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domingo, 9 de agosto de 2026

Pinot Noir de Neuquén: ¿por qué hoy es el emblema de la vitivinicultura provincial?

 


Pinot Noir de Neuquén: ¿por qué hoy es el emblema de la vitivinicultura provincial?

No es la variedad más plantada de la provincia, pero es la que mejor mostró cómo cambia el vino cuando cambia el lugar donde nace. La historia del Pinot Noir, desde las primeras plantaciones en San Patricio del Chañar a fines de los años 90 hasta convertirse en el emblema de la vitivinicultura neuquina.

Por Sergio Landoni (*), especial para «Río Negro».


Cuando se habla del vino neuquino, el Pinot Noir ocupa un lugar que ninguna otra variedad alcanzó. No es la más plantada ni la más difundida en el mercado. Es la que mejor mostró cómo cambia un vino cuando cambia el lugar donde nace. Esa sensibilidad permitió descubrir que Neuquén no era una única región vitivinícola, sino una provincia donde cada valle empezaba a mostrar un carácter propio.

Nada de eso formó parte de un plan original. A fines de la década de 1990, cuando comenzaron las primeras plantaciones en San Patricio del Chañar, el objetivo era comprobar si la vid podía desarrollarse en una meseta donde prácticamente no existían antecedentes. Julio Viola impulsó aquel proyecto y, con los primeros viñedos, comenzó un aprendizaje que sigue hasta hoy.

Marcelo Miras fue uno de los protagonistas de esa etapa y suele resumir aquellos años con una frase sencilla: todo estaba por aprender. Había que entender mejor los suelos, la respuesta de las distintas variedades, el manejo del riego y la influencia del clima en un lugar que no se parecía a ninguna otra región vitivinícola argentina.



Las primeras vendimias empezaron a despejar algunas dudas. La baja humedad favorecía la sanidad del viñedo, el viento ayudaba a mantener las plantas saludables y la amplitud térmica permitía alcanzar una maduración equilibrada. Entre todas las variedades hubo una que respondía diferente. Bastaba una pequeña diferencia de suelo, de temperatura, de disponibilidad de agua o de manejo del viñedo para que el vino también cambiara.

Vendimia tras vendimia fue apareciendo una idea que hoy parece natural, aunque entonces nadie podía anticiparla: Neuquén no era una sola región vitivinícola.

Ese aprendizaje también modificó la forma de trabajar de los enólogos. Leonardo Puppato sostiene que gran parte del vino se define antes de la cosecha, en el manejo cotidiano del viñedo. Lucas Quiroga entiende que ninguna vendimia se parece a la anterior. Nicolás Navío resume esa misma mirada con una idea simple: intervenir lo necesario para que el vino conserve el carácter del lugar donde fue producido.

El trabajo del enólogo ya no consistía solamente en elaborar un buen Pinot Noir. También implicaba entender qué tenía para decir cada lugar y cómo acompañarlo sin que perdiera su identidad.

Las primeras vendimias demostraron que el potencial del Pinot Noir no terminaba en San Patricio del Chañar. A medida que crecía la experiencia aparecieron nuevos proyectos sobre la ribera de los ríos Neuquén y Limay. Senillosa, Picún Leufú y la Confluencia empezaron a construir una identidad propia sin perder el vínculo con el origen de la vitivinicultura moderna de la provincia.

La Confluencia muestra bien ese cambio. La fruta pasó a ocupar casi todo el paisaje, aunque el vino nunca desapareció. Algunas familias volvieron a plantar viñedos y aparecieron nuevos proyectos que volvieron a poner al vino en el paisaje.

Uno de esos proyectos es Mabellini Wines. La familia retomó una historia que comenzó en Cinco Esquinas en 1928 y hoy elabora vinos con uvas de viñedos propios en Neuquén y Mainqué, Río Negro. La enóloga Valeria López forma parte de una nueva generación de profesionales formados en la Patagonia. Sus primeras exportaciones a Francia muestran que los vinos neuquinos también despiertan interés en un país donde el Pinot Noir forma parte de la cultura del vino.

La meseta también planteó un desafío. Pensar en viñedos de calidad lejos de los grandes valles irrigados parecía difícil, pero Cutral Co demostró que había otro camino. Allí el agua llega de perforaciones profundas y eso cambia la forma de trabajar el viñedo. La experiencia de Viñedos del Viento abrió nuevas preguntas y Plaza Huincul ya empezó a dar sus primeras respuestas con las nuevas plantaciones de Pinot Noir.

La cordillera presentó otro escenario. En el valle del Chimehuín, entre Junín de los Andes y San Martín de los Andes, una hectárea implantada en 2004 reúne Pinot Noir junto con otras variedades elegidas para observar su adaptación a un ambiente de montaña. No hay energía eléctrica de red y la defensa contra las heladas depende de motobombas, generadores y muchas noches de trabajo cuando la temperatura baja de cero. Así se trabaja cada temporada y probablemente así trabajen también quienes decidan plantar nuevos viñedos en otros sectores de la cordillera, entre ellos el valle del río Aluminé.

Más al norte vuelve a cambiar el paisaje y, con él, las preguntas. Desde Chos Malal hasta el valle del Nahueve, siguiendo el corredor que une Taquimilán, Andacollo, Huinganco y Manzano Amargo, aparece uno de los ambientes de montaña con mayor potencial para la vitivinicultura. Desde la Torre recuperó la elaboración de vinos en Chos Malal y volvió a poner en valor una actividad con profundas raíces históricas. En el valle del Nahueve, sobre el faldeo del Domuyo, los primeros viñedos empiezan a mostrar todo lo que puede dar la combinación de altura, agua de deshielo, amplitud térmica y clima seco.

San Patricio del Chañar dejó de ser la única referencia. A ese recorrido se fueron sumando la ribera de los ríos Neuquén y Limay, la Confluencia, la meseta, la cordillera y el Alto Neuquén. Cada lugar fue mostrando una expresión diferente del Pinot Noir.

El interés por el Pinot Noir creció en muchas regiones del mundo. Cada vez son más valorados los vinos capaces de expresar con claridad el lugar donde nacen. Hoy no alcanza con hacer un buen vino. También importa que tenga identidad y que pueda contar de dónde viene.


Impulso para la actividad vitivinícola.

Neuquén encontró ese camino sin intentar parecerse a Borgoña, Oregón o Central Otago. Una misma variedad puede dar vinos muy distintos según el lugar donde crece, y eso es lo que la provincia empezó a demostrar con sus propios tiempos.

Los datos del Instituto Nacional de Vitivinicultura ayudan a entender esa realidad. Neuquén concentra alrededor del 12 % de la superficie implantada con Pinot Noir de Argentina y Añelo reúne cerca del 90 % de esas hectáreas. Son datos importantes, pero por sí solos no explican lo que pasó en la provincia. La diferencia la hicieron más de veinticinco vendimias, el conocimiento que dejaron y la experiencia acumulada en cada uno de esos lugares.

Ese trabajo también empezó a verse fuera del país. Las primeras exportaciones de bodegas jóvenes, el interés de importadores especializados y la presencia de vinos neuquinos en degustaciones internacionales muestran que Patagonia ya no es solo un nombre en una etiqueta. Neuquén empieza a ser reconocida por una manera propia de hacer Pinot Noir.

Ya no se trata de demostrar que la vid puede crecer en la provincia. La pregunta ahora es otra: qué puede aportar cada nuevo lugar donde alguien decide plantar un viñedo.

Patagonia ya tiene un nombre en el mundo del vino, pero Neuquén todavía está construyendo el suyo. Esa tarea no depende solamente de las bodegas. También la hacen los productores cuando muestran sus viñedos, los restaurantes cuando incorporan vinos neuquinos a sus cartas, los sommeliers cuando los presentan y los periodistas cuando cuentan lo que pasa en cada lugar.

Hace apenas veinticinco años casi todos los viñedos estaban en San Patricio del Chañar. Hoy resulta natural hablar de la ribera de los ríos Neuquén y Limay, la Confluencia, la meseta, la cordillera y el Alto Neuquén como parte de una misma vitivinicultura. Cada nuevo proyecto ayudó a conocer un poco mejor la provincia.

El Pinot Noir es el emblema de la vitivinicultura neuquina. No porque sea la variedad más plantada ni la más difundida. Lo es porque ninguna otra ayudó a entender Neuquén como lo hizo el Pinot Noir. Cada nuevo viñedo mostró una parte distinta de la provincia. Cada vendimia ayudó a conocerla un poco más. Al final, el Pinot Noir terminó contando Neuquén.

Sergio Landoni (*) Sommelier de territorio.

Publicado en YO COMO del Diario Río Negro.

8/8/2026.

https://www.rionegro.com.ar/gastronomia/pinot-noir-de-neuquen-por-que-hoy-es-el-emblema-de-la-vitivinicultura-provincial/

viernes, 31 de julio de 2026

De la Patagonia al mundo, llega el primer espumante de pétalos de tulipán.


De la Patagonia al mundo, llega el primer espumante de pétalos de tulipán.

El enólogo Darío González Maldonado desarrolló vinos, sidras y espumantes en la Patagonia. Los desafíos y su creatividad abarcan terruños desde Río Negro, Chubut, Santa cruz y hasta en Ushuaia. Ahora, lanza un espumante de tulipanes. Y se prepara como jurado de Argentina Spirits Awards 2026.


El ingeniero agrónomo y enólogo Darío González Maldonado supera los desafíos del clima patagónico y sus propias metas: lanza el primer espumante de pétalos de tulipanes rojos que coronan sus casi treinta años de trabajo desarrollando vinos y espumantes de toda la región. Además,  la semana pasada fue elegido para integrar el jurado de los premios Argentina Spirits Awards 2026.  

“Es un producto inédito a nivel mundial. Es el 1º que se hace, ni siquiera en Holanda lo han elaborado espumantes a partir de pétalos de tulipán. En este caso, son de tulipán rojo”, cuenta a Tiempo desde su casa en El Hoyo sobre la Ruta Nacional 40 en Chubut, zona a dónde recaló de su San Juan Natal en el año 2000.

Formado en la Universidad Nacional de Cuyo y ahora con 54 años, el enólogo sigue creando, desarrollando y estudiando lo que selló su destino en sus primeros pasos en la región de los valles chubutenses donde conoció por primera vez la vitivinicultura de clima frío. Su experiencia comenzó como director apoderado de Patagonia Wines, una de las primeras bodegas en la región que hoy llega a exportar a unos 30 países. 

“No tengo bodega propia, soy asesor, consultor y asesor técnico”, explica pero se sabe que recorre, estudia y analiza cada porción de territorio desde hace 26 años en los que pasó por El Hoyo y toda la zona sur de Rionegro.  Aprendió a adaptar sus conocimientos a estos terruños y a las condiciones agroclimáticas para alcanzar el desafío de producir vinos de calidad en una de las regiones más australes del mundo. En dos décadas se convirtió en una de las experiencias más novedosas del país y su nombre siempre relacionado al desarrollo y crecimiento del enoturismo al pie de la cordillera.  

Aroma embriagador.

Alguna vez al probar el licor de violetas de Toulouse (Francia) y combinar unas gotas con un espumante, el resultado a la vista fue de un color subyugante, lavanda violáceo y al hablar en una reunión, flotaba en el aire un aroma suave a violetas. ¿Será así el espumante de tulipanes? Le consulta Tiempo al experto quien suelta una sonrisa como respuesta.

Lo del espumante de pétalos es cosa. Y muy curioso el producto. “En el proceso, se recolectan los tulipanes, las cabecitas, se produce una deshidratación parcial. Después se hace un control de calidad, se van eliminando todas las partes verdes, todas las partes que son indeseadas,  se revisa pétalo por pétalo”, explicó González Maldonado. 

 Después, “se hace una maceración, se obtiene un líquido, al que se le hacen correcciones a nivel de azúcares y acidez, y unas cositas que son secretos del enólogo, y se provoca una 1º fermentación para obtener un producto base, y luego se provoca una 2º fermentación ya en botella, y, una vez terminada la fermentación alcohólica en botella, se lleva pupitres (estanterías inclinadas) para que las borras se muevan hacia el pico la botella”, contó. 

Además, la botella se pone parcialmente inclinada hacia abajo, en pupitres y, se lo deja ahí de uno a cinco para que evolucione. “Luego de ese proceso viene el degüelle, se congela el pico de la botella donde está depositada toda la borra (levaduras muertas), se destapa, el mismo gas que produjo naturalmente empuja ese tapón de espumante congelado con las borras, y se coloca el corcho, el bozal, se fagina la botella, se etiqueta y sale a mercado”. Impecable.

Un clásico hecho tulipán.

Ese método de elaboración es el tradicional “champenoise”. Explica Maldonado: “A ninguno de los productos, ya sea espumantes a partir de uva, manzana, frambuesa o, en este caso, tulipanes, le agrego licor de expedición. Así que salen con el estilo brut; brut nature o nature, que es el que realmente representa una zona o te marca la identidad de una zona o un terroir”.

La presentación oficial del espumante está prevista para el Día de la Madre en Tulipanes de la Patagonia (el campo de Trevelin De Juan Carlos Ledesma). Darío González Maldonado manda fotos donde se lo ve en Ushuaia plantando. “Ya tuvimos los primeros racimos, dio muy bien los azúcares, pero no dio para elaborar. Esta nueva temporada que viene (el próximo otoño), seguramente vamos a producir bastante uva en Ushuaia. Todos esos productos raros, como lo espumantes de pétalo de tulipán, de frambuesa, lo estoy elaborando en bodega Ayestarán Allard”, dice y se refiere a la bodega y viñedos ubicados en la localidad de El Hoyo, Capital de la Fruta Fina, Chubut.

Su  trayectoria y su perfil de pionero en una de las zonas más australes del planeta le significaron otra alegría: la de ser elegido para integrar el jurado de Argentina Spirits Awards 2026 que se realizan en octubre en Mendoza con jurados nacionales e internacionales y espirituosas de todo el mundo.

Publicado en Diario Tiempo Argentino.


23/07/2026.















































sábado, 4 de julio de 2026

Estancia Chimehuin: la historia de un viñedo entre Junín y San Martín de los Andes.


Estancia Chimehuin: la historia de un viñedo entre Junín y San Martín de los Andes.

En la Estancia Chimehuín, a pocos kilómetros de San Martín de los Andes, un pequeño viñedo familiar crece en un territorio donde no existen manuales ni certezas. Entre noches de heladas, variedades en experimentación y una apuesta colectiva por el sur neuquino, el vino comienza a escribir una nueva historia en la Patagonia andina.

Mientras la mayoría duerme, Clara Rubio suele estar atenta al termómetro. Entre octubre y abril, las noches en la Estancia Chimehuín pueden convertirse en una carrera contra el frío. Las heladas no dan tregua y cuidar las vides implica encender motobombas, controlar el agua y vigilar cada rincón del viñedo hasta el amanecer.

A unos 50 kilómetros de San Martín de los Andes, en un paisaje dominado por montañas, ríos y bosques, el vino parece, a primera vista, un protagonista inesperado. Sin embargo, hace algunos años, un grupo de personas decidió preguntarse qué ocurriría si las vides encontraban aquí su lugar.

Sin antecedentes previos ni información disponible para consultar, el proyecto comenzó como un experimento: once variedades plantadas para descubrir cuáles serían capaces de adaptarse a uno de los rincones más australes y desafiantes de Neuquén.

Hoy, tras años de observación, trabajo artesanal y aprendizaje constante, Pinot Noir, Merlot, Malbec, Chardonnay, Gewürztraminer y Sauvignon Blanc son las variedades que mejor expresan el potencial de este pequeño viñedo familiar. Pero, más allá de las cepas, la verdadera historia está en el vínculo cotidiano con el territorio, en las decisiones tomadas a pulmón y en la convicción de que cada cosecha es también una forma de explorar un paisaje que todavía tiene mucho por revelar.




Un experimento sin antecedentes.

«El proyecto vitivinícola fue impulsado por los dueños anteriores de la estancia. La idea era incorporar una producción más intensiva en un campo de mil hectáreas y las opciones eran arándanos o vides. Finalmente se decidieron por la vitivinicultura y trabajaron junto con el INTA para poner en marcha un proyecto experimental”, nos cuenta Clara Rubio, ingeniera agrónoma quien revela que la plantación original fue en 2004.

Ella nos relata que era el primer viñedo de esta zona del sur neuquino, así que no había antecedentes ni información sobre cómo podía comportarse la vid en estas condiciones. Por eso plantaron once variedades distintas —entre ellas Cabernet Franc, Bonarda y Tempranillo— para observar cuáles lograban adaptarse mejor.

Buscaron un sector con buena orientación y la mayor cantidad posible de horas de sol. El objetivo inicial era desarrollar unas diez hectáreas, pero el terreno de montaña fue imponiendo sus propios límites.

“Cuando llegué encontré un suelo con muy poca estructura. Hubo que empezar prácticamente desde cero: mejorar la capacidad de retener agua y nutrientes, incorporar materia orgánica, favorecer el desarrollo de microorganismos y fortalecer las raíces. Al principio las plantas sufrían muchísimo el frío y hubo que trabajar mucho para ayudarlas a crecer”, detalla Clara.

Las super variedades.

“Con los años vimos cuáles eran las variedades que realmente completaban su ciclo y alcanzaban los niveles de madurez necesarios. En este viñedo, entre las tintas, las que mejor responden son Pinot Noir, Merlot y Malbec. Entre las blancas, Chardonnay, Gewürztraminer y Sauvignon Blanc”, agrega.

También probaron Riesling durante mucho tiempo, pero nunca alcanzaba la madurez que necesitaban. “La planta producía bien, pero la uva no llegaba al punto justo antes de comenzar a desgranarse. Ahí entendimos que, por más interesante que fuera la variedad, este no era su lugar”, explica.

Si hay algo que resalta Clara es que en este lugar el pronóstico es clave. “Acá no tenemos luz de red, trabajamos con agua de vertiente y, además, no existe un período libre de heladas. Desde octubre hasta abril vivimos pendientes del pronóstico”.

Así en esa época del año, Clara y su equipo cada noche, salen a recorrer el viñedo. “Ponemos en marcha motobombas a explosión y activamos el sistema de riego por aspersión para proteger las plantas. Son jornadas de nueve o diez horas de helada durante las que cualquier cosa puede fallar”, revela.

Durante mucho tiempo, además, no tenían suficiente disponibilidad de agua. “Dependíamos únicamente de las vertientes, que con los años de sequía fueron disminuyendo cada vez más”, sostiene.

"Los viñedos en Estancia Chimehuin reflejan que, con esfuerzo y previsión, esta región puede convertirse en un nuevo polo vitivinícola". Clara Rubio Ingeniera agrónoma.

El 2023, el año más difícil.

En 2023 vivieron uno de los momentos más duros del proyecto. “Habíamos trabajado durante toda la temporada y faltaba apenas un mes y medio para la cosecha cuando llegaron cuatro heladas consecutivas. No alcanzó el agua para defender el viñedo y perdimos toda la producción”, recuerda.

Fue un golpe muy fuerte porque detrás de esa cosecha había meses de inversión, dedicación y trabajo. A partir de ese momento, decidieron hacer una perforación para contar con una fuente de agua propia que permitiera enfrentar mejor las heladas futuras.

A partir de entonces, pudieron incorporarse al calendario oficial de vendimias porque empezaron a tener una producción continua. “En realidad fue el propio Gobierno de Neuquén el que se acercó para invitarnos a participar. Al ser el primer viñedo de esta zona entendieron que podía ser una forma de fortalecer el turismo y mostrar que esta actividad también está creciendo en el sur de la provincia”, resalta Clara.

Y nos cuenta que ellos no hacen turismo de manera organizada. “Si alguien quiere conocer el viñedo puede visitarlo, pero la estancia es un establecimiento privado y nuestro foco sigue siendo la producción».

Sobre el vino, revela que las uvas las envían a la bodega Estepa, en Río Negro, donde el enólogo Marcelo Miras realiza toda la elaboración. Él recibe nuestra producción, hace el vino y luego nos entrega las botellas terminadas.

“Para nosotros sería muy difícil elaborar acá. No tenemos energía eléctrica de red y, además, en esta zona hay muy poca mano de obra especializada. Las tareas de poda, desbrote, fertilización y manejo del viñedo requieren personal con experiencia, por eso contratamos gente del Alto Valle para esos trabajos específicos”.

Al mismo tiempo, toda la producción está atravesada por un fuerte compromiso con el ambiente. Hace seis años comenzamos la transición hacia un manejo orgánico y desde hace tres contamos con la certificación.

Todavía estamos evaluando cómo seguirá ese proceso en el futuro, pero hay algo que no va a cambiar: queremos mantener buenas prácticas agrícolas que reduzcan al máximo el impacto sobre el entorno y respeten el equilibrio natural de la estancia.

Juan Delicias Magazine.

https://juandeliciasmagazine.com/estancia-chimehuin-la-historia-de-un-vinedo-entre-junin-y-san-martin-de-los-andes/

lunes, 22 de junio de 2026

Alto Valle de Río Negro y Neuquén. Los vinos de la Patagonia norte.


 
Alto Valle de Río Negro y Neuquén.

Los vinos de la Patagonia norte.

Recorrimos el Alto Valle de Río Negro y Neuquén.

La Patagonia es única por donde se la mire. El agua, proveniente del deshielo de la Cordillera de los Andes, fluye a través del desierto, generando a su paso un verdadero oasis en medio de la estepa.

Pero hasta principios de los 1900, el aprovechamiento del agua en la región del Alto Valle era limitado a aquellas tierras susceptibles de riego, cercanas al río, y por eso también a devastadoras inundaciones que ponían en peligro el trabajo de un año. 

Cesare Cipolletti, ingeniero hidráulico italiano, fue contratado por el gobierno para estudiar la cuenca de los ríos Limay, Neuquén y Negro, y definió los pasos a seguir para el máximo aprovechamiento de su curso, a través de un ingenioso sistema de presas y canales que irrigarían toda la región del Alto Valle. Son éstos los canales que nutren con agua todos los viñedos de la zona.


El vino en Río Negro y Neuquén.

En realidad, vale la pena aclarar que hablar del vino de dos provincias tan grandes como estas no deja de ser bastante reduccionista, porque si bien el 87 % de los vinos que ofrecen estas dos provincias del norte de la Patagonia provienen de una región que puede ser incluida en un radio de 120 km a partir del puente que une las ciudades de Cipolletti y Neuquén, lo cierto es que fuera de esa región hay viñedos importantes en el Valle Medio del río Negro, en la zona atlántica en la que este desemboca y también esparcidos a cuenta gotas en otros de los departamentos y regiones de ambas provincias, algunos antiguos y otros que, poco a poco, se van desarrollando en menor escala, como en las regiones andinas.


Lo cierto es que la zona que rodea la confluencia de los ríos Neuquén y Limay, que dan origen al río Negro, es un área geográfica clave al norte de la Patagonia, comúnmente conocida como 
“Alto Valle del Río Negro”  o, en un contexto urbano y administrativo más amplio, Región Metropolitana Confluencia. El nombre exacto depende del enfoque geográfico o institucional que se utilice.

Alto Valle: Es la denominación tradicional y microregional. Se utiliza ampliamente para referirse a la franja agrícola, productiva y urbana que se extiende a lo largo de ambas orillas del río Negro y de los dos ríos que lo forman (Limay y Neuquén).

Región Metropolitana Confluencia: Es el nombre político y de planificación urbana. Agrupa a 12 municipios biprovinciales (Neuquén y Río Negro) ubicados alrededor del punto donde confluyen el río Limay y el río Neuquén para dar origen al río Negro.

Cuenca de los ríos Limay, Neuquén y Negro: Es el nombre técnico e hidrológico utilizado por la Autoridad Interjurisdiccional de las Cuencas (AIC) para todo el sistema hidrográfico.

Aclarada esta cuestión, vamos a entrar de lleno en las características que, en 2021, me llevaron a escribir esta nota afirmando que existían cinco importantes razones para que los protagonistas del vino de la región mostraran su optimismo: el agua, el clima, el cambio climático, la infraestructura y tradición vitícola, y las inversiones.

En esta ocasión, pasados cinco años, sumaremos otras conclusiones gracias a una nueva visita recorriendo en profundidad durante cuatro intensos días la región del Alto Valle, de la mano de Fernando Musumeci en el marco del tour #LaCuevaVisitaPatagonia, visitando 10 bodegas y probando vinos de otros 8 proyectos más, totalizando 111 vinos degustados.

Resumen del recorrido

Día 1 - Neuquén: Familia Schroeder, Malma y Patritti.

Día 2 - Río Negro: Chacra, Agrestis, Humberto Canale y una ronda en el bar El Distinto, donde catamos los vinos de Bodega Costa y Principios y finales.

Día 3 - Río Negro: Noemía, Marcelo Miras y Ribera del Cuarzo.

Día 4 - Neuquén: Bodega Mabellini donde, además, la sommelier local Nerina Domínguez organizó una presentación de varios pequeños productores: Dominio de Freneza, Dellanzo, Bonomi & Bernal, Des de la Torre, Tero Rengo y Videla Dorna. 

El Alto Valle de Río Negro y Neuquén presenta condiciones estructurales excepcionalmente favorables para el desarrollo vitivinícola, sustentadas en la combinación de abundante disponibilidad de agua, un clima sano y equilibrado, infraestructura creciente y una tradición histórica significativa. A esto se suma un contexto climático global que, en términos generales, ha tendido a mitigar uno de los principales riesgos de la región: las heladas.

Ventajas estructurales clave.

Agua: La presencia del sistema hídrico del río Negro ,regulado por represas, garantiza disponibilidad constante y de alta calidad, un diferencial crítico frente a otras regiones vitícolas argentinas afectadas por estrés hídrico.

Clima: Las condiciones frías, secas y ventosas favorecen la sanidad del viñedo, reducen enfermedades y permiten una maduración pausada, con alta acidez natural.

Cambio climático: La disminución relativa de heladas ha mejorado la estabilidad productiva, potenciando la aptitud de la región.


Identidad enológica consolidándose.

En los últimos años, los vinos del Alto Valle han comenzado a afianzar una identidad distintiva basada en frescura (acidez), fineza y equilibrio. La mayor latitud aporta más horas de luz durante el ciclo vegetativo, lo que permite alcanzar una notable madurez azucarina y polifenólica, a la par y armónicamente.

Existe además una proporción significativa de vinos de alta y muy alta gama (ej. Noemía, Chacra, Ribera del Cuarzo), que ha sido reconocida con hasta 100 puntos por los mejores críticos internacionales (algo no tan común en otras regiones argentinas) lo que confirma el potencial cualitativo de la región en el segmento premium.

Hans Vinding Diers (Noemia)

Diversidad de terroirs: oportunidad aún subexplotada.

Un aspecto crítico a considerar es la comunicación y diferenciación de microterroirs. Hoy el mercado tiende a percibir la región de manera homogénea (“Neuquén” o “Río Negro”), cuando en realidad existen contrastes relevantes dentro de cada provincia y región. Por ejemplo, San Patricio del Chañar brinda uvas con pieles más gruesas por la exposición al viento y el sol, que generan vinos de más color y taninos. Pero en las zonas cercanas al río, de suelos arcilloso-limosos, más fríos y húmedos, las variedades de ciclos cortos, como el Pinot Noir, se expresan mejor, mientras que el Malbec ofrece una cara distinta y el Chardonnay muestra características muy destacadas.

La demarcacion de indicaciones geográficas sería de ayuda en este proceso. Existe la IG Alto valle de Río Negro (Resolución INV Nº C.37 de 16 de diciembre de 2002) pero, lamentablemente, no vemos productores que la utilicen. Comenzar a hacerlo sería una muestra de fé en sí mismos y en las características distintivas de la región.

En ese rumbo existe un incipiente movimiento de emprendedores pequeños interesados en elaborar vinos de calidad que cuentan con el apoyo de instituciones técnicas locales como el INTA, INTI, universidades y municipios, y una buena disponibilidad de insumos acorde a una zona agrícola. La valorización de estas diferencias de terroir será clave para un futuro posicionamiento internacional.

Viñedo Schroeder.

Los desafíos

Pero no todo es color de rosa: hay múltiples desafíos, como la escasez de mano de obra, más atraída por la industria del petróleo (aunque en parte compensada por el gran crecimiento demográfico de la región).

Otro punto es que falta infraestructura. Si bien en Neuquén se va desarrollando (impulsada por la industria energética), del lado de Río Negro da lástima: parece anclado en el tiempo. Por ejemplo, rutas troncales como la 22 y la 151 no han mejorado en 60 años y no se ven indicios de que vayan a hacerlo a corto plazo.

Los productores grandes son pocos y algunos de ellos parecen no tener el ímpetu ni el alma puestos en la vitivinicultura, que sí mostraron los pioneros en Mendoza. Los productores medianos o más chicos sí lo tienen, pero claramente es un momento del mercado que no ayuda.

Oportunidades.

Desarrollo turístico: Es aún incipiente y representa una de las mayores oportunidades, ya que podría actuar como motor económico complementario, como ocurre en otras regiones emergentes del país (Jujuy o Córdoba), donde la mayor parte de los vinos se venden en la zona, con alto porcentaje ligado al turismo.

En ese sentido, en el Alto Valle hay pocas opciones completas de enoturismo, exceptuando Malma y Schroeder, que cuentan con recepción al turismo y buena gastronomía, y algunas de las bodegas de la Ruta del Vino de Río Negro (se han ido sumando con la reciente ampliación de las bodegas participantes). Pero las bodegas más famosas en el mundo enófilo (Chacra, Noemia y Ribera del Cuarzo) no ofrecen recepción al turismo, y las que sí lo hacen, en algunos casos, no alcanzan el nivel de sus pares mendocinos o salteños.

Enoturismo en Malma.

El Alto Valle tiene una buena cantidad de viñedos y bodegas, pero para que la zona comience a recibir al turista capaz de realizar un viaje exclusivamente enoturístico, hace falta la oferta de un circuito claro, con más atractivos gastronómicos y mejor hotelería (otro aspecto poco desarrollado en la zona). En ese sentido, se advierte la posibilidad de explotar varios nichos de turismo especializado (naturaleza, pesca, deportes, granjas agrícolas, health and fitness, etc.) que podrían generar combinaciones atractivas con el enoturismo.

Comunicación: Se nota una falta de articulación, que podría lograrse formando una agrupación de pequeños productores locales que realice una tarea de difusión organizada y unificada, con una estrategia colectiva de promoción.

Atraer nuevos productores: Que se sigan sumando emprendedores de fuste. Matervini pronto lanzará un vino de Valle Azul; el Grupo Peñaflor adquirió una bodega que renombró Marantiqua, e inversores locales de otros rubros apuestan al vino, como el caso de Mabellini.

Carlos Mabellini.

Conclusión

El Alto Valle posee condiciones naturales sobresalientes: agua abundante (al río Negro le dicen el Nilo de la Patagonia) y clima óptimo, que sumados a una tradición vitivinícola que aún subyace en algunos ámbitos, lo posicionan como una de las regiones con mayor potencial de crecimiento cualitativo en la vitivinicultura argentina.

Creo que el camino hacia su consolidación dependerá de:

La capacidad de construir una identidad segmentada por terroirs.

La articulación entre actores (especialmente pequeños productores).

El desarrollo del enoturismo y la infraestructura.

Y la continuidad de inversiones estratégicas.

En síntesis, la región combina ventajas naturales excepcionales con un desarrollo aún incompleto, lo que configura un escenario de alto potencial, aunque condicionado por factores económicos, organizativos y de mercado. Ojalá alcance para revertir la caída de hectáreas de viñedos registradas en los últimos años.

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https://angelyvino.blogspot.com/2026/06/alto-valle-de-rio-negro-y-neuquen.html

Publicado en Ángel y vino.

El ángel del vino. Blog de vinosVino argentino y del mundo, tipos, regiones, historia, bodegas, recomendaciones.

https://angelyvino.blogspot.com/

viernes, 5 de junio de 2026

En el Valle de Viedma, cerca de San Javier, una bodega de la Patagonia Argentina produce vinos artesanales.

 


Con el viento y el mar como aliados: una bodega de la Patagonia produce 30.000 botellas de vino artesanal al año.

En el Valle de Viedma, cerca de San Javier, una bodega familiar sostiene desde 2004 un proyecto vitivinícola artesanal que combina clima marítimo, viento patagónico y suelos calcáreos para producir cerca de 30.000 botellas anuales con identidad regional propia.

Juan Alberto Millaman posando entre los viñedos con dos
botellas de la producción artesanal de la bodega.
Foto: gentileza.

En el corazón del valle de Viedma, en la provincia de Río Negro y cerca de la comuna de San Javier, una familia apostó hace más de dos décadas por producir vinos con identidad propia en un territorio atravesado por el viento y la influencia marítima de la Patagonia atlántica. Así nació Viñas de Lucía, un emprendimiento familiar que comenzó en 2004 con la implantación de sus primeros viñedos y que hoy elabora cerca de 30.000 botellas anuales bajo la marca SAVU, consolidándose como uno de los exponentes artesanales del vino regional.

El proyecto es encabezado por el técnico enólogo Juan Alberto Millaman, quien en diálogo con Río Negro Rural repasó los orígenes de la bodega, los desafíos de producir vino en el valle de Viedma y el camino recorrido para posicionar un producto con fuerte impronta patagónica.

Un proyecto familiar de vitivinicultura en el valle de Viedma.

«Viñas de Lucía nace como un emprendimiento familiar en 2004«, relató Millaman. La bodega se instaló en cercanías de Fuerte San Javier, dentro de la zona del Idevi, donde comenzaron a implantarse los primeros varietales de Malbec, Cabernet Sauvignon y Syrah.

El nombre del proyecto tiene un fuerte vínculo familiar. Lucía es la madre de Millaman y sus raíces provienen de Pocito, en la provincia de San Juan, una de las regiones históricas de la vitivinicultura argentina.

Las plantas llegaron desde esa provincia cuyana.»Hubo que trabajar mucho en la adaptación genética de las plantas a las primaveras frías y las heladas tardías de la Patagonia Norte», explicó el enólogo.

Los primeros años estuvieron dedicados al armado de espalderas, el cuidado del viñedo y la estabilización de las plantas. Recién en 2011 llegaron las primeras vinificaciones, cuando las vides alcanzaron un desarrollo adecuado.

Tres años después comenzó la comercialización de los vinos, inicialmente orientada al mercado local de Viedma y la región. Actualmente la bodega cuenta con cinco hectáreas implantadas y proyecta continuar creciendo en los próximos años.“Tenemos proyecciones de llegar a las siete hectáreas y estamos analizando qué varietales pueden adaptarse mejor a la zona”, explicó Millaman.

Paisaje del entorno rural del Valle de Viedma, condicionado por el clima marítimo.
Foto: gentileza.

El terroir marítimo que distingue al vino de la Patagonia atlántica.

Con el paso del tiempo, Viñas de Lucía empezó a construir una identidad propia basada en las condiciones naturales del valle de Viedma.

Para Millaman, el gran diferencial de los vinos de la zona está en el «terroir marítimo», una característica poco común dentro de las regiones vitivinícolas argentinas.

«Estamos influenciados por el clima marítimo, con el viento sur proveniente del mar, las lluvias y las brumas. Todo eso transmite características únicas a nuestros vinos», señaló.

La influencia oceánica también ayuda a morigerar las heladas, generando un equilibrio climático que resulta clave para el desarrollo del viñedo. A eso se suma un suelo calcáreo y pedregoso que aporta estructura y acidez a las uvas.

Según explicó el productor, estas condiciones permiten obtener vinos con personalidad marcada y perfiles muy distintos a los de otras zonas tradicionales del país.

Cómo influye el viento patagónico en la calidad del vino.

Uno de los factores más determinantes en la producción son los fuertes vientos provenientes del sur y del oeste.

Millaman explicó que esas corrientes generan un engrosamiento natural del hollejo (la piel de las uvas) durante el crecimiento fenológico.

Viñedos en el Valle de Viedma donde se desarrolla
 el proyecto vitivinícola artesanal de Viñas de Lucía.
Foto: gentileza.

«Eso produce vinos con mucho color, tonos oscuros y una gran estructura», detalló.

En variedades tintas como Cabernet Sauvignon y Syrah, el fenómeno también potencia los aromas a frutas rojas y negras, aportando intensidad y complejidad.

El trabajo artesanal detrás de cada vino del valle de Viedma.

La marca SAVU representa hoy la identidad comercial de la bodega, con una comercialización principalmente local y regional, centrada en Viedma y el valle de Viedma, aunque con ventas puntuales en otros puntos del país a partir del contacto directo con consumidores.

Millaman aseguró que cada añada busca reflejar el carácter del viñedo y las particularidades de cada cosecha. «El objetivo es expresar el terroir y respetar la tipicidad de cada varietal«, explicó.

El proceso comienza mucho antes de la vendimia. El enólogo participa personalmente en todas las etapas productivas: desde el manejo del suelo y la poda hasta el control del riego y la sanidad del viñedo.

«Cada planta tiene su propia esencia. Hay algunas más vigorosas y otras menos, entonces la poda es fundamental para equilibrar el viñedo y evitar que se estrese», detalló.

Aunque destacó la calidad de los vinos regionales, Millaman reconoció que sostener una bodega artesanal en el valle de Viedma presenta desafíos vinculados a los costos logísticos, la distancia con los polos industriales y los cambios en los hábitos de consumo. «Estamos lejos de los centros industriales y eso encarece los insumos y la producción», resumió el enólogo, quien además señaló la necesidad de mantener una mejora continua para sostenerse en el mercado.

De la cosecha manual a cada botella de vino artesanal.

La vendimia marca el inicio de una de las etapas más esperadas dentro de la bodega. «La magia comienza cuando transformamos las uvas en vino«, resumió Millaman.

La cosecha se realiza manualmente y luego las uvas pasan por el proceso de despalillado y encubado en tanques, donde comienza la fermentación alcohólica.

Posteriormente se realizan los descubes y trasiegos que acompañan la evolución del vino durante todo el año hasta llegar al embotellado y la estiba final.

Botellas de la marca SAVU, el vino artesanal producido en el Valle de Viedma. Foto: gentileza.

Actualmente la bodega cuenta con habilitación del Instituto Nacional de Vitivinicultura para elaborar hasta 24.000 litros anuales dentro de la categoría de elaborador artesanal. Según explicó Millaman, hoy la producción alcanza unas 30.000 botellas por año y el proyecto mantiene proyecciones de crecimiento.

Un vino artesanal de Patagonia que llega directo al consumidor.

Gran parte de la comercialización de los vinos se realiza de manera directa en la Feria Municipal de Viedma, que funciona martes y sábados de 8 a 14.

Allí, Millaman ofrece personalmente sus vinos y mantiene contacto directo con vecinos y turistas. «Es importante poder mostrar un producto genuino de la región y contar cómo se produce«, destacó.

La presencia de la bodega en la feria también se transformó en una forma de promocionar el potencial vitivinícola del valle de Viedma entre quienes visitan la capital rionegrina.

Muchos turistas que llegan a Viedma o están de paso descubren allí un vino artesanal elaborado íntegramente en la zona, con una identidad marcada por el clima, el suelo y el viento patagónico.

«Quienes prueban nuestros vinos también se llevan parte de la historia y del conocimiento de lo que se produce en esta región«, concluyó Millaman.

*** Publicado en Rural del Diario Río Negro.