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sábado, 4 de abril de 2026

Legado en Beltrán: 110 años de la bodega que eternizó al noble Calfulén.


Legado en Beltrán: 110 años de la bodega que eternizó al noble Calfulén.

Cuatro generaciones y una familia ensamblada dejaron su huella en la gran Isla “La Esmeralda”, cinco kilómetros al norte del ejido urbano. Del tiempo en que los toneles viajaban por el agua, río abajo, a la difusión por redes sociales, sigue viva una herencia cargada de coraje. Y en el medio, la figura inolvidable de un peón.

Por Melina Ortiz Campos.



El azul en el diseño, destacando el significado del apellido, en mapudungun. Foto: Arhivo RN | Hebe Rajneri.

1,80 metros de estatura, robusto y con tonada cordillerana, tez más bien trigueña, Calfulén tenía entre 50 y 55 años cuando lo conocieron los hijos de su patrón, Daniel Videla Dorna. Respetuoso y de perfil bajo, había llegado a Beltrán desde el sur neuquino, portando consigo la sabiduría de su raíz mapuche, y se encontró quizás sin pensarlo, transmitiendo muchos de sus conocimientos de campo a los muchachitos oriundos de Buenos Aires, que se empezaban a criar entre viñedos y ovejas, junto al río Negro.

De la producción en escala en el siglo XX a la selecta de hoy: la historia de una bodega centenaria

Hoy el apellido Videla Dorna tiene décadas de trayectoria en la vitivinicultura del Valle Medio, pero a fines de los años ‘50 representaba a una familia de la gran capital, que probó su tenacidad en las tierras heredadas por la madre de Daniel, Julia Guido. Viuda ella, se había casado en segundas nupcias con Benigno Gutiérrez Acha, también viudo, el propietario original de estas hectáreas, donde tenía su propia bodega desde 1916, hace exactamente 110 años.

Familia ensamblada, a partir de ese vínculo se mantuvo la actividad y se abrió un horizonte nuevo para los nietos de Julia, que encontraron entre las tardes bajo los sauces de la antigua casona y las noches estrelladas, el hogar de su infancia: Martín y Juan los mayores; Victoria, la única mujer; y Carlos junto con Ignacio, los protagonistas del proyecto que ya de adultos le devolvió a “La Esmeralda” su propósito productivo.

Foto: Captura Informe Especial Archivo Canal 10.

Más de 600 ovejas madres se cuidaron en los mejores años, a la par del cultivo de viña en la isla que ya realizaban desde siempre, donde la uva llegó a ocupar 50 hectáreas. En ese contexto, los jovencitos aprendieron todas y cada una de las tareas de aquel peón sencillo y gracias a ese compartir le tomaron un gran aprecio.

Por eso, cuando pensaron los nombres para las dos marcas de vino que permitieron el regreso de la producción, después de años de quietud, no dudaron en homenajearlo: Calfulén, bautizaron a su línea Reserva Malbec, Merlot y Pinot Noir, además de un Riesling y el Torrontés; junto a “Maroma”, el sello elegido para la línea Joven.

La producción, entre Maroma y Calfulén, exhibida en la antigua casona que recorren los turistas. Foto: Juan Thomes.

No quedaron fotos para ilustrar el recuerdo de ese paisano que trabajó por casi una década entre los Videla Dorna, pero el diseño de las etiquetas, a cargo de una prestigiosa agencia porteña, se encargó de recrear sus rasgos y su mirada, bajo el tono azul que se traduce en su apellido originario, aún presente en la zona de Junín de los Andes por ejemplo.

Y como el mundo es chico y la Patagonia aún más todavía, una sobrina de Calfulen, radicada en Neuquén, fue quien se enteró de semejante gesto y logró ubicar el stand de los Videla Dorna en una feria en Las Grutas, para agradecerles, emocionada. Se sabe que ese trabajador callado pero generoso, vivió sus últimos días de regreso en sus pagos, cerca de los suyos, aunque no tuvo descendencia propia.


Nueve etiquetas integran la producción del establecimiento, entre blancos, tintos y blends. “Carloto”, el anfitrión. Foto: Juan Thomes.


En tantos años de historia, esto que se vive desde 2007, fue un renacer después de que la pérdida de rentabilidad en los ‘80 intentara dar el golpe final a semejante sitio. Hoy, el presente de la bodega encontró la manera de conectar ese pasado de “La Esmeralda”, con la experiencia de Carlos, el legado de Ignacio y las aptitudes de la siguiente generación, que a través del manejo de la web y la cuenta en Instagram (@bodegavideladorna), les permite mostrarse ante el mundo.

Ya no se trabaja el vino a granel como en los tiempos de Gutiérrez Acha, cuando se almacenaban 500.000 litros entre piletas y cubas de roble, para luego transportar los toneles en tren o por el río, cargados en chatas flotantes, para fraccionarlos en damajuanas. Fruto de la labor a tiempo completo y tras el fallecimiento de Ignacio y de su madre Victoria Landajo (“Toli”), es Carlos, “Carlotto” para sus vecinos, quien sostiene e impulsa la propuesta junto a los nuevos peones. “Yo ya hacía el grueso de la producción, ya tenía las manos embarradas hasta el hombro”, graficó.

La Bodega integra el circuito del Camino del Vino, lo que le facilita el arribo de turistas. Foto: Juan Thomes.


Febrero 1929: la publicidad de la bodega original de la isla, en el periódico El Mentor, que circuló por el Valle Medio. Foto: Museo Histórico Choele Choel.


La etiqueta de «La Esmeralda», la bodega original que este año cumple 110 años. Foto: Juan Thomes.

Por eso este egresado de la educación salesiana local, también antiguo emblema de la formación en enología, no tuvo miedo ni permitió que el duelo le torciera el timón. Fue sumando mejoras y comodidades para el agroturismo, además de afianzar los 40.000 litros anuales que saca al mercado con esmero y argumentos de sobra para cada creación. “No podría vivir en otro lugar”, reconoció en diálogo con Río Negro.

Admirado de la obra que dejaron los dueños originales, cuando no habían facilidades ni servicios, cuando la movilidad solo era posible a partir de una balsa y cuando se batallaba con las crecidas y el clima riguroso, hoy entiende que la mejor decisión que pudo tomar fue la de quedarse allí viviendo y forjando este sueño compartido.

Integrar la Ruta del Vino, participar en ferias regionales y nacionales, recibir a las delegaciones que lo visitan y alentar la llegada de su cosecha a negocios y restaurantes elegidos a conciencia entre Neuquén, Cipolletti, Roca y Regina, además de la costa rionegrina donde se luce entre turistas, hacen que se vaya formando una nueva manera de entender la actividad más allá del precio y que se le reconozca el sentido profundo guardado en el contenido de cada botella. “Vale la pena, el tiempo confirma por qué”, dijo Carlos, convencido de que el éxito no pasa ni por los premios ni por los números, sino por ver la obra de sus manos hecha realidad cada día.

Sueño compartido: el resurgimiento de la bodega fue posible gracias al empuje de Carlos con su hermano Ignacio, ya fallecido. Foto: Arhivo RN | Hebe Rajneri.


40 mil litros anuales, la producción que sostienen en esta nueva etapa. Foto: Juan Thomes.

*** Publicado en RURAL del Diario Río Negro.

https://www.rionegro.com.ar/rural/legado-en-beltran-110-anos-de-la-bodega-que-eternizo-al-noble-calfulen/

22/03/2026.



Foto: Juan Thomes.



Imagen de Federico Witkowski.




Enlace de interés:

viernes, 27 de marzo de 2026

ESTABLECIMIENTO FRUTI-VITIVINÍCOLA Y BODEGA “LA ESMERALDA” DE BENIGNO A. GUTIÉRREZ ACHA / BODEGA VIDELA DORNA.


 

ESTABLECIMIENTO FRUTI-VITIVINÍCOLA Y BODEGA “LA ESMERALDA” DE BENIGNO A. GUTIÉRREZ ACHA / BODEGA VIDELA DORNA.

En el arco Norte de la Isla Grande de Choele Choel, se instaló este emprendimiento, fundado en 1911 por el ingeniero Benigno Alfredo Gutiérrez Acha, localizado en una isla de 168 hectáreas de superficie; allí donde el brazo Norte del río Negro serpentea, fluyendo sus encrestadas aguas a la sombra sin voz de los sauces en galería.

La verde exuberancia del paisaje, que embellece a la belleza, insinuó el nombre del establecimiento: “La Esmeralda”, transformándose rápidamente en la piedra preciosa del Valle Medio.

Con la cohesión y el vigor necesarios para afrontar las situaciones difíciles, el Ing. Gutiérrez Acha instala una balsa sobre el cauce del río e inicia la implantación de frutales, y usufructuando el fuego abrasador de las arenas –que darán mostos vivificantes y generosos– emprende el cultivo de vides.

Construye la bodega y para el año 1916 muele su primera vendimia y meses más tarde don Alfredo, al atardecer, a la hora que la luz se vuelve más quieta, levanta la roja copa desbordante de la preciada ambrosía y brinda con alegría y regodeo desafiante.

Al poco tiempo de inaugurada la bodega, identificada como Bodega N° 332, cobran notoriedad sus selectos vinos Cabernet-Sauvignon y Malbec, que se expenden con la marca La Esmeralda. La documentación existente, asimismo, establece que entre otras variedades cultivadas se hallaban: Semillón, Barbera, Torantel (Torrontés), Pedro Giménez, Moscatel Rosado y Criolla Grande o Sanjuanina.

En 1928 bajo la supervisión del enólogo Antonio Croce se instalan 12 hectáreas de un atrayente y estético parral veneciano, llamado también “rayo”, Bellussi o Pini, bajo las premisas de: mitigar los daños ocasionados por las heladas tardías o primaverales; favorecer la acumulación de azúcares en los racimos al estar provistas las cepas de una mayor cantidad de madera vieja y por ende una mayor acumulación de sustancias de reserva dada por un área foliar más amplia y eficiente; obtener una mayor producción de uvas; facilitar la aplicación del abonado; y lograr una mejor sanidad de las plantas y los racimos. Sus amplias distancias de plantación, de 8,00 metros entre hileras por 4,00 metros entre plantas, y su compleja disposición de alambres cruzados en forma de rayos de rueda de bicicleta, le conferían el aspecto de ostentosas estructuras que a partir de los albores de la primavera rápidamente comenzaban a cubrirse de un verde sensación de paz.

Adicionando esta superficie implantada a la ya existente, el establecimiento alcanza una superficie cultivada con viña de 41 ha 64 as 88 ca 92,73 m2.

La bodega contaba con 20 piletas sobre la superficie y 2 piletas subterráneas, que alcanzaban una capacidad de vasija fija de 220.000 litros y 33.000 litros en toneles y cubas de madera de roble, lo que totalizaba una capacidad de vasija de 253.000 litros.

Entre los años 1930 – 33 ejerce la administración de esta firma don Jaime Font Saravia (1907 – 1966), quien además fue Juez de Paz Suplente en Choele Choel entre agosto – diciembre del año 1932. Posteriormente se transformaría en un célebre locutor y animador porteño, integrante del staff de LR1 Radio El Mundo de Buenos Aires, y a quien se lo consideró como un monstruo sagrado de la radiofonía nacional. Asimismo, cobró protagonismo como intérprete en las películas: “Caras argentinas” (1939) y “La quinta calumnia” (1941).

Tiempos aquellos en que su bohemia insomne alimentaba la magia de los silencios y fantasías de las noches isleñas, esas noches que caían buscando su corazón en la isla, noches bañadas por la tierna luminosidad de la luna patagónica y acompasadas por los nostálgicos acordes del violín, las guitarras criollas que desprendían en sus gemidos arrabaleros: coraje, pasión y lamentos, las chicas que imponían con su belleza la verdad de las formas, la poesía plena y la sed bebida por los impenitentes exegetas báquicos que resistían insurgentes trizando pedazos de crepúsculos, arrancando jirones de la aurora incontestable buscando estirar las noches. Y don Jaime Font Saravia, se sentía dueño de esas albas donde parecía suspirar la agonía de las sombras.

Sin duda, la estancia en la isla de este peculiar y exclusivo personaje, antiguo y bondadoso habitante del alba que supo rendir tributo a la noche, ha dejado una vivencia oblicua y polivalente, de recuerdos imborrables, una señal indeleble en la memoria de los isleños.

Otro personaje de “La Esmeralda” fue el búlgaro Dimitri Petrov. Aún retumban hoy, en remotos y borrosos ecos, las mentas sobre su “grappa” de elaboración artesanal –una bocanada ígnea que se precipitaba por la garganta hasta las entrañas–, la que según recuerdan los viejos lugareños, podía: “Hacer hablar a los mudos y a los políticos decir la verdad”.

Asimismo, emanan lejanos y melancólicos recuerdos sobre los impetrantes vinos tintos, redondos y sedosos, que ofrecían un paraíso de posibilidades hedonísticas inacabables.

Este establecimiento, ejemplo del trabajo perseverante y deleite indescriptible para el espíritu, por línea sucesoria queda al expirar la década de los años ´50 en manos de la familia Videla Dorna.

Es, también, hacia esa misma época que La Esmeralda interrumpe su actividad vitivinícola. A partir del año 2007 “La Esmeralda” renace bajo el emprendimiento familiar denominado Bodega Videla Dorna, reiniciando la actividad vitivinícola en forma artesanal, elaborando vinos blancos, rosados y tintos jóvenes, reserva y gran reserva, comercializados bajo las marcas Calfulén y Maroma.

Así, esta espléndida propiedad – enclavada entre la belleza y la calma–, donde el otoño regala su más romántico paisaje, sigue subyugando a los visitantes que a través del turismo rural acceden a ella.

BARTOLOMÉ "MANOLO" PÉREZ Y EL NOBLE OFICIO DE TONELERO.

Quiero en estas breves líneas recordar el viejo e imprescindible oficio de tonelero, ya extinguido hace muchos años a nivel de las bodegas –desde que se dejó de expender el vino en bordelesas o cascos–, y hacer una evocación muy particular para mi tío Manolo Pérez (1917 – 1963), y en él homenajear a todas aquellas personas que ejercieron el noble oficio de tonelero.

A los 16 años ingresa como ayudante de tonelero en el Establecimiento Vitivinícola “La Esmeralda” de Luis Beltrán, donde aprende el oficio. Hacia el año 1936, buscando nuevas oportunidades viaja al Alto Valle de Río Negro y Neuquén y trabaja como tonelero en la Bodega La Falda en Cipolletti.

Alterna temporadas de trabajo entre las localidades de Cipolletti y Luis Beltrán, como puede leerse en el aviso del periódico semanal EL MENTOR del año 1937 en que ofrece sus servicios de reparación de distintos tipos de toneles.

En el entonces pueblo de Cipolletti, contrae enlace en el año 1939 con María del Pilar Herrera y en los albores del año 1941 toma la iniciativa de regresar definitivamente a la isla, donde se instala con su mujer y su pequeña hijita Irma en la chacra de la familia en Luis Beltrán.

La rapidez, habilidad y destreza en el desarmado, calafateado y posterior armado de los barriles –envases de madera más pequeños– y los cascos o bordalesas –que eran los envases de madera de 200 litros más generalizados para expender el vino al consumo–, le permitieron cimentarse la fama de uno de los mejores toneleros de la Isla Grande de Choele Choel, siendo su trabajo muy codiciado por las diversas bodegas de la zona.

Fue durante varios años tonelero de la Cooperativa Agrícola Colonia Choele Choel Ltda. Falleció en Luis Beltrán en el año 1963 a los 46 años de edad.

Reseña del Sr. Federico Witkowsky.

Imagen y texto publicados en

Etiquetas Bordalesas de vino -Facebook- del Sr. Federico Witkowsky.

domingo, 7 de diciembre de 2025

Bodega y Viñedos “La ciudad de Astorga” de Fernández Carro S.C.C.

 


Afiche # 034

Bodega y Viñedos “La ciudad de Astorga” de Fernández Carro S.C.C.

Don Domingo Fernández Alonso (1870 – 1931), oriundo de Astorga, provincia de León, España, llega a la Argentina y se instala en Buenos Aires; de ésta ciudad, viaja como cocinero de un grupo de tropilleros hacia suelo patagónico, lo acompaña su hermano Nicanor y se instalan en la Estancia Cabo Alarcón (cerca de Picún Leufú, Provincia del Neuquén).
Tiempo después, desde España recala en este alejado paraje neuquino doña Manuela Carro, fusionando un inquebrantable destino con don Domingo.
Hacia el año 1910, año del nacimiento del pueblo de Allen, el matrimonio Fernández– Carro se establece en tierras allenses, y entonces, en sus ojos brilló una nueva esperanza.
Abroquelados en el trabajo y con la piel cubierta de sudor, se pusieron el sol a hombros y comprendieron que: la vida es la labranza y la muerte la consiguiente cosecha.
Don Domingo había crecido entre viñedos y bodegas, típico paisaje de las góticas tierras leonesas; en el génesis de sus recuerdos aparecía persistentemente esta postal, y así la viña se constituyó en su inseparable compañía en el suelo de Sayhueque. Luego, erigió unas piletas para la elaboración de un tipo de vino que tenía reminiscencias de los gruesos vinos de las órdenes monásticas esparcidas por la meseta ibérica.
Y, en la primavera de 1915, airoso don Domingo levantó la copa desbordante del néctar sagrado, expresión tangible de toda dignidad social, y pudo dar un anhelado descanso a la nostalgia del alma.
Los hijos siguen los designios de sus progenitores y para el año 1945 constituyen la firma Bodega y Viñedos “La ciudad de Astorga” de Fernández Carro S.C.C., sociedad integrada por los hermanos: Teodoro Carlos, Domingo Isidro, Catalina Francisca, Haydeé Cruz, Marcelino y Alfredo Fernández Carro. La bodega ya contaba para entonces con una capacidad de 534.000 litros. Vinos que eran comercializados en bordelesas con la marca DOMINGUITO.
Poseían 50 hectáreas de viñedos propios en Allen y 50 hectáreas en Fernández Oro, desarrollando una intensa actividad vitivinícola que les obligó a ir ampliando las instalaciones hasta alcanzar una capacidad de vasija total de 1.235.000 litros. La bodega quedó registrada en el Instituto Nacional de Vitivinicultura bajo el número N 70738.
Han elaborado vino de mesa tipo blanco, rosado, clarete y tinto, que fraccionaban en damajuanas de 5 y 10 litros y eran comercializados con la afamada marca DOMINGUITO. Asimismo, elaboraran vinos reserva Pinot y Semillón envasados en botellas de 950 cm3 que expendían con la tradicional etiqueta DOMINGUITO.
En el año 1979 alquilan la bodega a la firma S.A. Luis Filippini Ltda. y en 1982 le dan de baja ante el I. N. V.

Afiches de bordelesas de vino de la Patagonia Norte

de Federico Witkowski. .

Una antigua botella del vino Dominguito. Gentileza Flia. Fernández Carro

Una antigua botella del vino Dominguito. Bodega y Viñedos "La Ciudad de Astorga" de Fernández Carro Hnos. (Soc. Com. Colectiva) Allen, Río Negro. Gentileza Flia. Fernández Carro publicada en La Mañana de Neuquén.

domingo, 20 de abril de 2025

Bodega de Tomás López Cabanillas / Natalio Botana / Jorge Enrique Thurín. Autor: Federico Witkowski.

Vieja planta tomatera, se construyó a partir de la presencia de Natalio Botana, al igual que la bodega ubicadas dentro lo que se denominaba Estancia La China.
Néstor Salas, Diario "Río Negro", 2017.


Bodega de Tomás López Cabanillas / Natalio Botana / Jorge Enrique Thurín.

Parte I

Esta bodega propiedad de don Tomás López Cabanillas, se encontraba en tierras pertenecientes a la Estancia “La Finuca”, sobre la margen sur del río Negro, que había adquirido en 1910 a don Rodolfo Freyre.

Heredad que ha sido un modelo de estancia moderna y chacra, que supo alinear unas 70 hectáreas de vides, y poner una nota de civilización junto al río montaraz.

Aledaño a la esplendorosa residencia patronal llena de aristocrático confort, se hallaba emplazada la bodega integrada por 8 piletas de mampostería de 10.700 litros c/u, reuniendo una capacidad total de vasija fija de 85.600 litros y 200.000 litros de vasija móvil compuesta por cubas de madera de roble francés, conformando así una capacidad total de elaboración y conservación de 285.600 litros de vino, o como estaba cubicada en el año 1919 en 1500 cascos (Molins, W. Jaime - El Alto Valle del Río Negro). Su construcción data del año 1915.

Don Tomás, vivía una vida ennoblecida por la paz del campo y disfrutaba observar a sus viñedos rebosantes de lozanía que le recordaban los pámpanos de la milenaria Grecia –trasuntos de las vides helénicas que elogiaron los ditirambos de Arión–, cuando las doncellas corintianas clamoreaban en versos yambotrocaicos las andanzas de Dionisos.

Se elaboraban vinos blancos y claretes de mesa, que principalmente eran enviados para su venta a Necochea y localidades aledañas; también se los distribuía en la Línea Sur rionegrina.

En el año 1925 esta estancia, de 4500 hectáreas, es adquirida por don Natalio Botana (Sarandí del Yí 1888 – Jujuy 1941) empresario periodístico uruguayo arribado a la ciudad de Buenos Aires en el año 1913; y a la propiedad la rebautizó Estancia “La China” en honor a su hija Georgina Nicolasa a quien apodaban “China”.

Este reconocido periodista, fundador y director del Diario Crítica, propietario de la fastuosa quinta “Los Granados”, en Don Torcuato, en cuyo sótano se encontraba pintado el famoso mural del plástico mejicano David Alfaro–Siqueiros, ha recibido en dicho lugar la visita de famosísimos personajes de la época, como: Pablo Neruda, José Ortega y Gasset, Rubén Darío, Federico García Lorca entre tantos otros.

En la comarca han quedado los comentarios que hacia la expiración del verano de 1934, don Natalio vino acompañado por uno de los más grandes exponentes de la llamada Generación del 27, el poeta andaluz Federico García Lorca y comitiva.

Sorprendió al ilustre visitante la furtiva imagen del verano patagónico con su atmósfera preñada de perfume, olor y color en momentos que la magnolia yerguía su fantasma sombrío, mientras látigos de hielo azotaban los rebeldes vientos; en tanto Baco, intolerante en las cubas, dejaba escapar desgarradores gemidos en su etílica metamorfosis.

Quizás García Lorca, haya llegado a estas tierras patagónicas, buscando en la gran soledad y la lejanía escuchar los ecos sin voz de su desesperado y angustiante Grito a Roma, el que ha dejado sólo huellas negras en el desierto blanco del Vaticano: “Porque no hay quien reparta el pan ni el vino, ni quien cultive la hierba en la boca del muerto, … ni quien llore por las heridas de los elefantes, … “

Bodega de Tomás López Cabanillas / Natalio Botana / Jorge Enrique Thurín.

Parte II

Cuando en la oscuridad completa, el mundo del desierto patagónico se volvía profundo en su silencio extraordinario, intenso y penetrante, don Natalio Botana reflexionaba que la oscuridad de la noche era tan necesaria como la luz del día; así, entonces, la noche y el día eran esenciales, ya que daban vida y energía a todas las cosas vivientes de la tierra.

Esta bodega ha quedado registrada en la Guía Comercial del Ferrocarril Sud del año 1938, con una producción anual de 35.000 litros de vino.

En 1941 don Natalio fallece a los 53 años en un dudoso accidente de tránsito en la provincia de Jujuy, y con su desaparición física también se extinguió, al menos, la actividad bodeguera; la cual, ya no aparece en la Guía Comercial de los Ferrocarriles Sud, Oeste y Midland Nº 11 del año 1942.

En el año 1947 la estancia es vendida por su viuda, la periodista, escritora y poeta, Salvadora Medina Onrubia –con la finalidad de mantener el diario Crítica en la calle y saldar la deuda que tenía con los trabajadores de prensa– a los hermanos Manzano; quienes, a su vez, en 1955 se la transfirieron a Manuel Gerardo Rebella y Jacobo Schilman.

Hacia el ecuador de la década de los años ’60 se instaló una colonia integrada por 12 familias de agricultores galo-argelinos bajo el liderazgo de Jorge Enrique Thurin, los que habían emprendido el éxodo tras la independencia de Argelia. A través del Ministerio de los Repatriados de Francia, les conceden un préstamo de carácter no reintegrable de 30.000 francos y adquieren en el año 1967 una fracción de tierra en Valle Azul, perteneciente a lo que era la estancia “La China”.

Atrás habían quedado ya las conspiraciones y la guerra argelina, el Gral. Charles De Gaulle, sin tapujos ni rebozos, los había abandonado.

Arribaron así al reino del frío y del viento, viento al cual tuvieron que rápidamente adaptarse como el junco, que se inclina y dobla de un lado a otro pero no se quiebra.

Comenzaron a transitar por una senda sembrada de dificultades y contradicciones, y pronto entendieron que: “Su principal reto era la dificultad misma”, y aferrándose al verbo sarmientino rápidamente aprendieron que “las dificultades se vencen, las contradicciones se acaban a fuerza de contradecirlas”. No obstante, el añil valle les inspiraba pensamientos de calma y alegría.

Muchos de ellos, que se dedicaban a la actividad vitícola en la ex-colonia francesa, continuaron acá con el cultivo de la vid.

Jorge Enrique Thurín, se quedó con el casco de la estancia donde se encuentra el chalet, en el que vive actualmente con su señora esposa; se halla localizado a unos 300 metros del ejido urbano de Valle Azul, desde donde se puede observar la chimenea de la ex fábrica de tomates. Don Jorge aprovechando los viejos viñedos existentes y la bodega, en la que solamente habían quedado las piletas de material, retomó en 1967 la elaboración de vino. Entonces, el generoso y tumultuoso mosto se hizo vino y el vino se transformó en aliviadoras gotas de sangre redentora. Al establecimiento lo denominó “La Sureña”. Elaboró vinos hasta el año 1989.

Autor: Federico Witkowski.

Afiches y bordalesas de vino de la Patagonia Norte Facebook.

El chalet es hoy de los Thurin. Néstor Salas, 2017.

sábado, 15 de marzo de 2025

Cooperativa Agrícola de Producción y Consumo Viñateros Unidos.

Visita del gobernador Castello en Cipolletti, año 1960. Visita a la Bodega Flor del Prado. En la imagen se ven las damajuanas de vino. Gentileza: Archivo Cabus Trenes.

Vino, legado y pasión: El renacer de Flor del Prado en la Patagonia.

Cipolletti fue protagonista de una época en la que existieron importantes marcas de vino de mesa, como las que elaboró la Cooperativa Agrícola de Producción y Consumo Viñateros Unidos. En esta nota repasamos el pasado y el presente de un ícono del Valle de Río Negro.

Por Mariana Lesa Brown.

En la década del 30, la ciudad de Cipolletti ya tenía entre su población una gran cantidad de inmigrantes de origen europeo, principalmente italianos y españoles. Parte de esta comunidad trabajaba la tierra para plantar vides, una de las actividades principales en la zona. La producción de uvas en el Alto Valle alguna vez fue protagonista, por sobre las chacras de peras y manzanas que afloraron varias décadas más tarde. El vino que tomaban nuestros abuelos, era el vino de mesa de que se producía en Río Negro.

Algunos vecinos de Cipolletti como Luis Vaira recuerdan que, en la época de la vendimia, cuando la calle San Luis era de tierra, los productores se veían haciendo cola para entregar las uvas en tambores de 200 litros. “Había chatas tiradas por caballos y otras por tractores y se veían camiones Bedfor, Desoto, Ford y Chevrolet”, recuerda el señor Vaira en el perfil de Facebook Cipolletti de Ayer.

En el mismo sitio, Klaudio Nittinger, rememora imágenes de los productores que esperaban a que les pesaran la producción en la báscula sobre calle San Luis, donde descargaban lo suyo en la planchada. Ambos vecinos se refieren a lo que sucedía en la Cooperativa Agrícola de Producción y Consumo Viñateros Unidos.

La tradición del vino de mesa.

Sobre calle Mariano Moreno y San Luis, donde hoy se encuentra un moderno centro comercial, alguna vez funcionó la Cooperativa de Viñateros creada por los por inmigrantes Saturnino Álvarez Calvo, José Brierre, Vittorio Gallardini, Rafael García Montero, Emiliano González Rodríguez, Eduardo Gunzelmann, Firn Kier, Logan Mac Kidd, Pedro Navarro, Giulo Nicolai y Julio San Miguel.

Según los datos recolectados por el Ing. Federico Witcowski, el acta de fundación, que tiene fecha 15 de junio de 1933, fue redactada por el finés Firn Kier, quien además fue gerente de la Cooperativa por varios años.

Algunas de las marcas que elaboró la Cooperativa fueron Flor del Prado, Piedra Pintada, Ciudad de los Césares y Árbol Caído. Los vinos de mesa eran de tipo blanco, rosado y clarete y más adelante, hacia fines de la década del 40, se comenzaron a elaborar vinos reserva bajo la marca Flor del Prado en botellas de 750 cc. También se llegó a comercializar el vino en damajuanas de 5 y 10 litros y en botellas de 930 cc.

Ya en la década del 80, la cooperativa también lanzó su propio champagne tinto, el COVIU, bajo el programa “El Champagne de las zonas frías”.

Recuerdos de enólogo.

De ascendencia española, Juan José Ferragut nació en Cipolletti y estudió enología en Mendoza. Hacia fines de la década del 60, entró a trabajar a la Cooperativa como enólogo, a la vez que estudiaba Ingeniaría Agrónoma en Cinco Saltos.

Ferragut trabajó seis meses a la par del antiguo enólogo y luego de su fallecimiento, se hizo cargo de toda la bodega. “En la parte directiva también había parientes, de parte de mi abuelo y de mi padre, eran socios y mi abuelo materno de apellido Álvarez fue presidente de la cooperativa durante 12 años” recuerda.

La zona donde estaba la bodega eran todas chacras, aun en el predio se conservan las piletas de hormigón cilíndricas que hoy enaltecen el patio del centro comercial. La Cooperativa no tenía viñedos de su propiedad, sino que admitía la producción de los socios provenientes de Cipolletti, Fernández Oro, Allen y Centenario. “Las puertas estaban abiertas”, aseguró Juan José sobre el hecho de que hubo más de 100 aportantes de uvas, de los cuales el 70% eran socios.

El vino abocado era el mismo para todas las marcas, pero por la concesión de zonas se le cambiaba la marca, no había menor calidad, asegura el enólogo. “La bodega tenía 6,5 millones de litros de capacidad anual”, afirma Ferragut.

Algunos de los apellidos que más recuerda Juan José son el de Isidro García, cuyo hijo Rafael García fue gerente de la Cooperativa durante muchos años, además de Demetrio, Troviani, Lombi, Rastellini y Prieto, todos pertenecientes a familias de inmigrantes asentadas en el Valle.

La cantidad de personas que trabajaban era variable según el momento, se tomaba personal temporario para reforzar durante la vendimia. Pero en general había unas 35 o 40 personas involucradas en la elaboración.

Según la visión del enólogo, los mejores momentos de la Cooperativa se dieron entre la década del 1960 al 80, “estábamos muy en competencia con otras bodegas cooperativas de Allen y demás. Se compró maquinaria y creo que esos 20 años fueron los más importantes de la cooperativa”, aseguró.

Por ese entonces, Ferragut recuerda que la mayor parte de la producción se vendía al mercado local “no dábamos abasto” dijo. También remarcó uno de los hitos que tuvo la Cooperativa hacia 1990: “La mayor facturación fue de 600 mil litros de vino en un solo mes”, detalló.

Relato de una caída.

Si bien el consumo de vino no disminuyó, la producción de uvas en la zona sí. Por mayor conveniencia económica, muchos productores se convirtieron a la producción de manzanas, peras y frutas de carozo. “Nos faltaba uva”, recuerda Ferragut, quien admite que tampoco estuvieron exentos de los avatares del clima, en algún momento tuvieron que comprar vino en Mendoza, ya que no se permitía el traslado de uva en forma interprovincial.

La producción comenzó a decaer, según sus recuerdos, a principios de los 90. También había hipotecas de préstamos que en algún momento había sacado la Cooperativa. En un edicto publicado en el Boletín Oficial de Río Negro en abril del 2007, se anuncia el remate de las marcas COVIU; CVU; Flor del Prado; Lágrimas del Limay y Viejo Limay. Por su parte, en el año 2012 el INAES le retira a la Cooperativa la autorización para funcionar.

Según la información aportada por Witkowski, “la última elaboración de esta bodega se registró en al año 1998”. Según el experto, la Cooperativa no pudo superar el colapso económico-financiero que la asfixiaba, “un año más tarde solicitó la baja de la actividad ante el Instituto Nacional de Vitivinicultura clausurando definitivamente sus puertas”, describió. Sumado a esto, “las periódicas crisis que afectaron al sector vitivinícola en el ámbito nacional, influyeron localmente hasta llegar a sumir a la actividad vitivinícola regional en un sostenido estancamiento”, describió el ingeniero.

Flor del Prado y un nuevo comienzo.

Décadas después la marca Flor del Prado tuvo una nueva oportunidad y un nuevo renacer; por recomendación de Roberto García, Luciano Fernández adquirió la marca en un remate. Fernández, que es nieto e hijo de chacareros y viñateros de Río Negro, decidió encarar la producción vitivinícola en su terruño familiar, ubicado a metros de la confluencia de los ríos Limay y Neuquén.

La marca Flor del Prado también significa un homenaje a su abuelo Félix Antonio Amoruso, exmiembro de la Cooperativa de Viñateros Unidos. Según expresaron desde la bodega, la idea de resignificar la marca, tiene que ver con “poner en valor lo que habían hecho nuestros abuelos. Sentimos que renace un vino inspirado en nuestra historia”, agregaron.

Sin embargo, aclararon que “como vino no tiene mucho que ver con ese vino de mesa que tomaban en damajuana nuestros abuelos, pero sí con el espíritu de los que quisieron hacer del Valle algo productivo”, expresaron desde la nueva bodega Flor del Prado que hoy elabora vinos premium de Cabernet Franc, Pinot Noir y Malbec.

En todo caso, la idea de volver a revivir ese Valle productivo donde alguna vez los pioneros se dedicaron a la vitivinicultura, antes que a los frutales, está más en boga que nunca, nos representa y nos llena de orgullo, por la calidad de los vinos que nos da esta tierra.





Publicado en Más Producción de LA MAÑANA DE NEUQUÉN.

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