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viernes, 5 de junio de 2026

En el Valle de Viedma, cerca de San Javier, una bodega de la Patagonia Argentina produce vinos artesanales.

 


Con el viento y el mar como aliados: una bodega de la Patagonia produce 30.000 botellas de vino artesanal al año.

En el Valle de Viedma, cerca de San Javier, una bodega familiar sostiene desde 2004 un proyecto vitivinícola artesanal que combina clima marítimo, viento patagónico y suelos calcáreos para producir cerca de 30.000 botellas anuales con identidad regional propia.

Juan Alberto Millaman posando entre los viñedos con dos
botellas de la producción artesanal de la bodega.
Foto: gentileza.

En el corazón del valle de Viedma, en la provincia de Río Negro y cerca de la comuna de San Javier, una familia apostó hace más de dos décadas por producir vinos con identidad propia en un territorio atravesado por el viento y la influencia marítima de la Patagonia atlántica. Así nació Viñas de Lucía, un emprendimiento familiar que comenzó en 2004 con la implantación de sus primeros viñedos y que hoy elabora cerca de 30.000 botellas anuales bajo la marca SAVU, consolidándose como uno de los exponentes artesanales del vino regional.

El proyecto es encabezado por el técnico enólogo Juan Alberto Millaman, quien en diálogo con Río Negro Rural repasó los orígenes de la bodega, los desafíos de producir vino en el valle de Viedma y el camino recorrido para posicionar un producto con fuerte impronta patagónica.

Un proyecto familiar de vitivinicultura en el valle de Viedma.

«Viñas de Lucía nace como un emprendimiento familiar en 2004«, relató Millaman. La bodega se instaló en cercanías de Fuerte San Javier, dentro de la zona del Idevi, donde comenzaron a implantarse los primeros varietales de Malbec, Cabernet Sauvignon y Syrah.

El nombre del proyecto tiene un fuerte vínculo familiar. Lucía es la madre de Millaman y sus raíces provienen de Pocito, en la provincia de San Juan, una de las regiones históricas de la vitivinicultura argentina.

Las plantas llegaron desde esa provincia cuyana.»Hubo que trabajar mucho en la adaptación genética de las plantas a las primaveras frías y las heladas tardías de la Patagonia Norte», explicó el enólogo.

Los primeros años estuvieron dedicados al armado de espalderas, el cuidado del viñedo y la estabilización de las plantas. Recién en 2011 llegaron las primeras vinificaciones, cuando las vides alcanzaron un desarrollo adecuado.

Tres años después comenzó la comercialización de los vinos, inicialmente orientada al mercado local de Viedma y la región. Actualmente la bodega cuenta con cinco hectáreas implantadas y proyecta continuar creciendo en los próximos años.“Tenemos proyecciones de llegar a las siete hectáreas y estamos analizando qué varietales pueden adaptarse mejor a la zona”, explicó Millaman.

Paisaje del entorno rural del Valle de Viedma, condicionado por el clima marítimo.
Foto: gentileza.

El terroir marítimo que distingue al vino de la Patagonia atlántica.

Con el paso del tiempo, Viñas de Lucía empezó a construir una identidad propia basada en las condiciones naturales del valle de Viedma.

Para Millaman, el gran diferencial de los vinos de la zona está en el «terroir marítimo», una característica poco común dentro de las regiones vitivinícolas argentinas.

«Estamos influenciados por el clima marítimo, con el viento sur proveniente del mar, las lluvias y las brumas. Todo eso transmite características únicas a nuestros vinos», señaló.

La influencia oceánica también ayuda a morigerar las heladas, generando un equilibrio climático que resulta clave para el desarrollo del viñedo. A eso se suma un suelo calcáreo y pedregoso que aporta estructura y acidez a las uvas.

Según explicó el productor, estas condiciones permiten obtener vinos con personalidad marcada y perfiles muy distintos a los de otras zonas tradicionales del país.

Cómo influye el viento patagónico en la calidad del vino.

Uno de los factores más determinantes en la producción son los fuertes vientos provenientes del sur y del oeste.

Millaman explicó que esas corrientes generan un engrosamiento natural del hollejo (la piel de las uvas) durante el crecimiento fenológico.

Viñedos en el Valle de Viedma donde se desarrolla
 el proyecto vitivinícola artesanal de Viñas de Lucía.
Foto: gentileza.

«Eso produce vinos con mucho color, tonos oscuros y una gran estructura», detalló.

En variedades tintas como Cabernet Sauvignon y Syrah, el fenómeno también potencia los aromas a frutas rojas y negras, aportando intensidad y complejidad.

El trabajo artesanal detrás de cada vino del valle de Viedma.

La marca SAVU representa hoy la identidad comercial de la bodega, con una comercialización principalmente local y regional, centrada en Viedma y el valle de Viedma, aunque con ventas puntuales en otros puntos del país a partir del contacto directo con consumidores.

Millaman aseguró que cada añada busca reflejar el carácter del viñedo y las particularidades de cada cosecha. «El objetivo es expresar el terroir y respetar la tipicidad de cada varietal«, explicó.

El proceso comienza mucho antes de la vendimia. El enólogo participa personalmente en todas las etapas productivas: desde el manejo del suelo y la poda hasta el control del riego y la sanidad del viñedo.

«Cada planta tiene su propia esencia. Hay algunas más vigorosas y otras menos, entonces la poda es fundamental para equilibrar el viñedo y evitar que se estrese», detalló.

Aunque destacó la calidad de los vinos regionales, Millaman reconoció que sostener una bodega artesanal en el valle de Viedma presenta desafíos vinculados a los costos logísticos, la distancia con los polos industriales y los cambios en los hábitos de consumo. «Estamos lejos de los centros industriales y eso encarece los insumos y la producción», resumió el enólogo, quien además señaló la necesidad de mantener una mejora continua para sostenerse en el mercado.

De la cosecha manual a cada botella de vino artesanal.

La vendimia marca el inicio de una de las etapas más esperadas dentro de la bodega. «La magia comienza cuando transformamos las uvas en vino«, resumió Millaman.

La cosecha se realiza manualmente y luego las uvas pasan por el proceso de despalillado y encubado en tanques, donde comienza la fermentación alcohólica.

Posteriormente se realizan los descubes y trasiegos que acompañan la evolución del vino durante todo el año hasta llegar al embotellado y la estiba final.

Botellas de la marca SAVU, el vino artesanal producido en el Valle de Viedma. Foto: gentileza.

Actualmente la bodega cuenta con habilitación del Instituto Nacional de Vitivinicultura para elaborar hasta 24.000 litros anuales dentro de la categoría de elaborador artesanal. Según explicó Millaman, hoy la producción alcanza unas 30.000 botellas por año y el proyecto mantiene proyecciones de crecimiento.

Un vino artesanal de Patagonia que llega directo al consumidor.

Gran parte de la comercialización de los vinos se realiza de manera directa en la Feria Municipal de Viedma, que funciona martes y sábados de 8 a 14.

Allí, Millaman ofrece personalmente sus vinos y mantiene contacto directo con vecinos y turistas. «Es importante poder mostrar un producto genuino de la región y contar cómo se produce«, destacó.

La presencia de la bodega en la feria también se transformó en una forma de promocionar el potencial vitivinícola del valle de Viedma entre quienes visitan la capital rionegrina.

Muchos turistas que llegan a Viedma o están de paso descubren allí un vino artesanal elaborado íntegramente en la zona, con una identidad marcada por el clima, el suelo y el viento patagónico.

«Quienes prueban nuestros vinos también se llevan parte de la historia y del conocimiento de lo que se produce en esta región«, concluyó Millaman.

*** Publicado en Rural del Diario Río Negro.

miércoles, 3 de junio de 2026

En Guardia Mitre el vino no era una bebida: era una forma de organizar la vida.


En Guardia Mitre el vino no era una bebida: era una forma de organizar la vida.

De la molienda a mano a los rituales colectivos: la emotiva reconstrucción de una tradición vitivinícola pionera que dejó una huella imborrable en la memoria popular.

Hubo un tiempo en que Guardia Mitre olía a mosto. No era una imagen poética. Era literal. El perfume dulce de la uva molida salía de las chacras, atravesaba los galpones y se mezclaba con el aire húmedo del río Negro durante las épocas de cosecha. En aquellos años, el vino no ocupaba solamente las mesas familiares: ocupaba el centro de la vida cotidiana del pueblo.

(Fotos: Gentileza)

Mucho antes de que la Patagonia construyera su actual identidad vitivinícola, Guardia Mitre ya tenía familias enteras dedicadas al cultivo de la vid y a la elaboración artesanal de vino. Algunas producían para consumo familiar. Otras llegaron a comercializar miles de litros por temporada. Pero lo que terminó dejando huella no fueron solamente las cantidades producidas, sino la cultura que se construyó alrededor de esa actividad.

Porque en Guardia Mitre el vino nunca fue solamente vino. Fue trabajo. Fue esfuerzo. Fue economía familiar. Fue identidad.

Las viñas crecían cerca del río y también en las islas. El calendario de las familias giraba alrededor de las estaciones y del comportamiento de la parra. El proceso comenzaba en invierno, cuando llegaba el momento de la poda. Se realizaba la llamada “poda corta”, dejando apenas tres o cuatro yemas por guía según la fuerza que tuviera cada planta. Más abajo quedaban pequeños “pistones”, ramas cortadas más cortas que funcionaban como resguardo frente a las heladas tardías.

Reconocimiento vitivinícola a la familia de Desio Guillermo Evans, recibieron sus hijos Luis Ángel y Sonia Margarita.

Después llegaba el atado. Las guías se sujetaban con varas de mimbre verde que previamente se cortaban en la costa del río. Todo tenía un procedimiento propio. Todo requería conocimiento transmitido entre generaciones. “Acá se hacía el feldaño bajo, a un metro veinte o un metro cincuenta. Se trabajaba todo a mano”, recuerda Abel Bilbao, reconstruyendo las historias que escuchó desde chico en su familia.

Los parrales se curaban con azufre en polvo para prevenir enfermedades y, cuando los racimos comenzaban a madurar, se realizaba el deshojado para que el sol entrara de manera pareja sobre la uva. Después llegaba la cosecha. No había una fecha exacta. Dependía del clima, de la humedad y del comportamiento del año. Si el verano era seco y caluroso, podía adelantarse a febrero. Si era más fresco, se extendía hasta mayo. Pero casi siempre ocurría entre marzo y abril.

Rodrigo Petrolanda, en nombre de su familia, recibió el reconocimiento vitivinícola.

La cosecha empezaba recién entrada la mañana, cuando el rocío abandonaba los racimos. La uva se colocaba en cajones y se trasladaba hasta los galpones donde comenzaba uno de los rituales más intensos de toda la producción: la molienda y la fermentación.

Allí el vino volvía a convertirse en un trabajo profundamente colectivo. El mosto se colocaba en grandes recipientes abiertos y varias veces por día debía empujarse hacia abajo con una herramienta de madera en forma de cruz para evitar que el ollejo quedara en la superficie y arruinara la fermentación. Había que levantarse incluso durante las noches frías para mantener la temperatura.

Los viñedos de la familia Herrero.

“Cuando amenazaba helar, había que poner brasas alrededor para que el vino no cortara la fermentación”, recuerda Bilbao. Después llegaba el prensado. Primero se obtenía el vino de mayor calidad: el jugo que salía naturalmente del fermentador. Luego aparecía el vino de prensa, más fuerte y amargo. Y finalmente la “lavineta”, una bebida más liviana elaborada agregando agua hervida al resto del mosto prensado.

Nada se desperdiciaba. Incluso con los restos de la prensa algunos elaboraban grapa artesanal mediante pequeños destiladores caseros. El vino se almacenaba en grandes damajuanas o en barriles de madera que también requerían un trabajo minucioso. Había que quemarlos por dentro, rasparlos, lavarlos con soda cáustica, sellarlos y prepararlos cuidadosamente antes de recibir el nuevo vino.

Los Herrero siguen la tradición del vino artesanal.


En algunas familias se llegaron a producir cifras enormes para la época. La familia Lelli, recuerdan vecinos históricos, llegó a elaborar más de 28 mil litros anuales. En la chacra de los Bilbao, según los relatos familiares, hubo cosechas cercanas a los cinco mil litros. Parte de esa producción se consumía localmente y otra salía del pueblo. Los barcos que llegaban al viejo muelle natural cargaban vino junto a otras producciones regionales. Y en el viaje de regreso traían harina, aceite, yerba y mercadería para las familias de la zona.

Los apellidos vinculados a aquella historia todavía sobreviven en la memoria colectiva: Luca, Resler, Tomasini, Evans, Lenschow, Monina, Lelli, Herrero, Carante, Pereira, Thomé, Pascuale, Falcón y muchas otras familias que hicieron de la vitivinicultura una forma de vida.

Abel Bilbao, de joven, con su hijo Dabel. De fondo un carro con barril de vino Chacolí.

Por eso el reciente homenaje realizado durante la Fiesta Provincial del Jabalí al Asador tuvo una carga emocional tan profunda.

Cuando comenzaron a nombrarse las familias históricas vinculadas al vino, no se estaba reconociendo solamente una actividad económica. Lo que aparecía allí era otra cosa: generaciones enteras de trabajo silencioso, infancia entre parrales, manos manchadas de mosto y memorias que todavía siguen vivas en el pueblo.


Porque aunque gran parte de aquella producción desapareció con el paso del tiempo, Guardia Mitre nunca perdió del todo su relación con el vino. El escudo local todavía conserva racimos de uva como símbolo identitario. Durante años existió la Fiesta Provincial del Vino Chacolí. Y todavía hoy queda una familia sosteniendo esa tradición: la familia Herrero, actual productora vitivinícola de la localidad.

Eloy Lenschow, otro de los productores vitivinícolas.

Pero quizás lo más importante no esté en las viñas que quedan. Sino en la memoria. En esos relatos donde todavía aparecen las damajuanas acomodadas sobre tablones, las noches cuidando la fermentación, los barriles calafateados con grasa y ceniza, los chicos ayudando en la cosecha y los barcos cargando vino desde el viejo muelle del río. Porque hay pueblos donde el vino se toma. Y otros, como Guardia Mitre, donde el vino todavía se recuerda.

La familia Zingoni en plena cosecha allá por los años ’40.


Publicado en Diario Río Negro.

Domingo 31 de mayo del 2026.

https://www.rionegro.com.ar/gastronomia/en-guardia-mitre-el-vino-no-era-una-bebida-era-una-forma-de-organizar-la-vida/

viernes, 26 de mayo de 2023

Viñedos del Utópico. Carmen de Patagones – Buenos Aires.

 

ÚNICO PETIT VERDOT ELABORADO EN LA PATAGONIA ARGENTINA .
EDICIÓN LIMITADÍSIMA .
SOLO PARA CONCURSOS Y PALADARES INQUIETOS .
SU FRACCIONAMIENTO SE REALIZA EN MINIBOTELLAS DE 250 ML DADO SU COSTO Y SU RAREZA DE CORRECTA MADURACIÓN EN ESTAS LATITUDES .

martes, 5 de mayo de 2020.

Reseña de este emprendimiento
efectuada por Fabián Mitidieri.
Vides luego de la poda y con malla antipájaros

En la ciudad de Carmen de Patagones, provincia de Buenos Aires, el Ing. Leonardo Pérez (acá)  se propuso producir una escasa cantidad de vinos naturales, concebidos para el consumo personal y la venta didáctica a los curiosos cazadores de rarezas enológicas. 

Estos "utópicos viñedos" se componen de 220 plantas de las variedades: malbec, cabernet sauvignon, syrah, petit verdot, merlot, pinot noir, sauvignon blanc, chardonnay y torrontés. Las vides fueron adquiridas en el vivero Mercier de Lujan de Cuyo y son de calidad certificada. Todo el trabajo del suelo, la plantación y conducción del viñedo fue realizado personalmente por Leonardo, que también realiza las tareas  de mantenimiento anual del viñedo y la instalación de las mallas antipájaro. También es el responsable de toda la vinificación de los diferentes vinos que elabora.

Particularmente la cosecha 2020 no fue completa, se realizó un estricta selección de racimos de cada varietal por razones de tiempo y dinero. 

Como casi todos los años se realizaron varias cofermentaciones y experimentaciones. Logrando finalmente unos 113 litros finales.

Todo el vino es elaborado manualmente y sin maquinaria. Desde la molienda y el descobillado, hasta el leve prensado es manual. La fermentación se realiza a temperatura controlada en pequeños tanques y con levaduras francesas seleccionadas.

Finalizada la fermentación se separa el vino de sus hollejos sin prensado de los mismos, utilizando únicamente el vino de gota. A posterior se deja en tanques especiales para la fermentación maloláctica durante 40 días, para finalmente traspasar el vino a damajuanas de 5 litros y dejarlo en reposo.

La idea es probar diferentes tipos de vinificación y cofermentaciones para lograr vinos que primero le gusten a su hacedor y luego, si queda algún remanente, puedan ser compartidos con personas curiosas y dispuestas a probar vinos naturales. 

* Esta publicación es del 2020, año infausto de la porquería del coronavirus, pertenece a Fabián Mitidieri al igual que las imágenes de este emprendimiento que había quedado -como se dice- "traspapelada" que se difunde para conocimiento de lectores de CEPAS ARGENTINAS.
Gran trabajo de Fabián Mitidieri que difunde la vitinícultura sureña. Un sabedor de vinos patagónicos argentinos.

UTOPICO Trivarietal 2021.

En la ciudad de Carmen de Patagones, provincia de Buenos Aires, el Ing. Leonardo Pérez (acá) produce una escasa cantidad de vinos naturales, concebidos para el consumo personal y la venta selectiva a curiosos enófilos.


El Blend está compuesto por Cabernet, Merlot y Malbec, para mejor detalle el Merlot fue cosechado el 24 de marzo con 14° de alcohol, el Cabernet el 3 de abril con 14° de alcohol y el Malbec el 2 de abril con 13° de alcohol. La fermentación alcohólica se hizo por separado con levaduras seleccionadas durante 14 días a 28 °C. Finalizada la fermentación alcohólica se combinaron en proporción de 50% de merlot, 25 % de cabernet y 25 % de malbec.

Luego se trasvasó a recipientes de arcilla durante dos meses para su fermentación maloláctica sin agregado de bacterias especificas. Finalizados los dos meses se realizó un prefiltrado y se envaso en recipientes de arcilla nuevamente sin agregado de sulfitos en ningún momento de su elaboración.

En diciembre se traspaso el contenido, previo filtrado manual, a botellas de 750 ml sin agregado de sulfitos para estibarlo en bodega. El fraccionamiento del vino se realiza, en función de la demanda del mismo, en botellas de 250, 350 o 500 ml.
Bodega: Viñedos del Utópico
Zona: Carmen de Patagones – Buenos Aires

Color: rojo rubi con matiz violeta de brillo medio y alta intensidad.
Aroma: frutado de fruta negra, ciruela y toques balsámicos; con buena integración de su alcohol. Volumen medio de aroma.
Sabor: firme y estructurado, con ataque semi dulce y media acidez. En la boca presenta correcto equilibrio de tendencia centro - atrás, con taninos presentes, leve aguja esfervecente y baja sensación de astringencia al final de la cata. Su graduación alcohólica es de 13,6º, con cuerpo medio, elegante, y persistencia media.

Valor: $ 1500 (botella de 350 ml)
Mi Opinión: Bueno



Conclusión: Utópico y estructurado Blend Patagónico desde Carmen de Patagones (Bs As) que presenta aromas a fruta negra, ciruelas y toques balsámicos. En la boca se comporta firme con buen equilibrio y baja sensación de astringencia. Cierra con cuerpo medio, elegante, y persistencia media.
En Febrero del 2010 nace el Blog del Vino Patagónico, orientado a difundir los vinos de la Región y ofrecer un punto de vista alternativo sobre los Vinos Argentinos. Soy un simple consumidor de vino “informado” y por ello investigo, visito bodegas y hago catas sistemáticas de diversos vinos. 

miércoles, 5 de octubre de 2022

KM 1120 Merlot 2021.

 

KM 1120 Merlot 2021.

La Chacra Moschini (acá) es un proyecto familiar establecido en Ingeniero Huergo (Río Negro) que posee vides en un pequeña parcela dedicada a la horticultura, fruticultura y una pequeña producción de vinos.

Los viñedos ya cuentan con 22 años de implantación y el Merlot nace de la enología del Lic. Mario Lascano. La cosecha se realizó a fines de marzo de 2021, con maceración pre fermentativa a 10 °C por 3 días y su fermentación se realiza en pequeños tanques, con levaduras indígenas, y una maceración de 15 días entre temperaturas de 24 a 26°C. Este varietal se embotelló en noviembre de 2021 en una partida de 2600 botellas.

Bodega: Chacra Moschini

Zona: Ingeniero Huergo – Río Negro

Color: rojo granate, de brillo medio y baja intensidad.

Aroma: frutado de ciruela y piracínicos de ají verde. Volumen  medio de aroma.

Sabor: sobrio y firme, con ataque  seco y media acidez. En la boca presenta correcto equilibrio de tendencia centro - atrás, con sus taninos presentes y media sensación de astringencia al final de la cata. Su graduación alcohólica es de 13,3º; con cuerpo medio "rico" y persistencia media.

Valor: $ 1400

Mi Opinión: Correcto

Conclusión: Correcto y firme merlot Patagónico de Ingeniero Huergo (Río Negro) con aromas a ciruela y piracínicos de ají verde. En la boca se comporta sobrio con correcto equilibrio y media sensación de astringencia. Cierra con cuerpo medio, rico, y persistencia media.

FABIÁN MITIDIERI En Febrero del 2010 nace el Blog del Vino Patagónico, orientado a difundir los vinos de la Región y ofrecer un punto de vista alternativo sobre los Vinos Argentinos.

martes, 30 de marzo de 2021

Pueblo Encantado, el vino artesanal de Taquimilán. Esta producción es la concreción de un proyecto familiar que Ceferino Liberatori lleva adelante desde el 2006.

 


Nacido y criado en Taquimilán, Ceferino Liberatori aún recuerda como si fuera hoy cuando junto a sus padres emprendía el camino a Chos Malal para vender la producción de la huerta y la granja que proveía el sustento diario.

En esos veinticinco kilómetros que separan ambos poblados había que mojar las ruedas de madera del carro que llevaba la mercancía para que no se separe del aro de metal que la circundaba.

“Yo era muy chico, era acompañante, me acuerdo que veníamos al pueblo con un carrito de rueda de rayos al que había que echarle agua en las ruedas antes de salir porque eran de madera y tenían hierro por fuera, como la madera se resecaba se separaba del hierro, entonces había que mojarlas para que la madera se hinche y se pegue al metal”, dice Ceferino.

El recuerdo es tan vívido que lo cuenta con lujo de detalles: “Eran tres mojadas, la primera antes de salir; luego parábamos en el arroyo Taquimilán, no había ni puente en esa época, se le llamaba badén, era un tendido de piedra laja abajo y por ahí se pasaba; y la última era en el arroyo Truquico y así llegábamos a Chos Malal a hacer el reparto”.

Ese carro venía “cargado con verdura, chicha de manzana, pavos, lechones, en invierno se hacía facturación de chorizos... y con eso nos criaron a todos, era como un ramos generales ambulante”, sostiene orgulloso de su pasado.

“Después escaseó mucho el agua y busqué otro trabajo. Estuve un par de años en la Provincia y después entré como policía, asignado a Chos Malal primero y después a Mariano Moreno, en el 98 volví a Chos Malal y al año siguiente me retiré, tenía 40 años, y regresé a la tierra”, relata Ceferino.

Ese regreso a la tierra fue hace un par de décadas, hasta que en 2006 vio la luz el proyecto vitivinícola familiar. Un proyecto que dio vida al vino artesanal Pueblo Encantado, hecho en Taquimilán, localidad del norte neuquino.

“Tenemos 1 ½ en producción entre viñas, huerta, antes teníamos alfalfa, pero la provisión de agua ha ido decayendo y se hizo difícil producir. Hasta fines de diciembre regamos con el agua del arroyo, ahora hace un par de años que tenemos el servicio del acueducto que hay en Taquimilán, pero también está restringido, y además tenemos una perforación y hacemos riego por goteo”, comenta el productor vitivinícola.

El emprendimiento familiar cuenta en la actualidad con 3.000 plantas para vinificar y 400 plantas de uva de mesa, “una Red Globe muy linda”, dice Ceferino.

Y este año precisamente fue uno de los más fructíferos en materia productiva ya que cosecharon unos 4.500 kilos de uvas para vinificar, de las variedades Malbec y Merlot, con los que esperan obtener unas 4.000 botellas para la venta.

“En Taquimilán el principal riesgo que tenemos con esta plantación son las heladas tardías, sobre todo la que llaman de Todos los Santos, es una helada que se da unos días antes de noviembre o a principios de ese mes”, sostiene el productor.

La producción se vende en la chacra, en Chos Malal, en carnicerías, casas de comida, casas de artesanos. “El año pasado estuvo complicado por la pandemia y la venta estuvo floja, tenemos casi todo el vino del 2019”, dice Ceferino.

El esfuerzo que hace la familia para llegar con sus vinos a la mesa de los consumidores es inmenso, lo que otorga al emprendimiento un reconocimiento extra. “Yo tengo que comprar todos los insumos en Roca, las botellas, las etiquetas, los corchos, las vainas; al vino lo pasamos por barrica, lo sacamos a los dos años de la cosecha, antes no porque nosotros no hacemos filtración de nada, es todo por decantación, es un vino totalmente artesanal, desde el fertilizante que se le pone a la tierra y todo el proceso que sigue hasta llegar al producto final”, indica Liberatori.

“Esto es un emprendimiento familiar, somos seis en total, cuatro chicos y nosotros con mi señora, este año hubo gente que colaboró con la cosecha”, comenta este vecino de Taquimilán.

En la tarea colaboran su esposa Irma; sus hijas Andrea y Yésica; y sus hijos Carlos y Heber. “Mis hijas son maestras y Carlos es ingeniero electromécanico, esta vez se escapó porque la esposa tuvo familia”, cuenta Ceferino mientras celebra su humorada.

El proyecto no estuvo exento de complicaciones, y así las recuerda: “Hace 20 años que estoy de vuelta en la chacra, pero con el viñedo desde el 2006, y en 2010 fue la primera cosecha. Al principio tuvimos daños por animales y por una helada fuerte que nos dejó complicados, las cabras se hacían un festín con la plantación. Ese año de la primer cosecha hubo acá un curso sobre elaboración artesanal, comenzó en 2009 y terminó en 2010 con la cosecha en la chacra, que fue la parte práctica del curso”.

En cuanto a los proyectos, Ceferino fue muy claro al respecto e indicó que “incrementar la producción no está en los planes por una cuestión muy sencilla: el que mucho abarca, poco aprieta...con eso que tenemos y seguir mejorando instalaciones está bien. De este mundo no te llevás nada, y lo mejor que me puede pasar es el encuentro con la gente. Por ahí en el futuro hacer algo de enoturismo y explicarle a quienes nos visiten qué es lo que hacemos. También hay planes para hacer una pequeña bodega de la cual tenemos los cimientos pero ahora está duro para encarar inversiones”.

El nombre del vino.

También hubo tiempo para un poco de historia sobre el nombre del vino, Pueblo Encantado.

Dice Ceferino: “Al nombre del vino lo asociamos a la visión que aparece acá en Taquimilán, yo lo he visto en cuatro o cinco oportunidades. En la mañana temprano o por la tarde cuando está entrando el sol se suele ver, es algo muy lindo, es un espejismo pero hay que verlo para poderlo explicar... se da con determinadas condiciones de clima, sol y temperatura, es como que las plantas al pie del cerro se estiran, como lo que se ve en el asfalto, nada más que acá los montes le aportan eso que parecen taperas, como un pueblo abandonado. Fue fácil elegir el nombre, pero a pesar de que esa imagen se ve desde hace varios años nadie lo había difundido en ningún producto, me pareció lindo el nombre porque eso es algo bien nuestro”.

PUBLICADO EN DIARIO "RÍO NEGRO", 29 DE MARZO DEL 2021.

IMÁGENES: DIARIO "RÍO NEGRO".

https://www.rionegro.com.ar/pueblo-encantado-el-vino-artesanal-de-taquimilan-1747404/

lunes, 29 de marzo de 2021

"MadreHija": un tinto artesanal de elaboración comunitaria en San Patricio del Chañar. La idea es revalorizar las prácticas ancestrales, el amor a la tierra y el cuidado de los vínculos primarios.


"MadreHija": un tinto artesanal de elaboración comunitaria en San Patricio del Chañar.

La idea es revalorizar las prácticas ancestrales, el amor a la tierra y el cuidado de los vínculos primarios. Romina y Rosa Narmona son parte de ese proceso ya hace 4 años.

Por Victoria Rodríguez Rey (@victoriarodriguezrey)

La construcción del gusto es parte de un sistema de creencias y decisiones. Dicho sistema se ve condicionado por una estructura social integrada por un contexto histórico – político, accesibilidad o no a determinados recursos alimentarios, una perspectiva de género, un paisaje cultural determinado. Estos elementos van conformando una jerarquía de alimentos diarios o eventuales que se imponen o deben descartarse sin lugar a discusión. ¿Qué grado de libertad de elección hay en lo que consumimos?

El alimento es un elemento situado, responde a un tiempo, a un espacio y a una cultura. Se trata de un sistema potente, que se va modificando con los dinámicos ritmos de las trasformaciones culturales. En la compleja fórmula de valores que va a definir un gusto por tales o cuales alimentos, el contexto social tiene mucho que ver. El actual sistema alimentario ha considerado que las carnes blancas, los dulces, los vinos blancos, las cervezas ligeras parecen ser elecciones de las mujeres, pero ¿quién define qué cosa? Claro está que nos encontramos buceando en una sociedad con fuerte herencia patriarcal. En estas decisiones arbitrarias que responden a un modelo heteronormativo de consumo, se van imponiendo gustos a paladares obedientes, dejando de lado la experimentación de otros sabores.

Romina Narmona es elaboradora de vinos y prefiere el Cabernet Sauvignon. Junto a su mamá Rosa Narmona, comparte el proceso de elaboración hace cuatro años. Cargan con la experiencia familiar de sus abuelos bodegueros en la provincia de La Rioja. Gracias a sus inquietudes, al armonioso lazo entre madre e hija, y a la formación técnica lograron desempolvar recuerdos del saber hacer familiar.

"Empezamos con un curso de cata de vino en Neuquén. Mi mamá se entera de este curso, me invita a acompañarla y asistimos. Allí conocemos a quienes después serían nuestros compañeros de trabajo". Así comienza Romina a contar cómo fue el incipiente vínculo con el universo vitivinícola que hoy va definiendo su formación profesional y proyección productiva y familiar.

El paso siguiente fue acercarse al Centro de Formación Profesional Agropecuario N° 2 de San Patricio del Chañar. En el “Puesto” se encuentran con una formación de “Elaborador de bebidas fermentadas”. Se trata de una capacitación anual, en función a la estacionalidad del cultivo y las tareas propias de elaboración del producto. Pero, además, se encuentran y descubren la magia del saber hacer colectivo. Todo sucede en la bodega comunitaria de dicha institución, que es parte del proyecto educativo y cuenta con habilitación comercial y bromatológica a nivel provincial por el Instituto Nacional del Vino (INV).

Romina y Rosa, son parte de ese colectivo de personas que experimentan, estudian y acompañan todo el proceso de elaboración. Y así fue que le dieron identidad a su vino, “MadreHija”. Una síntesis de un vino tinto artesanal, elaborado comunitariamente, que revaloriza las prácticas ancestrales, el amor a la tierra y al cuidado de los vínculos primarios. “El vino está asociado a lo masculino, el espacio de la bodega tiene esa misma asociación. Hace muy pocos años que se ve la incorporación de las mujeres en la vitivinicultura. Mi mamá ya lo veía en su familia. Siempre el trabajo de campo, el trabajo que lleva una viña está asociado a lo masculino. No me molesta, y sí me genera mucha satisfacción, que desde hace un tiempo hasta esta parte se empiece a cambiar y se empiece a valorar lo que el género femenino tiene para aportar, que es mucho. Está buenísimo como se está metiendo el género en todo el proceso productivo. Que el vino es de los hombres, es una idea instalada que se está quebrando de a poco y me parece genial", sostiene Romina.

El vino despierta efectos complejos, estimula cada uno de nuestros sentidos. MadreHija tiene un gusto fuertemente teñido de afectividad. El sueño de una bodega en La Rioja, reformuló las vidas de Romina y Rosa. Imaginarse trabajando juntas en la finca es parte de las transformaciones generacionales propias de las comunidades. Como sucede con el gusto. ¡Salú! Por más Rominas y Rosas que sigan modificando las génesis del gusto hacia paladares menos obedientes y más atrevidos.

Más información:
https://www.puestochaniar.com

Publicado en Diario "Río Negro", 26/03/2021.

https://www.rionegro.com.ar/madrehija-un-tinto-artesanal-de-elaboracion-comunitaria-en-san-patricio-del-chanar-1744406/

domingo, 14 de marzo de 2021

CHACRA MOSCHINI - Km. 1.120 de Ing. Huergo.

CHACRA MOSCHINI - Km. 1.120 de Ing. Huergo.
Establecimiento familiar de elaboración de vinos artesanales. Hace dos décadas la familia Moschini plantó distintas variedades de cepas de vinos para darle nacimiento al emprendimiento propio, el cual consiste en la producción vitivinícola pero también en la organización de eventos como la "Fiesta del Vino Patero" todos los meses de abril en la localidad del Alto Valle Este de Ing. HUergo.
Elaboran vinos artesanales provenientes de variedades Malbec, Merlot, Sauvignon Blanc, Cabernet Franc, Moscatel y  un Malbec Rosé.

En total son 15 mil litros, por año, resultados de entre 20 y 22 mil kilos de uvas.
El nombre seleccionado para el producto final fue de este vino se debe a que la localidad de Ing. Huergo a Buenos Aires son unos 1.120 pero teniendo en cuenta la estación de tren y no la ruta como se la conocía a esta Ciudad Valletana.
El viñedo presenta los vides plantados “cruzados con una hilera en cada lado”, con el objetivo de “poder aumentar la cantidad de plantas por héctareas pero no los kilos por plantas” porque “la buena vinificación sale de plantas de pocos kilos”.
“El amontonamiento de vides me rinde en kilo pero no en calidad”, afirmó Ángel Moschini, y luego señaló que con esta forma de plantación “los resultados son óptimos en cuanto a la calidad del producto, sobre todo en Malbec”.
La plantación fue posible gracias a un proyecto de innovación tecnológica financiado por el Fontar. Algunos años después sumaron media hectárea de uva moscatel.
Chacra Moschini se ubica en la chacra 433 de la localidad de Ingeniero Huergo, y cuenta con el siguiente facebook: 

sábado, 26 de enero de 2019

“Puerta Oeste” es el primer vino de la Patagonia certificado libre de gluten (de Senillosa con un toque “artesanal”).

“Puerta Oeste” es el primer vino de la Patagonia certificado libre de gluten (de Senillosa con un toque “artesanal”).

Esta semana se conoció que el emprendimiento que lleva adelante la familia Goldstein logró dar cumplimiento al trámite para poder certificar dos partidas: Pinot Noir y Malbec.
l cierre del 2018 lograron acreditar que las mencionadas partidas de ambos varietales están libres de gluten y que su consumo es apto para personas celíacas. Si bien dicha bebida alcohólica no contiene gluten, se corrobora que el producto no se vea afectado por contaminación cruzada.
El trámite se realizó ante el INV con el acompañamiento del Programa Vitivinícola de Centro PyME-Adeneu, organismo encargado de difundir esta positiva novedad para este emprendimiento vitivinícola.
Puerta Oeste” es un vino artesanal que se abre camino desde Senillosa. Viviana Goldstein junto a su marido Julio César, tienen a su favor dos cuestiones: tierras propias y el esfuerzo familiar. En base a la producción propia elaboran sus vinos desde el 2011, pero hace tres años que están comercializándolos, hoy también junto a otros elaboradores neuquinos en “Notas de Vino” (es la estrategia comercial del Centro PyME-Adeneu). Además a partir del año pasado han incorporado Cabernet Franc.
Respecto a las muestras, la información indica que fueron cotejadas por un laboratorio que cuenta con habilitación nacional. “Lo que se certifica es la partida completa del año” indicó Goldstein. Entre el Malbec y Pinot Noir se certificaron unas 5.000 botellas entre ambos varietales. A partir de ahora las botellas de “Puerta Oeste”, como todos los vinos que certifiquen, deberán contener en su etiqueta el logo de “Libre de Gluten” y la leyenda “Sin T.A.C.C.”.
“Puerta Oeste” obtuvo años atrás dos premios por sus vinos artesanales y en el 2018, desde Lavalle en Mendoza, fueron reconocidos con la distinción “Racimo de Plata” por sus cortes Malbec Roble y Pinot Noir. Esa segunda vendimia obtuvo un alto puntaje.
Su nombre, “Puerta Oeste”, refiere a la ubicación de la localidad de Senillosa, esa entrada a la Patagonia que para ellos tiene tanta significancia como para denominarlo así.
http://inneuquen.info/nota-principal/puerta-oeste-es-el-primer-vino-de-la-patagonia-certificado-libre-de-gluten-de-senillosa-con-un-toque-artesanal

viernes, 9 de noviembre de 2018

Los vinos artesanales de la Patagonia recibieron sus medallas (compitieron con destacadas bodegas locales).

Los vinos artesanales de la Patagonia recibieron sus medallas (compitieron con destacadas bodegas locales).

(Por Pablo Comoli) El 4to “Concurso de Vinos de la Patagonia” mostró paridad y, a un futuro cercano, óptimas chances para que los “artesanales” sigan en su escalada creciente de producción, elaboración y comercialización.
Conversamos en la entrega de las distinciones con una de las artífices de esta positiva actualidad, Silvia Gandolfi, coordinadora del Programa Vitivinícola de Centro PyME-Adeneu explicó que “los elaboradores han mejorado sus presentaciones, ya no se encuentran vinos defectuosos en el mercado y, como entendemos que el vino es uno solo este año le abrimos el juego a la bodegas”.
La evaluación y el trabajo de los jueces fue minucioso, porque en las más de 40 muestras presentadas desde Río Negro, Neuquén, La Pampa y Chubut (se sumó este año), el 67,5% de las presentadas obtuvieron distinción. El jurado estuvo integrado por 20 jurados de la región, quienes determinaron con sus devoluciones que 5 vinos merecieran medalla de oro, 7 medallas de plata, 9 de bronce y 6 menciones especiales, lo cual demuestra la calidad de la región patagónica.
Para Gandolfi la participación de reconocidos enólogos elevó el nivel de las puntuaciones, en ese sentido comentó que “los jurados son reconocidos por sus tareas en toda la Patagonia, fueron ellos mismos quienes dictaminaron que ya no hay tanta distancia entre un vino artesanal y uno de bodega”. Y agregó que  “ellos manifestaron que no deberían existir las categorías dentro del concurso porque la calidad ha subido tanto que se pueden comparar, no hay vinos con defectos sino que existen tomadores distintos que los hacen relevantes”.
La felicidad plena de nuestra entrevistada se evidenció en cada palabra, la responsabilidad de llevar adelante el programa vitivinícola tiene su historia, porque si bien el presente del programa es realmente prometedor, “desde el 2010 que nos enfocamos primero en la plantación y producción, luego pasamos a la infraestructura, maquinaria e insumos y, desde el año pasado ya estamos ayudando en la comercialización de los vinos con la creación de la marca ‘Notas de Vino’, una acción importante de marketing”.
En lo que refiere al apoyo económico desde el Centro PyME-Adeneu han colaborado para que los productores locales pudieran “hacerse” de créditos accesibles, por un total de $ 1.500.000 destinados para que el sector siga creciendo. En Neuquén esta entidad brinda asistencia técnica y asesoramiento enológico a unos 40 productores y elaboradores.
Recibieron sus respectivas medallas las muestras de Bodega del Fin del MundoPuesto ChañarEstilo 152 (La Pampa), Fincas Patagónicas, Las 4 MaravillasBodega Goldstein-Penros, por citar solo algunos. Ellos presentaron tintos, tintos secos -con y sin madera- pinots, algunos rosados y blancos, y otros blancos dulces.
Venta promocional “hasta agotar stock” (caja de 6 vinos artesanales por 950 pesos)
Hoy, jueves 8 de noviembre, finaliza el tiempo de reservas, aunque los productos pueden ser retirados el 10 de noviembre en la globa que se instalará en Olascoaga y Mitre de Neuquén capital. La idea es que coincida esa actividad comercial con la campaña nacional “Vino Argentino, Bebida Nacional”.