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domingo, 30 de noviembre de 2025

Bodega Moschini: 100 años de legado familiar y vinos de la Patagonia.

Bodega Moschini: 100 años de legado familiar y vinos de la Patagonia.

Una familia de Ingeniero Huergo, Río Negro, celebra un siglo de trabajo rural, además del crecimiento de una bodega que nació del esfuerzo y el amor por la tierra.

De Italia al Alto Valle: La Travesía Fundacional de los Moschini en 1925.
Foto: gentileza.

Corría el año 1925 en la época de los ferrocarriles del sud, cuando miles de inmigrantes europeos llegaban a estas tierras para trabajar mayormente en actividades agrícolas. Por ese entonces, el padre de Ángel “Lito” Moschini, tenía 8 años (había nacido en 1917) y arribó al Valle junto a sus padres (los abuelos de Lito) y hermanos. Todos los tíos de Lito habían nacido en Argentina, pero los nonnos eran italianos.

Esta es la historia que relata Lito Moschini (69) sobre su familia, cofundador de la bodega que lleva su nombre, junto a su esposa Teresa Precoma. De voz apacible y palabras justas, Lito recuerda que su abuelo italiano tuvo una fábrica de fideos en José C. Paz, que se fundió y que decidió venir a la zona. “El nonno obtuvo un terreno de parte de la Compañía Ítalo Argentina de Colonización (C.I.A.C.) l, la compañía italiana que hizo Villa Regina”, explica.

“Ellos bajan en Ingeniero Huergo, porque en ese tiempo Villa Regina no tenía estación de tren y se van en trineo de caballos (hasta Villa Regina). Imagínate que traían un baúl, los seis hijos, ellos dos. Allí mi abuelo tuvo trabajo para desmontar a pico y pala, y después con el tiempo fue haciendo su chacra que era de 15 hectáreas”. Esa chacra con el tiempo se loteó y se convirtió en el barrio Moschini.

Trabajo, dignidad y experiencia: La fórmula de Ángel.

Trabajo, dignidad y experiencia: La fórmula de Ángel "Lito" Moschini para el éxito en la chacra. Foto: gentileza.

De peras y vides.

Con el tiempo la familia se fue desarrollando en el trabajo rural y, entre idas y venidas, el padre de Lito, compró un terreno en Ingeniero Huergo en 1958, localidad que hoy alberga a los Moschini y su bodega.

Actualmente, cada hermano de los tres que son tiene su chacra y cada uno trabaja por su cuenta. “En el año 2000 se me ocurrió plantar viñas, hice seis hectáreas de viñedos con un proyecto de innovación tecnológica, las cuales hoy están en muy buena producción, los viñedos más viejos ya tienen 25 años”, cuenta Lito sobre su parcela.

Del viñedo casero a bodega: La apuesta innovadora de Lito Moschini por el vino rionegrino. Foto: gentileza.


En el año 1995 compraron una chacra de 25 hectáreas, en las cuales plantaron frutales, “teníamos 18 hectáreas de pera, algunos perales ya estaban desde hace cien años, son históricos. En esa chacra quedó un terreno ocioso de seis hectáreas, ahí fui al INTA y me aconsejaron plantar vides, tengo el recuerdo del ingeniero Don Alcides Llorente que ya no está”, rememora sobre el técnico que lo ayudó en aquel momento.

La producción de vinos comenzó en el 2004, con elaboración de vinos caseros, con una producción de hasta 12 mil litros. “Desde hace tres años que estamos como bodega, lo cual es una linda experiencia. Tenemos capacidad para más, pero venimos haciendo entre 15 y 25 mil litros de vino anuales, depende de la cosecha”, agrega Angel Moschini.

El Legado de la chacra: Cómo la Familia Moschini forjó su camino con peras y vides. Foto: gentileza.

Trabajo y dignidad.

Hoy, Lito se dedica exclusivamente a sus vides y a la bodega, el resto está alquilado a una empresa de Villa Regina. Uno de sus hijos se encarga de la venta de los vinos. Ambos nos cuentan que parte de la producción de uvas se vende a otras bodegas como Favretto y Ribera del Cuarzo.

Las cepas que trabajan en Moschini son Serna, Sauvignon Blanc, Malbec, Merlot, Cabernet Franc y, desde hace tres años incluyeron 4000 plantas de Pinot Noir. Además, incorporaron la variedad cerna, que da una uva moscatel sin semillas. 

Pinot Noir, Malbec y el kilómetro 1120: Las cepas que definen la identidad de Bodega Moschini. Foto: gentileza.

“Trabajamos con una enóloga que se recibió hace dos años en Villa Regina, Bárbara Vilches, gente joven que tiene ganas de seguir (se emociona)… yo pongo la experiencia y el empuje”. “El trabajo dignifica y es verdad y, aparte de eso, está la honestidad, hay que seguir siempre adelante. Si bien yo ya conocía un montón, pero con la ayuda de INTA, me he perfeccionado bastante, eso me ayudó mucho” dice notablemente emocionado.

Lito asegura que, durante muchos años, mientras trabajaba en su chacra, también hizo servicios de plantación de postes y viñedos. “Cuando yo tenía juventud, tenía personal y un cacho de tiempo, lo que había que hacer es trabajar afuera. Eso me ayudó a completar mi chacra con el riego por aspersión, defensa de heladas y demás. Todo eso lo fui haciendo trayendo de afuera para adentro, buscándole la vuelta. Nunca compré dólares, sino que hice servicio y trabajo para la chacra”, finaliza sobre su vida dedicada al trabajo con la tierra.

Enoturismo participativo: Cosecha y degustación de vino la bodega histórica. Foto: gentileza.

100 años de trabajo rural.

La familia Moschini festeja este 2025 los 100 años de trabajo con la tierra en el Alto Valle. Si bien la bodega tiene 25 años, todo comenzó mucho antes en el kilómetro 1120, que es el lugar donde hoy está ubicada en Ingeniero Huergo.

Bodega Moschini ofrece sus vinos de la línea reserva Malbec, bajo la marca kilómetro 1120 y pronto lanzarán un blend de tintas cosecha 2024. También está la línea joven de los tintos Malbec, Merlot y Cabernet Franc. Sin embargo, el tope de gama es el vino Kilómetro 1120 blanco, una partida limitada de un blend de blancos. Además, está la línea Dolzo, con los dulces naturales rosado y blanco dulce natural.

25 años de bodega: El esfuerzo de Lito y Teresa en la elaboración de vinos del Alto Valle. Foto: gentileza.

La bodega recibe a los turistas que quieran visitarla y se ofrecen visitas guiadas por los viñedos, con reserva previa. En el mes de abril, suelen hacer un evento de turismo rural participativo, una fiesta del vino patero, donde los que asisten, pueden cosechar la uva, desgranarla y pisarla, para vivir la experiencia como se hacía antaño.

En el Alto Valle, la historia de los Moschini se vuelve símbolo de una idea que atraviesa generaciones: la dignidad del trabajo y el amor por la fruticultura. Cien años después de aquel primer terreno desmontado a pico y pala, la familia sigue apostando por producir, aprender y crecer sin perder su esencia.

Publicado en Más Producción.

Diario LA MAÑANA DE NEUQUÉN.

https://masp.lmneuquen.com/vitivinicultura/bodega-moschini-100-anos-legado-familiar-y-vinos-la-patagonia-n1219586

Enlace de interés.

https://bodegamoschini.com.ar/

Los orígenes

Los comienzos de la familia Moschini en la Patagonia se remontan a los primeros años del siglo XX, cuando los abuelos de nuestro co-fundador, Ángel Moschini, dejaron su hogar en Macerata, Italia, para integrarse al desarrollo de lo que hoy es la ciudad de Villa Regina.

Llegaron a nuestra región en tren, pero en donde hoy está esa ciudad no había una estación todavía. Por eso descendieron en la parada del Kilómetro 1120 del Ferrocarril del Sud, donde ya había un pequeño pueblo, que todavía no tenía nombre oficial. Por eso le decían “el pueblo del 20”, o “Kilómetro 1120”.

A aquellos orígenes homenajea la marca y la etiqueta de nuestros vinos.

Décadas más tarde, la familia de nuestro co-fundador, por entonces muy pequeño, se afincó en una chacra de ese pueblo, ahora llamado Ingeniero Huergo, en homenaje a quien -asociado con Humberto Canale- impulsara a principios del siglo XX la primera bodega de la zona.

Allí se crió Ángel Moschini, dedicándose desde muy temprana edad a la agricultura. En 1981, se casó con Teresa Precoma, nuestra co-fundadora, con quien comenzaron a desarrollar el cultivo de peras y manzanas en la chacra de 10 hectáreas donde hoy está ubicada nuestra bodega. En el año 2000, en una nueva propiedad adquirida unos años antes (ubicada a algo más de un kilómetro de distancia), plantarían el viñedo de 6 hectáreas con cuyas uvas elaboramos nuestros vinos desde el año 2009.

https://bodegamoschini.com.ar/nuestra-historia/


Ángel Moschini y Teresa Precoma.


El edificio que se ve en la etiqueta de nuestros vinos Km 1120 es la antigua estación de trenes de Ingeniero Huergo.

lunes, 24 de marzo de 2025

DESDE ITALIA, CON SABOR: LA HISTORIA DEL VERMUT.

 


DESDE ITALIA, CON SABOR: LA HISTORIA DEL VERMUT.

El vermut, una bebida que enamoró a generaciones en todo el mundo, tiene una historia fascinante. Sus orígenes y la manera en que se ha convertido en un ícono, especialmente en Argentina. Cuáles probar en las góndolas nacionales.

Emiliano Rodríguez Egaña.
Publicado en Vinómanos.
20/3/2025.
https://vinomanos.com/

Cada vez que te servís un vaso con vermú, soda y limón, sea para hacer la previa de un asdo o para estirar una conversación de trasnoche con tus amigas, lo que estás haciendo es activar una vieja historia de la que Argentina es más una excepción que una regla. La razón es sencilla: pocos países en el mundo tienen una tradición tan activa de vermuts, que se remonta más allá de tus abuelos.

Seguro la primera vez que oíste hablar de vermut (o vermouth o vermú) fue también la primera vez que viste a tu abuelo empujando un carrito cromado de dos pisos con ruedas, repleto de botellas, vasos de varias formas y tamaños, y el infaltable sifón para inaugurar el “copetín”. Él activaba una larga costumbre de inmigrantes que le dio a la Argentina un gusto vermutero. 

Pero este viaje empieza más atrás en el tiempo. En Grecia y en Roma ya tenían sus “conciati”, que eran vinos aromatizados con especias y hierbas. Y ciertamente eso es un vermut, una bebida a base de vino que lleva hierbas y botánicos. 

Claro que la razón por la que se agregaban estos botánicos no era la búsqueda de un determinado sabor, sino enmascarar la oxidación natural del vino. En definitiva, hacer que fuera bebible por más tiempo. 

Los siglos pasaron y en la Europa de la Edad Media se le adjudicaba a esta bebida propiedades curativas, especialmente por uno de sus componentes clásico: el ajenjo. De hecho «vermut» viene del alemán «wermut», que significa ajenjo.

El vermut moderno comenzó a gestarse en Turín, Italia, a finales del 1700. Fue Antonio Benedetto Carpano, quien trabajaba en la tienda de vinos y licores Marendazzo, quien, al experimentar con vino y una mezcla de hierbas y especias, creó la primera versión comercial de vermut. 

Hoy en esa esquina se puede ver una placa en conmemoración que dice: AB Carpano, en 1786, creó en esta casa su vermut, el primero de una industria típica y tradicional que contribuyó en gran medida a la fama y el prestigio de Turín en el mundo.

El mérito de Carpano fue crear una bebida con una cuidada selección de ingredientes que conquistó rápidamente al público. 

La placa en la piazza Castello.

Según cuenta Fulvio Piccinino en su libro “Il Vermouth di Torino. Storia e produzione del più famoso vino aromatizzato”, Carpano comprendió como nadie que el Moscato era la base apropiada para un vermut, al que le añadió lo que le proveían dos ciudades cercanas, Génova y Savona: hierbas y especias.

Durante el siglo XIX la popularidad del vermut se disparó, especialmente en Francia e Italia, donde se convirtió en algo habitual antes de comer. 

Si bien se trata de la misma bebida, Francia perfiló un estilo de vermut blanco más seco y floral con un dejo amargo, mientras que en Italia eran rojos con sabores dulces e intensos, gracias al ajenjo.

En la Belle Époque, la bebida se estableció como un símbolo de elegancia y sofisticación. Cafés y bares en París la adoptaron como un componente esencial de su oferta, y su consumo se extendió rápidamente por toda Europa.

El vermut en Argentina.

La llegada del vermut a Argentina fue a principios del siglo XX, de la mano de inmigrantes italianos y españoles. En Buenos Aires, la bebida se amalgamó a la cultura local del aperitivo, especialmente durante la época dorada de los cafés y bodegones porteños. 

El vermut se convirtió en una bebida social, disfrutada en reuniones familiares y encuentros entre amigos, marcando así su lugar en la vida cotidiana de los argentinos.

Durante muchas décadas de ese siglo, los aperitivos en general fueron protagonistas de las mesas, pero para los años ´80 su consumo quedó cristalizado en una franja etaria que no dictaba la moda. Ya no era tema de conversación.

Sin embargo, en el comienzo del siglo XXI el vermut saltó de las mesas a las barras catapultado por su versatilidad y su incondicionalidad: suele ser una bebida que no exige demasiadas explicaciones. Lo cierto es que el vermut es un componente esencial de una infinidad de tragos, es fácil de beber y tiene muchas situaciones de consumo. 

En los últimos tiempos hubo una ecuación que se comprendió muy bien: ya no había que buscar un único paladar popular sino que los gustos podían estar atomizados siguiendo un claro signo de época. 


Y aquí, sobre la base del vino, muchas marcas se pusieron a jugar con diferentes botánicos y distintas proporciones en busca de una alquimia única que definiera la identidad de cada producto.

Hoy existe una góndola inmensa de vermut en donde conviven las grandes marcas con los pequeños productores, todos con la misma misión: entregar un producto de calidad y bien diferenciado. 

Cuáles probar

Desde luego hoy podemos encontrar fácilmente una botella de Carpano con sus clásicas notas a caramelo, como también Cinzano Segundo, con el Malbec argentino como vino base. 


También hay otros como La Fuerza, única marca latinoamericana en el top 10  según el medio inglés Drinks International. La tradicional Dellepiane no se queda afuera del ranking de los más vendidos con su Prego Rosso.  

Recientemente, varias bodegas se lanzaron a crear sus propias versiones. Tal es el caso de Fasano, un vermut que combina Malbec con Moscatel como base de Bodegas Bianchi, como así también Cordero con Piel de Lobo Rosso, de Mosquita Muerta Wines. 


Como muestra de vermut artesanal podemos mencionar a Malasangre Rojo a base de Malbec y Bonarda, que se puede probar en el vermubar de Belgrano que lleva el mismo nombre.

Bodega Piedra Negra, por su parte, sumó dos propuestas ideales para la alta coctelería, de la mano de François Lurton y su esposa Sabine: el Vermouth Léonce en sus versiones  “Malbec” o “Criolla”. También Durigutti Family Winemakers tiene su Guardianes del Cerro, un vermut de autor que se distingue por sus notas cítricas.


Y también hay lugar en la góndola para el vermut premium: Gancia presentó Perro Negro, elaborado en pequeñas partidas y con botellas numeradas. Con origen en Mendoza, tiene una complejidad única dada por botánicos de los Andes, ruibarbo italiano, notas dulces de vainilla y miel (equilibradas con la frescura cítrica de la naranja), toques mentolados de salvia y ajenjo, con un perfil especiado de clavo, canela y anís, y un mosto fresco como endulzante.

PUBLICADO EN VINÓMANOS.

https://vinomanos.com/2025/03/la-historia-del-vermut/

* Destacado color amarillo de Vinómanos.

** Imágenes: Vinómanos.

domingo, 3 de noviembre de 2024

La Caroyense.

 

La Caroyense, historia del vino cordobés

La bodega de Colonia Caroya y su uva insignia: la Isabella

Fundada en 1930 por 33 inmigrantes italianos que decidieron aunar sus producciones, tuvo un auge entre 1950 y 1970, pero luego oleadas de granizo destrozaron el viñedo en el año 1975 y sufrió en fuerte declive. 

Luego de ese pasado en el que llegó a ser una bodega importante en el panorama argentino, en el año 2000 la cooperativa presentó quiebra, y se convirtió en una sociedad anónima perteneciente a Juan Carlos Tai, quien la dotó de los primeros tanques de acero inoxidable.

Aquellos esforzados inmigrantes elaboraban vino de mesa, con un abastecimiento de doce millones de kilos y una producción que podía alcanzar hasta los seis millones de litros, debido a su gran capacidad instalada.

Hoy se utilizan tan solo 400 mil litros de esa capacidad ya que hay en uso unas pocas piletas. Hubieron 1.250 hectáreas de viñedos en la zona, pero ahora quedan aproximadamente poco más que 100 de ellas. Actualmente, además de uva de los productores de la región, se utilizan uvas traídas de La Rioja y Entre Ríos. La bodega no cuenta con viñedos propios y nunca los tuvo. 

Siendo una bodega antigua, se destaca la posibilidad de observar los elementos que se usaban en la época, en el museo subterráneo, aunque se encuentra algo descuidado. Los piletones de concreto, pintados con epoxi son enormes, pero la mayoría se encuentran en desuso. 

La uva estrella de la zona es la Frambua, también conocida como Isabella o "uva chinche"; es una uva dulce aromática e invasiva, que se amoldó bien a la zona y da lugar al vino insignia de Colonia Caroya. 

Los impresionantes toneles de madera austríacos, que se encuentran apenas ingresar al edificio de la bodega, fueron un fracaso; ya que en el primer año de uso fallaron por ingreso de oxígeno y no se pudieron utilizar más que una vez, quedando como parte del decorado.

Hasta hace poco el enólogo fue Santiago Lauret, también pasaron un tiempo por la bodega Gabriel Campana y Agustina Luchetti, pero actualmente se encuentra a cargo Rafael Brico, quien nos cuenta: "Al elaborar vino normalmente no se siente mucho olor a vino, pero con la Isabella eso no sucede, el mosto se coagula más cuando la molés y se huele en toda la bodega. Hay dos clones diferentes, uno más temprano conocido como Isabella precoz y el otro que se cosecha más para marzo".

Dan alcoholes bajos, de 11 a 11,2°, por lo que se hacen con ella vino secos y cuando se los quiere hacer dulces, se les agrega mosto.

Es una bodega bien "de albañiles italianos", una construcción donde todo fue hecho de manera rústica y funcional, con mucho hormigón armado a la vista y nula decoración, a excepción del sector principal de la recepción, donde se encuentran los toneles de madera, que está construido a semejanza de la Catedral del Friuli, unos vitrales y la escalera metálica que cuenta con barandas de hierro.

Como las piletas son muy grandes, necesitan mucha uva para poder llenar esta bodega, que llegó a trabajar tres turnos de ocho horas en su mejor momento.

Durante la visita fuimos recibidos por Cristina Reinosa, quien amablemente condujo la degustación de los vinos que se realizó, acompañados de una picada de fiambres locales. Nos explicó que se dedican principalmente a los vinos regionales y que durante la gestión de Lauret se desarrollaron también los espumantes.

La Caroyense en una interesante opción de visita enoturística para quienes visitan la provincia de Córdoba, ya que permite no solo ver el proceso productivo, sino también apreciar la historia del vino en la zona y conocer los de esa uva que solíamos ver en los parrales de los abuelos: la uva Isabella o chinche.  






*** Publicado en blogspot Ángel y Vino.

https://angelyvino.blogspot.com/2024/11/la-caroyense.html

https://angelyvino.blogspot.com/

El ángel del vino. Blog de vinos.

Vino argentino y del mundo, tipos, regiones, historia, bodegas, 

recomendaciones.

lunes, 10 de julio de 2023

Los grandes ausentes del vino argentino.

 


Los grandes ausentes del vino argentino.

Los varietales de los que todos hablan y consumen son franceses, ¿pero qué pasó con aquellas primeras vides que trajeron los inmigrantes italianos y españoles?

Por Joaquín HIDALGO.

Somos un país de inmigración. Y en materia de vinos quizás más que en ninguna otra: el gusto por el vino llegó a nuestro país como una nostalgia entreverada en el equipaje de los muchos italianos y españoles que hicieron el grueso de nuestra inmigración, matizada con algo de franceses, alemanes, daneses y ucranianos. Es un cuadro conocido y es un acervo que se lee en los apellidos de buena parte de los argentinos.

Entre los muchos González y otros tantos Vecchiarelli, entre los muchos Fernández y los tantos Rossi, Ferrari o Colombo, el vino llegó a la Argentina como ese octavo pasajero de la ciencia ficción que les permitió a todos ellos poner sobre la mesa un sabor que, como las palabras, llenaba la boca con lo conocido. Entre los Tittarelli, los Giol, los Toso y Bianchi, por ejemplo, que hicieron del negocio del vino una forma de vida, sorprende a la hora de las copas una gran ausencia: es raro, rarísimo probar algún vino elaborado con uvas italianas o españolas. El grueso de lo que bebemos es francés.

Es como si en ese legado del inmigrante la valija que traía las uvas se perdiera en el puerto como se perdió la famosa valija de Hemingway –con todos sus escritos de juventud– y no quedara nada de ese acervo de Sagiovese, Montepluciano, Barbera, Nebbiolo, Cariñena, Tempranillo y Garnacha. En Argentina solo se habla de las variedades francesas.

Es algo que me llama la atención. Y sobre lo que no encuentro una explicación clara. Por ejemplo, en la historia del Malbec el foco siempre recae en la aventura de Miguel Amado Pouget, quien introdujo en 1853 las uvas francesas en nuestro país. Contado desde el presente, nadie siente necesidad de explicar cómo llegó el Lambrusco a nuestro país porque el Lambrusco y buena parte las otras uvas ha desaparecido de la mesa. O casi.

Es verdad, el romance entre el Malbec y los productores explica buena parte de su éxito. Una uva que se adaptó de maravillas, que daba buen color y con aromas frutales, permitía rendimientos y mejoraba otros tintos está claro que triunfaría. Eso, siempre que el gusto de los vinos coincidiera con esa uva. Lo que nos lleva de lleno al otro asunto: ¿es que las uvas italianas o españolas no cuajaron con el paladar de esos inmigrantes? Tal vez de ellos sí, porque estuvieron plantadas en el pasado, pero al parecer no de sus descendientes.

Una entre las diez primeras.

Singular es el caso del Tempranillo. Es la novena uva más plantada en Argentina, con casi 5200 hectáreas (2,5% de la superficie) y prácticamente desapareció de la góndola. No es que no se lo use o elabore, pero son pocas las bodegas que etiquetan sus vinos con esa variedad. El dato es que la Tempranillo, por su importancia en España, es la cuarta variedad más plantada a nivel mundial, detrás de Merlot, Sultanina (para consumo en pasas) y Cabernet Sauvignon.

En Mendoza, que concentra casi la totalidad de la superficie, el dato es que la mayoría (casi el 70%) está plantado en las zonas bajas y calientes del este. Sin embargo, entre Tupungato, Tunuyán y San Carlos hay unas mil hectáreas que dan vinos frutados y vibrantes. Así y todo, no la vemos en la góndola, con excepción de Altocedro, Crux, Zuccardi Q, Tempus Alba y Krontiras para mencionar unos pocos entre los pocos.

Las italianas a la baja.bar

La más plantada entre las variedades italianas es el Sangiovese. La uva dilecta de la Toscana encuentra en nuestro país unas 1300 hectáreas aún en producción. Hace 20 años eran 2500. De las que quedan, el 70% está plantado en el este de Mendoza que es, dicho sea de paso, un clima no del todo amigable con el perfil de la uva. Con excepción de Tupungato (65ha), casi no se la encuentra en zonas frías.

Esa es quizás la principal razón para que estas uvas hayan entrado en un cono de sombras: que el clima del este de Mendoza no sea muy adecuado. Pero tampoco lo es para las francesas. La diferencia está en que lo que se plantó nuevo en zonas más frías se hizo sólo con las francesas.

Sin embargo, las uvas italianas como Barbera (371ha), Greco Nero (286ha), Bunamico (102ha), Cordisco (52ha), Lambrusco (46ha) y Nebbiolo (30ha) ofrecen una paladar muy distinto y todos emparentados por una rara cualidad: dan vinos estructurados pero sin peso, como los describe Andrés Sánchez, enólogo enamorado de ellas y quien las planta en el Maule, Chile, y las embotella bajo el nombre de La Collezione. Quizás ahí está la clave de la supervivencia y de volver a escribir una historia que rinda homenaje a los apellidos inmigrantes. Tintos que aligeren el paladar sin perder la fuerza. Algo de eso se puede probar en los tintos que embotella Bira, Callejón del Crimen, Alfredo Roca y Livverá.

Publicado en Diario "La Mañana del Neuquén".

Domingo 9 de Julio del 2023.

https://www.lmneuquen.com/los-grandes-ausentes-del-vino-argentino-n1039109

jueves, 22 de diciembre de 2022

Los nombres del vino, una curiosa historia mendocina.

 Por Victoria Bibiloni Abbona.

Los inmigrantes que llegaron a Mendoza y comenzaron a hacer sus propios vinos provenían desde diferentes lugares del mundo. Italianos y españoles eran el grupo más numeroso. La tierra mendocina era un ámbito propicio para los emprendimientos vitivinícolas. Por eso, miles de extranjeros vieron aquí la oportunidad de subsistir a través de la industria y la cultura del vino. Cada uno de aquellos inmigrantes le dio a su emprendimiento un nombre en particular, uno que le diera a cada vino una identidad única. Algunos de esos nombres eran homenajes al lugar de origen de los productores, otros, buscaban sintetizar la idea de progreso que les inspiraba la Argentina. Algunos, se encomendaron a su religión y sus creencias para nombrar a sus bodegas mientras que otros inventaron nombres de fantasía. En esta nota te contamos cuáles son esos nombres que hicieron de los vinos mendocinos productos únicos en el país.

El uso de etiquetas para el vino.

Fue a principios del siglo XX cuando en el país se comenzó a normalizar el uso de etiquetas en el vino. El objetivo de que tenían eran poder diferenciar un vino del otro y todas tenían más o menos los mismos datos. Sobre un círculo que se colocaba sobre la cara superior de los barriles se mencionaban tres datos fundamentales: el nombre de dueño, el de la bodega y el de la marca. A veces estaban esos tres datos, a veces solamente uno. En el medio, también solían tener dibujos alusivos a la identidad del vino o a la cosecha.

La etiqueta del vino producido en La Udinesa, la colonia friulana de General Alvear, Mendoza.

Los nombres en honor a Cuyo, una forma de indicar la procedencia del vino.

Con el objetivo de dar cuenta de dónde venían sus vinos una vez que estos entraban en el circuito comercial, varios inmigrantes los denominaron alusivos a diferentes lugares de Cuyo, especialmente, a aquellos donde tenían sus bodegas. Fue así que Bernardo Martínez desarrolló la marca “Chacras de Coria” y los hermanos Emilio y Mario Videla “El Algarrobal” y “Panquegua”. Mientras tanto, en Guaymallén, los hermanos Tomba nombraron a una de sus vinos”El Sauce” y los hermanos Dutto le dieron a uno de los suyos el nombre de “Buena Nueva”.

Algo similar ocurrió en San Rafael, cuando la familia francesa Cornú nombró a una de sus marcas como el departamento sureño y en San Juan donde la familia Graffigna comercializaba el vino “Colón” homenajeando a un departamento de dicha provincia.

El homenaje de los inmigrantes a sus lugares de origen.

Fueron muchos los inmigrantes que nombraron tanto a sus vinos como a sus bodegas haciendo alusión a sus lugares de origen. Otra vez, el primer caso que recordamos es el de Bautista Gargantini y Juan Giol dueños de “Colina de Oro” nombrada así en honor a Collina d’Oro, el pueblo suizo del que provenía Gargantini. Mientras tanto, los hermanos Wiedenbrug nombraron a su bodega “La Germania”. Los inmigrantes de origen trentino también hicieron lo propio con sus establecimientos. Por un lado, Alejandro Sartori nombró a su bodega “La Trentina” mientas que Luis Baldini y Francisco Gabrielli registraron la suya como “Trento”. Otros italianos, pero provenientes de Véneto, los hermanos, Juan y Jesús Citón denominaron “La Veneziana” y comercializaron la marca “La Adriática”. Mientras tanto, en el sur provincial, los inmigrantes friulanos llamaron “La Udinesa” a su marca de vino.

Colina de Oro era una localidad del cantón suizo de Ticino. El logo de vino Toro está inspirado en el cantón de Uri, cuya bandera tenía una cabeza de toro. “3030 R Linda Color S.A. Genève Solothurn Bern Uri Aargau Glarus Schaffhausen Neuchatel Luzern Geneve Zug Unterwalden Ticino Appenzell Thurgau Fribourg Schwyz Basel Zürich St. Gallen Valais Vaud Graubünden 27.VII.1976.” by Morton1905 is licensed under CC BY-NC-SA 2.0

En el nombre del padre, del hijo y de los hermanos.

Una de las formas más comunes de nombrar a las bodegas era utilizar el apellido de su creador. Si la elaboración era en el marco de una empresa familiar, lo usual era que el vino se nombrara con el apellido de los creadores y al lado se añadiera el grado de parentesco existente entre ellos. Pascual Toso y sus hermanos crearon el establecimiento “Toso hermanos” y algo similar había sucedido con los Tomba y los Arbillaga. Mientras tanto, también surgían bodegas como “Bodegas y Viñedos Antonio Campi e Hijos” o “Agustín Piccione e Hijos”. Otras empresas, también, utilizaban el nombre completo de su propietario, como en el caso de Honorio Barraquero, Justo Pellegrina y Miguel Escorihuela, entre otros. Muchos de esos productores se fueron asociando entre sí y le dieron origen a nuevas bodegas, como en el caso de Gargantini y Giol que crearon “Colina de Oro”.

Los nombres de animales.

Si pensamos en vinos nombrados con base en diferentes especies de animales, el primero que nos llega a la mente es el Vino Toro, creación de Bautista Gargantini y Juan Giol. Hasta hoy, inclusive, hay quienes creen que entre sus ingredientes incluía sangre de toro para darle más cuerpo y su característico color bordó. Gargantini y Giol no fueron los únicos que pensaron en animales de gran porte y potencia a la hora de fabricar sus vinos. También en Maipú, Angelo Furlotti, otro italiano, nombró a su vino comercialmente “León” mientras que Bernardo Martínez, un español, llamó al suyo “El Elefante”. En Guaymallén, mientras tanto, otra bodega de capitales italianos, la de Rópolo, Serra y Franceschini nombró a su vino “Tres leones de oro” y Virgilio Santini denominó al suyo “El Camello”.

Religión versus progreso científico.

Una de las formas más comunes de nombrar a los vinos era en relación a santos o a la idea de progreso. En este grupo había muchos emprendimientos comandados por inmigrantes quienes se encomendaban tanto a la religión como a la ciencia. Fue así que Luis Tirasso, pionero en la elaboración de espumantes en la provincia nombró a su bodega “Santa Ana”. Mientras tanto, el español Agustín Mercader denominó a su bodega “El Purgatorio” y el ruso Arón Pavlovsky fundó “La Purísima”. Como contracara, los creyentes en la idea del progreso con base en la tecnología, denominaron a sus emprendimientos con nombres asociados a la expansión territorial. En este grupo, los principales exponentes eran el italiano Arturo Dácomo, propietario de “El Progreso” y los hermanos Wiedenbrug, dueños de “El Globo”, que inicialmente se había llamado “La Germania”. ¿Conocías las historias detrás de estos nombres? Contanos en los comentarios.

Autor imagen de portada: “T O R O” by Walimai.photo is licensed under CC BY-NC-ND 2.0.

Publicado en

https://mendoza.italiani.it/los-nombres-del-vino-una-curiosa-historia-mendocina/

Imágenes:

https://mendoza.italiani.it/los-nombres-del-vino-una-curiosa-historia-mendocina/