura al límite: hoy sus viñedos crecen sobre el paralelo 45° Sur.

Dos historias, un mismo apellido.

Del mostrador de un almacén en Rufino a las plantas de inyección de Cerro Dragón, y de allí a las cepas más australes del mundo, la trayectoria de Alejandro Bulgheroni condensa más de siete décadas de decisiones audaces. La Patagonia, ese territorio que algunos asocian a la potal cordillerana y otros a la estepa o yacimiento, es hoy el escenario donde conviven dos negocios que parecen opuestos, pero que responden a la misma lógica familiar: mirar lejos, invertir fuerte y sostener la apuesta en el tiempo.

Más Producción del Diario La Mañana de Neuquén.

https://masp.lmneuquen.com/vitivinicultura/petroleo-y-vino-asi-construyo-bulgheroni-su-imperio-la-patagonia-n1255194

miércoles, 8 de julio de 2026

Mabellini Wines. La nueva expresión del Alto Valle.

 


Mabellini Wines.

Mabellini Wines. La nueva expresión del Alto Valle.

Con viñedos en Confluencia y Mainqué, la bodega impulsa una identidad patagónica que combina historia, mezcla de cepas y una enología de alto nivel.


En nuestro recorrido por la región del Alto Valle, la familia Mabellini abrió las puertas de su bodega, en la zona de Confluencia, Neuquén, para probar sus vinos y también los de otros pequeños productores de Río Negro y Neuquén.

Carlos Mabellini y su esposa Lorena Nicolás Creide compraron una chacra en Colonia Confluencia (una zona anexa a la capital de Neuquén) ubicada 1 km del río Limay, 300 metros del río Neuquén y 1,8 km del río Negro (que nace de la confluencia de los dos primeros, de allí el nombre de la colonia). La Chacra Confluencia abarca 6 ha, de las cuales 4,5 fueron plantadas con vid en 2017, reemplazando los frutales originales que la poblaban.

La decisión de plantar vid, se sostenía en un sueño con condimentos “genéticos”. Es que los abuelos de Carlos en 1928 llegaron al valle desde su Brescia (Italia) natal y se asentaron en un pequeño pueblo llamado Cinco Esquinas (a 13 km de esta chacra, pero del lado de la provincia de Río Negro). Allí encontraron que los ingleses del ferrocarril (llegado en 1902 a la estación Limay en Cipolletti) y la Compañía de Tierras del Sud habían instalado en 1908 una estación experimental con las que estudiaban las posibilidades agrícolas de la zona.

La puesta en valor se dio no solo por el ferrocarril, sino también por las obras hidráulicas diseñadas en 1890 por el Ingeniero italiano Cesare Cipolletti (quien había sido contratado en Mendoza por Tiburcio Benegas para el mismo metier) que permitieron construir el dique Ing. Ballester y los canales de riego, que se extienden hasta más allá de Valle Azul y riegan por gravedad más de 70 mil hectáreas.


Los Mabellini plantaron frutales, pero también vides, con cuyas uvas el tío Don Giovanni hacía unos 8.000 litros anuales de un vino que llamaban el “vino alegre”. El padre de Carlos, Pedro, nació en 1931 en La Picasa y su destino no fue hacer vino, sino que fue enviado a estudiar en La Plata, para volver como escribano, profesión que su hijo Carlos también adoptó.

En ese entorno Carlos Mabellini vivió tiempos felices en su infancia y, ya mayor, el vino pasó a ser parte de su vida, convirtiéndose en uno de los más importantes coleccionistas privados del país, con una impresionante cava subterránea que roza las 15.000 botellas.

Pero ese camino de enófilos consumados no iba a ser suficiente, Carlos recuerda que siempre le decía a su padre “tenemos que hacer vino” y este le contestaba “a vos no te gusta hacerlo, te gusta tomarlo”. El desafío estaba planteado y, junto a Lorena, tomaron una decisión que cambiaría el rumbo y en pocos años los ubicaría como protagonistas en la escena del vino de la Patagonia norte: plantar viñedos, construir desde cero una bodega y hacer etiquetas que pudieran competir en nivel con aquellas encumbradas que pueblan su cava.

Así fue como, en esta Chacra Confluencia de suelos aluvionales francos arenosos con un poco de todo lo que trajo el río, hay no solo viñedos, sino también una bodega reluciente, que luce quince impecables tanques de acero inoxidable con capacidades desde 5 a 15 mil litros y 10 huevos de cemento, más una sala con un ánfora y una cuba grande de cemento. Además, cuentan con tres grandes fudres Grenier, que sirven para fermentar, porque tienen tapa extraíble.

También destaca la sala de barricas francesas (de 500 litros) de las mejores marcas: Sylvain, Taransaud, Vernoy, Damy y Mercure, que más de un bodeguero de cualquier parte del mundo envidiaría. La enóloga es Valeria López (también patagónica, de Villa Regina, con paso por Fin del Mundo, Aniello y Pirri) quien, junto con la asesoría de Daniel Pi, desde hace cuatro años viene haciendo maravillas.

La bodega tiene capacidad para bastante más que las uvas de esta chacra, así que en 2020 compraron otra en Mainqué, región donde destacan bodegas como Chacra y Noemía, que eran compradoras del Pinot Noir. Incluye una bodega de 1 millón de litros construida en 1912 y por ahora abandonada, más 20 ha plantadas en 1912 y parcialmente renovadas en 1930 y 1970. Esa chacra tiene historia, fue plantada por los Verdecchia, luego pasó a la familia Sanz y, después del 2000, al enólogo local Kamada. Mabellini trabaja con el asesoramiento agronómico del reconocido especialista mendocino Marcelo Casazza.

Allí encontraron 112 filas de cepas mezcladas, que no sabían bien qué eran, pero un estudio ampelográfico develó como Malbec, Cabernet Sauvignon, Merlot, Zinfandel, Bonarda, Petit Verdot, Trousseau, Balsamina y Criollas, todas tintas. Este año se separó el Merlot (suman 4 ha de esta cepa), que era lo que estaba más impecable, con el cual hacen un lindo Mabellini Rosé de Merlot.

Entre ambas chacras suman 25 ha de viñedo propias (no compran uva a otros productores) y vienen creciendo en producción: de las primeras 7 mil botellas de 2021 pasaron a 15 mil en 2022, 23 mil en 2023 y 75 mil en 2024, con un horizonte de 100 mil botellas.

Los vinos Mabellini.

Elaboran en dos líneas, con varietales de Malbec, Chardonnay, Merlot y Pinot Noir: una reserva con paso por barricas y la otra Gran reserva con paso por fudres o tonel.

Recorriendo la bodega probamos muestras, comenzando con un Chardonnay 2026 elaborado con uvas de Confluencia, tomado del huevo de cemento, que está excelente. Lorena me contó que cuando lo probó el crítico inglés Tim Atkin, preguntó a la enóloga cómo lo hizo y consultó si el vino estaba en la carta del Restaurante Oviedo de Buenos Aires (especializado en pescados y mariscos). Cuando le contestaron que no, mandó en el momento una foto al dueño, Don Emilio Garip, para que lo sume. Ahí se dieron cuenta que le había gustado mucho y luego se enteraron de que le otorgó 94 puntos. Bueno, a mi esta 2026 me encantó, aún antes de conocer esta historia, y no me sorprendería que los supere.

También probamos el Gran Chardonnay desde la barrica de 500 litros en que está reposando la cosecha 2026. Es la misma uva, cosechada igual, pero que termina su fermentación en barrica Taransaud y hasta agosto se sigue haciendo batonnage. Seguimos con los Pinot Noir de Mainqué, cosechas 2026 (30% racimo entero, fermentado en fudre Grenier de 6.500 lt) y 2025 ya con 12 meses en fudre; los dos Malbec de Mainqué: el 2026 en huevo concreto y el 2025 concreto + fudre.

Durante el almuerzo tomamos los vinos ya embotellados, cuyas etiquetas muestran la confluencia de los ríos Limay y Neuquén y el nacimiento del río Negro, incluyendo las dos zonas de sus chacras: Confluencia y Mainqué.

Mabellini Gran Chardonnay 2024, con 11 meses en barrica (es un clon 95 plantado en Confluencia)

Mabellini Merlot Rosé 2024, sin madera, uvas seleccionadas en dos cuadros de Mainqué, vestido en hermosa botella.

Mabellini Pinot - Pinot 2024. 12 meses en barricas de 2º y 3º uso, mitad uvas de Mainqué y mitad de Confluencia, clon 115.

Mabellini Gran Pinot Noir 2024. 100% de Mainqué, selección masal de 70 años.

Mabellini Malbec - Malbec 2024 de Mainqué y Confluencia, con 16 meses de guarda en barricas.

Mabellini Blend de blancas 2024. Compuesto por Torrontés, Maticha Blanca, Semillón, Pedro Giménez, Moscatel rosado, de esas 102 hileras mezcladas que comentamos en Mainqué.

Mabellini Cabernet Franc 2022, uvas de Confluencia.


Mabellini Malbec 2023 con y sin crianza submarina. Se trata de una prueba realizada en conjunto con la Provincia de Río Negro consistente en sumergir un numero de botellas en las aguas del mar para observar su añejamiento, proceso que modifica la evolución del vino y logra un perfil más suave y complejo.

“Trabajamos día a día para ser lo más genuinos y auténticos posibles, sin copiar a ningún otro”

Ángel Ramos, Lorena y Carlos Mabellini.

Carlos Mabellini cumplió “el sueño del pibe”, y el tío Giovanni puede descansar tranquilo sabiendo que su sobrino no solo sigue su legado, sino que está decidido a hacer los mejores vinos posibles en ese mágico terruño del Alto Valle.

Publicado en

El ángel del vino. Blog de vinos.

Vino argentino y del mundo, tipos, regiones, historia, bodegas, 

recomendaciones.

viernes, 5 de junio de 2026

En el Valle de Viedma, cerca de San Javier, una bodega de la Patagonia Argentina produce vinos artesanales.

 


Con el viento y el mar como aliados: una bodega de la Patagonia produce 30.000 botellas de vino artesanal al año.

En el Valle de Viedma, cerca de San Javier, una bodega familiar sostiene desde 2004 un proyecto vitivinícola artesanal que combina clima marítimo, viento patagónico y suelos calcáreos para producir cerca de 30.000 botellas anuales con identidad regional propia.

Juan Alberto Millaman posando entre los viñedos con dos
botellas de la producción artesanal de la bodega.
Foto: gentileza.

En el corazón del valle de Viedma, en la provincia de Río Negro y cerca de la comuna de San Javier, una familia apostó hace más de dos décadas por producir vinos con identidad propia en un territorio atravesado por el viento y la influencia marítima de la Patagonia atlántica. Así nació Viñas de Lucía, un emprendimiento familiar que comenzó en 2004 con la implantación de sus primeros viñedos y que hoy elabora cerca de 30.000 botellas anuales bajo la marca SAVU, consolidándose como uno de los exponentes artesanales del vino regional.

El proyecto es encabezado por el técnico enólogo Juan Alberto Millaman, quien en diálogo con Río Negro Rural repasó los orígenes de la bodega, los desafíos de producir vino en el valle de Viedma y el camino recorrido para posicionar un producto con fuerte impronta patagónica.

Un proyecto familiar de vitivinicultura en el valle de Viedma.

«Viñas de Lucía nace como un emprendimiento familiar en 2004«, relató Millaman. La bodega se instaló en cercanías de Fuerte San Javier, dentro de la zona del Idevi, donde comenzaron a implantarse los primeros varietales de Malbec, Cabernet Sauvignon y Syrah.

El nombre del proyecto tiene un fuerte vínculo familiar. Lucía es la madre de Millaman y sus raíces provienen de Pocito, en la provincia de San Juan, una de las regiones históricas de la vitivinicultura argentina.

Las plantas llegaron desde esa provincia cuyana.»Hubo que trabajar mucho en la adaptación genética de las plantas a las primaveras frías y las heladas tardías de la Patagonia Norte», explicó el enólogo.

Los primeros años estuvieron dedicados al armado de espalderas, el cuidado del viñedo y la estabilización de las plantas. Recién en 2011 llegaron las primeras vinificaciones, cuando las vides alcanzaron un desarrollo adecuado.

Tres años después comenzó la comercialización de los vinos, inicialmente orientada al mercado local de Viedma y la región. Actualmente la bodega cuenta con cinco hectáreas implantadas y proyecta continuar creciendo en los próximos años.“Tenemos proyecciones de llegar a las siete hectáreas y estamos analizando qué varietales pueden adaptarse mejor a la zona”, explicó Millaman.

Paisaje del entorno rural del Valle de Viedma, condicionado por el clima marítimo.
Foto: gentileza.

El terroir marítimo que distingue al vino de la Patagonia atlántica.

Con el paso del tiempo, Viñas de Lucía empezó a construir una identidad propia basada en las condiciones naturales del valle de Viedma.

Para Millaman, el gran diferencial de los vinos de la zona está en el «terroir marítimo», una característica poco común dentro de las regiones vitivinícolas argentinas.

«Estamos influenciados por el clima marítimo, con el viento sur proveniente del mar, las lluvias y las brumas. Todo eso transmite características únicas a nuestros vinos», señaló.

La influencia oceánica también ayuda a morigerar las heladas, generando un equilibrio climático que resulta clave para el desarrollo del viñedo. A eso se suma un suelo calcáreo y pedregoso que aporta estructura y acidez a las uvas.

Según explicó el productor, estas condiciones permiten obtener vinos con personalidad marcada y perfiles muy distintos a los de otras zonas tradicionales del país.

Cómo influye el viento patagónico en la calidad del vino.

Uno de los factores más determinantes en la producción son los fuertes vientos provenientes del sur y del oeste.

Millaman explicó que esas corrientes generan un engrosamiento natural del hollejo (la piel de las uvas) durante el crecimiento fenológico.

Viñedos en el Valle de Viedma donde se desarrolla
 el proyecto vitivinícola artesanal de Viñas de Lucía.
Foto: gentileza.

«Eso produce vinos con mucho color, tonos oscuros y una gran estructura», detalló.

En variedades tintas como Cabernet Sauvignon y Syrah, el fenómeno también potencia los aromas a frutas rojas y negras, aportando intensidad y complejidad.

El trabajo artesanal detrás de cada vino del valle de Viedma.

La marca SAVU representa hoy la identidad comercial de la bodega, con una comercialización principalmente local y regional, centrada en Viedma y el valle de Viedma, aunque con ventas puntuales en otros puntos del país a partir del contacto directo con consumidores.

Millaman aseguró que cada añada busca reflejar el carácter del viñedo y las particularidades de cada cosecha. «El objetivo es expresar el terroir y respetar la tipicidad de cada varietal«, explicó.

El proceso comienza mucho antes de la vendimia. El enólogo participa personalmente en todas las etapas productivas: desde el manejo del suelo y la poda hasta el control del riego y la sanidad del viñedo.

«Cada planta tiene su propia esencia. Hay algunas más vigorosas y otras menos, entonces la poda es fundamental para equilibrar el viñedo y evitar que se estrese», detalló.

Aunque destacó la calidad de los vinos regionales, Millaman reconoció que sostener una bodega artesanal en el valle de Viedma presenta desafíos vinculados a los costos logísticos, la distancia con los polos industriales y los cambios en los hábitos de consumo. «Estamos lejos de los centros industriales y eso encarece los insumos y la producción», resumió el enólogo, quien además señaló la necesidad de mantener una mejora continua para sostenerse en el mercado.

De la cosecha manual a cada botella de vino artesanal.

La vendimia marca el inicio de una de las etapas más esperadas dentro de la bodega. «La magia comienza cuando transformamos las uvas en vino«, resumió Millaman.

La cosecha se realiza manualmente y luego las uvas pasan por el proceso de despalillado y encubado en tanques, donde comienza la fermentación alcohólica.

Posteriormente se realizan los descubes y trasiegos que acompañan la evolución del vino durante todo el año hasta llegar al embotellado y la estiba final.

Botellas de la marca SAVU, el vino artesanal producido en el Valle de Viedma. Foto: gentileza.

Actualmente la bodega cuenta con habilitación del Instituto Nacional de Vitivinicultura para elaborar hasta 24.000 litros anuales dentro de la categoría de elaborador artesanal. Según explicó Millaman, hoy la producción alcanza unas 30.000 botellas por año y el proyecto mantiene proyecciones de crecimiento.

Un vino artesanal de Patagonia que llega directo al consumidor.

Gran parte de la comercialización de los vinos se realiza de manera directa en la Feria Municipal de Viedma, que funciona martes y sábados de 8 a 14.

Allí, Millaman ofrece personalmente sus vinos y mantiene contacto directo con vecinos y turistas. «Es importante poder mostrar un producto genuino de la región y contar cómo se produce«, destacó.

La presencia de la bodega en la feria también se transformó en una forma de promocionar el potencial vitivinícola del valle de Viedma entre quienes visitan la capital rionegrina.

Muchos turistas que llegan a Viedma o están de paso descubren allí un vino artesanal elaborado íntegramente en la zona, con una identidad marcada por el clima, el suelo y el viento patagónico.

«Quienes prueban nuestros vinos también se llevan parte de la historia y del conocimiento de lo que se produce en esta región«, concluyó Millaman.

*** Publicado en Rural del Diario Río Negro.

miércoles, 3 de junio de 2026

En Guardia Mitre el vino no era una bebida: era una forma de organizar la vida.


En Guardia Mitre el vino no era una bebida: era una forma de organizar la vida.

De la molienda a mano a los rituales colectivos: la emotiva reconstrucción de una tradición vitivinícola pionera que dejó una huella imborrable en la memoria popular.

Hubo un tiempo en que Guardia Mitre olía a mosto. No era una imagen poética. Era literal. El perfume dulce de la uva molida salía de las chacras, atravesaba los galpones y se mezclaba con el aire húmedo del río Negro durante las épocas de cosecha. En aquellos años, el vino no ocupaba solamente las mesas familiares: ocupaba el centro de la vida cotidiana del pueblo.

(Fotos: Gentileza)

Mucho antes de que la Patagonia construyera su actual identidad vitivinícola, Guardia Mitre ya tenía familias enteras dedicadas al cultivo de la vid y a la elaboración artesanal de vino. Algunas producían para consumo familiar. Otras llegaron a comercializar miles de litros por temporada. Pero lo que terminó dejando huella no fueron solamente las cantidades producidas, sino la cultura que se construyó alrededor de esa actividad.

Porque en Guardia Mitre el vino nunca fue solamente vino. Fue trabajo. Fue esfuerzo. Fue economía familiar. Fue identidad.

Las viñas crecían cerca del río y también en las islas. El calendario de las familias giraba alrededor de las estaciones y del comportamiento de la parra. El proceso comenzaba en invierno, cuando llegaba el momento de la poda. Se realizaba la llamada “poda corta”, dejando apenas tres o cuatro yemas por guía según la fuerza que tuviera cada planta. Más abajo quedaban pequeños “pistones”, ramas cortadas más cortas que funcionaban como resguardo frente a las heladas tardías.

Reconocimiento vitivinícola a la familia de Desio Guillermo Evans, recibieron sus hijos Luis Ángel y Sonia Margarita.

Después llegaba el atado. Las guías se sujetaban con varas de mimbre verde que previamente se cortaban en la costa del río. Todo tenía un procedimiento propio. Todo requería conocimiento transmitido entre generaciones. “Acá se hacía el feldaño bajo, a un metro veinte o un metro cincuenta. Se trabajaba todo a mano”, recuerda Abel Bilbao, reconstruyendo las historias que escuchó desde chico en su familia.

Los parrales se curaban con azufre en polvo para prevenir enfermedades y, cuando los racimos comenzaban a madurar, se realizaba el deshojado para que el sol entrara de manera pareja sobre la uva. Después llegaba la cosecha. No había una fecha exacta. Dependía del clima, de la humedad y del comportamiento del año. Si el verano era seco y caluroso, podía adelantarse a febrero. Si era más fresco, se extendía hasta mayo. Pero casi siempre ocurría entre marzo y abril.

Rodrigo Petrolanda, en nombre de su familia, recibió el reconocimiento vitivinícola.

La cosecha empezaba recién entrada la mañana, cuando el rocío abandonaba los racimos. La uva se colocaba en cajones y se trasladaba hasta los galpones donde comenzaba uno de los rituales más intensos de toda la producción: la molienda y la fermentación.

Allí el vino volvía a convertirse en un trabajo profundamente colectivo. El mosto se colocaba en grandes recipientes abiertos y varias veces por día debía empujarse hacia abajo con una herramienta de madera en forma de cruz para evitar que el ollejo quedara en la superficie y arruinara la fermentación. Había que levantarse incluso durante las noches frías para mantener la temperatura.

Los viñedos de la familia Herrero.

“Cuando amenazaba helar, había que poner brasas alrededor para que el vino no cortara la fermentación”, recuerda Bilbao. Después llegaba el prensado. Primero se obtenía el vino de mayor calidad: el jugo que salía naturalmente del fermentador. Luego aparecía el vino de prensa, más fuerte y amargo. Y finalmente la “lavineta”, una bebida más liviana elaborada agregando agua hervida al resto del mosto prensado.

Nada se desperdiciaba. Incluso con los restos de la prensa algunos elaboraban grapa artesanal mediante pequeños destiladores caseros. El vino se almacenaba en grandes damajuanas o en barriles de madera que también requerían un trabajo minucioso. Había que quemarlos por dentro, rasparlos, lavarlos con soda cáustica, sellarlos y prepararlos cuidadosamente antes de recibir el nuevo vino.

Los Herrero siguen la tradición del vino artesanal.


En algunas familias se llegaron a producir cifras enormes para la época. La familia Lelli, recuerdan vecinos históricos, llegó a elaborar más de 28 mil litros anuales. En la chacra de los Bilbao, según los relatos familiares, hubo cosechas cercanas a los cinco mil litros. Parte de esa producción se consumía localmente y otra salía del pueblo. Los barcos que llegaban al viejo muelle natural cargaban vino junto a otras producciones regionales. Y en el viaje de regreso traían harina, aceite, yerba y mercadería para las familias de la zona.

Los apellidos vinculados a aquella historia todavía sobreviven en la memoria colectiva: Luca, Resler, Tomasini, Evans, Lenschow, Monina, Lelli, Herrero, Carante, Pereira, Thomé, Pascuale, Falcón y muchas otras familias que hicieron de la vitivinicultura una forma de vida.

Abel Bilbao, de joven, con su hijo Dabel. De fondo un carro con barril de vino Chacolí.

Por eso el reciente homenaje realizado durante la Fiesta Provincial del Jabalí al Asador tuvo una carga emocional tan profunda.

Cuando comenzaron a nombrarse las familias históricas vinculadas al vino, no se estaba reconociendo solamente una actividad económica. Lo que aparecía allí era otra cosa: generaciones enteras de trabajo silencioso, infancia entre parrales, manos manchadas de mosto y memorias que todavía siguen vivas en el pueblo.


Porque aunque gran parte de aquella producción desapareció con el paso del tiempo, Guardia Mitre nunca perdió del todo su relación con el vino. El escudo local todavía conserva racimos de uva como símbolo identitario. Durante años existió la Fiesta Provincial del Vino Chacolí. Y todavía hoy queda una familia sosteniendo esa tradición: la familia Herrero, actual productora vitivinícola de la localidad.

Eloy Lenschow, otro de los productores vitivinícolas.

Pero quizás lo más importante no esté en las viñas que quedan. Sino en la memoria. En esos relatos donde todavía aparecen las damajuanas acomodadas sobre tablones, las noches cuidando la fermentación, los barriles calafateados con grasa y ceniza, los chicos ayudando en la cosecha y los barcos cargando vino desde el viejo muelle del río. Porque hay pueblos donde el vino se toma. Y otros, como Guardia Mitre, donde el vino todavía se recuerda.

La familia Zingoni en plena cosecha allá por los años ’40.


Publicado en Diario Río Negro.

Domingo 31 de mayo del 2026.

https://www.rionegro.com.ar/gastronomia/en-guardia-mitre-el-vino-no-era-una-bebida-era-una-forma-de-organizar-la-vida/

viernes, 12 de septiembre de 2025

BODEGA HUMBERTO TRONELLI.

 


CARLOS TRONELLI, PRODUCTOR Y DUEÑO DE BODEGA TRONELLI. MÁS DE UN SIGLO DE HISTORIA RESPIRA EN LA BODEGA HUMBERTO TRONELLI, UN EMPRENDIMIENTO FAMILIAR QUE NACIÓ EN 1915 EN 1915 DE LA MANO DE CLEMENTE TRONELLI, APENAS TRES AÑOS DESPUÉS DE LLEGAR A LA ARGENTINA. CON ESFUERZO Y PASIÓN, COMENZÓ ELABORANDO VINOS CON UVAS COMPRADAS, HASTA QUE SUS PROPIOS VIÑEDOS DIERON VIDA A LA TRADICIÓN QUE HOY CONTINÚA.UBICADA EN STEFENELLI, LA BODEGA MANTIENE INTACTO SU ESPÍRITU DE TRABAJO EN FAMILIA. YA TRANSCURRIDOS MÁS DE 100 AÑOS, ES LA CUARTA GENERACIÓN LA QUE SE SUMA A ESTE LEGADO DE ESFUERZO, DEDICACIÓN Y AMOR POR LA TIERRA. CON VIÑEDOS EN ROCA Y GUERRICO, PRODUCEN VINOS Y ESPUMANTES DE CALIDAD, DONDE EL MALBEC SE DESTACA COMO EMBLEMA.“PRODUCIMOS LA UVA, EL VINO Y LO VENDEMOS. HACEMOS TODO EL PROCESO CON NUESTRAS MANOS”, CUENTA CARLOS TRONELLI, TERCERA GENERACIÓN AL FRENTE DEL PROYECTO. UNA HISTORIA QUE SIGUE CRECIENDO, CON VISITAS GUIADAS Y NUEVAS PROPUESTAS, PERO SIEMPRE CON LA MISMA ESENCIA: LA UNIÓN FAMILIAR Y LA PASIÓN POR EL VINO.



ROCA DE AYER Pichi Cafetero De Roca Graiber.

::: ::: :::


El 26 de diciembre de 1912, Clemente Tronelli, fundador de la bodega, llegó a Argentina desde Italia. Tras residir temporalmente en la provincia de Buenos Aires, se estableció en el área conocida como pueblo viejo, hoy Stefenelli en General Roca. En 1915 inició la plantación y elaboración de sus primeros vinos con uvas compradas. Poco después, su esposa Francesca Moglianesi llegó al país desde Italia con sus dos hijos mayores.


Para la década de 1920 ya se encuentra construida la base de lo que es la actual bodega, tal como se muestra en la fotografía a continuación. En ella se observa a Clemente Tronelli y su esposa Francesca Moglianesi con su hijo Humberto Tronelli en brazos, quien tenía pocos días de nacido. En honor a él la bodega lleva actualmente su nombre: “Humberto Tronelli”.

En sus comienzos se elaboraban vinos de mesa en bordalesas de 200 litros y en damajuanas de 10 y 5 litros, incluyendo vinos blanco, rosado, clarete y tinto. Fué Humberto Tronelli quien continuó con la bodega, y actualmente su hijo, Carlos Tronelli, continúa con el legado. En 1991, Carlos comienza con la elaboración de los primeros espumantes y la reconversión de los viñedos para cultivar varietales. En 2003, se adquirió una nueva finca que también se reconvirtió para plantar Malbec, Merlot, Cabernet Franc y Torrontés.


Actualmente, Carlos y sus hijas, representando la cuarta generación, se dedican exclusivamente a la producción de vinos varietales y espumantes de alta calidad, ofreciendo una gama de 9 variedades de vinos y 4 tipos de espumantes.

BODEGA TRONELLI.

https://bodegatronelli.com.ar/index.html


Enlace de interés:

https://bodegatronelli.com.ar/index.html