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miércoles, 8 de julio de 2026

Mabellini Wines. La nueva expresión del Alto Valle.

 


Mabellini Wines.

Mabellini Wines. La nueva expresión del Alto Valle.

Con viñedos en Confluencia y Mainqué, la bodega impulsa una identidad patagónica que combina historia, mezcla de cepas y una enología de alto nivel.


En nuestro recorrido por la región del Alto Valle, la familia Mabellini abrió las puertas de su bodega, en la zona de Confluencia, Neuquén, para probar sus vinos y también los de otros pequeños productores de Río Negro y Neuquén.

Carlos Mabellini y su esposa Lorena Nicolás Creide compraron una chacra en Colonia Confluencia (una zona anexa a la capital de Neuquén) ubicada 1 km del río Limay, 300 metros del río Neuquén y 1,8 km del río Negro (que nace de la confluencia de los dos primeros, de allí el nombre de la colonia). La Chacra Confluencia abarca 6 ha, de las cuales 4,5 fueron plantadas con vid en 2017, reemplazando los frutales originales que la poblaban.

La decisión de plantar vid, se sostenía en un sueño con condimentos “genéticos”. Es que los abuelos de Carlos en 1928 llegaron al valle desde su Brescia (Italia) natal y se asentaron en un pequeño pueblo llamado Cinco Esquinas (a 13 km de esta chacra, pero del lado de la provincia de Río Negro). Allí encontraron que los ingleses del ferrocarril (llegado en 1902 a la estación Limay en Cipolletti) y la Compañía de Tierras del Sud habían instalado en 1908 una estación experimental con las que estudiaban las posibilidades agrícolas de la zona.

La puesta en valor se dio no solo por el ferrocarril, sino también por las obras hidráulicas diseñadas en 1890 por el Ingeniero italiano Cesare Cipolletti (quien había sido contratado en Mendoza por Tiburcio Benegas para el mismo metier) que permitieron construir el dique Ing. Ballester y los canales de riego, que se extienden hasta más allá de Valle Azul y riegan por gravedad más de 70 mil hectáreas.


Los Mabellini plantaron frutales, pero también vides, con cuyas uvas el tío Don Giovanni hacía unos 8.000 litros anuales de un vino que llamaban el “vino alegre”. El padre de Carlos, Pedro, nació en 1931 en La Picasa y su destino no fue hacer vino, sino que fue enviado a estudiar en La Plata, para volver como escribano, profesión que su hijo Carlos también adoptó.

En ese entorno Carlos Mabellini vivió tiempos felices en su infancia y, ya mayor, el vino pasó a ser parte de su vida, convirtiéndose en uno de los más importantes coleccionistas privados del país, con una impresionante cava subterránea que roza las 15.000 botellas.

Pero ese camino de enófilos consumados no iba a ser suficiente, Carlos recuerda que siempre le decía a su padre “tenemos que hacer vino” y este le contestaba “a vos no te gusta hacerlo, te gusta tomarlo”. El desafío estaba planteado y, junto a Lorena, tomaron una decisión que cambiaría el rumbo y en pocos años los ubicaría como protagonistas en la escena del vino de la Patagonia norte: plantar viñedos, construir desde cero una bodega y hacer etiquetas que pudieran competir en nivel con aquellas encumbradas que pueblan su cava.

Así fue como, en esta Chacra Confluencia de suelos aluvionales francos arenosos con un poco de todo lo que trajo el río, hay no solo viñedos, sino también una bodega reluciente, que luce quince impecables tanques de acero inoxidable con capacidades desde 5 a 15 mil litros y 10 huevos de cemento, más una sala con un ánfora y una cuba grande de cemento. Además, cuentan con tres grandes fudres Grenier, que sirven para fermentar, porque tienen tapa extraíble.

También destaca la sala de barricas francesas (de 500 litros) de las mejores marcas: Sylvain, Taransaud, Vernoy, Damy y Mercure, que más de un bodeguero de cualquier parte del mundo envidiaría. La enóloga es Valeria López (también patagónica, de Villa Regina, con paso por Fin del Mundo, Aniello y Pirri) quien, junto con la asesoría de Daniel Pi, desde hace cuatro años viene haciendo maravillas.

La bodega tiene capacidad para bastante más que las uvas de esta chacra, así que en 2020 compraron otra en Mainqué, región donde destacan bodegas como Chacra y Noemía, que eran compradoras del Pinot Noir. Incluye una bodega de 1 millón de litros construida en 1912 y por ahora abandonada, más 20 ha plantadas en 1912 y parcialmente renovadas en 1930 y 1970. Esa chacra tiene historia, fue plantada por los Verdecchia, luego pasó a la familia Sanz y, después del 2000, al enólogo local Kamada. Mabellini trabaja con el asesoramiento agronómico del reconocido especialista mendocino Marcelo Casazza.

Allí encontraron 112 filas de cepas mezcladas, que no sabían bien qué eran, pero un estudio ampelográfico develó como Malbec, Cabernet Sauvignon, Merlot, Zinfandel, Bonarda, Petit Verdot, Trousseau, Balsamina y Criollas, todas tintas. Este año se separó el Merlot (suman 4 ha de esta cepa), que era lo que estaba más impecable, con el cual hacen un lindo Mabellini Rosé de Merlot.

Entre ambas chacras suman 25 ha de viñedo propias (no compran uva a otros productores) y vienen creciendo en producción: de las primeras 7 mil botellas de 2021 pasaron a 15 mil en 2022, 23 mil en 2023 y 75 mil en 2024, con un horizonte de 100 mil botellas.

Los vinos Mabellini.

Elaboran en dos líneas, con varietales de Malbec, Chardonnay, Merlot y Pinot Noir: una reserva con paso por barricas y la otra Gran reserva con paso por fudres o tonel.

Recorriendo la bodega probamos muestras, comenzando con un Chardonnay 2026 elaborado con uvas de Confluencia, tomado del huevo de cemento, que está excelente. Lorena me contó que cuando lo probó el crítico inglés Tim Atkin, preguntó a la enóloga cómo lo hizo y consultó si el vino estaba en la carta del Restaurante Oviedo de Buenos Aires (especializado en pescados y mariscos). Cuando le contestaron que no, mandó en el momento una foto al dueño, Don Emilio Garip, para que lo sume. Ahí se dieron cuenta que le había gustado mucho y luego se enteraron de que le otorgó 94 puntos. Bueno, a mi esta 2026 me encantó, aún antes de conocer esta historia, y no me sorprendería que los supere.

También probamos el Gran Chardonnay desde la barrica de 500 litros en que está reposando la cosecha 2026. Es la misma uva, cosechada igual, pero que termina su fermentación en barrica Taransaud y hasta agosto se sigue haciendo batonnage. Seguimos con los Pinot Noir de Mainqué, cosechas 2026 (30% racimo entero, fermentado en fudre Grenier de 6.500 lt) y 2025 ya con 12 meses en fudre; los dos Malbec de Mainqué: el 2026 en huevo concreto y el 2025 concreto + fudre.

Durante el almuerzo tomamos los vinos ya embotellados, cuyas etiquetas muestran la confluencia de los ríos Limay y Neuquén y el nacimiento del río Negro, incluyendo las dos zonas de sus chacras: Confluencia y Mainqué.

Mabellini Gran Chardonnay 2024, con 11 meses en barrica (es un clon 95 plantado en Confluencia)

Mabellini Merlot Rosé 2024, sin madera, uvas seleccionadas en dos cuadros de Mainqué, vestido en hermosa botella.

Mabellini Pinot - Pinot 2024. 12 meses en barricas de 2º y 3º uso, mitad uvas de Mainqué y mitad de Confluencia, clon 115.

Mabellini Gran Pinot Noir 2024. 100% de Mainqué, selección masal de 70 años.

Mabellini Malbec - Malbec 2024 de Mainqué y Confluencia, con 16 meses de guarda en barricas.

Mabellini Blend de blancas 2024. Compuesto por Torrontés, Maticha Blanca, Semillón, Pedro Giménez, Moscatel rosado, de esas 102 hileras mezcladas que comentamos en Mainqué.

Mabellini Cabernet Franc 2022, uvas de Confluencia.


Mabellini Malbec 2023 con y sin crianza submarina. Se trata de una prueba realizada en conjunto con la Provincia de Río Negro consistente en sumergir un numero de botellas en las aguas del mar para observar su añejamiento, proceso que modifica la evolución del vino y logra un perfil más suave y complejo.

“Trabajamos día a día para ser lo más genuinos y auténticos posibles, sin copiar a ningún otro”

Ángel Ramos, Lorena y Carlos Mabellini.

Carlos Mabellini cumplió “el sueño del pibe”, y el tío Giovanni puede descansar tranquilo sabiendo que su sobrino no solo sigue su legado, sino que está decidido a hacer los mejores vinos posibles en ese mágico terruño del Alto Valle.

Publicado en

El ángel del vino. Blog de vinos.

Vino argentino y del mundo, tipos, regiones, historia, bodegas, 

recomendaciones.

lunes, 22 de junio de 2026

Alto Valle de Río Negro y Neuquén. Los vinos de la Patagonia norte.


 
Alto Valle de Río Negro y Neuquén.

Los vinos de la Patagonia norte.

Recorrimos el Alto Valle de Río Negro y Neuquén.

La Patagonia es única por donde se la mire. El agua, proveniente del deshielo de la Cordillera de los Andes, fluye a través del desierto, generando a su paso un verdadero oasis en medio de la estepa.

Pero hasta principios de los 1900, el aprovechamiento del agua en la región del Alto Valle era limitado a aquellas tierras susceptibles de riego, cercanas al río, y por eso también a devastadoras inundaciones que ponían en peligro el trabajo de un año. 

Cesare Cipolletti, ingeniero hidráulico italiano, fue contratado por el gobierno para estudiar la cuenca de los ríos Limay, Neuquén y Negro, y definió los pasos a seguir para el máximo aprovechamiento de su curso, a través de un ingenioso sistema de presas y canales que irrigarían toda la región del Alto Valle. Son éstos los canales que nutren con agua todos los viñedos de la zona.


El vino en Río Negro y Neuquén.

En realidad, vale la pena aclarar que hablar del vino de dos provincias tan grandes como estas no deja de ser bastante reduccionista, porque si bien el 87 % de los vinos que ofrecen estas dos provincias del norte de la Patagonia provienen de una región que puede ser incluida en un radio de 120 km a partir del puente que une las ciudades de Cipolletti y Neuquén, lo cierto es que fuera de esa región hay viñedos importantes en el Valle Medio del río Negro, en la zona atlántica en la que este desemboca y también esparcidos a cuenta gotas en otros de los departamentos y regiones de ambas provincias, algunos antiguos y otros que, poco a poco, se van desarrollando en menor escala, como en las regiones andinas.


Lo cierto es que la zona que rodea la confluencia de los ríos Neuquén y Limay, que dan origen al río Negro, es un área geográfica clave al norte de la Patagonia, comúnmente conocida como 
“Alto Valle del Río Negro”  o, en un contexto urbano y administrativo más amplio, Región Metropolitana Confluencia. El nombre exacto depende del enfoque geográfico o institucional que se utilice.

Alto Valle: Es la denominación tradicional y microregional. Se utiliza ampliamente para referirse a la franja agrícola, productiva y urbana que se extiende a lo largo de ambas orillas del río Negro y de los dos ríos que lo forman (Limay y Neuquén).

Región Metropolitana Confluencia: Es el nombre político y de planificación urbana. Agrupa a 12 municipios biprovinciales (Neuquén y Río Negro) ubicados alrededor del punto donde confluyen el río Limay y el río Neuquén para dar origen al río Negro.

Cuenca de los ríos Limay, Neuquén y Negro: Es el nombre técnico e hidrológico utilizado por la Autoridad Interjurisdiccional de las Cuencas (AIC) para todo el sistema hidrográfico.

Aclarada esta cuestión, vamos a entrar de lleno en las características que, en 2021, me llevaron a escribir esta nota afirmando que existían cinco importantes razones para que los protagonistas del vino de la región mostraran su optimismo: el agua, el clima, el cambio climático, la infraestructura y tradición vitícola, y las inversiones.

En esta ocasión, pasados cinco años, sumaremos otras conclusiones gracias a una nueva visita recorriendo en profundidad durante cuatro intensos días la región del Alto Valle, de la mano de Fernando Musumeci en el marco del tour #LaCuevaVisitaPatagonia, visitando 10 bodegas y probando vinos de otros 8 proyectos más, totalizando 111 vinos degustados.

Resumen del recorrido

Día 1 - Neuquén: Familia Schroeder, Malma y Patritti.

Día 2 - Río Negro: Chacra, Agrestis, Humberto Canale y una ronda en el bar El Distinto, donde catamos los vinos de Bodega Costa y Principios y finales.

Día 3 - Río Negro: Noemía, Marcelo Miras y Ribera del Cuarzo.

Día 4 - Neuquén: Bodega Mabellini donde, además, la sommelier local Nerina Domínguez organizó una presentación de varios pequeños productores: Dominio de Freneza, Dellanzo, Bonomi & Bernal, Des de la Torre, Tero Rengo y Videla Dorna. 

El Alto Valle de Río Negro y Neuquén presenta condiciones estructurales excepcionalmente favorables para el desarrollo vitivinícola, sustentadas en la combinación de abundante disponibilidad de agua, un clima sano y equilibrado, infraestructura creciente y una tradición histórica significativa. A esto se suma un contexto climático global que, en términos generales, ha tendido a mitigar uno de los principales riesgos de la región: las heladas.

Ventajas estructurales clave.

Agua: La presencia del sistema hídrico del río Negro ,regulado por represas, garantiza disponibilidad constante y de alta calidad, un diferencial crítico frente a otras regiones vitícolas argentinas afectadas por estrés hídrico.

Clima: Las condiciones frías, secas y ventosas favorecen la sanidad del viñedo, reducen enfermedades y permiten una maduración pausada, con alta acidez natural.

Cambio climático: La disminución relativa de heladas ha mejorado la estabilidad productiva, potenciando la aptitud de la región.


Identidad enológica consolidándose.

En los últimos años, los vinos del Alto Valle han comenzado a afianzar una identidad distintiva basada en frescura (acidez), fineza y equilibrio. La mayor latitud aporta más horas de luz durante el ciclo vegetativo, lo que permite alcanzar una notable madurez azucarina y polifenólica, a la par y armónicamente.

Existe además una proporción significativa de vinos de alta y muy alta gama (ej. Noemía, Chacra, Ribera del Cuarzo), que ha sido reconocida con hasta 100 puntos por los mejores críticos internacionales (algo no tan común en otras regiones argentinas) lo que confirma el potencial cualitativo de la región en el segmento premium.

Hans Vinding Diers (Noemia)

Diversidad de terroirs: oportunidad aún subexplotada.

Un aspecto crítico a considerar es la comunicación y diferenciación de microterroirs. Hoy el mercado tiende a percibir la región de manera homogénea (“Neuquén” o “Río Negro”), cuando en realidad existen contrastes relevantes dentro de cada provincia y región. Por ejemplo, San Patricio del Chañar brinda uvas con pieles más gruesas por la exposición al viento y el sol, que generan vinos de más color y taninos. Pero en las zonas cercanas al río, de suelos arcilloso-limosos, más fríos y húmedos, las variedades de ciclos cortos, como el Pinot Noir, se expresan mejor, mientras que el Malbec ofrece una cara distinta y el Chardonnay muestra características muy destacadas.

La demarcacion de indicaciones geográficas sería de ayuda en este proceso. Existe la IG Alto valle de Río Negro (Resolución INV Nº C.37 de 16 de diciembre de 2002) pero, lamentablemente, no vemos productores que la utilicen. Comenzar a hacerlo sería una muestra de fé en sí mismos y en las características distintivas de la región.

En ese rumbo existe un incipiente movimiento de emprendedores pequeños interesados en elaborar vinos de calidad que cuentan con el apoyo de instituciones técnicas locales como el INTA, INTI, universidades y municipios, y una buena disponibilidad de insumos acorde a una zona agrícola. La valorización de estas diferencias de terroir será clave para un futuro posicionamiento internacional.

Viñedo Schroeder.

Los desafíos

Pero no todo es color de rosa: hay múltiples desafíos, como la escasez de mano de obra, más atraída por la industria del petróleo (aunque en parte compensada por el gran crecimiento demográfico de la región).

Otro punto es que falta infraestructura. Si bien en Neuquén se va desarrollando (impulsada por la industria energética), del lado de Río Negro da lástima: parece anclado en el tiempo. Por ejemplo, rutas troncales como la 22 y la 151 no han mejorado en 60 años y no se ven indicios de que vayan a hacerlo a corto plazo.

Los productores grandes son pocos y algunos de ellos parecen no tener el ímpetu ni el alma puestos en la vitivinicultura, que sí mostraron los pioneros en Mendoza. Los productores medianos o más chicos sí lo tienen, pero claramente es un momento del mercado que no ayuda.

Oportunidades.

Desarrollo turístico: Es aún incipiente y representa una de las mayores oportunidades, ya que podría actuar como motor económico complementario, como ocurre en otras regiones emergentes del país (Jujuy o Córdoba), donde la mayor parte de los vinos se venden en la zona, con alto porcentaje ligado al turismo.

En ese sentido, en el Alto Valle hay pocas opciones completas de enoturismo, exceptuando Malma y Schroeder, que cuentan con recepción al turismo y buena gastronomía, y algunas de las bodegas de la Ruta del Vino de Río Negro (se han ido sumando con la reciente ampliación de las bodegas participantes). Pero las bodegas más famosas en el mundo enófilo (Chacra, Noemia y Ribera del Cuarzo) no ofrecen recepción al turismo, y las que sí lo hacen, en algunos casos, no alcanzan el nivel de sus pares mendocinos o salteños.

Enoturismo en Malma.

El Alto Valle tiene una buena cantidad de viñedos y bodegas, pero para que la zona comience a recibir al turista capaz de realizar un viaje exclusivamente enoturístico, hace falta la oferta de un circuito claro, con más atractivos gastronómicos y mejor hotelería (otro aspecto poco desarrollado en la zona). En ese sentido, se advierte la posibilidad de explotar varios nichos de turismo especializado (naturaleza, pesca, deportes, granjas agrícolas, health and fitness, etc.) que podrían generar combinaciones atractivas con el enoturismo.

Comunicación: Se nota una falta de articulación, que podría lograrse formando una agrupación de pequeños productores locales que realice una tarea de difusión organizada y unificada, con una estrategia colectiva de promoción.

Atraer nuevos productores: Que se sigan sumando emprendedores de fuste. Matervini pronto lanzará un vino de Valle Azul; el Grupo Peñaflor adquirió una bodega que renombró Marantiqua, e inversores locales de otros rubros apuestan al vino, como el caso de Mabellini.

Carlos Mabellini.

Conclusión

El Alto Valle posee condiciones naturales sobresalientes: agua abundante (al río Negro le dicen el Nilo de la Patagonia) y clima óptimo, que sumados a una tradición vitivinícola que aún subyace en algunos ámbitos, lo posicionan como una de las regiones con mayor potencial de crecimiento cualitativo en la vitivinicultura argentina.

Creo que el camino hacia su consolidación dependerá de:

La capacidad de construir una identidad segmentada por terroirs.

La articulación entre actores (especialmente pequeños productores).

El desarrollo del enoturismo y la infraestructura.

Y la continuidad de inversiones estratégicas.

En síntesis, la región combina ventajas naturales excepcionales con un desarrollo aún incompleto, lo que configura un escenario de alto potencial, aunque condicionado por factores económicos, organizativos y de mercado. Ojalá alcance para revertir la caída de hectáreas de viñedos registradas en los últimos años.

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https://angelyvino.blogspot.com/2026/06/alto-valle-de-rio-negro-y-neuquen.html

Publicado en Ángel y vino.

El ángel del vino. Blog de vinosVino argentino y del mundo, tipos, regiones, historia, bodegas, recomendaciones.

https://angelyvino.blogspot.com/

martes, 28 de octubre de 2025

BODEGAS Y VIÑEDOS DE MAINQUÉ, RÍO NEGRO, PATAGONIA ARGENTINA.



Mainqué y el auge del Pinot Noir: cómo este pueblo rionegrino se volvió capital del vino patagónico.

Mainqué celebra 100 años y se afianza en la producción de vino patagónico.

En el centenario de su fundación, la localidad vive un gran impulso productivo. Su terroir, el recurso hídrico y el empuje de nuevos proyectos posicionan a Mainqué como epicentro del Pinot Noir y motor de la economía regional.

Mainqué celebra su centenario con una identidad que se afianza entre los viñedos. Lo que comenzó hace décadas como un pequeño poblado del Alto Valle, hoy se proyecta como un punto fuerte de la vitivinicultura patagónica, reconocido por la calidad de sus suelos, la pureza del clima y la elegancia de sus vinos.

 “Río Negro está en el foco de la vitivinicultura nacional, llamando la atención de enólogos y nuevos actores que buscan instalarse en esta actividad”, explica Mariana Cerutti, directora de Vitivinicultura de la provincia. Según la funcionaria, las condiciones naturales y la disponibilidad de agua convierten a la región en un territorio privilegiado dentro del mapa del vino argentino.

Cerutti destaca que Río Negro es una de las provincias más ricas en recurso hídrico, un diferencial que contrasta con el déficit que enfrentan otras zonas productoras del país. A esto se suma una amplitud térmica ideal, con días cálidos y noches frescas, que permite una maduración lenta y equilibrada de la uva.

“Nuestro clima genera una fruta marcada, con vinos elegantes y sutiles, de acidez balanceada. Eso nos distingue del resto del país”, señala. La composición de los suelos y el manejo del riego completan una ecuación que da origen a vinos únicos, especialmente en el caso del Pinot Noir, una cepa exigente y de gran delicadeza. “El Pinot Noir rionegrino no se parece a ningún otro del país. Tiene una suavidad y elegancia particulares, una expresión que solo se logra en estos valles”, remarca.

Con una población pequeña y un perfil productivo en expansión, Mainqué se consolidó como un polo vitivinícola de excelencia. En sus márgenes del río y también sobre la barda norte, productores locales desarrollan viñedos que sorprenden por su calidad.

“En diferentes degustaciones a ciegas, los vinos de Mainqué fueron elegidos como los mejores por el consumidor final. Eso demuestra que la zona tiene un potencial enorme”, comenta Cerutti.

“Río Negro está en el foco de la vitivinicultura nacional, llamando la atención de enólogos y nuevos actores que buscan instalarse en esta actividad.”

Desde la Dirección de Vitivinicultura, el gobierno provincial impulsa programas de financiamiento, mejora integral de viñedos y asistencia para la exportación. El objetivo es que cada vez más bodegas pequeñas y medianas puedan acceder a mercados internacionales y fortalecer el enoturismo, una de las actividades que más crece en la región.

“El enoturismo es una unidad de negocio clave: permite vender directo, generar experiencias y fortalecer la economía. Cada visitante que pisa una bodega impulsa todo el entorno: la gastronomía, el alojamiento, los servicios”, sostiene Cerutti.

Otro eje es la sustentabilidad. Se avanza en certificaciones orgánicas, energías renovables y un uso más eficiente del agua. “Trabajamos para que los viñedos y las bodegas sean cada vez más conscientes con los recursos. Tenemos bodegas que ya producen hasta un 80% de su energía con paneles solares”, dijo.

Noemia: identidad, sustentabilidad y orgullo. Hans Vinding.

Fundada sobre una bodega construida en 1952, Bodega Noemía es uno de los proyectos que mejor sintetiza la historia y la evolución de la vitivinicultura en Mainqué. Su viñedo más antiguo data de 1932, y desde entonces la combinación de clima, agua pura y manejo orgánico le otorgan a sus vinos un carácter único.

“Nuestra bodega está profundamente ligada al desarrollo vitivinícola de Mainqué. Después de 24 años de trabajo, alcanzamos un nivel cualitativo alto, pero siempre buscamos mejorar”, destaca el reconocido enólogo Hans Vinding.

Desde sus inicios, Noemía exporta gran parte de su producción y hoy sus vinos están presentes en más de 25 países, contribuyendo al posicionamiento del vino patagónico en el mundo. En 2025, la bodega recibió la certificación de sustentabilidad, reflejo de su compromiso con el entorno social, ambiental y económico.

“El centenario de Mainqué nos da orgullo. Nos hace mirar atrás y proyectar el futuro.”

Miras: la esencia de Mainqué en cada vino.


En el corazón de Mainqué, la Bodega Miras se convirtió en parte de la identidad del lugar. Desde su llegada, Marcelo Miras y su familia transformaron un viñedo histórico —plantado en 1958— en un proyecto que combina trabajo, comunidad y respeto por la tierra.

“La gente nos recibió muy bien, enseguida sentimos esa cercanía”, recuerda Miras, quien compró la chacra en 2017 y desde entonces impulsa una producción cuidada, casi artesanal. Con apenas ocho hectáreas en producción y un equipo de unas diez personas, elaboran cerca de 90.000 botellas por año, donde el Malbec, el Pinot Noir y el Cabernet conviven con una blanca tradicional del valle: el Torrontés mendocino, con el que producen vinos naranjos de baja graduación alcohólica.

“Nos gusta la tranquilidad del pueblo, el contacto con la naturaleza y su espíritu de comunidad.” Marcelo Miras.

“El gran desafío de cada año es hacer un vino mejor, sin perder la esencia del pueblo y su espíritu de comunidad”, resume Miras.

Mabellini: un siglo de historia y un futuro en marcha.


En una chacra centenaria de Mainqué —donde en 1912 la familia Verdecchia plantó las primeras vides—, Bodega Mabellini Wines continúa una historia que lleva más de cien años de vida productiva. Hoy, el proyecto familiar encabezado por Carlos Alberto Mabellini y Lorena Nicolás Creide combina el legado vitivinícola del Alto Valle con una mirada moderna y comprometida.

Mabellini, junto a su familia recuperó los antiguos viñedos y mantiene en producción una bodega que nunca dejó de elaborar vino desde 1912.

“Llegar a Mainqué fue volver a nuestras raíces. Más que una coincidencia, fue un regreso al lugar donde la historia familiar y la historia del vino se cruzan.” Lorena Nicolás Creide (Bodega Mabellini Wines).

“El centenario de Mainqué representa una oportunidad para celebrar y proyectar: honramos a quienes nos precedieron y soñamos con que Mainqué siga siendo un referente del vino patagónico”, coinciden.

Finca Aniello: legado familiar y una tierra inigualable.


Fundada en 2012, Finca Aniello nació con el propósito de continuar una tradición vitivinícola familiar que comenzó hace más de un siglo en Sorrento. La bodega recuperó una chacra histórica a orillas del río Negro y una construcción de 1927 que conservaba viñedos únicos, entre ellos un Malbec de 1947 y uno de los pocos Trousseau plantados a pie franco en el mundo.

“Mainqué arrancó un camino ascendente en el reconocimiento de sus vinos.” María Cruz de Finca Aniello.

Hoy la bodega cuenta con 55 hectáreas de viñedos y una capacidad de 650.000 litros, exportando sus vinos a Rusia, Francia, Inglaterra, Estados Unidos, Australia, Malta, Perú y Brasil. Su Pinot Noir, emblema de la zona, fue elegido dos veces como el mejor en catas a ciegas, un reconocimiento que enorgullece tanto a la empresa como a la comunidad local.

“El centenario de Mainqué es un motivo de alegría. Esta tierra tiene identidad y potencial para seguir creciendo”, destacan, convencidos de que el futuro del vino patagónico se construye con trabajo, pertenencia y compromiso.

Publicado en el Rural del Diario Río Negro, 28/10/2025.

https://www.rionegro.com.ar/rural/mainque-celebra-100-anos-y-se-consolida-como-polo-del-vino-patagonico-4352055/

Nota: faltó a lo publicado por el Diario Río Negro con motivo de los 100 Años de la localidad rionegrina otra bodega y viñedos, como los publicados, que es Bodega Chacra.

Estas bodegas y sus viñedos jerarquizan la vitinícultura rionegrina son creadoras de riqueza y trabajo.

BODEGA CHACRA.

Bodega Chacra fue creada por Piero Incisa della Rocchetta en 2004 con la intención de encontrar la expresión más libre del clima, microclima y territorio de Mainqué en la región del Río Negro en la Patagonia.

Piero Incisa della Rocchetta es descendiente de una familia profundamente vinculada con la historia de Italia que llegó a a estas tierras para llevar adelante su propio proyecto en Mainqué denominado Chacra. Allí logró elaborar un vino pinot noir diferente, celebrado por críticos de alrededor del mundo.
Su entusiasmo por la producción vitivinícola nació en su casa, con su abuelo el marqués Mario Incisa della Rocchetta, que fabricaba en su finca Tenuta San Guido, un vino de la casa para consumo familiar llamado Sassicaia
Piero llegó al Alto Valle del río Negro seducido por un pinot noir patagónico que probó en Nueva York.

En el 2014 la zona de Mainqué fue considerada por expertos de diversos lugares del mundo como el mejor terruño para la producción de Malbec.

"Los mejores aromas, los vinos más complejos y elegantes, persistencia y sobre todo integrado, en cada sentido”, plasmaron en  la calificación que hicieron al respecto. 
Los resultados fueron contundentes y comunes a las tres encuestas, realizadas en las 10 mejores bodegas  y zonas de Argentina, en el marco de la Degustación "Malbec from Diferent Terroir”. Entre las visitadas se encuentran: Colomé, Famatina, Vistabalba, Pedriel, Altamira, La Consulta y Añelo, entre otras.
 
Los "Reviewers" (revisores) que analizaron los datos, todos prestigiosos representantes del Reino Unido (Tim Atkin), Canadá (LCBO buyers) y Estados Unidos (Top Sommeliers), fueron los encargados de convocar a  las bodegas y reunirse, en distintos momentos  y por separado, durante 6 semanas. 
La región de Mainqué, Río Negro – Patagonia el mejor terruño de la Argentina para la producción de los vinos Malbec.
Y se considera como cepas que se da muy bien en la zona de Mainqué el Pinot Noir.
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Bodega Miras: un terroir que late con Mainqué.

Marcelo Miras y su familia transformaron un viñedo histórico en un proyecto que une trabajo, comunidad y amor por la tierra.

En Mainqué, un pueblo que todavía conserva la calma del río y el ritmo de las chacras, la Bodega Miras se ha convertido en parte de la identidad local. No es solo un emprendimiento vitivinícola: es una historia de encuentro entre una familia y una comunidad que se reconocen en los mismos valores: el trabajo paciente, el respeto por la tierra y la sencillez cotidiana.

“Cuando llegamos acá, la gente nos recibió muy bien. Empezamos a ir a la panadería, a la verdulería, a los negocios del pueblo, y enseguida sentimos esa cercanía”, cuenta Marcelo Miras, enólogo y propietario de la bodega. Esa relación se mantiene viva: la bodega compra insumos localmente, participa en las actividades del pueblo y abre sus puertas a visitantes que buscan conocer una parte esencial del alma patagónica.


Miras llegó a la zona en 1990 y muchos años después decidió echar raíces en Mainqué. En 2017 compró la chacra con viñedos plantados en 1958. El desafío era grande: recuperar esas viejas plantas, ponerlas en valor y rescatar un patrimonio vitícola histórico de Río Negro.  “Fue un trabajo de paciencia. La vid es muy noble: cuando la tratás bien, responde de mil maravillas”, explica. Hoy, de esas ocho hectáreas de viñedo en producción, nacen alrededor de 80.000 kilos de uvas al año, que dan origen a unas 90.000 botellas de vino.

La bodega, pequeña y familiar, tiene algo de taller artesanal. Trabajan unas diez personas de confianza,contando la familia. Cada vino lleva la impronta de esa enología práctica, sencilla y sensitiva. “No hacemos cosas rebuscadas. Respetamos las técnicas tradicionales y prestamos mucha atención a las uvas”.

En el viñedo conviven el Malbec, el Pinot Noir, el Cabernet Sauvignon y el Cabernet Franc, además de una variedad blanca tradicional del valle, el Torrontés mendocino, que los antiguos productores llamaban “la loca blanca”,  con estas uvas se elaboran vinos naranjos y con baja graduación alcohólica. El respeto por el medio ambiente atraviesa todo el trabajo.

Marcelo describe que el entorno natural se convierte en parte del día a día: “Nos pasa que en la chacra escuchamos los grillos, los sapos, los pájaros al amanecer… cosas que en la ciudad se van perdiendo. Después de la pandemia vimos volver especies de aves que hacía mucho no aparecían. Eso habla del equilibrio que hay cuando uno cuida el lugar donde vive”.

La familia tiene otra bodega en Fernández Oro donde se hacen algunas producciones y en Mainqué se elaboran partidas más pequeñas, ya que es una bodega garage. Los visitantes pueden coordinar visitas con reserva previa a través de las redes sociales de la bodega. La Bodega Miras forma parte de la ruta del vino de Río Negro, que promueve el enoturismo y el desarrollo local.

“El gran desafío de cada año es hacer un vino mejor”, dice Marcelo, con la calma de quien trabaja a cielo abierto y sabe que el tiempo y el clima son parte de la ecuación. Pero más allá de la técnica, hay algo que no cambia: el deseo de mantener viva la esencia del lugar. “Nos gusta la tranquilidad del pueblo, el contacto directo con la naturaleza. Y sobre todo, conservar esa identidad de Mainqué, su espíritu de comunidad. Eso, para nosotros, también se refleja en el vino.”

Publicado en Diario Río Negro.

https://www.rionegro.com.ar/sociedad/bodega-miras-un-terroir-que-late-con-mainque/

martes, 17 de junio de 2025

Mabellini Wines una bodega en el barrio Confluencia de Neuquén.

 


La historia de amor y tradición detrás de un vino de alta gama que se produce en Neuquén.

Hace más de 7 años, Carlos Mabellini y Lorena Nicolás Creide comenzaron a darle vida a Mabellini Wines, una bodega con carácter y corazón, en el barrio Confluencia.


Identidad, amor y raíz; las formas de tratar la uva; celebrar la propia historia: eso también habita en el vino. Hace menos de una década, Lorena y Carlos decidieron convertir la chacra familiar del Barrio Confluencia en una bodega, para poner en marcha el sueño que acompañó a Carlos desde la infancia y para honrar lo que fueron aprendiendo en un largo camino que vienen transitando juntos.

Buscan hacer un vino de excelencia, en el corazón de la ciudad, que pueda evocar el espíritu de una región que, desde principios y hasta mediados del siglo pasado, supo tener más de 400 pequeñas y medianas producciones vinícolas activas.

Son escribanos, se conocieron en 2002 trabajando en la escribanía Mabellini, cuando Lorena empezaba a hacer sus primeras prácticas profesionales. Pero se enamoraron y la vida tomó otro rumbo. Lorena dice que desde el principio Carlos se propuso presentarle el mundo del vino y que fue match inmediato. Un destino ineludible para una neuquina que desde muy pequeña se colaba en las mesas de los adultos para escuchar las charlas que acompañaba el vino; una niña “viejita”, como le decían sus abuelos, que disfrutaba de irse con ellos largas semanas al campo que tenían cerca del paso Pichachén, donde aprendió a querer todo lo que la tierra neuquina brinda.

“Yo era la más chiquita de las nietas en ese momento. Mi abuelo venía y me decía: ¿viejita, vamos a Chochoy? Él manejaba, yo iba en el medio y mi abuela con su canasta y todos los víveres. Hacíamos viajes eternos al campo, porque mis abuelos eran radioaficionados, entonces íbamos parando en todos los parajes de la cordillera para llevar las cosas que nos iban pidiendo, o en los ranchitos adonde invitaban a Don Creide a compartir el mate”, recuerda.

Hoy Carlos y Lorena tienen dos hijas y también Mabelline Wines, un proyecto que comenzó como una aventura y se convirtió en un producto con puntuaciones internacionales brillantes, para el que trabaja un equipo de profesionales patagónicos, que genera trabajo local y que crece con discreción y belleza, rodeado de viento y barda, muy cerca de la confluencia de los ríos.

El vino alegre.

El amor de Carlos por el vino comenzó en la infancia, en épocas donde las familias solían compartir la mesa y el vino era parte de esa ceremonia preciosa y cotidiana que tanto nos cuesta sostener en la actualidad. En ese entonces, Argentina era la primera consumidora de vino a nivel mundial, con un promedio anual de 100 litros por habitante, un número que hoy se redujo a 20.

Sus dos abuelos, Lorenzo Zannola y Pedro Mabellini, habían llegado desde el mismo pueblo italiano a vivir a Cinco Esquinas, en la zona de La Picasa, lo que hoy es Cinco Saltos. Ambos producían vino, no cualquiera, sino un vino alegre, hecho con entusiasmo en piletones, un vino que se compartía entre los trabajadores de la cosecha, que se brindaba en las carneadas, que se servía para toda la familia, también para los niños con mucha soda. Sin embargo, fue Pedro, el papá de su papá, quien se volvió un especialista y heredó esa tradición a los suyos.

“Cuando era chico íbamos a la casa del tío Giovanni, que se había quedado produciendo en la chacra paterna. Y ahí es donde estaban las dos piletas de 4.000 litros para hacer vino. Yo me preguntaba por qué si era un vino familiar hacían 8.000 litros. Porque era para todos todos, para compartir realmente”, explica Carlos. Y agrega: “Yo no conocí a mis abuelos. Mi papá dejó la vida de chacra cuando tenía 12 años y una familia que le compraba frutas a mi abuelo lo invitó a La Plata para que pudiera hacer la secundaria y la universidad. Entonces si bien yo no lo viví directamente esa vida, ese amor es algo que se lleva en la sangre. Mi papá decía: 'vos no conociste a tus nonos, pero tenés los mismos gustos que ellos'. Es así, los genes se imponen”.

Un sueño compartido.

Carlos siempre quiso hacer su propio vino, pero era un sueño que necesitaba madurar. En cambio, se hizo coleccionista, quizá uno de los más importantes del país. Los primeros vinos que guardó hace 25 años fueron un Lagarde y un Luigi Bosca. Hoy su cava privada es una fiesta de historia y belleza, que resguarda los secretos y trayectos de cientos de productores patagónicos y de cada rincón de Argentina.

“Este espacio también es una forma de mostrar respeto a los hacedores, a todos los que trabajan en la industria, que es muy diversa y muy hermosa. Porque hacer vino es tener contacto y trabajar con la tierra, es respetar y hacer valer tu terroir y llevarlo a 750 mililitros. Es algo increíble, pero se logra”, explica Lorena.

Carlos solía decirle a su papá: “Viejo, tenemos que hacer vino”. Y él siempre le respondía: “Pero a vos no te gusta hacer vino, Carlos, a vos te gusta tomar vino”. Pedro falleció en 2017 y ese mismo año, quizá como homenaje, quizá porque sintieron la necesidad de hacer brotar la memoria, decidieron comenzaron el sueño.

“Fue una decisión. Quisimos hacerlo acá, por todo lo significaba para la familia, pero implicó reconvertir una chacra que tenía peras, ciruelas y manzanas en viñedos. Trabajamos con el ingeniero agrónomo, Marcelo Casazza, de Mendoza, que todavía nos asesoran hasta el día de hoy. Después conocimos a Valeria López, que es nuestra enóloga; ella también es patagónica, es de Villa Regina, al igual que Caverzán, otro ingeniero agrónomo. Eso nos hace armar un equipo realmente muy patagónico y nos encanta: los dueños, el enólogo, el agrónomo. Entonces hay como mucha gente del Alto Valle trabajando en el equipo, también en las chacras y eso bueno, también nos gusta”, dice Lorena.

Además de la producción local, incorporaron una chacra de Mainqué, Río Negro, que posee una bodega con viñedos históricos que construyó la familia Verdecchia en 1912, donde también están haciendo un trabajo de mejoramiento, renovación, podado sobre plantas de más de 60 años.

Viñedos propios y turismo neuquino.

La bodega Mabellini no compra uvas, todo se cosecha en los propios viñedos en pequeñas bandejas de 14 kilos, en un proceso de selección que es manual, donde trabaja y disfruta toda la familia. En 2021 tuvieron la primera cosecha, luego de haber plantado en 2018. Esa primera etapa permitió obtener 7 mil botellas, que al siguiente año se convirtieron luego por 15 mil y se proponen alcanzar las 70 mil.

No buscan cantidad, sino trabajar sobre la calidad. Carlos y Lorena dicen que están en un proceso de aprendizaje de muchas cosas dentro de la industria, intentando nunca dejar de disfrutar el proceso. Y lo hacen con pasión, porque no reconocen otra forma de encontrarse con el vino, pero también con respeto, porque saben que este terruño tiene tradición y memoria.

Hace varios años Lorena tiene “el corazón dividido en dos”, dice. Además de la bodega, administra la Estancia Chohoy Mallín, a la que iba a jugar de niña con sus abuelos. La estancia, que está ubicada muy cerca de la frontera con Chile, a pocos kilómetros de Los Guañacos y a unos 100 de Chos Malal, se convirtió en un Lodge de pesca más que atractivo para el turismo.

“Lo que hacemos tiene que ver con la identidad, es recuperar las tradiciones familiares, es hacer prevalecer Neuquén. En la estancia, mantenemos la tradición de la trashumancia. La parte turística fue algo mío, que quise hacer porque me encanta. Convertí mi casa: guardé todas nuestras cosas y armé el Lodge. Ahí siempre pasábamos el verano con mis hijas, así que cada turista que llegaba lo atendíamos todos a cuerpo de rey. Hasta que vimos que sí, que funcionaba, que la gente volvía. Entonces comenzamos a construir el nuevo lodge que ya tiene seis habitaciones”, explica. “Hay mucho esfuerzo atrás de todo esto, pero tenemos plena conciencia que no sólo es lo que amamos, sino también es la forma de que todo quede en Neuquén”, agrega.

Hace décadas que Neuquén viene apostando a la industria turística como una posibilidad concreta de diversificar la economía. Los últimos años se convirtió en una realidad que, aunque pueda requerir mayor impulso, siempre avanza. El sector bodeguero es un aliado estratégico. Este año, en el Festival del Chef Patagónico de Villa Pehuenia estuvo presente la carpa de Vinos de la Patagonia, una sinergia entre Neuquén y Río Negro que permite destacar la potencialidad de los vinos de la Patagonia Norte.

“Creo que tenemos que unir la gastronomía con el vino en un solo espacio. Es fundamental, porque somos parte de la cadena gastronómica. No hay gastronomía sin vino, sin cerveza, sin jugo natural. Entonces, somos todos los productores que tenemos que estar juntos. Entre las bodegas nos llevamos todos muy bien. Incluso hasta para cortes, para armar vinos, nos llamamos, nos consultamos. Cada vino tiene su terroir, entonces, no hay competencia. Somos todos hacedores de vino en nuestra tierra y cuanto más unidos estemos, mejor”, concluye Lorena.

Hay muchas formas de honrar la tierra, muchas formas de ser Neuquén. Carlos y Lorena la encontraron volviendo a la infancia, tejiendo y destejiendo una tradición, reconociendo la raíz y haciéndola vino.






Publicado en La Mañana de Neuquén.

Domingo 15 de junio del 2025.

Por Cecilia Rayén Guerrero Dewey. 

Imágenes: Claudio Espinoza.

HISTORIAS NEUQUINAS.

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