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jueves, 18 de junio de 2026

DESAFÍOS Y CERTEZAS SOBRE EL NUEVO PAISAJE DEL VINO.

 


DESAFÍOS Y CERTEZAS SOBRE EL NUEVO PAISAJE DEL VINO.

Caída de volumen, concentración del negocio y cambio cultural del consumo son las coordenadas de una industria en transformación.

Joaquin Hidalgo.

El negocio del vino está cambiando en todo el mundo. La caída del consumo es hoy un escenario común en casi todos los países, especialmente entre los grandes productores, y esa tendencia empieza a reconfigurar tanto la forma en que se vende el vino como la manera en que se lo bebe.

En paralelo, la cultura del vino está migrando desde su lugar tradicional como alimento cotidiano hacia un consumo más ocasional. 

Ese desplazamiento implica un cambio profundo: el vino se elige cada vez más como una experiencia o como un signo cultural, más cercano a la lógica de la moda que a la de un producto alimentario.

Entre esas tensiones —la caída del volumen, la concentración del negocio y el cambio cultural del consumo— empieza a configurarse el nuevo paisaje del vino. 

Lo grande y lo pequeño.

Hoy conviven dos fuerzas bastante claras dentro del negocio. Por un lado, la gran distribución, cada vez más concentrada, que define qué productos llegan a las góndolas del supermercadismo y del comercio de gran escala. 

A ese mundo acceden principalmente las bodegas que también operan a gran escala, con volúmenes importantes y estructuras capaces de sostener esa logística.

Son, paradójicamente, las que más sienten la caída del consumo. Cuando el volumen del mercado se contrae, incluso una reducción de pocos puntos porcentuales impacta en toda la cadena productiva. Por eso, en muchos países, los grandes productores aparecen hoy entre los más golpeados por el nuevo escenario.

En paralelo, los pequeños productores parecen encontrar formas más flexibles de supervivencia. Algunos venden directamente desde la bodega. Otros se apoyan en el turismo o en la experiencia de visitar el viñedo. Y otros encuentran sus canales en redes más informales como sommeliers, bares especializados o restaurantes que buscan ofrecer cartas de vino más personales.

Son dos lógicas distintas que conviven en tensión. Entre ambas hay matices, por supuesto, pero el negocio del vino se mueve hoy entre esos dos polos.

La lógica de la moda.

En este escenario de menor consumo general, el vino empieza a comportarse cada vez más como una categoría cultural atravesada por ciclos de moda.

Lo que resulta interesante durante una o dos temporadas puede perder atractivo rápidamente. Ocurre con estilos —los vinos naranjos, los naturales, los sin sulfitos, los vinos con menos madera— pero también con regiones, productores o etiquetas.

Esto obliga a los elaboradores, distribuidores y retailers a renovar su oferta con mayor velocidad que en el pasado. Antes, las marcas y los estilos eran capaces de sostenerse durante décadas. Hoy el ciclo de vida de un producto puede ser mucho más corto.

Ese cambio no afecta a todos por igual. Los pequeños productores suelen adaptarse con mayor rapidez, mientras que las estructuras más grandes deben enfrentar un problema operativo: desarrollar una marca o un estilo puede llevar años, mientras el interés del mercado se mueve a otra velocidad.

La industria del vino encontró una respuesta parcial a este dilema en las últimas décadas: la premiumización. Es decir, vender menos volumen pero a mayor precio. Eso permite sostener el negocio incluso cuando el consumo total cae.

El fin del gran consumo.

Hay, sin embargo, un cambio más profundo. El modelo histórico del vino como bebida de consumo masivo ha quedado atrás. En países como Argentina, Italia o Francia, donde durante décadas se bebían entre 70 y 90 litros per cápita al año, ese nivel de consumo difícilmente vuelva. 

No se trata solo del precio o de la sofisticación del vino. Cambió el contexto general del consumo. Hoy existe una oferta enorme de bebidas: con alcohol y sin alcohol, dulces o secas, listas para beber o para mezclar, con gas, sin gas, con sabores o neutras. 

Esa diversidad compite directamente con lo que durante siglos fue una hegemonía cultural del vino. 

En ese escenario, el vino pierde volumen pero gana valor simbólico. La copa deja de ser parte de la rutina diaria y se vuelve parte de una experiencia. Lo que se bebe importa, pero también importa el contexto: la cena, el lugar, la historia detrás de la botella, la posibilidad de contar esa experiencia después.

En ese sentido, el vino funciona cada vez más como un marcador cultural. Dice algo sobre quien lo bebe —estatus, gusto, curiosidad, capital social— y menos sobre su función original como alimento cotidiano.

No es que el vino se haya vuelto demasiado complejo para los consumidores. Es el consumo el que se volvió más complejo, y el vino intenta adaptarse a ese nuevo mundo.

Así, el negocio se achica en volumen pero se diversifica en significado. Para muchos productores, el objetivo ya no es construir una industria masiva, sino sostener un modo de vida en torno al vino. Y generar, al mismo tiempo, experiencias que valga la pena vivir —y contar— alrededor de una copa.

Publicado en Vinómanos.

https://vinomanos.com/2026/06/industria-del-vino-nuevo-escenario-global/

Joaquin Hidalgo. Es periodista y enólogo y escribe como cata: busca curiosidades, experimenta con formatos y habla sin rodeos de lo que le gusta y lo que no. Lleva más de veinte años en esto. Lo leen en Vinómanos (plataforma que fundó en 2013) o bien en medios nacionales, como La Nación y La Mañana de Neuquén. Desde 2019 es el crítico para Sudamérica de Vinous.com (EE.UU.).

jueves, 26 de febrero de 2026

¿CÓMO SE HACE UN VINO SIN ALCOHOL?

 


¿CÓMO SE HACE UN VINO SIN ALCOHOL?

¿Qué secretos tiene la elaboración de estos vinos? De hecho, las etiquetas 0% alcohol, ¿son o no son vinos? ¿Por qué crece el mercado para estos productos? ¿En qué casos los resultados son mejores? Te respondemos esas preguntas que seguro te venís haciendo.

Por Joaquin Hidalgo.

El mundo está en un plan raro. Las bicicletas son eléctricas, la carne ya no es de carne y es apta veganos, y el vino entra en una etapa de desalcoholización para abrirse camino entre los bebedores abstemios. 

Lejos de ser una movida local, este giro global de las cosas que son sin serlo (la sacarina o la stevia al menos no son lo que reemplazan), abre nuevos e insospechados caminos.

Hasta el año 2025 en nuestro mercado no había buenas pruebas de vinos desalcoholizados que valieran la pena. Pero entre los primeros que se presentaron a mitad de año y el último que llegó al cierre del 2025, comienza a perfilarse una pequeña pero concreta oferta de vinos sin, pero que son.

En eso, el espumante Nieto Senetiner Brut 0% merece los más altos respetos. Para todo aquel que busque reemplazar el alcohol, pero no alterar prácticamente el sabor, para todo aquel busque beber sin el efecto embriagador y sin perder la magia de las ricas burbujas, este vino es un caso ejemplar. 

Contrario a muchos de los vinos que reemplazan el dulzor del alcohol por el dulzor del azúcar (y no mejoran el balance calórico ni dietario), el espumante de Nieto Senetiner es seco. Y eso no es poco mérito.

Anatomía de una desalcoholización.

Aunque suene contranatura, para hacer un vino que sepa a vino y no tenga alcohol no hay otro camino que fermentar el jugo de la uva y luego desalcoholizar el resultado. Es como hacer una asado hecho y derecho para luego retirarle la costra que estuvo en contacto con la parrilla, quitarle la sal y quedarse con la carne cocida. Pero el método según el que se lo haga en el vino cambia drásticamente el producto.

En el caso de Nieto Senetiner, el asunto empieza con la elaboración de un espumante de Pinot Noir oriundo del Valle de Uco, hasta terminarlo, incluso con la toma de espuma. Desde ahí el proceso es pura innovación y parte de la compra de una máquina capaz de evaporar el alcohol a bajas temperaturas. 

El truco es que trabaja con presión negativa y ahí la destilación del alcohol se separa sin alterar el sabor. Si uno piensa que el espumante es, precisamente, un vino con presión positiva, primero hay que quitarle el gas carbónico y almacenarlo, para luego volver a inyectarlo.

Junto con el alcohol se evapora una parte sensible de los aromas, que también la máquina separa por fases, parecido a un destilador. Separa fracciones mínimas de cola y una cabeza –casi como en una destilación– y se guardan esos componentes aromáticos para devolverlos al vino.

Pero si hasta acá la máquina es prácticamente el secreto, a partir de este punto empieza el trabajo de alquimista de los enólogos. Sucede que, si uno le retira al vino espumoso el alcohol, le está sacando un 10-12% del producto que aporta varias cosas: textura, gusto dulce, sensación de arrobo en el paladar. 

Para decirlo más sencillo: si se le quitan esas sensaciones, la acidez gana protagonismo, así como la burbuja final (una vez vuelta a inyectar) quedará más efervescente que texturada. Encontrar el nuevo punto de balance es un trabajo de orfebre, pero el equipo de Nieto Senetiner, liderado por Santiago Mayorga y Roberto González, consigue en este espumante un nuevo y atractivo balance.

Probé dos ediciones de este vino, ya que cada tirada del proceso requiere un recalibrado único a cada batch. La primera un poco más ácida que la segunda, donde el perfil de un vino espumoso de Pinot Noir, con fruta roja y notas de cereza y frutilla, junto con una burbuja delicada y vibrante, daban una textura de mouse con sabor de fruta. Es dable pensar que el camino irá por este segundo ajuste.

Otros vinos sin alcohol.

De lo que he probado en el mundo, la verdad es que los espumosos llevan una ventaja enorme a la hora de la desalcoholización, por la sencilla razón de que la textura está dada por la burbuja más que por el alcohol. 

En un vino tinto, sin embargo, reemplazar el trazo untuoso, envolvente y arrobante del alcohol, más aún cuando supone entre un 13 y 15% del vino, es muy complejo en términos de balance. En general se recurre al azúcar para suavizar los taninos que ganan relevancia o quedan algo desprovistos de balance, rústicos o delgados.

Entre los caminos posibles que veo que se exploran para los tintos, la vertiente de maceraciones carbónicas –donde casi no hay taninos en la elaboración y los que hay no son astringentes– es la que podría conducir a mejores resultados, conservando una fruta nítida y primaria. 

En blancos es un camino un poco más simple, pero aún el sabor queda algo verde de acuerdo con los que he probado.

Así las cosas, en un mundo en que algo puede no ser lo que es, hay una discusión gigantesca acerca de si el vino desalcoholizado puede o no considerarse vino. Y si el añadido de otros elementos –como el glicerol, que reemplazaría el dulzor del alcohol por un alcohol superior que no embriaga– debiera estar o no permitido en una bebida cuyo corazón es universal: jugo de uva fermentado y en equilibrio natural. 

Aún falta mucho por decir sobre la materia. Al menos ahora hay unas ricas burbujas para descubrir en la góndola.

Publicado en Vinómanos.

https://vinomanos.com/2026/02/como-se-hace-un-vino-sin-alcohol/

Destacado amarillo de Vinómanos.

martes, 26 de febrero de 2019

La cervecería que impulsó la venta de vino tirado. Las canillas comienzan a aparecer en el mercado. Una tendencia novedosa que promete apuntalar el consumo en bares y la competencia con otras bebidas. Por Joaquín Hidalgo – Especial.


La cervecería que impulsó la venta de vino tirado.
Las canillas comienzan a aparecer en el mercado. Una tendencia novedosa que promete apuntalar el consumo en bares y la competencia con otras bebidas.
Por Joaquín Hidalgo – Especial.

El vino tirado en bares y restaurantes ya es un hecho en Argentina. Con productores de diversa escala trabajando con envasados en kegs, las canillas comienzan a poblar el paisaje del vino.
Se trata de una tendencia que promete apuntalar el consumo en bares, restaurantes y boliches de toda índole. El objetivo de este nuevo formato es darle pelea a la cerveza, que gana terreno mientras el vino lo pierde. Eso, al menos desde la lógica de los productores de vino. La paradoja, sin embargo, es que detrás de la aprobación de este formato de venta en Argentina se encuentra, ni más ni menos, que un cervecero. O mejor: una cervecería.
Yendo de la birra al vino

23 Ríos Craftbeer (Acc. Lateral Sur 5269, Mendoza) es un bar y fábrica de cerveza de Mendoza. Uno de los dueños, Nicolás Massaccessi, tiene una larga historia en la comercialización de vinos. Mientras que el maestro cervecero, Ignacio Huarte, es un ingeniero químico oriundo de Olavarría, donde comenzó a elaborar cervezas de muy joven.

Recibido en la UBA, Huarte hizo sus primeras armas en el negocio de escala trabajando para la marca Patagonia en Bariloche y luego Andes en la provincia cuyana. Lo que no podía saber el cervecero es que sería una pieza clave para el negocio del vino en el futuro.

Todo empezó en marzo de 2018 cuando una chica que compartía mesa en 23 Ríos pidió una copa de vino. “No teníamos. Y un poco nos dio vergüenza no poder ofrecer vino en Mendoza. Pero nos quedó picando el tema. En especial a Nicolás, que tiene gran amor por la industria del vino”, relata Huarte.

De la duda surgió el planteo: “¿Qué le ofreceremos a la gente que no quiere cerveza o, como es cada vez más frecuente, a los celíacos estrictos que no pueden beberla?”, se preguntaron en 23 Ríos. Tenían un asunto entre manos y, delante, toda la legislación de envasado de vinos que no permitía el despacho si no estaba embotellado. ¿Qué hacía falta para poder servir una copa desde la canilla?

“Todos aprendimos”

El Instituto Nacional de Vitivinicultura es un organismo estricto, dirigido hoy por Carlos Tizio, un hombre que viene del mundo técnico y académico pero con experiencia en bodega. Con el consumo de vinos cayendo por debajo de los 20 litros per cápita al año, 2018 fue un año en que la industria necesitó respuestas eficaces.

Y ahí entran Huarte y el equipo de 23 Ríos, quienes llegaron a la mesa de entrada del INV con un planteo para aprobar el despacho de vino en kegs.

En el proyecto, presentado el 14 de mayo del año pasado, detallan cómo se trabaja con los barriles de inox de 20, 30 y 50 litros, tanto desde el punto de vista del llenado como de la seguridad alimentaria para el vino y la conservación organoléptica.

“Tizio y su equipo nos mataron a preguntas en la reunión que tuvimos el 13 de junio con los técnicos de INV –relata Huarte– pero avanzamos con las pruebas y el 26 de junio hicimos los llenados de kegs para el estudio de factibilidad”.

Llenaron kegs de 30 litros en Finca Agostino, con la participación clave del enólogo José “Pepe” Gómez, quien con su experiencia aportó mucho, y la supervisión del INV. Para los estudios técnicos de conservación, se dejaron barriles mermos de chardonnay y malbec, otros llenos y se pusieron botellas de testigo.

Todo quedó en manos del instituto, quienes realizaron análisis y estudios comparativos de sabor a los que los cerveceros asistieron. Para el 27 de agosto ya era un hecho que se podría envasar vinos en barriles de acero inoxidable y la resolución salió publicada el 18 de octubre pasado. Por supuesto, en 23 Ríos vendieron vinos desde ese mismo mes. En diciembre otros productores, como Pala Corazón o Estancia Mendoza, ya tenían vinos en keg, mientras que este año vendrán otros como Santa Julia a ofrecer vino de la canilla a un precio muy lógico.

Con espíritu cervecero, cierra Huarte: “Ese fue el periplo de esta maravillosa fusión entre dos industrias, producto del trabajo conjunto de tres apasionados de la cerveza y el vino. Todos aprendimos en esto”.

De las canillas a las copas

En bares y restaurantes de Mendoza hoy es posible beber vino de la canilla, igual que una cerveza. La ventaja del sistema es que el precio al que llega es muy conveniente para el consumidor, ya que todos los insumos que requiere una botella no están, al tiempo que el costeo se divide entre los 20, 30 y 50 litros de cada barril. Extraído con nitrógeno, el vino no se hecha a perder si el barril queda incluso casi vacío.

Publicado en Diario “La Mañana de Neuquén”, domingo 10 de Febrero de 2019.