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miércoles, 22 de abril de 2026

Conociendo Ribera del Cuarzo. El ángel del vino.

 


Conociendo Ribera del Cuarzo.

Ribera del Cuarzo. Nota 1

Conociendo la bodega patagónica que sorprende a todos.

En esta primera entrega inicio una saga de cuatro publicaciones, en la que te iré describiendo en detalle a una de las bodegas patagónicas que más rápido viene haciéndose notar en los últimos años. 

En esta nota, que escribí durante mi viaje en avión hacia la ciudad de Neuquén con el objetivo de visitar la bodega Ribera del Cuarzo, les conté el recuerdo de "un delito" relacionado con el vino, que protagonicé siendo niño, durante las vacaciones de verano que solía pasar en la chacra de mis abuelos en Río Negro. Recuerdos que me generaban una linda expectativa, al volver a la región.

En el aeropuerto nos recibió Rosario Langdon, directora de exportaciones, y partimos en auto hacia la bodega, ubicada en la localidad de Valle Azul, a unos 130 km de la capital neuquina. Tardamos casi dos horas (mucho tráfico y una ruta angosta), pero se pasaron rápido gracias a las vistas de las chacras y a la fluida conversación con la sommelier Delvis Huck, que formaba parte del grupo.

Rosario Langdon

Llegamos al atardecer, mientras crepitaban las llamas que asaban un cordero a la cruz que prometía ser regado con los vinos de la bodega. Esa cena de bienvenida fue la oportunidad de probar varios de los Araucana, para luego ir a descansar en las casas de huéspedes de la bodega (que aún no abre sus puertas al turismo) vislumbrando, a muy pocos metros, los edificios de la bodega, los viñedos y, por detrás, la barda, que surge protagonista, y parece formar un escudo protector de los vientos patagónicos.

Pero las bardas no solo aportan en cuidar un poco a las viñas de esos vientos -una función que en el Valle del Río Negro y en Neuquén es responsabilidad de las características columnas de álamos, sino también para conformar los suelos que, con 33 millones de años en los sectores más altos, presentan características particulares que favorecen el manejo orgánico y biodinámico.

Los viñedos de la Ribera del Cuarzo son únicos en ese sentido, montados sobre la base de la barda sur del Valle. Lo primero que su propietario, Felipe José Menéndez, quiso que comprendiéramos fue la especial geomorfología del lugar: nos referimos a todo el Valle de Río Negro, que es bastante atípico en comparación con otros valles que estamos acostumbrados a ver y recorrer en la búsqueda de viñedos.

Viñedo al pie de la barda norte

Es que se trata de un valle longitudinal, muchísimo más largo que ancho, que discurre a lo largo del recorrido del Río Negro, el cual nace de la unión de los ríos Neuquén y Limay que bajan raudos desde la Cordillera de los Andes. Sus límites, a lo ancho, son las formaciones localmente conocidas como bardas, de no demasiada altura y con perfiles formados por la erosión que provocó el río en sus épocas de monumentales caudales, al irse derritiendo los glaciares que se habían formado durante la era de hielo.

Detalle de una barda (lado norte, a la altura de Villa Regina)

Ello permite ver, en un corte vertical, las capas que conforman los suelos de la amplia meseta patagónica, que este valle corta formando una depresión que genera especiales condiciones climáticas, como la presencia de ese viento que obligó a los primeros colonos a idear los sistemas de defensa con las verticales y nutridas columnas de álamos.

Nacida aristocrática -el descubrimiento del lugar fue realizado por la condesa italiana Noemi Marone Cinzano y los primeros vinos salieron de la mano de un excelso winemaker como lo es Hans Vinding Diers (quien supo hacer un Malbec exótico que deslumbró en Catena Zapata)- hoy Ribera del Cuarzo tiene varios condimentos que la posicionan como un diamante en bruto en la escena local de las bodegas argentinas: un sólido y experimentado equipo de trabajo, impecables instalaciones y un terroir que, debido a su sanidad y características de suelos, genera naturalmente vinos de gran pureza.

Pero lo que yo creo que realmente distingue a este proyecto, y es uno de sus puntos más fuertes, es su propietario, Felipe Menéndez. Además de conocer muy bien la industria, por haber trabajado toda su vida en ella junto a los mejores, entiende a la perfección cada detalle de ese terruño. Y no por casualidad, ya que a sus años de experiencia recorriendo incansablemente la Patagonia, le suma una inagotable voluntad y energía, que le permiten explorar metro a metro, a pie, a caballo, en bote o a bordo de una 4x4, este terruño aún casi virgen de la región de Valle Azul.

Felipe José Menéndez

Es esa férrea convicción la que lo ha convencido de sumar compañía, entendiendo que para lograr el crecimiento de una región con semejante potencial como tiene el Valle Azul, hay que llamar y atraer a los mejores. Algo que ha comenzado, con la presencia de Santiago Achaval y Roberto Cipresso, a quienes invitó a conocer el lugar y que ya están haciendo un vino con uvas de la finca La Medialuna, de Celestino, la misma con la cual Ribera del Cuarzo ha firmado un contrato a 10 años. No son los primeros “grandes”, en la región, el mismo Hans (Noemia) y Piero Incisa della Rocchetta (Bodega Chacra) sobresalen con vinos de la elite argentina en la cercana Mainqué, a apenas 50 km, pero ubicados en la otra margen del río, recostados sobre la barda norte.

Ribera del Cuarzo es un proyecto que, además, desde lo comercial se encuentra bajo el paraguas de Casa Pirque, una de las Distribuidoras de vinos argentinos de alta gama más reconocidas del país, con varios años manejando la comercialización de las principales familias del vino de Argentina y del mundo como Caro, Luca, Matervini, Pendfolds, Opus One, Gaja y Barons de Rothschild. Ello le permite codearse con los mejores.

En las siguientes tres notas desarrollamos con más detalle los aspectos que sostienen a esta destacada bodega: el origen y el presente, los viñedos y suelos, y la bodega y sus vinos, no dejes de leerlas si quieres conocerla a fondo.

El presente está a la vista, el futuro… es incalculable. Esperemos que lleguen a brillar en la escena local e internacional tanto como el cuarzo que tapiza finamente sus suelos.

*** Publicado en El ángel del vino. Blog de vino argentino y del mundo, tipos, regiones, historia, bodegas, recomendaciones.

https://angelyvino.blogspot.com/2026/04/conociendo-ribera-del-cuarzo.html

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martes, 21 de abril de 2026

La prueba del delito. Una simpática historia del mundo del vino.

 

La prueba del delito.

Una simpática historia del mundo del vino.

Siendo un adicto al mundo del vino padezco a veces de una abstinencia que se me hace difícil de soportar. Y no se trata de cuidarme de beber esta apasionante bebida, algo que hasta ahora mi buena salud no me ha obligado a hacer casi nunca, sino de una abstinencia provocada por la distancia.

Vivir en Buenos Aires tiene, para un enófilo activo que gusta de participar en catas y eventos, una gran ventaja ya que no debe haber en la Argentina (y probablemente tampoco en muchos otros lugares del mundo) otra ciudad con tan nutrida y variada oferta de este tipo de eventos.

Pero lo que no hay son viñedos, ni bodegas. Aquí es interesante recordar que sí las hubo: a fines del siglo XIX en la zona del Cid campeador, barrio de Caballito hay registros de 14 ha de viñedos que producían vinos para el servicio en los vagones comedor del ferrocarril en sus largos viajes, pero fueron devorados por el avance de la ciudad. Hoy en día hay que viajar varios kilómetros en auto y no menos de una hora, para llegar a pisar algún viñedo real o viajar en avión para llegar a las zonas productoras importantes.

Así que, en un año 2026 en el que pasé mis vacaciones de verano en un país donde abundan fincas de cacao o de café, pero los viñedos brillan por su ausencia (Costa Rica), cuando recibí el llamado para conocer Ribera del Cuarzo, una bodega que no había visitado en mis viajes anteriores a esa región, supe que por fin iba a poder a poder saciar mi sed de viñedos y bodegas.

La bodega rionegrina Ribera del Cuarzo se encuentra en la región a la cual más veces he viajado a lo largo de mis 62 años de vida, porque, así como muchos porteños han acumulado incontables viajes a la costa de la provincia de Buenos Aires para disfrutar las playas de Mar del Plata, Pinamar o aledañas, en mi infancia las vacaciones de verano tenían un destino recurrente: ir a vivir un mes en la chacra de mis abuelos maternos, ubicada en Cinco Saltos, Alto Valle de Río Negro.

Tengo los recuerdos más felices de esas épocas dónde, tras un largo viaje en auto que en los años sesenta podía llegar a durar unas 20 horas, finalmente atravesábamos la tranquera y entrábamos por el camino de piedras sueltas franqueado por bellísimos manzanos atiborrados de fruta, hasta llegar a la casa y los galpones, siendo recibidos por varios perros que anunciaban nuestra llegada con sus ladridos. 

Nos instalábamos y durante cuatro semanas la vida de ese niño que fui, criado en un edificio de 10 pisos y cuyo patio de juegos era el asfalto de las calles, se transformaba por completo en un oasis de frutales y granja de animales, que, además de la producción de manzanas, abarcaba peras, higos, ciruelas, duraznos, damascos, granadas, membrillos, sandías, pelones y cerezas. Pero, sin duda, la plantación que más me llamaba la atención eran las tres hermosísimas hectáreas de viñedo que mi abuelo y mis tíos habían ido plantando a medida que recibían esquejes que otros vecinos generosamente les regalaban. Porque eran épocas donde todo se hacía a pulmón y no había posibilidades de comprarlas a los viveros.

Yo en esa época era aún muy chico y no sabía nada de cepas, pero mi tío Elisardo Arredondo me contó que el viñedo se trataba de una mezcla con un poco de todo, pero con predominancia de Malvasía. Sí tengo vívidos recuerdos de la prensa que utilizaban para moler las uvas, o de la barrica a la que ellos llamaban “bordolesa”, así como de un parral que cubría un patio en el lateral de la casa, del que arrancaba unas muy dulces y espléndidas uvas rosadas Moscatel, las más ricas que comí en mi vida.

En mi tierna infancia el vino se hacía allí mismo, en la chacra, pero para mediados de los 60 y 70 ya mis tíos Manolo y Elisardo habían comenzado a llevar las uvas a una cooperativa llamada La Picasa, donde se juntaban con las de otros chacareros, para procesarlas todas juntas y hacer el vino que se despacharía y comercializaría en damajuanas.

Entre tantas anécdotas e historias de esas vacaciones, hay una relacionada con esos vinos que me quedó grabada. Y atentos, porque aquí voy a confesar haber participado de la comisión de un delito.

Es que en aquellos años aún no había llegado el cambio climático y el frío en el Valle de Río Negro se hacía sentir durante mucho más tiempo. Ello hacía que en los años fríos las uvas tuvieran dificultad para alcanzar el grado de madurez y de azúcar óptimos. Para colmo, por aquellas épocas, el Instituto Nacional de Vitivinicultura no había aún implementado un grado mínimo de alcohol diferente por regiones (algo que sí se hizo después) y se determinaba el mismo que para Cuyo, una región mucho más cálida.

Ello ponía en un brete a la cooperativa cuando, luego de la fermentación, los piletones arrojaban grados de alcohol que no llegaban a ese caprichoso mínimo reglamentario. Y resultaba inadmisible para esos humildes chacareros que, en los años fríos veían que el esfuerzo de toda una cosecha completa corría riesgo de perderse a la llegada del inspector del instituto sino aprobaba esos vinos de bajo nivel de alcohol. Pensar que hoy parecen ser los más buscados, qué paradoja.

Así que un año, mi tío Manolo -que era además mi padrino y que me llevaba a todos lados durante mi estadía allí- me hizo subir como acompañante al viejo camión Chevrolet 400, para una tarea muy particular.

En la caja del camión había varios cajones de madera tapados con una lona. Encaramos hacia las bardas por el desolado camino que iba hacia el lago Pellegrini, hasta que se metió por una huella lateral para acceder a un lugar aislado, en el que nadie nos veía. Allí en el medio de los matorrales que crecían sobre ese suelo arenoso, ya había dejado preparada una excavación que, de haber sido más larga que ancha, habría parecido a la de una tumba.

Cuando destapó los cajones vi que estaban llenos de botellitas verdes vacías de medio litro (que no eran de vino) y me dijo: “ahora viene lo divertido, las vamos a ir tirando al pozo una por una, sin importar que se rompan”.

Yo no entendía mucho lo que pasaba, pero en un santiamén las botellas estaban allí abajo, todas hechas añicos. Eran botellas de alcohol, la prueba del delito que se debía ocultar y nunca podría encontrarse: el alcohol que se había tenido que agregar, para no perder el vino.

No me pidió que con la pala moviera la arena para tapar el pozo, pero sí que no se lo contara a nadie.

Hoy, ya prescripto ese delito, me he animado a contar esta romántica historia del vino que escribí de un tirón durante el viaje de avión que en menos de dos horas me ha depositado en el valle (mucho más rápido que esas 20 horas de auto) para vivir una nueva aventura en Bodega Ribera del Cuarzo, siempre conectada con mi querido mundo del vino.

Ángel Ramos entre los perales de la chacra.


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La casa de la chacra, nevada.

Mi querido tío y padrino: Manolo.

Publicado en 

El ángel del vino. Blog de vino argentino y del mundo, tipos, regiones, historia, bodegas, recomendaciones.

https://angelyvino.blogspot.com/2026/04/la-pueba-del-delito.html

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domingo, 20 de abril de 2025

Bodega de Tomás López Cabanillas / Natalio Botana / Jorge Enrique Thurín. Autor: Federico Witkowski.

Vieja planta tomatera, se construyó a partir de la presencia de Natalio Botana, al igual que la bodega ubicadas dentro lo que se denominaba Estancia La China.
Néstor Salas, Diario "Río Negro", 2017.


Bodega de Tomás López Cabanillas / Natalio Botana / Jorge Enrique Thurín.

Parte I

Esta bodega propiedad de don Tomás López Cabanillas, se encontraba en tierras pertenecientes a la Estancia “La Finuca”, sobre la margen sur del río Negro, que había adquirido en 1910 a don Rodolfo Freyre.

Heredad que ha sido un modelo de estancia moderna y chacra, que supo alinear unas 70 hectáreas de vides, y poner una nota de civilización junto al río montaraz.

Aledaño a la esplendorosa residencia patronal llena de aristocrático confort, se hallaba emplazada la bodega integrada por 8 piletas de mampostería de 10.700 litros c/u, reuniendo una capacidad total de vasija fija de 85.600 litros y 200.000 litros de vasija móvil compuesta por cubas de madera de roble francés, conformando así una capacidad total de elaboración y conservación de 285.600 litros de vino, o como estaba cubicada en el año 1919 en 1500 cascos (Molins, W. Jaime - El Alto Valle del Río Negro). Su construcción data del año 1915.

Don Tomás, vivía una vida ennoblecida por la paz del campo y disfrutaba observar a sus viñedos rebosantes de lozanía que le recordaban los pámpanos de la milenaria Grecia –trasuntos de las vides helénicas que elogiaron los ditirambos de Arión–, cuando las doncellas corintianas clamoreaban en versos yambotrocaicos las andanzas de Dionisos.

Se elaboraban vinos blancos y claretes de mesa, que principalmente eran enviados para su venta a Necochea y localidades aledañas; también se los distribuía en la Línea Sur rionegrina.

En el año 1925 esta estancia, de 4500 hectáreas, es adquirida por don Natalio Botana (Sarandí del Yí 1888 – Jujuy 1941) empresario periodístico uruguayo arribado a la ciudad de Buenos Aires en el año 1913; y a la propiedad la rebautizó Estancia “La China” en honor a su hija Georgina Nicolasa a quien apodaban “China”.

Este reconocido periodista, fundador y director del Diario Crítica, propietario de la fastuosa quinta “Los Granados”, en Don Torcuato, en cuyo sótano se encontraba pintado el famoso mural del plástico mejicano David Alfaro–Siqueiros, ha recibido en dicho lugar la visita de famosísimos personajes de la época, como: Pablo Neruda, José Ortega y Gasset, Rubén Darío, Federico García Lorca entre tantos otros.

En la comarca han quedado los comentarios que hacia la expiración del verano de 1934, don Natalio vino acompañado por uno de los más grandes exponentes de la llamada Generación del 27, el poeta andaluz Federico García Lorca y comitiva.

Sorprendió al ilustre visitante la furtiva imagen del verano patagónico con su atmósfera preñada de perfume, olor y color en momentos que la magnolia yerguía su fantasma sombrío, mientras látigos de hielo azotaban los rebeldes vientos; en tanto Baco, intolerante en las cubas, dejaba escapar desgarradores gemidos en su etílica metamorfosis.

Quizás García Lorca, haya llegado a estas tierras patagónicas, buscando en la gran soledad y la lejanía escuchar los ecos sin voz de su desesperado y angustiante Grito a Roma, el que ha dejado sólo huellas negras en el desierto blanco del Vaticano: “Porque no hay quien reparta el pan ni el vino, ni quien cultive la hierba en la boca del muerto, … ni quien llore por las heridas de los elefantes, … “

Bodega de Tomás López Cabanillas / Natalio Botana / Jorge Enrique Thurín.

Parte II

Cuando en la oscuridad completa, el mundo del desierto patagónico se volvía profundo en su silencio extraordinario, intenso y penetrante, don Natalio Botana reflexionaba que la oscuridad de la noche era tan necesaria como la luz del día; así, entonces, la noche y el día eran esenciales, ya que daban vida y energía a todas las cosas vivientes de la tierra.

Esta bodega ha quedado registrada en la Guía Comercial del Ferrocarril Sud del año 1938, con una producción anual de 35.000 litros de vino.

En 1941 don Natalio fallece a los 53 años en un dudoso accidente de tránsito en la provincia de Jujuy, y con su desaparición física también se extinguió, al menos, la actividad bodeguera; la cual, ya no aparece en la Guía Comercial de los Ferrocarriles Sud, Oeste y Midland Nº 11 del año 1942.

En el año 1947 la estancia es vendida por su viuda, la periodista, escritora y poeta, Salvadora Medina Onrubia –con la finalidad de mantener el diario Crítica en la calle y saldar la deuda que tenía con los trabajadores de prensa– a los hermanos Manzano; quienes, a su vez, en 1955 se la transfirieron a Manuel Gerardo Rebella y Jacobo Schilman.

Hacia el ecuador de la década de los años ’60 se instaló una colonia integrada por 12 familias de agricultores galo-argelinos bajo el liderazgo de Jorge Enrique Thurin, los que habían emprendido el éxodo tras la independencia de Argelia. A través del Ministerio de los Repatriados de Francia, les conceden un préstamo de carácter no reintegrable de 30.000 francos y adquieren en el año 1967 una fracción de tierra en Valle Azul, perteneciente a lo que era la estancia “La China”.

Atrás habían quedado ya las conspiraciones y la guerra argelina, el Gral. Charles De Gaulle, sin tapujos ni rebozos, los había abandonado.

Arribaron así al reino del frío y del viento, viento al cual tuvieron que rápidamente adaptarse como el junco, que se inclina y dobla de un lado a otro pero no se quiebra.

Comenzaron a transitar por una senda sembrada de dificultades y contradicciones, y pronto entendieron que: “Su principal reto era la dificultad misma”, y aferrándose al verbo sarmientino rápidamente aprendieron que “las dificultades se vencen, las contradicciones se acaban a fuerza de contradecirlas”. No obstante, el añil valle les inspiraba pensamientos de calma y alegría.

Muchos de ellos, que se dedicaban a la actividad vitícola en la ex-colonia francesa, continuaron acá con el cultivo de la vid.

Jorge Enrique Thurín, se quedó con el casco de la estancia donde se encuentra el chalet, en el que vive actualmente con su señora esposa; se halla localizado a unos 300 metros del ejido urbano de Valle Azul, desde donde se puede observar la chimenea de la ex fábrica de tomates. Don Jorge aprovechando los viejos viñedos existentes y la bodega, en la que solamente habían quedado las piletas de material, retomó en 1967 la elaboración de vino. Entonces, el generoso y tumultuoso mosto se hizo vino y el vino se transformó en aliviadoras gotas de sangre redentora. Al establecimiento lo denominó “La Sureña”. Elaboró vinos hasta el año 1989.

Autor: Federico Witkowski.

Afiches y bordalesas de vino de la Patagonia Norte Facebook.

El chalet es hoy de los Thurin. Néstor Salas, 2017.

jueves, 6 de junio de 2024

Un viaje a través de los viñedos únicos de Río Negro.

 

Un viaje a través de los viñedos únicos de Río Negro.


Ubicado entre General Roca y Choele Choel, Valle Azul brinda condiciones naturales extraordinarias para la producción de un vino exótico. Su historia es apasionante, incluye a una condesa italiana y a un rabdomante en el medio de las bardas.


Por Miguelina Missotti.



“La fecha del sueño de elaborar vinos en Patagonia se remonta a algún momento de mi infancia”, así comienza la charla con Felipe Menéndez, CEO de la Bodega Ribera del Cuarzo.

Si bien la historia de la bodega comienza en el 2008, Felipe tiene raíces en el vino que se remontan a 1883, cuando su tatarabuelo Melchor Concha y Toro, fundador de la bodega Concha y Toro, plantó su primer viñedo en el valle del Maipo, en Chile.

“Somos una familia argentino-chilena. Mi tatarabuelo Menéndez llegó de España. Como todos los inmigrantes de esa época, vino para construir su futuro en un país que se estaba comenzando a cimentar, y se instaló en Tierra del Fuego a pedido del jefe que tenía en ese momento, ya que trabajaba para una empresa que proveía de alimentos a los almacenes, se llamaba Echart y Compañía”, relata.

“Ahí conocí el vino”.

Después se dedicó a la lana, a la construcción de buques y secasó con la nieta de Melchor Concha y Toro, con quien tuvo hijos. “En el año 70 mi familia vino a Argentina y de Chile mantuvimos la casa de la bodega Casa Pirque. Yo pasé todos los veranos de mi infancia en esa casa y ahí conocí el vino porque la bodega está al lado de la vivienda, al igual que hoy sucede en Valle Azul, donde tenemos la casa y la bodega al lado”.

“Entonces, en febrero arrancaba la elaboración de vinos y nosotros estábamos siempre ahí, probando la producción entre ese aroma. Puedo decir que el amor por el vino se me despertó desde muy chico y siempre decía que yo iba a trabajar en vino”, expresa Felipe.

El sueño de Felipe.

Nicolás Catena era el padre de una compañera de colegio de la hermana de Felipe. “Siempre pasaba caminando por un lugar en Buenos Aires donde sabía que él tomaba café. Un día tomé coraje, me acerqué y le dije: ‘Tengo el sueño de transformarse en alguien del vino. Me gustaría trabajar con usted porque creo que lo que hace es maravilloso’”.

Un año después, Catena se contacta con Felipe y comenzaron a trabajar juntos hasta el 2015 que Felipe, llegando a sus 30 años, pensó que ya era momento de largarse solo porque la industria del vino es un trabajo que lleva toda la vida porque depende del ritmo de la naturaleza. “Nicolás fue la persona que me enseñó todo, siempre trabajé muy cerca suyo”.

Y así llegamos a 2008, cuando un suceso cambió la historia de Felipe. “Un día nos habíamos juntados con otros empresarios de la industria para probar algunos vinos y en particular con el cual todos quedamos fascinados: solo sabíamos que era un vino que hacía una italiana en un lugar de la Patagonia”, detalla.

La palabra clave.

Y cuando Felipe escuchó la palabra Patagonia no pudo pensar en más nada. A tal punto que un día propuso a su grupo de trabajo hacer una comparación de los mejores cinco Malbecs de la Argentina y cada uno debía elegir el suyo. Felipe llevó ese vino italiano-patagónico que había probado y, definitivamente, todos estuvieron de acuerdo con que era el mejor.

“Era algo exótico, que tenía una fuerza de fruta, de estructura, de color, de intensidad alta y al mismo tiempo mucha suavidad. Y eso no era común en ese momento. No era tan fácil lograr ese balance entre algo que tenía mucho carácter y al mismo tiempo suave y elegante”.

No era normal.

Esa degustación fue la culpable de que comenzaran una secuencia de muchísimos viajes por la Patagonia haciendo un rastrillaje de terreno de norte a sur y de este a oeste. El primer viaje fue al viñedo de Valle Azul, donde se producía ese vino que habían probado. “Ahí descubrimos que este viñedo no era normal porque las producciones en el valle de Río Negro se producen a orillas del río”.

Y eso tenía lógica: se levantan las compuertas, se riega por manto, el costo de riego es bajo y la tierra es muy, muy rica. La definición de las tierras a orillas del río es limo arcilloso. Sin embargo, este viñedo había sido plantado en la parte alta del valle, es decir, por fuera de la parte verde y fértil.

“Ahí arriba, en ese lugar, el suelo es totalmente diferente. Es un suelo suelto, de arenilla, de piedra, de mucha piedra calcárea, con alto contenido de carbonato de calcio, con registros volcánicos”, detalló Felipe.

Único en el mundo.

“El valle de Río Negro es único en el mundo. No hay otro valle así. Mirá que nosotros hemos caminado literalmente todos. No hay ninguna región del vino que no hayamos caminado, conocido, viajado, dedicado tiempo”, aseguró.

El valle de Río Negro combina estos dos ecosistemas totalmente distintos en uno mismo, en un mismo frío, con el mismo viento, con las mismas horas de luz. Tiene muchas horas de luz. O sea, la planta trabaja muchas más horas por día, pero también la primavera llega más tarde.

En 2017, Felipe y el equipo viajan a Nueva York y la vida lo termina juntando con la condesa italiana Noemí Marone Cinzano que hacía los vinos en Valle Azul. Durante la conversación de Felipe con la condesa, éste le cuenta su historia familiar en la Patagonia y ella le propone que vaya a conocer la bodega, ya que ella se estaba yendo a vivir a Portugal y ya no iba a poder continuar haciéndose cargo de la producción.

“Y así comenzamos a elaborar en esta bodeguita y este viñedo chiquito que ella había plantado y le dimos fuerza”, asegura.

“En estos diez años la hicimos crecer, plantamos 22 hectáreas más, compramos un poco más de campo que tiene este pie de barda tan particular, equipamos la bodega y estamos aprendiendo de este terruño que tiene tanto todavía para enseñarnos. Para lograr un vino rico e interesante tenemos que tratar de elaborar una diversidad de vino lo más amplia posible para que al momento de hacer el ensamble de todos esos pequeños vinos que hacemos, que conforman un vino, haya una complejidad rica y atractiva”, detalla.

“Entonces hay pedacitos del viñedo que te dan más fruta, otros que te dan un poquito más de fruta blanca, otros que te dan una cosa más mentolada, otros que te dan una cosa más estructurada. Y si trabajás el campo desde la poda, el momento de cómo vas llevando la planta, cómo trabajas el suelo, cómo cosechas, los tiempos de cosecha, podés ir armando de una pequeña parcela una diversidad de 30 vinos distintos. O sea, tenés 30 barricas que son 30 vinos distintos y después los ensamblás a tu gusto y generás una sensación de todo eso junto, que es el trabajo del año en el campo puesto dentro de una botella”, cuenta.

Altibajos argentinos.

Sin embargo, no todo es color de rosas en la industria del vino. En un momento, las facturas de energía eléctrica que llegaban eran tan altas que a comienzos de 2021 era muy probable que tuviésemos que dejar de elaborar vino ahí porque era muy caro.

“Se había transformado en el costo más alto y rompía todas las posibilidades de poder vender un vino a un precio normal. No era sustentable desde ningún punto de vista porque la italiana construyó un acueducto desde el río hasta la parte alta de la barda para propulsar el agua y poder plantar ahí”, remarca.

Entonces ahí estuvieron un buen tiempo analizando cómo podían resolver el problema del agua y fue así que conocieron a un hombre que les contó que donde ellos estaban parados el agua estaba ahí abajo mismo y había que buscarla. “Era casi ridículo, te diría, lo que él decía. Vos mirabas ese paisaje y decías "acá abajo no pudo haber agua”.

Comenzaron un proceso de búsqueda de agua que fue muy arduo. “Después de casi un año y medio, cuando ya estábamos para tirar la toalla, un vecino (Mauro Galera) vino una mañana y me dijo: ‘Vamos a buscar el agua como lo hacían los indios’”.

Empezaron a caminar el campo y marcaron cuatro lugares posibles, donde finalmente se confirmó que había agua. “Hoy regamos con esa agua a costo cero porque con un molino de viento vamos a tener el agua en superficie sin tener que prender ninguna bomba. De esta manera, todo va a ser sustentable”.

Su lugar en el mundo.

Para Felipe, Valle Azul es su casa y el lugar al que va a dedicar toda su vida. “Nuestra mirada está puesta en la Patagonia, porque todavía está todo por hacerse, como nos decía mi papá cuando éramos chicos. El principal aliado para la industria del vino es el paso del tiempo, que es muy lento”. Felipe cree que en los próximos 100 años van a ir floreciendo viñedos en muchos lugares de la Patagonia.

“Tenemos un país inmenso todavía por plantar y debemos hacerlo con conciencia preservando el ecosistema de donde vamos instalando plantas de vid, ya que son exógenas al lugar, entonces también hay que plantar con una cabeza mirando el futuro y pensando cómo hacemos para no destruir el lugar y poder convivir para siempre”, expresa.

Hoy, el tamaño de Ribera del Cuarzo tiene capacidad para elaborar 150.000 botellas. Es una bodega que produce de forma mecánica, es decir que no hay maquinaria que automatice el proceso.

La colección Ribera del Cuarzo se vende en Argentina y también se exporta a más de 12 mercados a un promedio de US$600 FOB su caja de 6 botellas, y ya tienen acuerdos cerrados con 12 mercados más. Entre los mercados a los que exportan están Estados Unidos, Brasil, España, Francia, China, Finlandia, Islandia, Perú, Uruguay, Panamá, Japón, Colombia, Corea del Sur, y Taiwán.

Publicado en Más Producción de La Mañana del Neuquén.

https://masp.lmneuquen.com/vitivinicultura/un-viaje-traves-los-vinedos-unicos-rio-negro-n1117118

jueves, 6 de julio de 2023

Un proyecto que comienza con una condesa italiana en Río Negro.

En Valle Azul, una bodega con origen vinculado a la nobleza italiana, está haciendo un "vino exótico".


“La historia empieza con la condesa italiana, Noemi Marone Cinzano, que llega a Argentina de la mano de su pareja que estaba trabajando en el valle. Ella se enamora de este lugar y como buena mujer de familia del vino, ella con sus ojos logra detectar que ahí arriba en ese lugar se podía producir un sabor que era totalmente distinto. Y el problema es que no había agua…”, así comienza la charla con Felipe Menéndez, dueño de Casa Pirque, un emprendimiento vitivinícola que se está desarrollando en Valle Azul (Río Negro) y que sorprende al mundo del vino, en diálogo con LU5 Agro.

¿Cómo fue tu desembarco en la Patagonia?

Es una historia larga. En el 2008 nosotros probamos por primera vez una botella de un vino en el que la etiqueta decía «Valle Azul».

No sabíamos bien de qué se trataba. Estábamos en una mesa de trabajo probando distintos vinos y alguien trajo esta botella que nos dejó a todos completamente sorprendidos, desconcertados… No entendíamos muy bien ese sabor, era nuevo.

¿Por qué?

Porque era un vino muy intenso, tenía la intensidad como de una latitud más propia del norte, pero la etiqueta decía Patagonia y tenía la frescura de una zona fría y esa combinación nos resultaba exótica.

Esa fue la primera vez que lo probamos. El vino venía de este viñedo chiquito plantado en la parte alta de la barda, donde nunca nadie había plantado antes nada porque no había agua.

"El vino venía de este viñedo chiquito plantado en la parte alta de la barda, donde nunca nadie había plantado antes nada porque no había agua".


Y hay una parte de la historia que es aún más exótica…

La historia empieza con la condesa italiana, Noemi Marone Cinsano, que llega a Argentina de la mano de su pareja que estaba trabajando en el valle. Ella se enamora de este lugar y como buena mujer de familia del vino, ella con sus ojos logra detectar que ahí arriba en ese lugar se podía producir un sabor que era totalmente distinto.

Y el problema es que no había agua y ella, como una mujer muy rica y convencida de que allí había algo especial para explorar, decide llevar el agua desde el río, 7 kilómetros para arriba, armando un acueducto como buena romana y le manda agua a la parte alta de la barda donde el suelo es completamente diferente de las orillas del río.

Ahí encontrás un suelo mucho más de greda, es una combinación de ceniza, piedra, mucho carbonato de calcio y dos metros más abajo tenés una arcilla, nosotros la llamamos la arcilla azul. Es una arcilla muy pesada que hemos visto antes en un lugar en Francia, en la parte alta de lo que se llama Pomerol, de donde viene el vino más caro del mundo que es Château-Petrus.

La botella de Petrus cuesta más de 4000 euros al público y no la conseguís. Ese vino viene de 11 hectáreas de una arcilla que es muy pesada como la que encontrarás cuando te vas dos metros para abajo, allá arriba en la barda.


¿Cómo sigue la historia?

Empezamos a conocer más sobre lo que esta mujer había hecho y finalmente ella decide dejar Argentina muchos años después. Nosotros estábamos ya en el momento de comprar el campo vecino y plantar otro pequeño viñedo allá arriba.

Nos fascinaba la idea de que esta italiana había descubierto un territorio nuevo para hacer vino y que era tan extenso como desde la cordillera hasta el mar.

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