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lunes, 22 de diciembre de 2025

Canciller. Canciller: el vino que nos recuerda que la vida es todos los días.

 


Canciller.

Canciller: el vino que nos recuerda que #LaVidaEsTodosLosDías.

Canciller: el vino que nos recuerda que la vida es todos los días.  

Hay historias del vino que se escriben con paciencia, con años de cosecha, con aciertos, tropiezos y renacimientos. Entre ellas, pocas resultan tan emblemáticas como la de Bodega Canciller y su origen en la legendaria La Colina de Oro, una bodega que supo ser la más grande del mundo y que hoy vuelve a levantar su nombre, con fuerza y memoria.

Orígenes de un emblema nacional.

El recorrido comienza hacia 1900, en las riberas altas del río Mendoza, cuando dos pioneros -Juan Giol y Bautista Gargantini- transformaron La Colina de Oro en una empresa colosal. Para 1910, la bodega llegó a tener 3.500 empleados y producir 38 millones de litros de vino, cifras impensadas para la época.

Su fama trascendió fronteras hasta capturar la atención de una figura histórica: la Infanta Isabel de Borbón, invitada especial durante las celebraciones del Centenario de la Revolución de Mayo en Buenos Aires. Fascinada por la calidad de los vinos, la Infanta otorgó a La Colina de Oro una medalla de oro oficial en nombre de la Corona española. Ese medallón —símbolo de excelencia y orgullo nacional— es hoy el sello que aparece en cada botella de Canciller.


Una barrica para hacer historia.

La ambición de Giol y Gargantini no terminaba allí. En 1909, viajaron a Francia con un objetivo singular: adquirir una barrica monumental de roble de 75.000 litros, decorada con relieves de bronce por un artista europeo. La enorme pieza cruzó el océano, llegó a Argentina y un año después recibió otro premio en la Exposición Internacional del Centenario.

Aquel barril se convirtió en símbolo de poderío industrial y cultural. Y con él nació Canciller, llamado así porque actuaría, desde entonces, como embajador del vino argentino en el mundo.

Caída y renacimiento.

La historia parecía indestructible, pero la ruptura de la sociedad entre Giol y Gargantini, sumada a crisis económicas del país, hicieron que La Colina de Oro se apagara con el paso de los años. Sus paredes quedaron en silencio, como esperando a quien entendiera lo que allí había ocurrido.

Ese momento llegó en 2016, cuando un equipo interdisciplinario de la Cooperativa Fecovita decidió recuperar la esencia de aquella bodega monumental. No buscaban solo producir vino: buscaban devolverle identidad, relato y gloria.

David Gargantini: el legado vuelve a las manos de la familia.

Entre los integrantes de este renacimiento, aparece una figura que parece dictada por el destino: David Gargantini, descendiente directo de Bautista. Formado como enólogo en la Universidad Don Bosco, con experiencia en Cepas Argentinas y Navarro Correas, encontró un anuncio por casualidad… en una bodega que tenía en su historia su apellido, dentro del grupo Fecovita.

David asumió como enólogo jefe de Canciller en 2015, aportando innovación sin traicionar los principios fundadores. Su tarea devolvió actualidad a las etiquetas Canciller, hasta que en enero de 2024 asumió un nuevo desafío como enólogo en Bodega Andeluna donde reemplazó a Manuel González Bals. Su paso, sin embargo, dejó una huella imborrable: el renacimiento ya estaba en marcha.

Donde todo empezó: el territorio.

La bodega hoy trabaja con viñedos seleccionados de Maipú y Luján de Cuyo, la primera zona vitícola de Mendoza. Su ADN varietal es el Cabernet Sauvignon, elegido como homenaje a los fundadores, quienes —dice la leyenda— llegaron como polizones desde Europa y se enamoraron no solo de la tierra mendocina, sino también de su gente: las hermanas Bondino, quienes les dieron compañía, descendencia y hogar.

Las líneas de Canciller.

Canciller se articula hoy en distintas familias de productos que conservan la tradición pero, a la vez, buscan nuevos públicos:

Bag in box: envase de tres litros de tinto (Merlot, Syrah y Malbec) y blanco (Chenin, Torrontés y Chardonnay).

Línea Blend: La más emblemática, comprende una cuidada selección de cortes blancos y tintos pensada como una herencia compartida “de generación en generación”.


Varietales y Raíces: los varietales son vinos jóvenes de Malbec, Merlot, Cabernet Sauvignon y Chardonnay ideales para cocina diaria o reuniones informales. Y los Raíces, con Malbec de Mendoza, Torrontés de Catamarca, Bonarda de Mendoza, Torrontés de Cafayate y Syrah de San Juan.

Dulces Naturales: tinto, blanco y rosado, entre los más vendidos del país en este estilo.

Reserva: Vinos para guardar, con paso por madera y enfoque en complejidad, estructura y elegancia.

Espumantes Canciller: elaborados por método Charmat. Disponible en Extra Brut, Brut, Demi Sec y Gran Canciller Extra Brut, este último el más sofisticado de la línea.


Tradición que vuelve a levantar la copa.

Canciller es una marca que revive algo más que una bodega, recupera valores, ambición, identidad y una forma de entender el vino como patrimonio cultural y como tal, un alimento que debe estar presente en "la vida es todos los días", frase de cabecera de las campañas publicitarias.

Fecovita es uno de los grupos más grandes del vino en Argentina, de los que sostienen la producción  de vinos de mesa que son el sostén de la industria, con marcas como Toro y Canciller, y los publicitan en forma masiva.

En las redes sociales apuntan a aspectos de la vida diaria y campañas basadas en premios, como las maravillas de Canciller, que ofrecían cenas para dos personas, escapadas de fin de semana y un premio final para viajar a uno de los maravillosos destinos turísticos argentinos; o Canciller barrio por barrio en la que decían: "El vino de la medalla está regalando 100.000 botellas en una nueva campaña nacional, presente en los principales canales del país ".

Pero donde es más fácil verlos es en los medios tradicionales, como la televisión. Este año lanzaron un spot que decía: "un vino que no necesita jurados con bigotes largos, ni palabras raras, para ganarse una medalla🥇: Canciller tiene una medalla todos los días. Porque la gente, que es el jurado más importante, los elige en cada mesa argentina".

En cada botella, el medallón dorado de la Infanta no es un recuerdo: es una promesa. Esa que hace más de un siglo dijo que Argentina podía producir grandes vinos. Y hoy, Canciller vuelve a recordarlo.



Imágenes: https://angelyvino.blogspot.com/

https://angelyvino.blogspot.com/2025/12/canciller.html

https://angelyvino.blogspot.com/

Publicado por Ángel Ramos.

VIEJAS PUBLICIDADES DE CANCILLER.


VIEJA BOTELLA BORGOÑA.
Vino fino tinto CANCILLER de GIOL.


jueves, 8 de abril de 2021

¿Debe el Estado intervenir? Una mirada sobre Bodegas y Viñedos Giol y Raíces de Junín. Por Natalia Estefanía Palazzolo.

¿Debe el Estado intervenir? Una mirada sobre Bodegas y Viñedos Giol y Raíces de Junín.

Por Natalia Estefanía Palazzolo.

La autora analiza dos casos testigos de la vitivinicultura sobre la intervención estatal en el mercado vitivinícola. Qué dejaron de aprendizaje.

En 1954 el gobierno peronista en Mendoza de Carlos Evans decidió comprar el 51% de las acciones de Bodegas y Viñedos Giol, propiedad del Banco Español del Río de la Plata, convirtiéndose en accionista mayoritario. La intención era hacerse de una herramienta capaz de regular la vitivinicultura mendocina, proteger a los pequeños y medianos productores, comprándoles su uva o poniendo a su disposición la infraestructura de elaboración y comercialización y propender a su integración. Diez años después, se promulgó la ley provincial Nº 3137 que dispuso el funcionamiento de Giol como empresa estatal.

Además de estos objetivos, Giol incursionó en otras agroindustrias para colaborar en la diversificación productiva local (tales como las inversiones en fruticultura a través de “La Colina”), operó como un mecanismo para la difusión de salario indirecto, a través de la construcción de barrios y viviendas (La Colina I, II, y Canciller), obras de infraestructura y saneamiento, construcción de escuelas, programas de prevención de enfermedades y hasta contribuía con otros objetivos provinciales (por ejemplo, en el año 1983 Mendoza compra 17 Trolebuses a la URSS a cambio de vino y mosto elaborado por Giol, brindando servicio entre 1984-2009).

Su patrimonio era enorme y además alquilaba unas 40 bodegas de la provincia, ampliando su capacidad y generando un efecto económico multiplicador, dando trabajo a más de 3.500 mendocinos. En 1974 emprende una ampliación de su vasija vinaria pasando de una capacidad de 800.000 a 4.000.000 de hectolitros, controlando el 40% del mercado mendocino y constituyéndose en la bodega con mayor capacidad de vasija en el mundo, de ahí el mote de la “bodega más grande del mundo”. Se decía que nunca reguló el mercado vitivinícola. Pero otras voces sostenían lo contrario. Lo que sí está claro es que su intervención favorecía a los sectores productores y bodegas trasladistas, en detrimento de las fraccionadoras.

Giol fue privatizada en un proceso que comenzó con la gestión de Bordón y siguió con la de Gabrielli, constituyéndose en la primera del país. El creciente deterioro financiero, que financiaban los Bancos provinciales Mendoza y de Previsión Social, fue el argumento principal para decidir la venta. No obstante el endeudamiento, existía la concepción de que el mercado es más eficiente y mejor asignador de recursos que el Estado.

Para privatizarla, se dividió a la empresa en unidades funcionales que serían vendidas por separado, se reestructuró la empresa y se prescindió de más del 30% del personal a través de distintos mecanismos. No nos detendremos a analizar las especificidades. Si diremos que la unidad de fraccionamiento y comercialización fue vendida a una Federación de cooperativas Vitivinícolas (FeCoVita) de reciente constitución para esos años. Esto constituyó una rareza y llevó a que fuera catalogada como una “privatización social”.

Eliminado por completo el Estado como agente económico, el circuito vitivinícola se acopló al neoliberalismo reinante, primando la lógica mercantil como asignadora de excedentes económicos.

Se inicia así con fuerza en la década de los noventa un proceso de reconversión vitivinícola, con inversiones nacionales y extranjeras en el sector. La vitivinicultura asume un carácter exportador, primando la calidad. Esto trajo consigo la expulsión de muchos pequeños y medianos productores y bodegas. El impacto de las inversiones en nueva tecnología, sumado a la baja en el consumo, los excluyó dada la imposibilidad de financiar los cambios requeridos. Como resultado, el proceso de concentración y centralización de capitales se aceleró. De las 1200 bodegas que existían en la provincia a principios de los ´80, a comienzos 2000 quedaron 300 o 400; sólo 5 bodegas concentran el 75% del vino común y otras 5 bodegas controlan el 40% de los vinos finos; 2 grupos económicos concentran el 70% del mercado del mosto, uno de ellos enteramente internacional y el otro, mitad extranjero y mitad nacional.

Los agentes que resultaron más perjudicados fueron los pequeños viñateros que producen uva criolla, quedando en una relación de fuerzas muy debilitada. En Argentina en el año 1990 la superficie cultivada de vid era de 210.371 hectáreas y la cantidad de viñedos ascendía a 36.402. En promedio, cada viñedo tenía una superficie de 5,8 hectáreas. En el 2017 las hectáreas cultivadas aumentaron a 220.848 y la cantidad de viñedos disminuyó a 24.116. De esta manera, en promedio cada viñedo tiene una superficie de 9,2 hectáreas. Es decir, la propiedad de la tierra se concentró en menos manos, desapareciendo en su mayoría pequeños viñateros. Para tomar noción de la importancia del pequeño productor en la cadena vitivinícola debemos decir el 59,6% de los viñedos son explotaciones de 5ha o menos (9.256 productores ocupando sólo el 14,3% de la superficie cultivada), mientras que los viñedos superiores a 50 ha representan el 5% del total (825 productores ocupando el 44% de la superficie cultivada).

En este marco y mediado por pedidos de este sector, surge una bodega municipal en corazón de la Zona Este de Mendoza, la mayor productora de uvas del país. La Bodega “Raíces de Junín”, emplazada en el departamento de Junín, surge a raíz de la compra, por parte del municipio a cargo de una intendencia radical, de la Bodega “Pedro Carricondo SA”. Este proceso comenzó en 2015, entablando conversaciones con el Gobierno provincial (de distinto signo político) para lograr la recuperación de una bodega emblemática del departamento que entró en quiebra y el acreedor mayoritario era el Fondo para la Transformación y el Crecimiento (FTyC).

Se produjo una cesión del crédito y se tomó posesión de la bodega en 2017, entrando en funcionamiento en la vendimia de 2018.

Según datos de 2018 del INV, en el Este de Mendoza se cultiva el 42% de la superficie total de vid. Participa con el 52% de la producción total de uva y con el 51% de la elaboración de vinos de la provincia. Mientras que la superficie de Mendoza aumentó un 8,5% desde el año 2000, el área Este ha caído un 5,4% en el mismo período.

La cantidad de viñedos también ha disminuido, pasando de 6.939 en 2000 a 6.711 en 2018. Por su parte, Junín posee el 93% de su superficie cultivada, por vides (16.000 ha). El 90% de ellas posee menos de 20 ha; de ésas, el 80% son menores de 10 ha, representando a 1.600 productores. Asimismo, existen alrededor de 107 bodegas en el departamento, pero en funcionamiento alrededor 70, de las cuales el 90% son trasladistas.

La bodega compra uva para elaboración de vinos, mosto y también elabora para terceros, con la posibilidad de fraccionarlo. Desde el municipio manifestaron que están trabajando con productores no sólo del departamento, sino de toda la zona Este. Se resalta la intención de agregar valor a la producción local, la generación de empleos, la intervención en la regulación del precio en el mercado y mejorar la competitividad de los productores.

La presencia del Estado como agente económico es muy valorada por los productores y contratistas de la zona, ya que les permite tener una herramienta de negociación y de poder frente a los demás agentes de la cadena. Manifiestan que la bodega funciona muy bien, que pagan el mejor precio, que dan adelantos de cosecha y cobran rápido, a diferencia de lo que les sucede con otras bodegas y cooperativas.

Aun cuando no posee la capacidad de regular los precios, posee un efecto orientador, por la sola presencia estatal en la relación mercantil. No hace falta que controle mayoritariamente el volumen de compras y ventas, sino que su sola presencia genera un efecto orientador de precios.

Respondiendo a nuestra pregunta inicial, podemos decir que el Estado no necesariamente debe intervenir en el proceso económico como empresario, pero queda claro, por la historia pasada y las necesidades del presente, que los agentes más pequeños y débiles de la cadena productiva reclaman su presencia efectiva para poder hacer frente al gran poder de mercado que tienen los agentes más grandes y así poder subsistir.

Al arbitrio de las condiciones del mercado, la reconversión vitivinícola aceleró la concentración económica, dejando desprotegidos a los pequeños y medianos viñateros que comenzaron a ser expulsados de la cadena. Así, surge el reclamo que encuentra eco en el nivel municipal y vuelve a tomar protagonismo el Estado como empresario, sin tener en cuenta los signos políticos, no casualmente en la zona Este, la mayor productora de uvas del país.

*La autora es Licenciada en Ciencias Políticas.