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jueves, 3 de septiembre de 2026

Ana Viola, la mujer que defiende el nombre de Patagonia y trabaja por los vinos del sur.

 

Ana Viola, la mujer que defiende el nombre de Patagonia y trabaja por los vinos del sur.

Desde la Cámara de Bodegas de la Patagonia, trabaja para proteger la Indicación Geográfica Patagonia y evitar que el nombre sea utilizado por vinos que no nacen en la región. Desde Bodega Malma, además, impulsa el enoturismo y una nueva manera de acercar el vino patagónico al público: entre viñedos, paisajes, gastronomía y experiencias que buscan convertir al sur en un gran destino del vino.


Ana Viola, CEO de Bodega Malma y presidenta de la Cámara de Bodegas Exportadoras, defiende que Patagonia sea mucho más que una palabra atractiva en una etiqueta: para ella, debe identificar un vino nacido realmente en el sur.

Patagonia está en una etiqueta antes de que el vino llegue a la copa. Está en la imaginación del consumidor que piensa en el sur, en los paisajes interminables, en el viento, en los ríos, en la inmensidad. También en la idea de una vitivinicultura que crece lejos de los grandes centros, entre distancias enormes y condiciones que obligan a quienes producen a resolver casi todo un poco más solos. Por eso, para Ana Viola, CEO de Bodega Malma y presidenta de la Cámara de Bodegas Exportadoras, la palabra Patagonia no puede convertirse simplemente en una marca atractiva estampada sobre una botella. Tiene que decir la verdad sobre su origen.

Desde la Cámara, Viola lleva años en esa pelea, junto a otros bodegueros. Cada vez que una empresa intenta registrar Patagonia como marca, dentro de la clase 33 de propiedad intelectual, la correspondiente a los vinos, aparece una alerta y comienza el trabajo: estudiar el caso, presentar una oposición, pedir una nulidad o solicitar la caducidad del registro, según corresponda. “Tenemos una vigilancia internacional que nos informa cuando aparecen estos intentos de registro”, explica. Detrás de cada expediente hay una misma pregunta: ¿ese vino realmente nació en Patagonia?

La discusión no empezó ayer. Viola ubica uno de los primeros conflictos alrededor del año 2000, cuando un particular consiguió registrar Patagonia como marca para vinos en Argentina y pretendió cobrar derechos a las bodegas de la región por utilizar el nombre.

En aquel momento, el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) registró de oficio la Indicación Geográfica, aunque debió hacerlo como “Patagonia Argentina” porque la marca ya estaba en manos de ese particular. Las bodegas patagónicas, encabezadas entonces por el ingeniero Guillermo Barzi de Bodega Humberto Canale, llevaron el conflicto a la Justicia y ganaron. Esa sentencia permitió recuperar algo que hoy parece natural: poder escribir simplemente “Patagonia” en una botella para señalar su verdadero origen.

Después la disputa cruzó las fronteras. La Cámara trabaja junto con Cancillería, el INV y la Secretaría de Agricultura, mientras sigue de cerca los acuerdos comerciales que pueden ampliar esa protección. Uno de ellos es el acuerdo entre la Unión Europea y el Mercosur, donde la IG Patagonia fue incluida entre las indicaciones geográficas argentinas que se busca proteger. También aparece en las negociaciones dentro del Mercosur y en otros acuerdos, como EFTA. “Son pequeñas conquistas que se van sumando”, dice Viola. No hay una batalla definitiva, sino una sucesión interminable de expedientes que obliga a mirar todos los días qué ocurre en algún lugar del mundo.

Porque Patagonia tiene un valor que excede al vino. En el mercado internacional, explica Viola, el origen es parte de la identidad de una botella. El clima, el viento, la amplitud térmica, las horas de luz y los suelos dejan su marca sobre las uvas y, finalmente, sobre el vino. Pero además existe algo más difícil de medir: la carga simbólica de la palabra. “Tiene un peso enorme”, sostiene. Patagonia evoca naturaleza, paisajes y una manera particular de producir. Y justamente por eso es un nombre codiciado.

El problema aparece cuando esa imagen se utiliza para contar una historia que el vino no puede sostener. Viola menciona el caso de una marca de la chilena Concha y Toro que lleva el nombre Patagonia y que utiliza en su etiqueta imágenes fuertemente asociadas al sur argentino, entre ellas una ballena franca austral. Sin embargo, el vino no procede de la Patagonia, sino de otras regiones vitivinícolas de Chile.

La empresa vincula parte de sus ventas con iniciativas ambientales, pero para la bodeguera eso no modifica la cuestión central: un consumidor puede interpretar que está comprando un vino de la Patagonia cuando en realidad no es así. “Queremos preservar la palabra Patagonia como una referencia real al lugar de origen y no permitir que se convierta en una marca vacía”.

La discusión, entonces, no es solamente comercial. Es también una cuestión de justicia para quienes decidieron plantar, cosechar y elaborar vino en una región donde producir tiene un costo adicional. Están lejos de los consumidores, de los proveedores, de los servicios técnicos, de los mecánicos, de la maquinaria y muchas veces de la mano de obra especializada. Cada botella lleva detrás esa distancia. “Producir en la Patagonia implica muchos más desafíos”, dice Viola. Por eso considera que el nombre no puede utilizarse livianamente.

En el fondo, la pelea de Ana Viola es para que una palabra siga significando algo. Que cuando alguien encuentre “Patagonia” en una botella pueda imaginar el paisaje, pero también saber que detrás de esa etiqueta hay viñedos realmente plantados en el sur, trabajadores, productores y bodegas que eligieron quedarse y producir allí. “No se trata solamente de poner una palabra que suena atractiva. Si un producto dice Patagonia, tiene que estar hecho en Patagonia”. Y mientras sigan apareciendo registros en algún lugar del mundo, la defensa continuará: porque para quienes hacen vino en el sur, Patagonia no es una marca, es el lugar de donde viene todo.

El vino como viaje: bodegas, viñedos y destino enoturístico.

Hay un momento en que el vino deja de estar dentro de una botella. Ocurre cuando alguien llega a la bodega, camina entre las hileras de viñedos, mira el paisaje, se sienta a comer y levanta una copa mientras cae la tarde. Entonces el vino ya no es solamente una bebida. Es el lugar donde nació, las personas que lo hicieron, el paisaje que lo rodea y la experiencia de haber estado allí.

Ana Viola conoce esa transformación desde Bodega Malma, donde reciben visitantes con recorridos guiados, se puede degustar vinos, almorzar en el restaurante y dormir entre viñedos en Aldea de Terruño by Haiku. Los sunsets, cuenta, son parte de una tendencia que viene creciendo y que muestra que hay un público dispuesto a acercarse a las bodegas no solamente para conocer cómo se produce una botella, sino para pasar un buen momento. “La gente busca encontrarse, salir, pasar tiempo al aire libre, venir a un lugar lindo, rodeado de viñedos, disfrutar del paisaje, de la gastronomía y, por supuesto, del vino”, cuenta.

El desafío ahora es hacer que esa experiencia tenga una dimensión mayor. La Patagonia vitivinícola no está concentrada en un único valle ni tiene las bodegas a pocos kilómetros unas de otras. Están distribuidas en distintos puntos de una región enorme. Por eso, recorrerlas implica planificar un viaje más largo. “Cuando hablamos de la Ruta del Vino siempre decimos lo mismo: es un camino muy largo”, explica Viola. Lo que en otras regiones puede resolverse en una escapada corta, en Patagonia requiere tiempo, kilómetros y ganas de descubrir.

En Bodega Malma, los sunsets entre viñedos suman una nueva manera de acercarse al vino: copa en mano, paisaje abierto y el último sol del día como parte de la experiencia.

Pero esa distancia también puede convertirse en parte del atractivo. El viaje entre una bodega y otra atraviesa una Patagonia distinta, donde el vino puede convivir con la cordillera, la estepa, los ríos, el mar, la gastronomía y los pequeños pueblos. Para Viola, falta todavía consolidar esa mirada y conseguir que el enoturismo deje de ser un atractivo complementario para ocupar un lugar propio dentro de la oferta turística. “Hoy, cuando uno piensa en Neuquén, Río Negro o Chubut, enseguida aparecen la cordillera, la nieve o el mar. Nosotros creemos que el enoturismo también tiene que ocupar ese lugar”, sostiene.

Para que eso ocurra, dice, hace falta comunicación, promoción y acompañamiento institucional. En las bodegas, mientras tanto, la respuesta del público ya ofrece una señal: los eventos convocan, los visitantes participan y cada encuentro alrededor del vino se transforma en una experiencia compartida.

La nueva cosecha: más mercados y nuevas formas de brindar.

Pero mientras afuera se disfruta, adentro el viñedo sigue su calendario. En estos días, en Bodega Malma están en plena poda, una de las tareas fundamentales del ciclo productivo. Este año el trabajo se demoró un poco por las lluvias. No es una tarea que pueda hacerse a cualquier costo: la poda es manual y, con bajas temperaturas y suelo mojado, la decisión es esperar. Cuando el clima no acompaña, se aprovecha el tiempo para mantener talleres, reparar instalaciones, acondicionar estructuras y avanzar con los postes y otros elementos del viñedo.

Después, cuando vuelve una ventana de buen tiempo, las cuadrillas regresan a las hileras. Es un trabajo silencioso y preciso que ocurre mucho antes de que una botella llegue a una mesa de restaurante o a la copa de un visitante. Mientras tanto, dentro de la bodega continúa otra parte del ciclo: la conservación de los vinos, el embotellado y la preparación de las exportaciones.

Y allí aparece otro desafío. El mundo está consumiendo menos vino, aunque Viola observa señales que permiten mirar el escenario con algo más de optimismo. Viola observa una reactivación tanto en Argentina como en el exterior y un repunte en los pedidos, pese a un contexto internacional atravesado por conflictos, guerras y cambios económicos. “Aun con ese contexto, vemos señales positivas y un renovado interés por el vino argentino, algo que se refleja en la demanda que está teniendo nuestra bodega”, cuenta.

Tendencia: Vino sin alcohol.

Al mismo tiempo, el consumidor está cambiando. Hay quienes buscan vinos con menor graduación alcohólica y también quienes directamente quieren disfrutar de una experiencia sin alcohol. En Bodega Malma todavía no tienen un producto de ese tipo, pero están haciendo pruebas. «Hay que tener en cuenta que el vino sin alcohol no se elabora de una manera distinta desde el comienzo. Primero se hace un vino tradicional y, una vez terminado, pasa por un proceso de desalcoholización. Hemos probado algunos blancos y espumantes que lograron muy buenos resultados».

Hay una escena que resume esa nueva manera de pensar la experiencia: la persona que llega manejando. En la bodega buscan que también tenga su propio momento. Bebidas especiales, regalos o propuestas diferentes forman parte de las alternativas que preparan para quienes conducen. “No queremos que quien maneja sea el que menos disfrute de la experiencia”, explica Viola.

Es una pequeña decisión, pero habla de un cambio más grande. El vino patagónico ya no se piensa solamente desde el viñedo, la botella o el mercado. También desde el viaje, desde la mesa, desde el paisaje y las personas que llegan a conocer el lugar donde todo comienza. La Patagonia que se presenta al mundo con sus montañas, sus lagos, su mar y sus grandes distancias empieza a sumar otra postal: una copa frente a los viñedos, el sol que cae sobre las hileras y una ruta larga que invita, justamente, a seguir viaje.

Publicado en Diario Río Negro.

lunes, 24 de agosto de 2026

El enólogo que puso a la Patagonia en una botella: creó una sidra de hielo, un espumante de pétalos de tulipán y prepara uno de frambuesas.

Ingeniero agrónomo y enólogo
Darío González Maldonado.

El enólogo que puso a la Patagonia en una botella: creó una sidra de hielo, un espumante de pétalos de tulipán y prepara uno de frambuesas para una chocolatería top de Bariloche.

El enólogo Darío González Maldonado hizo de la Patagonia su territorio de experimentación. Desde Chubut y con proyectos que llegan hasta Ushuaia, desarrolla vinos de alta gama, sidras, espumantes de frambuesa y una elaboración inédita a partir de pétalos de tulipán. Pequeñas producciones, materias primas regionales y nuevos desafíos marcan el camino de un profesional que sigue buscando hasta dónde puede llegar la producción en el sur.

El ingeniero agrónomo y enólogo Darío González Maldonado llegó a Chubut en el año 2000 para quedarse por cinco años, ya pasaron 26. Hoy trabaja en distintos puntos de la Patagonia, desde la Línea Sur de Río Negro hasta Ushuaia. Vinos premium, sidras de alta gama, sidra de hielo, espumantes de frambuesa y el inédito espumante de pétalos de tulipán forman parte de una búsqueda incansable de nuevos productos que también tiene nuevos capítulos en Tierra del Fuego.

La historia del enólogo con la Patagonia comenzó el 11 de enero de 2000. Nacido en Angaco, un pequeño pueblo rural de San Juan, en un ambiente familiar ligado a los parrales cuyanos y al viñedo, estudió Ingeniería Agronómica en Mendoza, mientras trabajaba y realizaba una beca rentada en el INTA de Luján de Cuyo.

Cuando estaba cerca de recibirse apareció una propuesta que cambiaría definitivamente su recorrido profesional: una bodega buscaba profesionales para trasladarse a Chubut y desarrollar

González Maldonado aceptó. La idea inicial era permanecer cinco años, adquirir experiencia y regresar a Mendoza para realizar una maestría en viticultura y enología mediante un convenio con la Escuela de Viticultura de Montpellier, Francia.

Pero ese regreso nunca ocurrió. “Me vine al sur para hacer cinco años de experiencia laboral y después volver para hacer la maestría, nunca volví. Hace 26 años que estoy acá”, cuenta a Río Negro Rural.

Primeros desafíos.

Lo que encontró fue un territorio con condiciones completamente diferentes a las que conocía. El desafío inicial consistió en adaptar conocimientos y técnicas de otras regiones vitivinícolas a un clima mucho más riguroso.


González Maldonado disfruta los desafíos, y su profesión es la excusa perfecta para buscar nuevos productos.

Los primeros años fueron una combinación de ensayo, observación y correcciones permanentes. Los sistemas de conducción de la vid fueron modificándose y también aparecieron problemas sanitarios que obligaron a investigar qué estaba ocurriendo en las plantas.

Una de las primeras dificultades fue la mortandad de plantas. El análisis fitopatológico permitió determinar que el problema estaba relacionado con hongos xilófagos y no directamente con las condiciones climáticas.

Durante los primeros años, mientras todavía no existía una bodega en origen, las cosechas de 2003, 2004 y 2005 fueron enviadas a Mendoza para realizar microvinificaciones. Los resultados fueron determinantes. “Dio que era apta la zona para vinos de alta gama y ahí se decide construir la bodega”, explica el enólogo.

“Siempre estamos hablando de vinos de alta gama. No apuntamos al volumen, sino a pequeñas cantidades de calidad premium, por ende, de un valor agregado mucho más alto”. Darío González Maldonado, enólogo.

En abril de 2006 se elaboró el primer vino en origen en Chubut, en Patagonia Wines. A partir de allí comenzó una etapa de desarrollo que buscó demostrar que los valles cordilleranos podían producir vinos de calidad y con características propias.

González Maldonado trabajó inicialmente con el respaldo técnico de Roberto de la Mota y posteriormente con Pedro Rosell en el desarrollo de espumantes.

En 2019 Patagonia Wines fue vendida y Darío decidió dejar la conducción de la bodega. Para entonces ya tenía varios asesoramientos en marcha y optó por profundizar una actividad que se ajustaba mejor a su perfil. “Yo soy un bicho que no le gusta estar 44 horas semanales en un mismo lugar, me aburre”, reflexiona.

Producción de vides en Ushuaia para elaborar el primer espumante de ese origen, el gran proyecto de Darío González Maldonado.

Su campo de trabajo se extiende actualmente desde Valcheta, Bariloche y distintos puntos de la Línea Sur de Río Negro hasta Ushuaia. También tiene proyectos en Chubut y Santa Cruz.

Ese recorrido le permite trabajar con diferentes ambientes y materias primas, pero también comparar las posibilidades productivas de cada territorio. El objetivo, explica, no es producir grandes volúmenes. “Siempre estamos hablando de vinos de alta gama. No apuntamos al volumen, sino a pequeñas cantidades de calidad premium, por ende, de un valor agregado mucho más alto”.

Diversificación.

La diversificación es una de las características más marcadas de su trabajo. A la producción de vinos sumó asesoramientos y desarrollos de sidras de alta gama, además de productos experimentales que buscan ocupar nichos específicos.

Entre plantas de vid, el universo profesional de
Darío González Maldonado.

Uno de ellos nació después de un viaje a Asturias, España, en 2017. Allí se capacitó en la elaboración de sidras y conoció la denominada sidra de hielo.

La experiencia le abrió una nueva posibilidad. En 2018 comenzó a elaborar sidras para Laberinto Patagonia, buscando desarrollar un producto diferente de las sidras tradicionales que se consumen en Argentina. “Yo voy a hacer sidra, pero que no parezca sidra”, pensó en aquel momento.

El proyecto evolucionó hacia diferentes estilos: sidra elaborada mediante método tradicional, sidra charmat y, especialmente, sidra de hielo.

La sidra de hielo.

La elaboración de sidra de hielo requiere condiciones específicas. Se utilizan variedades de manzana de maduración tardía y se priorizan la acidez, la complejidad aromática y determinados niveles de taninos. La fruta se cosecha después de varios días de heladas intensas, cuando las manzanas están completamente congeladas.

Sidra de hielo, elaborada en El Hoyo, Chubut.

“En esas condiciones se muelen y se prensan. El rendimiento es muy bajo: de un kilo de manzana se obtienen aproximadamente entre 100 y 120 centímetros cúbicos de mosto altamente concentrado”, cuenta Darío.

La fermentación es parcial y las propias características del proceso generan una bebida con un elevado nivel de azúcar residual.

El resultado es un producto de elaboración limitada y de alto valor agregado. “Este año vamos a hacer apenas 1.000 botellas de medio litro de esa sidra de hielo”.

De una flor a un espumante.

La innovación más llamativa de los últimos años nació en Trevelin, a partir del vínculo con Juan Carlos Ledesma, productor de bulbos de tulipán.

Las botellas de espumante de pétalos de tulipán saldrán en octubre al mercado.

El crecimiento del turismo alrededor de los campos de tulipanes llevó a buscar nuevas formas de agregar valor a esa actividad. De allí surgió la idea de utilizar los pétalos descartados durante la cosecha.

“Le dije: ‘Me gustaría hacer un producto con los pétalos de tulipán, ¿me podés enviar cuando cosechen?’ Me los pudo mandar y ahí comenzó todo”.

González Maldonado comenzó entonces una investigación prácticamente desde cero. Buscó antecedentes y encontró que no existían referencias de fermentos elaborados a partir de pétalos de tulipán. “Busqué y no hay nada a nivel mundial. No hay ningún fermento a partir de pétalos de tulipán”.

“Busqué y no hay nada a nivel mundial. No hay ningún fermento a partir de pétalos de tulipán”. Darío González Maldonado, enólogo.

A partir de allí desarrolló su propia receta. El producto se elabora en una pequeña bodega de El Hoyo, Ayestarán Allard, de unos 190 metros cuadrados, que reúne el área industrial, la atención al turismo y los espacios destinados a cava y elaboración de espumosos.

La producción inicial es muy limitada: alrededor de 150 botellas. A diferencia de la uva, el pétalo no aporta por sí mismo el volumen líquido necesario para elaborar el espumante. Por eso, la base se obtiene a partir de una infusión de los pétalos en agua de pozo, proveniente de una perforación de unos 80 metros de profundidad.

Experimentación permanente, una de las características del trabajo que realiza Darío González Maldonado.

Los pétalos permanecen en infusión durante aproximadamente 24 horas. Luego se extrae el líquido, sin prensar el material vegetal. A partir de allí se ajusta la acidez, se lleva el pH a aproximadamente 3,4 y se incorpora azúcar de caña hasta alcanzar unos 20 grados Brix.

La primera fermentación se realiza con levaduras especiales importadas de la región de Champagne. Después llega la segunda fermentación en botella, siguiendo el método tradicional.


Pétalos de tulipán, la materia prima del espumante que elaboran en El Hoyo, Chubut.

El enólogo guarda parte de la receta como un secreto profesional, especialmente los ajustes que realiza durante la elaboración y el licor de expedición utilizado para conseguir el equilibrio final.

El resultado, según su propia descripción, tiene aromas muy sutiles, un color entre rojo rubí y piel de cebolla y una burbuja pequeña y persistente. “Es un producto sedoso, con un equilibrio perfecto entre el alcohol y la acidez”. Cuando tiene que definirlo en dos palabras, no duda: “Elegante y revelador”.

Otro espumante: 100% frambuesa para Rapanui.

El catálogo de productos experimentales no termina con el tulipán. González Maldonado también está desarrollando para la familia Fenoglio, vinculada a Rapanui, un espumante elaborado íntegramente con frambuesas. La bebida utiliza nuevamente el método tradicional y está prevista para llegar al mercado entre octubre y noviembre.

Producción de vides en Ushuaia, un gran proyecto que avanza a paso firme.

Pero el proyecto que probablemente más sintetiza el espíritu experimental de González Maldonado está en el extremo sur.

En Ushuaia trabaja sobre pequeños ensayos vitivinícolas y otros cultivos. En el predio del hotel Tolkeyén se experimenta con vides, manzanas, sidra, olivos, berries y ruibarbo. También participa de un proyecto de incorporación de variedades híbridas de vid, conocidas como Piwi.

“Si llego a producir una botella de espumante en Ushuaia, ya no quiero más, me jubilo”. Darío González Maldonado, enólogo.

Pero hay una meta que sobresale sobre las demás: conseguir elaborar un espumante con uvas producidas en Ushuaia. “Si llego a producir una botella de espumante en Ushuaia, ya no quiero más, me jubilo”.

La frase tiene algo de humor, pero también resume el desafío profesional que lo mantiene activo: encontrar nuevos límites para una actividad que, en la Patagonia, todavía tiene mucho territorio por explorar.

Publicado en RURAL del Diario Río Negro.

Domingo 23 de agosto del 2026.

https://www.rionegro.com.ar/rural/el-enologo-que-puso-a-la-patagonia-en-una-botella-creo-una-sidra-de-hielo-un-espumante-de-petalos-de-tulipan-y-prepara-uno-de-frambuesas-para-una-chocolateria-top-de-bariloche/

Enlace recomendado:

https://cepasargentina.blogspot.com/2026/07/de-la-patagonia-al-mundo-llega-el.html

viernes, 31 de julio de 2026

De la Patagonia al mundo, llega el primer espumante de pétalos de tulipán.


De la Patagonia al mundo, llega el primer espumante de pétalos de tulipán.

El enólogo Darío González Maldonado desarrolló vinos, sidras y espumantes en la Patagonia. Los desafíos y su creatividad abarcan terruños desde Río Negro, Chubut, Santa cruz y hasta en Ushuaia. Ahora, lanza un espumante de tulipanes. Y se prepara como jurado de Argentina Spirits Awards 2026.


El ingeniero agrónomo y enólogo Darío González Maldonado supera los desafíos del clima patagónico y sus propias metas: lanza el primer espumante de pétalos de tulipanes rojos que coronan sus casi treinta años de trabajo desarrollando vinos y espumantes de toda la región. Además,  la semana pasada fue elegido para integrar el jurado de los premios Argentina Spirits Awards 2026.  

“Es un producto inédito a nivel mundial. Es el 1º que se hace, ni siquiera en Holanda lo han elaborado espumantes a partir de pétalos de tulipán. En este caso, son de tulipán rojo”, cuenta a Tiempo desde su casa en El Hoyo sobre la Ruta Nacional 40 en Chubut, zona a dónde recaló de su San Juan Natal en el año 2000.

Formado en la Universidad Nacional de Cuyo y ahora con 54 años, el enólogo sigue creando, desarrollando y estudiando lo que selló su destino en sus primeros pasos en la región de los valles chubutenses donde conoció por primera vez la vitivinicultura de clima frío. Su experiencia comenzó como director apoderado de Patagonia Wines, una de las primeras bodegas en la región que hoy llega a exportar a unos 30 países. 

“No tengo bodega propia, soy asesor, consultor y asesor técnico”, explica pero se sabe que recorre, estudia y analiza cada porción de territorio desde hace 26 años en los que pasó por El Hoyo y toda la zona sur de Rionegro.  Aprendió a adaptar sus conocimientos a estos terruños y a las condiciones agroclimáticas para alcanzar el desafío de producir vinos de calidad en una de las regiones más australes del mundo. En dos décadas se convirtió en una de las experiencias más novedosas del país y su nombre siempre relacionado al desarrollo y crecimiento del enoturismo al pie de la cordillera.  

Aroma embriagador.

Alguna vez al probar el licor de violetas de Toulouse (Francia) y combinar unas gotas con un espumante, el resultado a la vista fue de un color subyugante, lavanda violáceo y al hablar en una reunión, flotaba en el aire un aroma suave a violetas. ¿Será así el espumante de tulipanes? Le consulta Tiempo al experto quien suelta una sonrisa como respuesta.

Lo del espumante de pétalos es cosa. Y muy curioso el producto. “En el proceso, se recolectan los tulipanes, las cabecitas, se produce una deshidratación parcial. Después se hace un control de calidad, se van eliminando todas las partes verdes, todas las partes que son indeseadas,  se revisa pétalo por pétalo”, explicó González Maldonado. 

 Después, “se hace una maceración, se obtiene un líquido, al que se le hacen correcciones a nivel de azúcares y acidez, y unas cositas que son secretos del enólogo, y se provoca una 1º fermentación para obtener un producto base, y luego se provoca una 2º fermentación ya en botella, y, una vez terminada la fermentación alcohólica en botella, se lleva pupitres (estanterías inclinadas) para que las borras se muevan hacia el pico la botella”, contó. 

Además, la botella se pone parcialmente inclinada hacia abajo, en pupitres y, se lo deja ahí de uno a cinco para que evolucione. “Luego de ese proceso viene el degüelle, se congela el pico de la botella donde está depositada toda la borra (levaduras muertas), se destapa, el mismo gas que produjo naturalmente empuja ese tapón de espumante congelado con las borras, y se coloca el corcho, el bozal, se fagina la botella, se etiqueta y sale a mercado”. Impecable.

Un clásico hecho tulipán.

Ese método de elaboración es el tradicional “champenoise”. Explica Maldonado: “A ninguno de los productos, ya sea espumantes a partir de uva, manzana, frambuesa o, en este caso, tulipanes, le agrego licor de expedición. Así que salen con el estilo brut; brut nature o nature, que es el que realmente representa una zona o te marca la identidad de una zona o un terroir”.

La presentación oficial del espumante está prevista para el Día de la Madre en Tulipanes de la Patagonia (el campo de Trevelin De Juan Carlos Ledesma). Darío González Maldonado manda fotos donde se lo ve en Ushuaia plantando. “Ya tuvimos los primeros racimos, dio muy bien los azúcares, pero no dio para elaborar. Esta nueva temporada que viene (el próximo otoño), seguramente vamos a producir bastante uva en Ushuaia. Todos esos productos raros, como lo espumantes de pétalo de tulipán, de frambuesa, lo estoy elaborando en bodega Ayestarán Allard”, dice y se refiere a la bodega y viñedos ubicados en la localidad de El Hoyo, Capital de la Fruta Fina, Chubut.

Su  trayectoria y su perfil de pionero en una de las zonas más australes del planeta le significaron otra alegría: la de ser elegido para integrar el jurado de Argentina Spirits Awards 2026 que se realizan en octubre en Mendoza con jurados nacionales e internacionales y espirituosas de todo el mundo.

Publicado en Diario Tiempo Argentino.


23/07/2026.















































jueves, 3 de julio de 2025

Bodega WAPISA. Localidad de San Javier, Río Negro.

 


Bodega WAPISA.

La Bodega Wapisa se ubica a unos 30 km de Viedma en la localidad de San Javier y pertenece al grupo de Bodegas Tapiz, antes manejada por el grupo americano Kendall-Jackson y  actualmente conducida por la familia Ortiz.

El nombre Wapisa deriva de la lengua Yamana de los aborígenes de Tierra del Fuego y hace referencia a las ballenas que deambulan por nuestras costas.

Esta Bodega Patagónica cuenta con viñedos propios adyacentes a la Bodega con las variedades Sauvignon Blanc, Merlot, Malbec y Cabernet Sauvignon, además utiliza uvas de otros viñedos implantados en la región con un total de 60 hectáreas en producción de las 120 disponibles.

Las instalaciones se encuentran donde anteriormente existía la Bodega Lapeyrade, la cual fue demolida para instalar en el predio una Bodega totalmente nueva. En la actualidad poseen una capacidad de elaboración de 300.000 litros en tanques pequeños y medianos de acero inoxidable, piletas de mampostería y variada tonelería de roble.

Durante la visita coordinada por la agencia "Viedma Experiencias" (acá) pudimos probar algunos vinos desde tanques en proceso de elaboración, como un sauvignon blanc, un pinot noir y un malbec; luego desde barricas un pinot noir, un cabernet y un merlot que la Bodega actualmente no fracciona como varietal.

Finalmente se realizó una degustación de los vinos actuales de la cartera de productos de la bodega a Bodega, que fueron un Sauvignon Blanc 2023, Pinot Noir 2023, Malbec 2023 y Cabernet Sauvignon 2023.


Foto de la Web de la Bodega.

Agradezco el profesionalismo y la calidez de Marcela y Gabriel (de Viedma Experiencias) y a continuación dejo algunas notas de cata de los vinos que pasaron por el Blog:

 Wapisa Pinot Noir 2023

sábado, 22 de junio de 2024

Agrestis, la bodega que nació para hacer espumantes y hoy brinda por el traspaso a una nueva generación.

Norberto Ghirardelli fue el impulsor del proyecto, pero ahora un hijo y una de sus hijas siguen el camino productivo, con el agregado de la veta turística y la realización de eventos. Un recorrido por una de las bodegas emblema de la vitivinicultura valletana.

El proyecto familiar de la Bodega Agrestis ubicado en la zona de chacras de General Roca comenzó en 1992, como resultado de una idea de un inquieto productor valletano: Norberto Ghirardelli.

Pasaron 32 años desde que la idea se cristalizó y creció a través del tiempo. Pero hoy transita nuevos aires, ya que se sumó la sangre joven necesaria para la continuidad de estos emprendimientos productivos de la Norpatagonia.

Norberto continúa con algunas labores en la bodega y sigue aportando sus ideas, pero de a poco se va convenciendo de que ya es hora de delegar. Y quien mejor que sus propios hijos/as para hacerse cargo de una idea que vieron nacer y crecer desde que eran apenas unos niños.

Pero será el mismo impulsor de Agrestis el encargado de contar su historia, la de una bodega que soñó e hizo realidad hasta alcanzar un lugar de privilegio entre los elaboradores de espumantes en la región.

“Compramos esta propiedad con la bodega que existía, que estaba abandonada, y empezamos a reconvertir con viñedos nuevos, en aquel momento importamos plantas de Francia porque desde un principio esto nace como un proyecto de hacer el producto que hacemos”, dice Ghirardelli.

“Empezamos a plantar en el año 94 y simultáneamente comenzamos a reciclar un poco la bodega, que era tradicional de piletas de hormigón, las fuimos revistiendo con epoxi”, rememora el productor vitivinícola.

«En el 97 hicimos la primera elaboración, pequeña, habrán sido unas 1.000 botellas, en el 98 fueron 3.000 y ya en el 99 fue una elaboración más grande». Norberto Ghirardelli, de Bodega Agrestis.

“Yo venía de otro emprendimiento vitivinícola en la zona de Guerrico donde no hacíamos espumante, alguna experiencia había con el proyecto del vino fino de las zonas frías y después salió los vinos espumantes de la zona frías”, cuenta Ghirardelli sobre sus antecedentes en la materia.

“En aquel momento la provincia contrató a un técnico mendocino que se llamaba Antolín, que era referente de espumantes en Mendoza, que nos estuvo capacitando, yo después viajé a Francia donde estuve espiando y ahí empezamos acá”, relata sobre los comienzos del emprendimiento.

“En el 97 hicimos la primera elaboración, pequeña, habrán sido unas 1.000 botellas, en el 98 fueron 3.000 y ya en el 99 fue una elaboración más grande ya que el viñedo producía un poco más, fue más a nivel comercial”, indicó el productor.

Producción y varietales.

“En esta propiedad tenemos unas 20 hectáreas, hay una pequeña parte con frutales y el resto es viñedo”, cuenta Ghirardelli.

“Acá cultivamos cinco variedades de uvas. El 75/80% de lo que elaboramos son vinos espumantes y el 20/25% restante corresponde vinos tranquilos”.

Continúa: “Para hacer esos vinos, que los hacemos exclusivamente con uvas propias, cultivamos dos variedades blancas y tres tintas”. “Las blancas con Chardonnay y Gewürztraminer y las tintas son Pinot Noir, Malbec y Cabernet, con ellas hacemos ese pequeño porcentaje de vinos tranquilos”, comenta sobre la parte productiva de la chacra.

“A los espumantes van el Chardonnay, Gewürztraminer y gran parte del Pinot Noir. El Pinot Noir lo usamos una parte en blanco para hacer corte con Chardonnay para el champán y otra parte lo hacemos rosado para elaborar espumantes rosados de Pinot Noir”, dice ya directamente sobre la etapa de elaboración.

En la actualidad la producción de espumantes de la bodega está compuesta por las marcas Agrestis y Tenuis en los distintos varietales utilizados para la elaboración.

Falta impulso.

El sector vitivinícola regional buscó dar un mayor impulso a la actividad a través de la denominada Ruta del Vino. Esa iniciativa continúa en pie, pero le falta una mayor dinámica de ejecución, con el aporte de nuevas ideas y gente con ganas de trabajar.

“A nivel provincial había una secretaria de Turismo, que era Ana Boschi, que fue la impulsora de las rutas alimentarias, para lo que contrató un experto y se diseñaron cinco rutas alimentarias de la provincia: la ruta de la pera y la manzana, la ruta del vino, la ruta de la carne de ovina en la línea Sur, la ruta de los sabores andinos y la ruta de los sabores del mar”, cuenta Ghirardelli sobre las iniciativas que se implementaron para el sector años atrás.

“Nos falta mucha infraestructura, los problemas de la ruta por ejemplo. La gente llega en avión a Neuquén y para llegar acá empiezan las complicaciones”. Norberto Ghirardelli, de Bodega Agrestis.

“Se trabajó mucho y de esos proyectos sólo se concretó el del vino, se pudo conformar una ruta entre las bodegas, nos dieron la personería jurídica y hasta el día de hoy es la única asociación formalmente constituida que existe en la provincia, referida a la vitivinicultura”, aclaró el productor.

No obstante, indicó: “Nos falta mucha infraestructura, los problemas de la ruta por ejemplo. La gente llega en avión a Neuquén y para llegar acá empiezan las complicaciones”.

“Tampoco hay mucha gente dispuesta a fomentarlo porque los que hacen turismo se dedican a un turismo emisivo y no receptivo. El hecho que la zona no sea un destino turístico como Bariloche o Mendoza no nos acompaña”, finalizó.

El recambio generacional, una buena noticia.

La bodega Agrestis cuenta hoy con un valor incalculable de cara a los desafíos productivos que se avecinan: el recambio generacional.

¿Cómo se está dando este paso fundamental para la continuidad de un proyecto de este tipo? Lo cuenta Ghirardelli en detalle, ya que lo vive en primera persona. “Cuando comenzamos con este proyecto mis hijos tenían entre 10 y 12 años, después se fueron a estudiar. Un poco influidos por mi actividad… creo, mi hija, que es la mayor, se fue a estudiar Turismo y Hotelería y el hijo varón se fue a estudiar Agronomía, otras dos hijas se volcaron a otros rubros”, cuenta a Diario Río Negro.

“Cuando terminan de estudiar se quedan en Buenos Aires un tiempo trabajando allá y la primera que vuelve es mi hija Florencia. Cuando me dijo que se volvía pensé ¿qué irá a hacer acá, porque esto no es un destino turístico?”

Me dijo: “Yo quiero hacer algo relativo a la bodega, turismo enológico, y empezó organizando algunos cursos de cata, eventos relacionados con charlas de vinos donde invitaba a algún referente como Alcides Llorente o Marcelo Miras”, relata Ghirardelli.

“Esto donde estamos ahora era un quincho familiar, de fin de semana. Así empezó a desarrollar un negocio complementario que fue creciendo hasta que decidimos hacer una inversión y ampliar este espacio para ya dedicarse de lleno a ese tema”, comenta sobre la llegada de la nueva generación.

“Después decidió volver Alfredo, yo me alegré sobremanera porque dije acá está el reemplazo, porque estos proyectos si uno no logra tener una continuidad se pierden”, dice el productor.

“Por suerte vino muy entusiasmado, el vio esto desde muy chico desde que plantamos e hicimos las primeras botellas, el hecho de haber estudiado Agronomía, ayudó para esa voluntad de incorporarse al proyecto…y hace 7 u 8 años que ya maneja todo”, aclaró.

Como en todo cambio estas nuevas incorporaciones fueron bienvenidas, pero casi siempre hay un pero. “Bueno, choques siempre hay…”, se sincera Ghirardelli, quien toma el recuerdo con humor aunque sin entrar en detalles.

Según dice: “Ahora estoy en franca retirada pero no me puedo despegar de esto, sigo yendo todos los días, menos tiempo pero voy. Te confieso que muchas veces voy pensando a ver qué macana se están mandando y después llegás y ves que no pasa nada, o que están haciendo las cosas mejor de lo que yo lo hacía… a uno le cuesta, delegar es muy difícil”.

“Por eso hay dos o tres cosas que sigo manejando yo”, aclara el productor.

Además de manejar “casi todo”, Alfredo Ghirardelli está terminando la Licenciatura en Enología, lo que le permitirá a la bodega contar con su propio profesional en la materia. Por ahora esa tarea recae en una persona que sabe y mucho del tema, el enólogo y asesor Marcelo Miras.

Por Miguel Vergara.

Publicado en el Suplemento LA PATAGÓNICA del Diario Río Negro (Edición papel Nro. 27274), domingo 16 de junio del 2024. Imágenes: Diario "Río Negro.