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martes, 30 de junio de 2026

El vino en el Alto Valle de Río Negro y Neuquén. Alto Valle de Río Negro y Neuquén.


El vino en el Alto Valle de Río Negro y Neuquén.

Alto Valle de Río Negro y Neuquén.

El estado de la vitivinicultura en la región.

Esta vez El Ángel del Vino se lanzó a recorrer bodegas en una zona que le es bien conocida por lazos familiares (abuelos) que se establecieron allí hace un siglo y por haberla visitado cada año durante la niñez y adolescencia, viendo y admirando las tareas que se llevaban a cabo en un chacra prototípica de las de la región, donde además de las tradicionales peras y manzanas se cultivaban unas pocas hectáreas de viñedos, se hacían vinos caseros y se enviaban uvas a una cooperativa llamada La Picasa.

El río Negro nace de la unión de los ríos Limay y Neuquén, en la región conocida como Confluencia, que hospeda a las ciudades de Neuquén y Cipolletti, y desemboca en el océano Atlántico en las inmediaciones del Balneario El Cóndor, a 30 km de Viedma, la Capital provincial.


La configuración geográfica del valle del río Negro ha sufrido modificaciones a lo largo de su historia, habiendo el cauce del río experimentado desvíos y crecidas (como la que en 1899 arrasó con el primer asentamiento de lo que hoy es General Roca) que han modificado y formado los suelos de dichas zonas.

Otra influencia en los suelos se debe a que en las inmediaciones del río Negro las rocas evidencian la presencia de ambientes continentales, que luego fueron inundados por una transgresión proveniente del océano Pacífico durante el Cretácico inferior, cuando la Cordillera de los Andes era apenas una cadena de volcanes que no interrumpía la llegada del mar desde el oeste. Con posterioridad y como consecuencia de la subducción de la placa tectónica pacífica por debajo de la placa tectónica sudamericana, el terreno se elevó hacia el oeste, impidiendo para siempre la llegada de aguas del océano Pacífico (izquierda, en la figura siguiente).

Cerca de finales del período Cretácico, el valle del río Negro fue inundado nuevamente por el mar, aunque en este caso proveniente del océano Atlántico (derecha, en la figura). En un tiempo posterior, el mar se retiró, dando lugar a la depositación de sedimentos continentales.

Una característica del valle es que el mismo se ubica entre dos estribaciones denominadas "bardas" que son el borde de la meseta que se fue erosionado, principalmente, por el agua del río al formar el valle, aunque en la actualidad el río ocupa una mínima parte de la extensión entre ambas bardas, aún así es el más caudaloso de la Patagonia Argentina; pero durante el proceso de deshielo de la última glaciación, hace unos 10.000 años su caudal era imponente, ocupando por completo el espacio del actual valle.

 

A lo largo de su recorrido llama la atención la riqueza de plantaciones frutales en toda la extensión, facilitada por la construcción del canal grande, un curso de agua artificial que transporta aguas del río Neuquén, desde la localidad de Barda del Medio, que son utilizadas para el riego por inundación. Esta mega obra hidráulica extiende el valle fértil del río varios kilómetros hacia el norte y da sustento económico a la región (Navarro Floria y Nicoletti, 2001).

La Historia.

La actividad vitivinícola está profundamente vinculada con el crecimiento de cada una de las poblaciones que tras la Conquista del Desierto se fueron creando a lo largo del río Negro y durante muchos años fue un importante motor en la economía de la región. 

Las plantaciones de vides fueron para los colonos, que llegados de Europa iban poblando las distintas ciudades del Alto Valle, Valle Medio y del Valle Inferior, una de las alternativas productivas más rápidas y efectivas al momento de buscar darle rentabilidad a los proyectos de crecimiento que cada uno de ellos traía en sus valijas (ver nota). Así, la provincia de Río Negro llegó a contar con casi 300 bodegas en marcha en poco tiempo elaborando vinos comunes que en aquellas épocas era a lo que se volcaba la importante producción de uvas para vinificar.

Sin embargo, 1930 encontró a los productores vitícolas con un panorama muy desalentador ya que la uva prácticamente no tenía precio y, en consecuencia, los ingresos para las familias eran escasos. Pero, pese a las dificultades, quienes habían apostado a esta producción encontraron la vuelta para salir adelante y de esa forma se fueron conformando en la provincia distintas cooperativas de trabajo que permitieron nuclear a los productores, entregar su producción y seguir elaborando vinos, cambiando de esta manera la rentabilidad final.



Reglamento Cooperativa La Picasa y foto Coop. Limay.


Hasta cerca de 1980 la producción de vinos en la región se mantuvo en crecimiento pero nuevamente ese año se produjo otro fuerte golpe para los productores de uvas para vinificar muchos de los cuales optaron por erradicar los viñedos y volcarse a la producción de frutas como peras y manzanas, mucho más rentables que las uvas por esos años. Tras la desaparición de los viñedos una a una fueron cayendo las bodegas.

Los cambios en los hábitos de consumo fueron otro de los factores que afectaron a las bodegas de la zona que seguían elaborando vinos comunes de mesa mientras los mercados exigían una mayor calidad. Esto también incidió en la desaparición de otro importante número de bodegas que no pudieron adaptarse a las nuevas exigencias. De las 18.000 hectáreas de viñedos que estaban implantadas en toda la provincia el número se redujo a 1.659 ha en 265 viñedos, según datos del INV del año 2018 (en Neuquén se suman 1.758 ha y 88 viñedos) que se encuentran implantadas con uvas para vinificar y uvas de mesa, en todos los casos con variedades requeridas por los mercados consumidores.

Las variedades más cultivadas son: Malbec (21% en RN y 37% en NQN), Merlot (16% en RN y 14% en NQN) y Pinot Noir (8% en RN y 13% en NQN).





Variedades Neuquén Variedades Río Negro

Variedades en % en Neuquén y Río Negro (INV 2018).

La actualidad y el futuro.

Los cambios fueron rápidamente aceptados por otras bodegas que se han ido transformando en referentes de los vinos de muy buena calidad que se elaboran en la región. Sin embargo, un dato que no deja de ser llamativo es la apuesta sobre la que han avanzado un importante número de productores vitícolas que ahora no sólo producen uva de calidad que entregan a las bodegas de la región, sino que al mismo tiempo se han transformado en pequeños elaboradores de vinos, también apostando a una buena calidad final del producto.

Así, es posible ver desde el extremo oeste del Alto Valle hasta el Valle Inferior el surgimiento de bodegas que manejan un volumen de producción que oscila entre los cinco mil y los 15 mil litros pero con una fuerte apuesta a la calidad del producto. Muy lejos quedaron las viejas bodegas que contaban por millones de litros su producción anual.

 

Bodega Noemía (recuperación de Bodega Napolitano).

En el INV figuran 29 bodegas registradas en Río Negro y 11 en Neuquén (datos 2021, sin contar vinos artesanales ni caseros). En la zona del Alto Valle, de ambas provincias. logramos visitar 10 de ellas: Aniello, Agrestis, Dominio de Freneza, Fin del Mundo, Gennari, Humberto Canale, Infinitus, Malma, Noemia y Familia Schroeder. No es poco, un 25 % es una muestra bastante representativa y pronto iremos publicando notas sobre la actualidad de cada una de ellas.

Si bien algunas tienen varias décadas en la zona, la mayoría de estas bodegas comenzaron su trabajo en las últimas dos décadas, con un aprovechamiento de las viejas plantaciones de vides de Río Negro que fueron reacondicionando, mientras que en Neuquén son todas nuevas plantaciones. En ambos casos se han incluido variedades óptimas para la elaboración de vinos que han demostrado las mejores condiciones para adaptarse al lugar.

La coincidencia es plena en este sentido, la actividad vitivinícola puede ser rentable si se logra unificar la producción en la elaboración; aprovechando además las excelentes condiciones de tierra y clima que tiene esta región, que la han llevado a posicionarse a nivel nacional e internacional por la calidad de sus vinos, y a ser una zona que se mira con mucho interés por parte de capitales comienzan a instalarse en la región.

Fuentes:

Este artículo ha sido en parte preparado compaginando párrafos publicados por los siguientes autores, a los cuales damos nuestro reconocimiento y sincero agradecimiento:

de Archuby, Salgado, Brezina, Casadío, El Ojo del Cóndor Nº 7 (10-15), IGN, 2016

La viticultura en Río Negro. Diario Río Negro on line.

Informe vitivinícola de la región Sur de la Argentina. INV 2018.

Si leíste esta nota quizá te interese también su continuación: 5 razones para el desarrollo del vino en el Alto Valle de Río Negro y Neuquén

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https://angelyvino.blogspot.com/2021/10/el-vino-en-el-alto-valle-de-rio-negro-y.html

Publicado en Ángel y vino.

El ángel del vino. Blog de vinosVino argentino y del mundo, tipos, regiones, historia, bodegas, recomendaciones.

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sábado, 23 de mayo de 2026

Cooperativa Vitivinícola La Picasa. Cooperativismo del vino en la Patagonia. Bodega La Picasa en Cinco Saltos, Río Negro.

 

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Cooperativismo del vino en la Patagonia.

Bodega La Picasa en Cinco Saltos, Río Negro.

Hay historias del vino argentino que no nacen en grandes apellidos ni en etiquetas sofisticadas, sino en algo mucho más profundo: la necesidad de hacer juntos, de crear organizaciones solidarias que redundaran en el bien de todos a través de juntar una masa crítica de insumos, recursos y voluntades.

La de la Cooperativa Vitivinícola La Picasa Ltda. es una de esas historias. Una historia donde el vino no fue solamente un producto, sino una herramienta de arraigo, identidad y supervivencia.

El origen: inmigración y comunidad

Como en tantos rincones del país, la inmigración europea fue el punto de partida. Hombres que llegaron con poco, pero con una certeza: organizados, el futuro era posible.

Así, el 15 de diciembre de 1929 nace La Picasa, apenas dos días después de la creación de La Reginense en Villa Regina. No es un dato menor: ambas se convertirían en las primeras expresiones del cooperativismo vitivinícola en la Patagonia.


Los nombres de sus fundadores (ver nota al pie) -Juan Barcia Trelles, su primer presidente, junto a Francisco Berola, Jacobo Uhler, Alberto Lavín, entre tantos otros- hoy resuenan como parte de una épica silenciosa. No construyeron marcas: construyeron comunidad. 

Incluso, mi tío Elisardo Arredondo, años más tarde fue también presidente de la cooperativa y conservó un reglamento impreso que, en consideración a mi pasión por el vino ,hace poco me regaló y que atesoro en la biblioteca de mis libros sobre vinos.

La bodega y el vino.

El proyecto tomó forma concreta en 1932, cuando se inaugura la bodega en la esquina de Belgrano y Deán Funes. Ese mismo año se realiza la primera molienda: casi 568 mil kilos de uva que dieron origen a más de 460 mil litros de vino. Con Guido Marcola como primer enólogo, La Picasa se consolidó rápidamente, alcanzando una capacidad de más de 1,1 millones de litros, convirtiéndose en la bodega más importante de la localidad.

En 1934 llegaría otro paso clave: la creación de su marca COLAPI, una contracción de Cooperativa La Picasa. Un nombre simple, directo, casi funcional. Como el espíritu que lo sostenía: el vino de todos.

   

Durante décadas, el vino de La Picasa circuló en formatos que hoy parecen lejanos pero que marcaron una época: bordelesas primero, luego damajuanas de 5 y 10 litros, y botellas de 950 cm³. En sus etiquetas, una frase en latín sintetizaba todo: “Primus inter pares” — primero entre iguales. No había marketing detrás de eso. Había una filosofía. El vino no era de uno, era de todos.

El lento final.

Pero el vino, como la historia, también está atravesado por tensiones. Con el paso del tiempo, la rentabilidad empezó a inclinar la balanza hacia la fruticultura. Los montes frutales avanzaron sobre los viñedos, y las uvas comenzaron a escasear. Mi memoria no puede olvidar el impacto que me generó -nadie me había avisado, no hacía falta informar a un niño esas cosas- cuando al llegar como todos los veranos de vacaciones a la chacra de mis abuelos maternos (los Arredondo) encontré que las tres hectáreas de viñedos habian sido reemplazados por escuálidos e incipientes perales, seguramente mucho más rentables a futuro. Nadie podía culparlos, pero un poco me enojé con mis tíos.

El modelo que había nacido de la abundancia y el esfuerzo colectivo empezó a resquebrajarse. Hasta que llegó el final: el 11 de diciembre de 1978 se realizó el último reparto del COLAPI, en Cinco Saltos, el mismo lugar donde todo había comenzado. Con ese acto, se cerró definitivamente la actividad vitivinícola de la cooperativa.

Lo que queda

Hoy no quedan aquellas damajuanas circulando ni aquellas etiquetas con latín orgulloso. Pero queda algo más importante: la memoria, y esta nota es mi humilde manera de contribuir a que no quede en el olvido. La Picasa no fue solo una bodega, fue una forma de entender el vino.

Una donde el valor no estaba en el precio, sino en el trabajo compartido. Y en tiempos donde el vino argentino busca, una vez más, redefinir su identidad, mirar estas historias es una forma de recordar de dónde venimos.


* Los socios fundadores: Francisco Berola, Jacobo Uhler, Alberto Lavín, Francisco Sánchez Aragón, Benito López de Murilla, José San Pedro, Federico Ferrer, Julio Bordi, Ernesto Rossi, José Sevila, Domingo Villegas, Lorenzo Pujó, Enrique Herrera, Asensio Antón, José A. Soto, Bautista Antón, Teodoro Gutiérrez,  Julián Loaisa, Pedro Rey, Pedro Serer, Vicente Cervera, Nicolás Dechia, Juan Fuentes, Juan Latisnere, Isidoro Jañez y Pedro Abad.
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Publicado en https://angelyvino.blogspot.com/

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martes, 21 de abril de 2026

La prueba del delito. Una simpática historia del mundo del vino.

 

La prueba del delito.

Una simpática historia del mundo del vino.

Siendo un adicto al mundo del vino padezco a veces de una abstinencia que se me hace difícil de soportar. Y no se trata de cuidarme de beber esta apasionante bebida, algo que hasta ahora mi buena salud no me ha obligado a hacer casi nunca, sino de una abstinencia provocada por la distancia.

Vivir en Buenos Aires tiene, para un enófilo activo que gusta de participar en catas y eventos, una gran ventaja ya que no debe haber en la Argentina (y probablemente tampoco en muchos otros lugares del mundo) otra ciudad con tan nutrida y variada oferta de este tipo de eventos.

Pero lo que no hay son viñedos, ni bodegas. Aquí es interesante recordar que sí las hubo: a fines del siglo XIX en la zona del Cid campeador, barrio de Caballito hay registros de 14 ha de viñedos que producían vinos para el servicio en los vagones comedor del ferrocarril en sus largos viajes, pero fueron devorados por el avance de la ciudad. Hoy en día hay que viajar varios kilómetros en auto y no menos de una hora, para llegar a pisar algún viñedo real o viajar en avión para llegar a las zonas productoras importantes.

Así que, en un año 2026 en el que pasé mis vacaciones de verano en un país donde abundan fincas de cacao o de café, pero los viñedos brillan por su ausencia (Costa Rica), cuando recibí el llamado para conocer Ribera del Cuarzo, una bodega que no había visitado en mis viajes anteriores a esa región, supe que por fin iba a poder a poder saciar mi sed de viñedos y bodegas.

La bodega rionegrina Ribera del Cuarzo se encuentra en la región a la cual más veces he viajado a lo largo de mis 62 años de vida, porque, así como muchos porteños han acumulado incontables viajes a la costa de la provincia de Buenos Aires para disfrutar las playas de Mar del Plata, Pinamar o aledañas, en mi infancia las vacaciones de verano tenían un destino recurrente: ir a vivir un mes en la chacra de mis abuelos maternos, ubicada en Cinco Saltos, Alto Valle de Río Negro.

Tengo los recuerdos más felices de esas épocas dónde, tras un largo viaje en auto que en los años sesenta podía llegar a durar unas 20 horas, finalmente atravesábamos la tranquera y entrábamos por el camino de piedras sueltas franqueado por bellísimos manzanos atiborrados de fruta, hasta llegar a la casa y los galpones, siendo recibidos por varios perros que anunciaban nuestra llegada con sus ladridos. 

Nos instalábamos y durante cuatro semanas la vida de ese niño que fui, criado en un edificio de 10 pisos y cuyo patio de juegos era el asfalto de las calles, se transformaba por completo en un oasis de frutales y granja de animales, que, además de la producción de manzanas, abarcaba peras, higos, ciruelas, duraznos, damascos, granadas, membrillos, sandías, pelones y cerezas. Pero, sin duda, la plantación que más me llamaba la atención eran las tres hermosísimas hectáreas de viñedo que mi abuelo y mis tíos habían ido plantando a medida que recibían esquejes que otros vecinos generosamente les regalaban. Porque eran épocas donde todo se hacía a pulmón y no había posibilidades de comprarlas a los viveros.

Yo en esa época era aún muy chico y no sabía nada de cepas, pero mi tío Elisardo Arredondo me contó que el viñedo se trataba de una mezcla con un poco de todo, pero con predominancia de Malvasía. Sí tengo vívidos recuerdos de la prensa que utilizaban para moler las uvas, o de la barrica a la que ellos llamaban “bordolesa”, así como de un parral que cubría un patio en el lateral de la casa, del que arrancaba unas muy dulces y espléndidas uvas rosadas Moscatel, las más ricas que comí en mi vida.

En mi tierna infancia el vino se hacía allí mismo, en la chacra, pero para mediados de los 60 y 70 ya mis tíos Manolo y Elisardo habían comenzado a llevar las uvas a una cooperativa llamada La Picasa, donde se juntaban con las de otros chacareros, para procesarlas todas juntas y hacer el vino que se despacharía y comercializaría en damajuanas.

Entre tantas anécdotas e historias de esas vacaciones, hay una relacionada con esos vinos que me quedó grabada. Y atentos, porque aquí voy a confesar haber participado de la comisión de un delito.

Es que en aquellos años aún no había llegado el cambio climático y el frío en el Valle de Río Negro se hacía sentir durante mucho más tiempo. Ello hacía que en los años fríos las uvas tuvieran dificultad para alcanzar el grado de madurez y de azúcar óptimos. Para colmo, por aquellas épocas, el Instituto Nacional de Vitivinicultura no había aún implementado un grado mínimo de alcohol diferente por regiones (algo que sí se hizo después) y se determinaba el mismo que para Cuyo, una región mucho más cálida.

Ello ponía en un brete a la cooperativa cuando, luego de la fermentación, los piletones arrojaban grados de alcohol que no llegaban a ese caprichoso mínimo reglamentario. Y resultaba inadmisible para esos humildes chacareros que, en los años fríos veían que el esfuerzo de toda una cosecha completa corría riesgo de perderse a la llegada del inspector del instituto sino aprobaba esos vinos de bajo nivel de alcohol. Pensar que hoy parecen ser los más buscados, qué paradoja.

Así que un año, mi tío Manolo -que era además mi padrino y que me llevaba a todos lados durante mi estadía allí- me hizo subir como acompañante al viejo camión Chevrolet 400, para una tarea muy particular.

En la caja del camión había varios cajones de madera tapados con una lona. Encaramos hacia las bardas por el desolado camino que iba hacia el lago Pellegrini, hasta que se metió por una huella lateral para acceder a un lugar aislado, en el que nadie nos veía. Allí en el medio de los matorrales que crecían sobre ese suelo arenoso, ya había dejado preparada una excavación que, de haber sido más larga que ancha, habría parecido a la de una tumba.

Cuando destapó los cajones vi que estaban llenos de botellitas verdes vacías de medio litro (que no eran de vino) y me dijo: “ahora viene lo divertido, las vamos a ir tirando al pozo una por una, sin importar que se rompan”.

Yo no entendía mucho lo que pasaba, pero en un santiamén las botellas estaban allí abajo, todas hechas añicos. Eran botellas de alcohol, la prueba del delito que se debía ocultar y nunca podría encontrarse: el alcohol que se había tenido que agregar, para no perder el vino.

No me pidió que con la pala moviera la arena para tapar el pozo, pero sí que no se lo contara a nadie.

Hoy, ya prescripto ese delito, me he animado a contar esta romántica historia del vino que escribí de un tirón durante el viaje de avión que en menos de dos horas me ha depositado en el valle (mucho más rápido que esas 20 horas de auto) para vivir una nueva aventura en Bodega Ribera del Cuarzo, siempre conectada con mi querido mundo del vino.

Ángel Ramos entre los perales de la chacra.


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La casa de la chacra, nevada.

Mi querido tío y padrino: Manolo.

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sábado, 25 de septiembre de 2021

Bodega “Santa Catalina” de Francisco y Luis Berola.

 

Afiches de bordelesas de vino de la Patagonia Norte.
 
Federico Witkowski.
 
Afiche # 029
Bodega “Santa Catalina” de Francisco y Luis Berola.
Don Francisco Berola (1880 – 1948) con su hermano Luis compran en 1914 una chacra de 12,25 ha de tierra en bruto a la Compañía de Tierras del Sud; abroquelados en su trabajo y movidos por el lícito afán ardiente de prosperar, proceden a desmontar la parcela, emparejarla y plantar el 50 % de su superficie con vides; y, entonces, comienzan a forjar sus ilusiones.
Para el año 1921, Francisco adquiere 2 parcelas de 12,25 ha cada una. Ambos hermanos, en sociedad, emplazan en el año 1923 una bodega de 170.000 litros de capacidad total de vasija –integrada por 15 piletas de mampostería de 10.000 litros cada una y dos cubas de roble, también de 10.000 litros cada una–, situada en la intersección de la Ruta Nacional Nº 151 y el denominado “Puente Berola”, transformando la materia pura y simple de la vid en el ingrediente de los sueños.
En 1925 Luis le vende su parte a Francisco y se radica en la flamante Colonia Villa Regina.
Don Francisco trabajaba afanosamente sus viñedos desde los umbrales del nuevo día hasta que el astro rey se apagaba en su recorrido. ¡Y así todos los días! En el trabajo arduo ha ido sintiendo envejecer sus rústicas manos.
Y cuando el viñedo exhibía frente a la primavera el exaltado gesto de sus primeras hojuelas se ponía en marcha un nuevo ciclo cultural, dando nacimiento a una nueva y gozosa esperanza.
Conforme a la Declaración Jurada, presentada ante la Administración de Impuestos Internos de la Nación, en el año 1931 había en la bodega una existencia de 160.000 litros de vino. Los vinos elaborados eran blancos y claretes, tipo de mesa, fraccionados en bordelesas y comercializados con la marca Santa Catalina.
El nombre de la bodega y, a su vez, marca del vino, surge en honor de doña Catalina Bianco, esposa de Francisco.
La última elaboración de la bodega fue en 1948, año en que falleció don Francisco; luego la bodega giró bajo la razón social Sucesión de Francisco Berola y funcionó hasta terminar de vender el vino existente. En el año 1951, la bodega fue dada de baja.
La Sra. Lidia Colalongo (1920 – 1984), esposa de don Reinaldo Domingo Berola (1915 – 1992), se asoció a la Cooperativa Vitivinícola “La Picasa” Ltda. para entregar la producción de uva; luego, los viñedos fueron cediendo el lugar paulatinamente al cultivo de las plantas frutales, y el resto de vides que aún quedaban fueron extirpadas después de la vendimia del año 1969.
Reconociendo su labor colonizadora en Colonia La Picaza, el Municipio local ha designado a una de sus calles en Villa Catalina con el nombre de Francisco Berola.