sábado, 23 de mayo de 2026

Cooperativa Vitivinícola La Picasa. Cooperativismo del vino en la Patagonia. Bodega La Picasa en Cinco Saltos, Río Negro.

 

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Cooperativismo del vino en la Patagonia.

Bodega La Picasa en Cinco Saltos, Río Negro.

Hay historias del vino argentino que no nacen en grandes apellidos ni en etiquetas sofisticadas, sino en algo mucho más profundo: la necesidad de hacer juntos, de crear organizaciones solidarias que redundaran en el bien de todos a través de juntar una masa crítica de insumos, recursos y voluntades.

La de la Cooperativa Vitivinícola La Picasa Ltda. es una de esas historias. Una historia donde el vino no fue solamente un producto, sino una herramienta de arraigo, identidad y supervivencia.

El origen: inmigración y comunidad

Como en tantos rincones del país, la inmigración europea fue el punto de partida. Hombres que llegaron con poco, pero con una certeza: organizados, el futuro era posible.

Así, el 15 de diciembre de 1929 nace La Picasa, apenas dos días después de la creación de La Reginense en Villa Regina. No es un dato menor: ambas se convertirían en las primeras expresiones del cooperativismo vitivinícola en la Patagonia.


Los nombres de sus fundadores (ver nota al pie) -Juan Barcia Trelles, su primer presidente, junto a Francisco Berola, Jacobo Uhler, Alberto Lavín, entre tantos otros- hoy resuenan como parte de una épica silenciosa. No construyeron marcas: construyeron comunidad. 

Incluso, mi tío Elisardo Arredondo, años más tarde fue también presidente de la cooperativa y conservó un reglamento impreso que, en consideración a mi pasión por el vino ,hace poco me regaló y que atesoro en la biblioteca de mis libros sobre vinos.

La bodega y el vino.

El proyecto tomó forma concreta en 1932, cuando se inaugura la bodega en la esquina de Belgrano y Deán Funes. Ese mismo año se realiza la primera molienda: casi 568 mil kilos de uva que dieron origen a más de 460 mil litros de vino. Con Guido Marcola como primer enólogo, La Picasa se consolidó rápidamente, alcanzando una capacidad de más de 1,1 millones de litros, convirtiéndose en la bodega más importante de la localidad.

En 1934 llegaría otro paso clave: la creación de su marca COLAPI, una contracción de Cooperativa La Picasa. Un nombre simple, directo, casi funcional. Como el espíritu que lo sostenía: el vino de todos.

   

Durante décadas, el vino de La Picasa circuló en formatos que hoy parecen lejanos pero que marcaron una época: bordelesas primero, luego damajuanas de 5 y 10 litros, y botellas de 950 cm³En sus etiquetas, una frase en latín sintetizaba todo: “Primus inter pares” — primero entre iguales. No había marketing detrás de eso. Había una filosofía. El vino no era de uno, era de todos.

El lento final.

Pero el vino, como la historia, también está atravesado por tensiones. Con el paso del tiempo, la rentabilidad empezó a inclinar la balanza hacia la fruticultura. Los montes frutales avanzaron sobre los viñedos, y las uvas comenzaron a escasear. Mi memoria no puede olvidar el impacto que me generó -nadie me había avisado, no hacía falta informar a un niño esas cosas- cuando al llegar como todos los veranos de vacaciones a la chacra de mis abuelos maternos (los Arredondo) encontré que las tres hectáreas de viñedos habian sido reemplazados por escuálidos e incipientes perales, seguramente mucho más rentables a futuro. Nadie podía culparlos, pero un poco me enojé con mis tíos.

El modelo que había nacido de la abundancia y el esfuerzo colectivo empezó a resquebrajarse. Hasta que llegó el final: el 11 de diciembre de 1978 se realizó el último reparto del COLAPI, en Cinco Saltos, el mismo lugar donde todo había comenzado. Con ese acto, se cerró definitivamente la actividad vitivinícola de la cooperativa.

Lo que queda

Hoy no quedan aquellas damajuanas circulando ni aquellas etiquetas con latín orgulloso. Pero queda algo más importante: la memoria, y esta nota es mi humilde manera de contribuir a que no quede en el olvido. La Picasa no fue solo una bodega, fue una forma de entender el vino.

Una donde el valor no estaba en el precio, sino en el trabajo compartido. Y en tiempos donde el vino argentino busca, una vez más, redefinir su identidad, mirar estas historias es una forma de recordar de dónde venimos.


* Los socios fundadores: Francisco Berola, Jacobo Uhler, Alberto Lavín, Francisco Sánchez Aragón, Benito López de Murilla, José San Pedro, Federico Ferrer, Julio Bordi, Ernesto Rossi, José Sevila, Domingo Villegas, Lorenzo Pujó, Enrique Herrera, Asensio Antón, José A. Soto, Bautista Antón, Teodoro Gutiérrez,  Julián Loaisa, Pedro Rey, Pedro Serer, Vicente Cervera, Nicolás Dechia, Juan Fuentes, Juan Latisnere, Isidoro Jañez y Pedro Abad.
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Publicado en https://angelyvino.blogspot.com/

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