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sábado, 29 de febrero de 2020

Vinos: qué historias se esconden detrás de los nombres de bodegas argentinas.

Vinos: qué historias se esconden detrás de los nombres de bodegas argentinas.

En esta producción, iProfesional te cuenta las historias y las anécdotas que hay detrás de los nombres de grandes bodegas, así como de pequeños proyectos.

¿Alguna vez te preguntaste por qué las bodegas argentinas se llaman como se llaman? En muchos casos, no hace falta indagar tanto, como sucede con un amplio abanico de proyectos bautizados con el apellido de la familia o el nombre completo del fundador, como es el caso de Bianchi, Goyenechea, Zuccardi, Humberto Canale, Susana Balbo Wines, Alfredo Roca o Etchart. 
En otros casos, la zona en la que se emplaza la bodega termina imponiéndose en el nombre, como sucede con Costa & Pampa, la primera bodega de Chapadmalal, que cuenta con viñedos a escasos metros del mar. O con Casa de Uco, el proyecto emplazado en una de las zonas de mayor altitud de ese valle que le da su nombre. 
Pero hay muchas bodegas cuyos nombres son un misterio para muchos de quienes disfrutan de sus vinos. Por eso en esta producción te invitamos a conocer las historias que hay detrás: 

Bodegas Salentein.

Este establecimiento es uno de los pioneros del Valle de Uco y fue fundado en 1996 por el empresario holandés Myndert Pon. El nombre Salentein es el mismo que tiene una mansión y finca ubicada en la ciudad de Nijkerk, en el corazón de Holanda. La misma fue construida en el siglo XVIII y, según explicaron desde la bodega, en el año 1980 pasó a ser propiedad de la familia Pon.
"Cuando Myndert Pon llega a la argentina elige el nombre Salentein para darle nombre a la bodega que cambiaría para siempre la historia del Valle de Uco", indicaron.
¿Hubo algún otro nombre que hayan barajado? Frente a esta pregunta, desde la bodega plantearon: "Sí, Salentino, que surgía de la unión de Salentein y Argentino, pero resultó ser una marca de vinos italiana que estaba registrada en muchos países e imposibilitaba poder comercializarlos internacionalmente y eso disentía con la visión que siempre tuvo Myndert Pon de elaborar vinos de clase mundial en el Valle de Uco para exportarlos a la mayor cantidad de países del mundo".

Bodega Monteviejo

Dentro de Clos de los Siete, el proyecto que llevó adelante Michel Rolland en Valle de Uco, se encuentra una de las bodegas más reconocidas de la Argentina: Monteviejo, que alumbra grandes vinos de clase mundial, de la mano del reconocido enólogo Marcelo Pelleriti. 
Ahora bien, ¿por qué eligieron ese nombre? En diálogo con iProfesional, Pelleriti explicó que Catherine Père-Verge, dueña de la bodega, lo eligió porque el primer château que adquirió en Pomerol, Francia, allá por el año 1985, se llamaba Montviel, que en español significa, justamente, Monteviejo

Bodega Doña Paula.

La bodega, que posee viñedos en Luján de Cuyo y en Valle de Uco es propiedad de Santa Rita Estates, perteneciente a su vez de Grupo Claro, de Chile.
Esto explica la razón del nombre: "Doña Paula se llama así, por Paula Jaraquemada, quien prestó refugio en su casa a 120 patriotas chilenos liderados por O´Higgins. Actualmente es donde se encuentra  el restaurante Doña Paula, dentro de la Bodega Santa Rita de Chile", explicaron desde el establecimiento, que inició sus operaciones en la Argentina en el año 1997.

Viña Las Perdices.

La bodega está ubicada en Agrelo, en el corazón de Luján de Cuyo y comenzó sus operaciones en el año 2004, mientras que los primeros vinos se empezaron a comercializar dos años más tarde.
La bodega hoy es liderada por el enólogo Juan Carlos Muñoz, pero fue el nombre lo eligió su padre: Juan Muñoz Lopez, quien llegó a la Argentina a comienzos de los años '50 desde Andalucía para instalarse en Mendoza, donde comenzó a dedicarse al cultivo de la vid.
En cuanto a la razón del nombre, explicaron que cuando él llegó a estas tierras "se asombró de la cantidad de perdices que andaban por los alrededores. Un vecino del lugar le comentó que estas aves de hermosos plumajes eran viejas habitantes de la zona y que solían verse en grupos de tres. Con el correr de los días ellas se transformaron en simpáticas compañeras de sus largas jornadas de trabajo. Fue entonces que decidió nombrar su bodega Viña Las Perdices", indicaron.

Finca Quara.

Rodolfo Lavaque fue uno de los responsables de darle visibilidad a los vino del Norte Argentino en las góndolas del mundo. Y la necesidad de que los vinos tuvieran una fuerte identificación con el lugar de origen es lo que motivó la elección del nombre.
"Cuando se pensó en lanzar una línea de vinos bien representativa del norte, se buscó algún animal típico de la región. La quara, de la familia de los camélidos, como son las llamas o las alpacas, surgió como la mejor opción, en gran parte por sus características: es un animal fuerte, que utilizaban los habitantes originales de la zona, principalmente, para transportar cargas pesadas", explicó Ignacio Velasco, gerente de la bodega.
El directivo además explicó que, como requisito importante, el nombre tenía que estar disponible para registro tanto en el país como en otros mercados, pensando en el potencial exportador de los vinos de Cafayate, "y el tener muchas vocales también facilitaba su pronunciación en otros idiomas, otro factor que incidió en la decisión".

Bodega Amalaya.

La bodega de Cafayate, Salta, pertenece al Grupo Colomé y que fue creada por el suizo Donald Hess, quien adquirió Colomé en 1998.
Desde la bodega explicaron que "Amalaya fue la palabra que enamoró a Hess cuando compró su primera finca en Argentina, muy cerca de Payogasta, llamada 'El Arenal'".
"Su espíritu y su perseverancia, fue lo que lo llevó a encontrar agua en una plantación sin uso, donde nadie había trabajado la tierra, ni siquiera los incas. Así se ganó el apodo del "el loco Hess", señalaron para luego rememorar que Hess "llevaba un péndulo colgado y le insistió a la empresa de perforaciones para que siguieran escavando, ya que había sentido las vibraciones".
"Al momento en que encontraron agua, la persona que estaba con Donald exclamó '¡Amalaya!'. Y así fue como, años más tarde, cuando Hess decide comenzar su nuevo proyecto en Cafayate y desarrollar una línea experimental de vinos basados en la variedad Malbec, homenajeó ese momento y lo bautizó con ese nombre", concluyeron.

Huentala Wines.

La bodega fue fundada en Gualtallary en el año 2002, de la mano del empresario Julio Camsen, dedicado a la actividad hotelera, financiera y vitivinícola.
Según detallaron, Huentala significa "Valle de Guanacos" en la lengua de los huarpes, la población originaria de la región en la que hoy se encuentra Mendoza.
Huentala, además, es el nombre del hotel propiedad de la familia Camsen, en la ciudad de Mendoza.
"Al dar sus primeros pasos en el negocio vitivinícola, decidieron hacerlo con el mismo nombre, rindiendo homenaje a la tierra mendocina, al terroir que da origen a los vinos", indicaron.

Alta Vista.

La bodega fue fundada en 1998 por los franceses Patrick d'Aulan y Jean Michel Arcaute.
"Ellos tenían como misión principal buscar los mejores terroirs de Argentina y es ahí cuando descubren un lugar maravilloso: Vista Flores, en el Valle de Uco. Muy cerca, e incluso atravesando este lugar, es donde hoy se encuentran dos de nuestros principales terroirs: Temis, en El Cepillo y Albaneve, en Campo de los Andes", explicaron.
Fue entonces que el nombre de la zona los inspiró y "lo combinaron con lo imponente de la Cordillera de los Andes y la vista desde lo alto, a más de 1.100 msnm, altura a la que se encuentran ubicados nuestros viñedos".

El Porvenir de Cafayate

La bodega se fundó en el 2000, mientras que la primera producción de vinos fue en el 2002, vinos que se lanzaron comercialmente dos años más tarde.
"El Porvenir era el nombre original de la antigua bodega. Cuando fue adquirida por la familia decidimos preservar ese nombre porque nos sentimos identificados con esto de tener la mirada puesta en el futuro, en las próximas generaciones", indicó Lucía Romero, su propietaria.
En un principio le agregaron "de Los Andes", porque –tal como agregó-, las etiquetas tenían –y tienen- la impronta Inca, parte de la influencia andina que se encuentra en Salta y querían resaltar eso.
"Luego nos dimos cuenta que lo que queríamos dar a conocer era nuestro terroir, nuestro lugar en el mundo:  Cafayate. Por eso hicimos un rebranding y mejoramos el diseño de las etiquetas y cambiamos el nombre", agregó.

Bodega Gauchezco. 

La bodega se fundó en el año 2007 en Mendoza por el estadounidense Eric Anesi, quien viajó a la Argentina para conocer más sobre los vinos argentinos.
"Siempre pensamos en ambos mercados, pero necesitábamos un nombre que rápidamente nos posicionara en el exterior. Así que queríamos un término que representara a Argentina y que cuando los consumidores vieran la etiqueta supieran de inmediato que se trataba de un vino argentino. Investigamos varios iconos nacionales y entre ellos el gaucho", indicaron.
Ahora, ¿por qué incluyeron la "z" cuando en realidad gauchesco se escribe con "s"? "Cuando comenzamos el proyecto, en el año 2007 adquirimos una finca en la zona de Barrancas, Maipú que fue fundada en 1881. Leyendo y estudiando la historia de la misma con biografía de la época, vimos escrito el término 'gauchezco', con 'z'. Lo adoptamos y resultó hasta más atractivo", agregaron.
¿Hubo gente en estos años que les marcó esto último como un error involuntario? "Sí, algunos, pero la verdad es que ya se acostumbraron y cuando les contamos la historia refuerza la marca en ellos", concluyeron.

Trivento.

La bodega se fundó en 1996, en Mendoza y fue parte del plan de expansión del holding Viña Concha y Toro. Según explicaron desde la bodega, cuando Alfonso Larraín Santa María, presidente del holding, viajó a la Argentina, adquirió en la zona de Maipú, en Mendoza, una bodega de 2 millones de litros y una finca de 154 hectáreas, llamada "Los Vientos".
Cuando preguntó sobre la razón del nombre, el contaron sobre los tres famosos vientos que soplan sobre la árida tierra mendocina: Polar, Zonda y Sudestada. Esto motivó a los propietarios a bautizar a la bodega como "Trivento".

Pyros Wines.

Pyros Wines fue creada en 2008, cuando Myndert Pon, tras fundar Salentein, visitó por primera vez Pedernal, en San Juan, de la mano de Rodolfo Perinetti, quien también lo había llevado al Valle de Uco en 1996.
"Pon quedó impactado por la naturaleza salvaje y el potencial de este terruño para la producción de uvas de alta calidad enológica. Fue allí que imaginó dar vida a vinos de clase mundial que fueran el fiel reflejo de las características únicas y diferentes de este valle", indicaron.
El nombre de esta bodega, "hermana" de Salentein y Callia, está vinculado con el terroir. "El suelo del valle está conformado por piedras de sílice conocidas como 'pedernal' o 'piedra de fuego'. Al golpearlas entre sí crean una lluvia de chispas que, según las leyendas locales, fueron utilizadas por los antiguos pueblos de la región para producir fuego", detallaron.
Precisamente son estas piedras las que dieron origen al nombre Pyros", palabra griega que en castellano significa "fuego".

Finca Sophenia.

Los primeros viñedos se plantaron en 1998, mientras que la bodega se comenzó a construir en 2002, de modo que son de los pioneros en Gualtallary. 
En cuanto al nombre elegido, desde la bodega explicaron que "es un blend de dos nombres de mujer: Sophia y Eugenia, las hijas de los socios fundadores, Roberto Luka y Gustavo Benvenuto".
Luka creó este nombre ya que conoció a Benvenuto debido a que eran papás de dos íntimas amigas, que se habían conocido en el jardín de infantes.
"Hoy Eugenia potencia el nombre y es una profesional trabajando en la bodega y encabezando las funciones de Marketing y Relaciones Publicas", señalaron.  
¿Se barajó otra alternativa? Frente a esta pregunta, desde la bodega explicaron que "hubo algunos otros nombres pero la convicción sobre Sophenia se afianzó luego de realizar investigaciones a través de una red de agencias de comunicación de distintos lugares del mundo". 

Bodega Andeluna. 

La bodega, emplazada en el Valle de Uco, fue fundada en el año 2003 por el estadounidense Herman W. Lay y Ricardo Reina Rutini. El nombre nació como respuesta a su lugar de pertenencia y conjugando dos hemisferios...

Publicado en www.iprofesional.com/

Nota completa en: 

viernes, 31 de enero de 2020

En Salta es furor el helado de vino.


En Salta, se pueden degustar helados con sabor a vino. El vino es el centro de todo en Cafayate, es la materia prima con la que se hacen las recetas más exquisitas y es por ello que sus creadores ya comercializan helados de Malbec y Torrontes. También hay alfajores de vino.
10/01/2020 

Los cafayateños saber como aprovechar al máximo sus vinos y es por ello que en su ciudad se pueden encontrar tratamientos de spa con vino, alfajores con sabor a vino y como no podía ser de otra manera los helados también son de vino.
Nadie que haya pasado por Cafayate se va sin probar estos sabores tan distintos y exquisitos.
Todos son de elaboración artesanal, los turistas eligen poner a prueba su paladar con los sabores más típicos, entre ellos, el torrontés y el malbec.
Helado de Torrontés.
Es un helado artesanal muy dulce hecho con vino blanco torrontés. Su color es blanco.
Helado de Malbec.
Con el típico color del malbec es de color bordó, dulce y son sabor a frutas.
Fuente de información e imagen: Diario "La Jornada" de la provincia de Chubut, Argentina.

viernes, 15 de noviembre de 2019

La Bodega Piatelli, del empresario norteamericano Jon Malinski, construye un wine resort en Cafayate, Salta. El prestigio mundial de los vinos argentinos.

Una bodega que invierte a contramano de la crisis.

La Bodega Piatelli, del empresario norteamericano Jon Malinski, construye un wine resort en Cafayate, Salta. El prestigio mundial de los vinos argentinos.
Si ser emprendedor implica, en todos los casos, ser aventurero, bien vale detenerse en Jon Malinski (76), un norteamericano que quiere invertir en la Argentina de 2019. Oriundo de Minnesota, tras una carrera de negocios diversa pero exitosa, al dueño de Bodega Piattelli no parece amedrentarlo la situación actual. Llegó a la Argentina en 2001 pero, mientras todos veían la crisis, él vio otra cosa. De manera fortuita, recaló en Mendoza y su olfato lo llevó a comprar una finca en Agrelo.
“Empecé a conocer vinos de altísima calidad que no estaban muy volcados a la exportación. Allí encontré una oportunidad. Y por eso pensé en crear Piattelli y transformarla en una compañía internacional”, explica hoy. Y asegura no saber cómo llegó a transformarse en bodeguero. Cuando arribó al país, estaba completamente retirado y su único contacto con el mundo del vino era “disfrutar mucho mientras lo bebía”.
En 2007, la finca de Agrelo entregó su primera cosecha y se transformó en una en una empresa con el lanzamiento de la marca Piattelli. En 2009, Malinski comenzó a explorar el valle de Cafayate, Salta, donde compró 200 hectáreas en las que inauguró su segunda bodega en 2012, con un centro de visitas que anticipó el paso que está dando ahora.
La próxima inversión de Malinski se anota en la línea seguida por las grandes bodegas: sumar un negocio turístico a la elaboración de vinos. Piattelli está construyendo un exclusivo wine resort en Cafayate, con cabañas de primer nivel, un spa e instalaciones para eventos que se inaugurará en noviembre de 2020. Añadió una web específica para conectar el vino con los atractivos turísticos de la zona. “No hay mejor inversión que atraer a gente de todo el mundo a disfrutar de nuestro valle y nuestros excelentes vinos. Y eso será muy bueno para nuestra marca”, explica Malinski. El empresario sabe que el momento es crítico, asimilable al momento de su llegada al país, y que “habrá ganadores y perdedores”. Confía estar entre los primeros: “Los que se enfoquen en la calidad van a ganar, porque eso es lo que pide el mercado internacional. Son tiempos difíciles, otra vez, pero los argentinos los van a saber superar y las inversiones deben hacerse. Hay que mantenerse activos y aprovechar los avances de calidad de los últimos años. Los vinos argentinos son reconocidos en todo el mundo, son de alto nivel”. Para Malinski, la clave es “reinventarse y saber cambiar antes de estar obligado a hacerlo". "Cuando uno cambia porque debe cambiar es demasiado tarde.”
Compañía. Una pieza central de su plan de negocios es Arlene, su esposa hace 50 años y, según sus palabras, su “única socia”. Lo acompañó a lo largo de su extensa e inquieta carrera empresarial, en la que no faltó nada: una fábrica de fotocopiadoras cuya venta capitalizó al extremo, ocho años tumultuosos en la Rusia post-soviética volcado a las telecomunicaciones, un explotación ganadera en Wyoming, inversiones en real estate que todavía manejan sus hijos y hasta la cría de búfalos en Lakeville, Minnesota. Malinski sugiere que Arlene es quien pone el freno si alguna aventura inversora se excede. Hoy, maneja el diseño y la estética del wine resort de Cafayate y transita a la par de su esposo los dos o tres meses al año que pasan en la Argentina, repartidos entre Mendoza, Salta y Buenos Aires.
Bodega Piattelli exporta el 80% de la producción. Estados Unidos es su cliente principal, pero también vende a Canadá, Reino Unido, Brasil, Australia, México, Corea del Sur, Suiza y varios mercados más. “Si se mantiene la relación precio-calidad, los precios incluso pueden subir un poco”, confía su dueño. Bajo la conducción de la enóloga Valeria Antolín, entre sus establecimientos de Agrelo y Cafayate tiene capacidad para producir 1,2 millones de litros de vinos malbec, cabernet sauvignon, torrontés y chardonnay. Su marca pionera es Piattelli, a la que luego se sumaron Trinitá y, por supuesto, Arlene.
Malinski se integró a la forma de hacer negocios en el país, pero eligió no tener socios locales: “El que toma las decisiones siempre debe moverse rápido. Y las sociedades a veces generan desacuerdos y demoras. Los chinos dicen que se viaja más rápido estando solo, pero se llega más lejos de a muchos. Hay que balancear las dos cosas. Y conseguí armar un gran equipo en la Argentina”.
En su filosofía para invertir no existe el miedo. Si hubiese elegido otro país, tal vez no hubiera sido lo mismo: apunta que en Estados Unidos la tierra es más cara, por lo que el rendimiento de una bodega como la suya llegaría recién en el largo plazo. En la Argentina dice sentirse como en casa y en sus visitas frecuenta al gobernador salteño, Juan Manuel Urtubey, a quien considera “un verdadero caballero, muy accesible”. Malinski acepta que algún empresario de su país lo mandaría al psicólogo por confiar en la Argentina, pero también cree que les falta información, vital para las buenas decisiones: “Invertir en la Argentina es para una clase especial de personas. Y en Estados Unidos hay mucha gente especial que tiene dinero para invertir. Si vienen aquí, van a encontrar un país hermoso, diverso en nacionalidades y regiones, con gente amable y una gran cultura. Todos leen los diarios y allí se ve siempre el lado malo, pero no todo es negativo”.

lunes, 23 de septiembre de 2019

Finca Quara de Salta de Familia Lavaque. Bodega Lavaque de Mendoza de Familia Lavaque.

A fines del Siglo XIX, José Fortunato Lavaque arribó a Buenos Aires procedente del Líbano, y enseguida comenzó a buscar el que sería su destino definitivo. Fue entonces cuando, seducido por el singular paisaje del valle, se instaló en Cafayate, que era el pueblo más próspero de la provincia de Salta. Y al poco tiempo comenzó a operar su propia bodega, produciendo cerca de 1500 hectolitros anuales de vino.
El negocio familiar siguió funcionando durante todo el Siglo siguiente. Así fue que en la década del ’80, Rodolfo Lavaque, de la cuarta generación, se ubicó al frente de la bodega.
Unos años más tarde, la familia Lavaque adquirió la Finca El Recreo, que durante los Siglos XVII y XVIII había pertenecido a la familia Peñalva Frías y, por aquellos años, era de los Michel Torino. Rodolfo Lavaque inauguró allí Finca Quara. Motivado por su empuje y su espíritu avasallante, se convirtió en uno de los principales actores de la reactivación vitivinícola del Norte Argentino que tuvo lugar durante la década del ’90 y los años posteriores.
En la actualidad, los descendientes de Rodolfo y quinta generación vitivinícola, continúan en el camino de excelencia productiva, inspirados por el ejemplo de su padre; elaborando vinos destacados a nivel local y mundial.

La Finca.

La Finca Quara se encuentra en el corazón del Valle Calchaquí, estratégicamente ubicada entre los distintos viñedos de Cabra Corral, El Buen Retiro, San Miguel, La Esperanza, San José, El Bordo. La casona lindante a la bodega, ubicada al pie de los cerros, es un auténtico monumento arquitectónico inspirado en el estilo renacentista tan característico que Andrea Palladio impuso en el Cinquecento; una de las construcciones más antiguas y mejor conservadas de la región. Actualmente muchos son los visitantes que se acercan a conocerla y disfrutar del armonioso paisaje, el aire puro de la montaña y el ritmo tranquilo del pueblo.

En la década del ’80, Rodolfo Lavaque, de la cuarta generación familiar dedicada al vino, se ubicó al frente del negocio y, unos años más tarde, adquirió la Finca El Recreo, que durante los siglos XVII y XVIII había pertenecido a la familia Peñalva Frías y, por aquellos años, era de los Michel Torino. Allí se inauguró Finca Quara, liderando la reactivación vitivinícola del Norte Argentino que tuvo lugar durante la década del ’90 y los años posteriores.
En la actualidad, Finca Quara continúa en el camino de excelencia productiva, inspirándose en el ejemplo de Rodolfo, y elaborando vinos destacados a nivel local y mundial.
Qué es Quara: “La de la llamita”.
La quara es un tipo de llama de pelo corto. La especie fue creada por los pueblos andinos nativos a partir de guanacos salvajes que fueron domesticados. El Imperio Inca le daba múltiples y muy importantes usos; fundamentalmente como animal de carga, debido a su capacidad para transportar cargas pesadas en terrenos escarpados. El Valle de Cafayate fue durante siglos su principal morada, al punto tal de ser sinécdoque de la región. Por eso le rendimos tributo al Valle usando el nombre de la protagonista de su fauna.
Terroir: altitud: entre 1600 y 2000 msnm
Con unas imponentes alturas que van de los 1.600 a los 2.000 metros sobre el nivel del mar, el Valle Calchaquí es uno de los terroirs más altos del Mundo. El clima seco y soleado, le dan a la uva un sabor contundente. El otro factor clave es la enorme amplitud térmica que impera en esas latitudes, la cual permite la elaboración de vinos de alta calidad, capaces de transmitir en su color, aroma y paladar toda la personalidad única que el Valle posee.

La Finca, en el Valle de Cafayate
Finca Quara se encuentra en el corazón del Valle Calchaquí, estratégicamente ubicada entre los distintos viñedos de Cabra Corral, El Buen Retiro, San Miguel, La Esperanza, San José, El Bordo. La casona lindante a la bodega, ubicada al pie de los cerros, es un auténtico monumento arquitectónico inspirado en el estilo renacentista tan característico que Andrea Palladio impuso en el Cinquecento; una de las construcciones más antiguas y mejor conservadas de la región. Actualmente muchos son los visitantes que se acercan a conocerla y disfrutar del armonioso paisaje, el aire puro de la montaña y el ritmo tranquilo del pueblo.

Líneas y productos
El objetivo de Finca Quara es elaborar vinos para todos los segmentos de consumo, manteniendo altos estándares de calidad cada una de sus líneas.

QUARA SINGLE VINEYARD
(MALBEC 2011 “Viña Cabra Corral”  / CABERNET SAUVIGNON 2011 “Viña San José” / TANNAT 2011 “Viña El Recreo” / TORRONTES 2012 “Viña La Esperanza”)
Los Single Vineyard destacan por su identidad propia, derivada de su cualidad de “viñedo único”. Como tope de línea para la marca Quara, buscan mostrar lo mejor que se puede lograr dentro de la finca, resaltando las características de cada variedad.
ALPACA  (BRUT NATURE)
Alpaca es, ante todo, una sorpresa. Por muchas razones: es un espumante del norte, que no abundan; es un brut nature, que no abundan; y además está hecho con método champenoise, lo cual le da un toque especial. Por eso es tan atractivo y distinto.
QUARA RESERVA (MALBEC / CABERNET SAUVIGNON / BONARDA / TORRONTES / SAUVIGNON BLANC / CHARDONNAY)
A la forma de ser descontracturada que tiene Quara, se le suma un período de maduración que se refleja tanto en el envase como en su contenido, mucho más conciso y equilibrado, con una excelente relación calidad precio.
Precio Sugerido (x bot.) $89,90.-
Tintos: Malbec – Cabernet Sauvignon -Bonarda / Blanco: Torrontés – Chardonnay – Sauvignon Blanc
QUARA  (MALBEC / CABERNET SAUVIGNON / MERLOT / TANNAT / SYRAH / TORRONTES / TORRONTES COSECHA TARDIA)
Famoso por su diseño colorido e irreverente. Quara es conocida por la llamita de su etiqueta. Se trata de un vino típicamente salteño, fiel exponente de Cafayate:lugar alto y seco. El resultado es un vino joven pero con carácter, ideal para cualquier momento.
PECADO RESERVA  (MALBEC / CABERNET SAUVIGNON / TORRONTES)
La línea Pecado se completa con sus ediciones de Reserva, que mantienen las bondades de los varietales y, producto de su paso por madera, suman complejidad en sus sabores y aromas.
Además, la estructura también se complejiza: son vinos con mayor cuerpo, que avanzan sobre el paladar y allí permanencen.

DOLCE PECADO (TINTO DULCE / ROSADO DULCE / BLANCO DULCE)
Respondiendo a una nueva tendencia mundial y al igual que los varietales de Pecado representa, dentro del mercado local, la transgresión de las formas.
Como su nombre lo indica, son vinos dulces, gratos a los sentidos; ideales para cualquier momento.
PECADO  (MALBEC / CABERNET SAUVIGNON / SYRAH / TORRONTES /  COSECHA TARDIA DULCE NATURAL)
Pecado es un nuevo concepto. Así como la palabra pecado significa la transgresión voluntaria de un precepto considerado bueno, este vino simboliza una nueva forma de hacer y disfrutar el vino, desafiando los dogmas tan tradicionales de la industria. Esta línea carga con el gen norteño pero en su forma más suave.
Fuente de información e imagen del sitio http://fincaquara.com/

Un legado de sueños tejidos por cinco generaciones

En 1970 José Fortunato Lávaque, un inmigrante de origen libanés, plantó las primeras vides nobles en Cafayate, inspirado en las artes del continente europeo.
En 1889 su hijo, Félix Lávaque, tomó la posta y elaboró el primer vino de alta calidad en los Valles Calchaquíes.
En 1930, Gilberto Lávaque, el menor de los hijos de Félix, llevó la tradición familiar a la provincia de Mendoza, donde fundó Bodegas Lávaque San Rafael.
En 1993 Rodolfo Lávaque, hijo de Gilberto, adquirió Michel Torino -con las bodegas La Rosa y El Recreo incluidas- y marcó de esa forma el reencuentro del legado vitivinícola familiar en las tierras donde su bisabuelo había plantado los primeros viñedos nobles a fines del siglo XIX.
Junto con su socio, Freddy Mattei y su hijo Francisco, un joven enólogo recibido en California (Estados Unidos) en 2003, Rodolfo Lávaque llevó a El Recreo a su máximo crecimiento y expansión. Francisco, quien encarna a la quinta generación familiar, dirige desde hace un tiempo la tradicional bodega de Cafayate, que ganó presencia en la plaza interna y los mercados internacionales con más de un vino de excelencia. Félix y Quara son dos de esos buenos varietales que cobraron vida en los últimos tiempos.

Fuente: El Tribuno
BODEGA LAVAQUE DE SAN RAFAEL DE MENDOZA.
De remoto origen libanés, y con sus raíces de expertos vitivinicultores en Cafayate, la familia Lavaque creó Bodegas Lavaque en San Rafael, Mendoza, luego de su unión con los Paolucci, antiguos fundadores de Bodegas Rodas.
Gilberto Lavaque, tras su casamiento con Malena Paolucci, estableció su nombre en dicha región, transformándose en un pionero en la elaboración de vinos finos con el establecimiento de la marca en el sur mendocino, adquiriendo viñedos y bodega propios a partir de la década del ´70.
Su hijo, Rodolfo F. Lavaque, dio continuidad y nuevos horizontes a la bodega, transformándola en una de las líderes del mercado argentino, e iniciando el camino de la inserción internacional. Su visión empresarial logró una producción de alta calidad, tanto en partidas limitadas como en producción a gran escala, y a todos los niveles de precios. Desde la década de 1990 Lavaque alcanzó la plena adaptación a un consumidor que buscaba vinos de alta gama, asociados a un estilo de vida refinado, a través de cambios tecnológicos, culturales y prácticos, e introduciendo nuevas técnicas y tecnologías tanto en la bodega como en los viñedos. Así, de acuerdo a la concepción de Rodolfo, se lograron vinos para cada tipo de consumidor y para cada una de las ocasiones de consumo.
Hoy, la familia Lavaque continúa la misma pasión de producir los mejores vinos para la Argentina y el mundo.
Algunas marcas que comecializan:
Della Natura, Gamela, La Mendocina, Lavaque, Nee-An-Doo, Pampa, Región 1, Vieja Barrica, Tero.

Fuente de información e imagenes: http://lavaque.com/

jueves, 20 de junio de 2019

Entrevista a Michel Rolland, el francés que cambió la industria del vino argentino. ¿Qué llevó a un francés de Burdeos a invertir tiempo, dinero y trabajo en una tierra desértica al pie de la Cordillera de los Andes? Hablamos con el enólogo responsable de uno de los proyectos más ambiciosos del vino argentino, Clos de los Siete.

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Entrevista a Michel Rolland, el francés que cambió la industria del vino argentino.

¿Qué llevó a un francés de Burdeos a invertir tiempo, dinero y trabajo en una tierra desértica al pie de la Cordillera de los Andes? Hablamos con el enólogo responsable de uno de los proyectos más ambiciosos del vino argentino, Clos de los Siete.

"Argentina es un peligro. Es un país fantástico con un número impresionante de problemas, pero tiene algo. Hace 30 años, cuando llegué al norte, a Cafayate, me encantó. No había nadie. No queríamos hablar demasiado de eso en Europa para resguardarlo de lo que terminó pasando: hoy en día, Cafayate tiene 25 hoteles, restaurantes... En ese momento, Buenos Aires era una ciudad que nos parecía lo que había sido París 30 años atrás. En todo eso hay un encanto. Es una trampa". Michel Rolland tiene 71 años y vive un affaire con nuestro país. Nació en la región francesa de Pomerol, dentro de la ruta de viñedos de Burdeos, un lugar estratégico para dedicarse al vino. Sin embargo, haciendo honor a un espíritu inquieto, ambicioso y aventurero, el enólogo no se limitó a producir en su propia tierra: en la década del 80, Rolland ya estaba trabajando con el salteño Arnaldo Etchart en sus tintos y embotellando lo que sería uno de nuestros primeros vinos de alta gama, el Arnaldo B. Etchart de 1989. Casi diez años después, en 1998, asociado al viticultor bordelés Jean Michel Arcaute, Rolland descubrió un terreno de más de 800 hectáreas al sur de la ciudad de Mendoza, al pie de la Cordillera de los Andes y en la zona que llamamos Valle de Uco. No era más que una extensión poblada de rocas y de apariencia desértica, pero el francés sabía que en la Argentina podíamos producir mejor vino, que ese lugar a 1200 metros de altura podía ser hogar de un emprendimiento enológico sin precedentes y que tenía que buscar aliados que le permitieran concretar su visión. En ese entonces, Rolland ya tenía más fe en la vid argentina que muchos productores locales y fue uno de los jugadores claves para que la industria, con el Malbec como cepa insignia, se proyectara hacia un futuro de esplendor.

Con una ayudita de mis amigos

Por supuesto, el enólogo llevó su idea a Francia, donde consiguió, no sin un poco de esfuerzo, la inversión de varias familias productoras. Ese fue el inicio de Clos de los Siete, que en 2003 presentó su primera cosecha en el mercado con un concepto fuera de serie: un vino de corte, con el Malbec como protagonista, elaborado a partir del aporte de siete bodegas distintas. En su etapa fundacional, los participantes fueron Laurent Dassault y Nadine de Rothschild (bodega Flecha de los Andes), Jean Guy Cuvelier (Cuvelier los de Andes), Catherine Pére-Vergé (Monteviejo), Jean-Jacques Bonnie (Diamandes), Francois D'Aulan (Altavista) y el mismo Rolland. Hoy, ya sin los propietarios de Flecha de los Andes ni los de Altavista como miembros del proyecto, las familias que siguen representando su papel en la creación de la etiqueta Clos de los Siete son los Cuvelier, los Bonnie, Henry Parent (hijo de Catherine Pére-Vergé) y los Rolland, cada uno con un 25% de la empresa. 
Si bien el enólogo principal es el francés responsable de este desarrollo titánico, en cada cosecha de Clos intervienen los enólogos de las diferentes bodegas. Están Marcelo Pelleriti de Monteviejo, Adrián Manchon de Cuvelier Los Andes, Rodolfo Vallebella de Rolland y Ramiro Barillo de Diamandes.Juntos hacen un blend que varía año tras año, en una producción que alcanza el millón de botellas y se destina tanto al mercado interno como al externo, con Estados Unidos, Canadá Francia, Brasil y Reino Unido como sus principales compradores. Actualmente se está comercializando la cosecha 2016, lanzada este año y compuesta por 54% Malbec, 18% Merlot, 12% Cabernet Sauvignon, 12% Syrah, 3% Petit Verdot y 1% Cabernet Franc. Un vino que ronda los $600 y que, según sus autores, es único en el mundo por su relación precio-calidad. 

Firma: Michel Rolland 

Para que un proyecto arriesgado como Clos de los Siete diera sus frutos (en 2018, facturó 162 millones de pesos), hacía falta audacia, pero también convicción, inteligencia, talento y trabajo. Michel Rolland no escatimó en nada. Reconoció el valor de esas hectáreas desabridas, vio el potencial del suelo y aplicó su experiencia a una región vinícola que no ofrecía garantías, pero sí promesas. En ese momento, antes de que desembarcaran otros emprendedores extranjeros, Rolland ya sabía que la Argentina tenía un largo camino por recorrer. Empezó y no paró: adquirió las tierras, convenció a los inversores, armó su bodega e hizo de Mendoza su segunda casa, a la que viene cuatro veces por año; nunca se cansó de volver. 
"Hace más de 20 años había algo por hacer. No pensábamos que iba a ser tan grande, pero lo hicimos enorme, fue un poco loco. Un proyecto así, hoy, no se lo recomendaría a un enólogo joven. Sería mucho más complicado que en nuestra época. Sería casi imposible".
¿Cómo descubriste este terreno?
Con un amigo mío que falleció hace poco, desgraciadamente. Jean Michel Arcaute. Cada vez que venía a la Argentina, buscábamos lugares. Y un día me dijo que había encontrado uno interesante. Así que vinimos y nos paramos abajo, al costado de la ruta, y empezamos a caminar. Desde la entrada hasta arriba hay 4 kilómetros. Ya llegando arriba, me dijo: "Este es el terreno, pero hay algo que no te dije: son 850 hectáreas". Pequeño detalle (ríe).
¿En Argentina encontraste una cultura asociada al vino como la de Francia?
Si bien no me gustaban los vinos al principio, había una cultura, la gente tomaba vino. La producción era muy grande. Encontré algunos ejemplares buenos, con posibilidad de mejorar bastante. Dije: "En este país sí se puede hacer buen vino". La idea de este proyecto era demostrar que la Argentina tenía potencial. Entre 1995 y 2005 llegaron todos, pero yo pensaba eso desde antes: quería hacer un proyecto de 100 hectáreas... En vez de eso, hice uno de 850. Hoy no pienso que exista un país en el mundo donde se pueda desarrollar un proyecto como este, tan rápido. Fue un desafío enorme. 
Hay una especie de norma que dice que, para cualquier proyecto vitivinícola, hay que pensar primero en una marca y su comercialización; luego, en una bodega y, por último, en un viñedo. La historia de Clos es al revés, ¿por qué?
No totalmente. Yo diría que todos los proyectos que fracasan en el mundo lo hacen porque los inversores llegan con plata, invierten, producen y antes nunca se ponen a pensar cómo vender. Entonces, llega un momento que se acumula el stock y no se vende el vino. Cuando empezamos nosotros, sí, compramos el terreno, plantamos, hicimos primero la bodega Monteviejo y luego empezamos a hacer Clos. Pero antes encontramos a un distribuidor mundial en Francia. Hicimos todo al mismo tiempo. Por supuesto, el primer año producimos 180.000 botellas, lo cual parecía imposible de vender en ese momento. Pero lo vendimos. Ahora hacemos muchísimo más. No te digo que sea simple, es una competencia, es un negocio como cualquier otro, nada es perfecto. Si yo tuviera que empezar un negocio ahora, sí, empezaría por tener una distribución, comprar uva, hacer vino y después puede ser una bodega.
En 30 años, ¿qué aprendiste del consumidor argentino?
Cambió. Yo digo siempre que cuando llegué a Argentina, los vinos no estaban a mi gusto. A los consumidores les gustaba Valmont y para nosotros era un horror total (ríe). Cada vez que me subía a un taxi le preguntaba al tipo si estaba tomando vino. “Sí, sí, me encanta el vino”, me respondía. Y 9 veces sobre 10 me nombraban el Valmont, que para mí era el antivino total.
¿Y cuál te parece que es la tendencia hacia el futuro?
No hay que preocuparse. Argentina cambió: de un mercado doméstico a uno internacional. Hoy no se puede hacer vino solamente para el mercado interno, no hay consumo suficiente. Hay que hacer vino que se venda adentro pero que también se venda afuera. Ya todos tienen eso en mente. Hace 30 años, no. No sabían que se podía exportar vino. Lo descubrieron en los 90, cuando la relación peso/dólar era infernal. Y había que hacerlo porque si no desaparecía la vitivinicultura. Entonces, no sé cuál va a ser el vino de mañana, pero seguramente será el que encuentre consumidores afuera. Si no es de mi gusto, no importa. Yo ya tengo suficiente (ríe).
En nuestro país cayó mucho el consumo de vino pero subió la calidad, ¿cómo se explica?
Era una necesidad. No es agresivo lo que voy a decir: yo fui asesor de Trapiche y en esa época, Trapiche tenía 6 máquinas de Tetrapak. El vino ícono era Termidor, intomable. Yo soy íntimo amigo de Ángel Mendoza (enólogo fundador de Trapiche) y Ángel también decía que era intomable. Pero estaba haciendo millones y millones de litros. Tenía razón en esa época. Yo le decía a Pulenta padre: “Cuidado, esto va a cambiar”. Porque en Francia había pasado exactamente lo mismo 30 años atrás. Bajó mucho el vino de mesa, que te aterciopelaba el estómago, un horror, como el Termidor. Y Pulenta me decía que no iba a cambiar. Mirá cómo cambió. En Argentina tenía que desaparecer el vino de baja calidad. Quedan algunos, pero no hay mucho. Y el consumo bajó, como en Francia: pasó de 128 litros en el año 73 a 48 hoy.
El perfil de inversionistas en el vino parece haber cambiado en los últimos años: de familias muy tradicionales a inversiones más furtivas de gente “nueva”. ¿El vino es más rentable que antes?
No. Hay una broma en Burdeos que dice: "¿Sabés cómo hacer una pequeña fortuna en el vino? Hay que empezar teniendo una gran fortuna" (ríe). Hay dos tipos de inversión. La de grupos grandes, como Concha y Toro o Trapiche, por ejemplo. Por otro lado está la inversión privada, que pasa por la atracción del vino. Mirá a la familia Bonnie (Diamandes), que no vienen del vino: un poco por mi culpa vinieron aquí y ojalá sigan queriendo estar. En Estados Unidos hacer una inversión cuesta mucho, y tener un viñedo a veces es más un problema que una ventaja. Pero lo hacen por placer personal. Yo lo entiendo: ¿dónde puse el poco dinero que gané a lo largo de estos 45 años? Aquí. Por suerte funciona así.
¿Cómo te llevás con que te digan que sos el padre del vino argentino moderno?
No sé. Por supuesto que llegué en un momento en el que la Argentina tenía que cambiar. Estuve en el lugar correcto en el momento correcto, fue una coincidencia. Pero cambiaron todos: Catena, Trapiche, Salentein. En 10 años cambió todo y eso es lo destacable. La gente no es estúpida y vio que el mercado interno, por bueno que fuera, no era suficiente y había que hacer vino para venderlo afuera. Arnaldo Etchart fue un visionario, porque en el año 86 estaba dando la vuelta al mundo para vender su vino. Siempre fracasaba porque el vino no era para el gusto internacional. Pero se puso a trabajar, me llamó a mí y me preguntó qué vino tenía que hacer para exportar.
¿Cómo ves el vino argentino afuera?
Muy bien. Turbulencia hay para todos, Francia, España, Italia, y Argentina no está peor. Hay muy buenos vinos sin duda, hay mercado, pero la competencia es muy fuerte, hay que trabajar. Todavía se puede captar clientes: China creció mucho. Hay lugar para el vino, pero no hay lugar para el vino malo. El consumo está alrededor de 260 millones de hectolitros en el mundo y va a seguir así. Si desaparecen los vinos malos, hay espacio para los otros. 
¿Cómo podrías definir a cada bodega que forma parte de Clos?
Cuando hicimos este emprendimiento, había una posibilidad: hacer una bodega enorme con un enólogo jefe. Yo dije que no porque íbamos a tener un solo vino, una sola visión y listo. Con varias bodegas, los vinos son siempre diferentes. Podemos tomar Diamandes, Monteviejo, Mariflor, Cuvelier: son distintos. El asesor es el mismo, pero los enólogos otorgan al vino una personalidad. Cuando hacemos el Clos es divertido. A veces lo hago en una bodega y después en otra. Todos los enólogos mandan muestras y cada uno me dice: "El nuestro está muy bueno, ¿no?" (ríe). La mezcla siempre resulta mejor.
En tu bodega hay algo de cemento, pero en las demás no. ¿Qué opinás del cemento para la vinificación?
Cuando empezamos el proyecto, el cemento en Argentina no era cultural. Voy a ser un poco duro (ríe). Si no conocés, te agarra un argentino promedio y te dice: “Te voy a hacer un cemento tremendo”, pero pone demasiada arena. Te promete alta gama y compra baja gama al mismo precio. Hay que saber. Y esa es la razón por la cual no hicimos cemento al principio. Pero, en 2010, cuando hicimos la última bodega, traje a un tipo de Francia que sabía de cemento más que yo y se quedó tres meses supervisando todo. A mi amigo François Lurton le hicieron cemento hace 20 años. Hablá con él: hay vino que pasa a través de la muralla, fisuras en todos lados… Yo no quería eso.
¿Tuviste experiencias parecidas con argentinos en otros rubros?
¿Chantas? Sí, hay (ríe). 
¿Cuál fue la peor cosecha de tu vida?
En el 91, en Francia, porque directamente no hubo cosecha por la helada. Yo era un poco más joven y no tenía una consolidación como la de hoy. Fue un año bastante complicado porque no tenía trabajo y todavía no hacía muchas asesorías. Pero a raíz de eso pasaron dos cosas. Por un lado, viajé más: fui dos veces a Estados Unidos durante la cosecha, eso no lo volví a hacer nunca. Recuperé algunos clientes, ahora tengo 21 en Napa. Empezó a crecer mi ocupación de asesor. También mejoró mucho mi handicap de golf (ríe). 
En Burdeos pasamos una década del 90 terrible... En el 91 estuvo la helada. En el 92, llovió todo el tiempo, un desastre. En el 93 venía muy bien hasta que llovió entre el 15 de agosto y la cosecha. En el 94 y el 95, igual. El 96 estuvo bastante bien. En el 97, de nuevo lluvia. Dije: "Tenemos que hacer algo". En el 98 no hice nada, pero en el 99 pusimos plástico en el suelo para evitar la lluvia de fin de temporada. Ese año llovió como locos. En el 2000 pusimos la tela de plástico también, pero no llovió. Lo más divertido es que en ese momento, la administración francesa, muy inteligente, me mandó una carta diciendo: "Señor, si no saca el plástico mañana, no puede usar la denominación de origen". Respondí: "No puedo sacarlo, estoy en Estados Unidos". No apreciaron mucho mi sentido del humor. Hice un vino que se llama "El desafío", que es un vino de mesa, no tiene denominación. Vale el doble que el que sí tiene denominación. 
¿Cuántas bodegas asesorás en el mundo? 21 en Napa, ¿y el resto?
En el resto... lo menos posible (ríe). Napa es particular porque, excepto en dos bodegas, estoy yo. Napa era como Argentina para mí, hasta el año pasado que tuve que llevar un asistente. Me encanta Napa. Para trabajar, prefiero Estados Unidos. Para soñar y disfrutar, Argentina. Personalmente, estoy asesorando a 28 o 30 propiedades, el resto lo hago con mi equipo. Con ellos, entre Francia y afuera, hacemos 250 proyectos. Somos ocho personas en los cinco continentes. Tenemos mucho más en el norte que en el sur. No vamos a Australia pero vamos a Sudáfrica, Argentina y Chile. Antes hacíamos Brasil. 
¿El Malbec argentino ya alcanzó su techo?
Siempre hay más para hacer. Yo he hecho 46 cosechas en Francia, van a ser 47 dentro de pocos meses. Todo está cambiando. El viñedo y la vinificación se pueden mejorar, nunca se termina. Con más o con menos tecnología, con más conocimiento del lugar. Los suelos son bastante parecidos pero no son iguales. Aquí, en 850 hectáreas, tenemos 250 metros de diferencia desde la entrada hasta uno de los viñedos. En el suelo hay mucha variación, todo eso hay que estudiarlo y aprovecharlo. Cada año somos un poco menos estúpidos.
Acá estamos tratando de conquistar a los paladares más jóvenes. ¿Es así en el mundo?
Es una buena idea, porque el futuro es mejor. Hay que convencerlos de seguir tomando vino y de cambiar un poco de costumbre de consumo. Creo que es el trabajo de todos. Cuando llegué acá, la problemática era prácticamente igual. El tema es que buscar el producto que va a convencer a la juventud lleva tiempo. Un día va a salir. 
Si tuvieras que tomar una sola cepa el resto de tu vida, ¿cuál sería?
Tengo un montón de respuestas malas para esto. Mi origen me hizo apreciar mucho el Merlot. Mi familia estaba en Pomerol, yo nací en Pomerol y allí estaba el Merlot. Hasta el momento en que entendí un poco de vino, creía que todo era Merlot, que no tenía otra cosa. El gusto del Merlot me da placer, es un gusto personal, por fuera de mi profesión.
¿Qué le dirías a la gente que es el vino para vos?
No sé si hay una buena respuesta. El vino te gusta o no te gusta. Si no te gusta, ¿por qué tomarlo? No hay que forzar la naturaleza. Hay vinos que me gustan más que otros, pero puedo catar y tomar todos los vinos con placer. 
¿Cuál es la etiqueta más barata que más te gusta? 
De $300 o $400, Diamandina. Pero no lo tomo mucho, porque conmigo son todos muy amables y siempre me dan los mejores (ríe). 
¿En algún momento no tomás vino?
Por suerte, no. En un día puedo llegar a tomar 300 muestras. Yo digo siempre una cosa: la cata loca, de 80, 100 o más vinos, es como correr. Si nunca corriste, vas a hacer un kilómetro y vas a estar muerto. La cata es igual: si tenés la costumbre de catar mucho vino, podés catar 200 veces sin problema. 
¿Qué otras cosas te dan placer?
Eh... el vino (ríe). Muchas cosas. Me gusta la música, la comida. Me encanta jugar al golf, aunque a mi espalda no tanto. Me encanta viajar. Estoy seis meses afuera y seis meses en Francia. 
¿Trabajás con muchas mujeres?
No lo suficiente. No hay una mujer en mi equipo de asesores. El tema es que, cuando estamos buscando a alguien, decimos que hay que tener disponibilidad para viajar. Para una mujer no es un trabajo tan fácil. Pero nunca vino una mujer a decirme: "Quiero hacer esto". Sí hay una mujer en el laboratorio, pero no viaja con nosotros. 
¿Cómo es un día tuyo acá?
Todas las mañanas voy a una bodega a catar vino. A la tarde tenemos reuniones y puedo trabajar en mi bodega con Rodolfo. Y listo. Normalmente estoy cuatro o cinco días acá. Es un lindo ritmo. Es mucho más loco en Burdeos, porque puedo llegar a visitar cinco, seis, siete propiedades en un mismo día. 
¿Te importan los puntos Parker, Atkin...?
A mí, nada. Pero tengo clientes que los miran. Un poco hay que tenerlos en cuenta.
¿Una cosecha de Clos?
2009.
¿Tres platos que te gusten?
Me encanta la carne roja, en todos lados. En Francia hay buena, en Estados Unidos y aquí por supuesto. Me encanta el canard laqué (pato laqueado), de China. Y los pescados. Un pescado bien hecho a la sal puede ser fantástico, un salmón salvaje. 
¿Restaurante argentino favorito?
Oviedo.
¿Cuántos años más pensás que vas a trabajar?

Lo que me permitan el paladar o las piernas. 

Fuente: https://www.filo.news/comida/Entrevista-a-Michel-Rolland-el-frances-que-cambio-la-industria-del-vino-argentino-20190617-0029.html


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