Pinot Noir, biodinamia y terroir de Río Negro.
Visitamos la tierra en la cual el Pinot Noir argentino
demostró estar a la altura de los mejores del mundo.
La visita a Chacra era una de esas deudas importantes, ya
que en mis viajes anteriores nunca había logrado concretar el encuentro. Esta
vez, finalmente, gracias a Musu y su tour La Cueva Visita Patagonia, llegué
hasta allí y fui recibido por el enólogo Diego Giovanniello, encargado de la
bodega, quien nos dio la bienvenida con la naturalidad de quien conoce cada
rincón de ese lugar único, ya que Bodega Chacra, en el corazón del Alto Valle
de Río Negro, es hoy uno de los grandes referentes del Pinot Noir argentino y
de la viticultura biodinámica en la Patagonia.
Visitar Chacra también implica entender su origen -no el de
sus viñedos, que son mucho más antiguos-, sino el proyecto impulsado por un
heredero de la aristocracia italiana: Piero Incisa della Rocchetta. Criado y
formado entre los viñedos familiares de la Toscana -su abuelo, el marqués Mario
Incisa della Rocchetta, fundador de Tenuta San Guido y creador del legendario
Sassicaia, del cual Piero fue además embajador de marca-, decidió expandir su
propio horizonte vitivinícola y trazar un camino propio, lejos de esa historia
familiar.
En 2003 fundó Bodega Chacra, en la Patagonia argentina (Río
Negro), dando forma a un proyecto personal que pronto alcanzaría reconocimiento
internacional. Allí elabora vinos de alta gama centrados en Pinot Noir, guiado
por un enfoque orgánico y biodinámico que busca expresar con precisión la
identidad del terroir.
La historia.
Reproduciré ahora la historia contada por Piero a la
periodista Verónica Bonacchi en el diario Río Negro:
Un día, en Nueva York, su prima la condesa Noemí Marone
Cinzano, que había llegado a la zona acompañando a su pareja, el asesor
enológico Hans Vinding Diers, auditor para Marks & Spencer de las
importaciones con Humberto Canale, le convidó a Piero un Pinot Noir de esa
bodega. A Piero le encantó y, sobre todo, intuyó un lugar. “Era la indicación
de que detrás de ese vino había grandes condiciones. Sin saber dónde estaba
Mainqué, sin saber nada, busqué un avión para venir acá y tratar de entender el
lugar donde estaba hecho ese vino”.
¿Costó encontrar estos viñedos?
Tuve suerte. La vida es a veces es un poco rara: encontré un señor, Oscar Ferrari (N. de la R: jefe del INTA local) que me ayudó. Empezamos a visitar todas las chacras que según el registro tenían viña vieja de Pinot. Y, además, los hijos de los inmigrantes que trabajaron la tierra se fueron a ser doctores, abogados, ingenieros y quedaron los viejitos. Pero, encontrar una viña vieja como esta, fue como encontrar un diamante de 50 quilates.
–¿Y fue un diamante?
–Parecía una piedra sin interés. pero se notaba que había un
material único porque si una viña llega a vieja es que las condiciones son
maravillosas, si no, se hubiera secado antes.
Era principio de los 2000 y Piero tenía claro que quería
hacer un vino liviano, en una época donde estaba de moda la extracción.
El viñedo orgánico y biodinámico, la esencia de Bodega
Chacra.
El viñedo más viejo de Pinot Noir del Alto Valle fue
plantado en 1932 y pertenecía a la familia Pirri, que supo tener la bodega más
grande de esa época en la zona. Piero en un principio lo alquiló (luego lo
compró) y, como el viñedo estaba todo abandonado, hizo un vivero para
recuperarlo con el mismo material original. Ese trabajo es permanente, aún hoy,
al recorrer el viñedo, vemos plantas marcadas con sogas rojas que son las que
se tomarán como material genético para seguirlas reproduciendo.
Un equipo interdisciplinario y mundialmente famoso asesora a
Chacra: el experto chileno Pedro Parra, realizó un estudio de los perfiles de
suelo, dividiendo las parcelas, el asesor catalán Josep Ramon Sainz de la Maza
explica cómo regenerarlos utilizando biofertilizantes, captura y reproducción
de microorganismos, té de compost, compost y controlando los procesos en el
suelo mediante el método Hérody y cromatografías, mientras que el italiano
Marco Simonit, experto en poda, enseña la conducción de la vid en cordón
permanente.
Trabajan bajo el principio de mantener el viñedo sin la
intervención del tractor evitando así aplastar y compactar el suelo. Conviven
animales, huerta, colmenas y una producción propia de compost, junto a una
casita biodinámica donde se elaboran y almacenan todos los preparados,
incluidos los cuernos de vaca -provenientes de animales que han parido, para
aportar las hormonas necesarias que transforman el estiércol-, que luego se
utilizan tanto en los preparados de invierno como de verano. El único que se
mantiene fuera de la casita es el 501, que requiere exposición directa al sol y
contiene cuarzo para absorber la luminosidad, entendida como la energía de las
estrellas.
El suelo presenta una marcada proporción de arena, por lo que se trabaja con pasturas de cobertura que ayudan a atenuar el reflejo solar y a conservar la humedad. El riego se realiza tanto por manto como por goteo, y además cuentan con un sistema de aspersión destinado a la defensa contra heladas, favorecido por la presencia de dos canales que abastecen de agua a la chacra, “el corazón de la viña, lo que le da la energía”, en palabras de Giovaniello.
Solo la chacra Lunita, la última incorporada, no contaba con
canales, por lo que se construyó un reservorio; allí, además, el sistema de
aspersión se está instalando por encima del viñedo, a diferencia del de la
foto, que está por debajo. El viñedo Mendoza, con plantas de aproximadamente 21
años, se destina mayormente a la línea Barda. Lindera a Chacra se encuentra la
histórica parcela de Malbec plantada en 1932, propiedad de Noemía (Hans
Vinding-Diers). En total, poseen 43 hectáreas propias en producción y
complementan con la compra de uvas a cuatro productores. Tienen Trousseau de
1932, cepa que en Río Negro se la llamaba Bastardo, con la cual han lanzado un
varietal y solo se encuentra en esta región del país. Son pocas botellas, pero
se está plantando más. El Syrah, por su parte, ocupa 4 hectáreas trabajadas
bajo criterios orgánicos y biodinámicos, aunque sin certificación.
Otro aspecto clave es que en esta zona la napa freática se
encuentra muy alta, apenas a 1,5 metros de profundidad. Dado que se trata de un
agua con elevada salinidad, es fundamental evitar que las raíces alcancen ese
nivel. Cada detalle cuenta en este enfoque, donde el viñedo es el eje absoluto
del trabajo: “Todo el trabajo está en el viñedo, yo en la bodega no hago nada”,
resume con claridad el enólogo.
La bodega.
En la Patagonia, la madurez alcohólica y la polifenólica se
alcanzan de manera simultánea gracias a las largas horas de sol, un factor
clave para la calidad de la uva. En la sala de fermentación de tintos se
destacan los piletones amarillos de concreto, circulares, de poca profundidad y
gran diámetro, diseñados para maximizar el contacto entre hollejos y mosto y
así favorecer el equilibrio y la homogeneidad.
La maceración se realiza con extrema delicadeza, evitando
extracciones excesivas: el sombrero se humedece manualmente con baldes, sin uso
de bombas, en busca de una expresión fina y elegante. La fermentación, llevada
a cabo con levaduras autóctonas en pequeñas tinas de cemento, se mantiene a
temperaturas inferiores a 20 °C para preservar los aromas frutales y florales.
Finalmente, la clarificación se realiza por decantación
natural, sin filtrados ni intervenciones, con el objetivo de conservar la
pureza y la identidad del vino. Todo el trabajo en la bodega es manual.
Pero Chacra ya no es solo Pinot Noir: con el tiempo han ido
incorporando otras variedades, entre ellas Chardonnay, para cuya elaboración
convocaron al francés Jean‑Marc Roulot, referente en Meursault y
pionero en apartarse de la guarda 100% en barrica. Aquí
trabaja con un esquema de 50% racimo entero y 50% despalillado, fermentaciones
con levaduras nativas que se prolongan entre 10 y 19 días, sin superar los
23 °C, y una crianza repartida en partes iguales entre barrica y ánforas. Su
filosofía se resume en una frase que repite como mantra: “yo cosecho cuando
quiero”. Viaja cada año y participa de todo el proceso, con la única excepción
de la prensa.
Pasamos luego por la sala de cortes, con tanques de acero
inoxidable y piletas de concreto, y por la de embotellado, un espacio clave
cuando se trabaja bajo criterios biodinámicos. Al fraccionar siguiendo el
calendario lunar solo es posible operar durante quince días sí y quince no, una
limitación que obliga a contar con una embotelladora de capacidad muy superior a
la que demandaría la escala real de producción.
El recorrido finalizó en la sala de barricas, emplazada a
4,5 metros de profundidad y con una temperatura constante de 14 °C, equipada
con toneles de roble francés de grano extrafino de las tonelerías Taransaud y
Damy. “La madera hace riquísimo al vino, pero tiene que ser buena madera”,
afirma Giovanniello. En cuanto a la crianza, los vinos de la línea Barda
utilizan la barrica nueva, mientras que los Chacra 32, 55 y los “Sin azufre” se
crían en barricas de segundo, tercer y cuarto uso, sin exceder ese límite. Por
su parte, los Lunita se guardan íntegramente en piletas de concreto y ánforas,
en tanto que el Roka no tiene paso por madera.
La producción es de 150 a 200 mil botellas dependiendo de la
añada y heladas.
Degustación en Chacra.
Luego de recorrer en detalle los viñedos y la bodega pasamos
a la sala de degustación donde nos esperaban cinco botellas que representarían
el portafolio de la bodega:
Barda 2025.
Criado con un esquema de 30% barrica, 15% piletas y el resto
en acero inoxidable, busca un perfil fresco, directo y de trago ágil: “glu,
glu”. Es un vino pensado para el servicio por copa en restaurantes de todo el
mundo: la puerta de entrada a la bodega y responsable de aproximadamente la
mitad de la producción. La idea es que quien lo pruebe sienta el impulso de
seguir hacia los siguientes escalones, como Chacra 32 y 55. En nariz muestra un
carácter especiado. Se procura embotellar todo antes de la primavera.
Chacra 55 2024.
Como su nombre lo dice, proviene de viñedos plantados en
1955, pura elegancia patagónica. Un ensamblaje de 35% piletas de concreto, 35%
ánforas y 30% barricas, con un 50% de racimo entero en su elaboración. Propone
un perfil claramente distinto: en boca es de textura suave, pero con carácter y
profundidad.
Roka 2025.
Nace a partir de un viñedo de Malbec plantado en 1945 en la
finca Lunita. Es un vino de impronta “verde”, muy natural, con un 15% de racimo
entero que refuerza su perfil fresco y vivaz.
Chacra Syrah 2025.
De producción aún muy limitada, apenas un ánfora y una barrica, se presenta como un Syrah despojado, sin artificios, donde prima la pureza de la fruta y el terroir.
Mainqué Chardonnay 2025
Un Chardonnay de mayor estructura y peso, que refleja
concentración y precisión, en línea con la impronta buscada para esta variedad
dentro del proyecto.
Así, entre precisión, sensibilidad y una filosofía coherente
de extremo a extremo, Chacra sintetiza su identidad en dos ideas que funcionan
casi como un manifiesto: “La idea es que en Chacra no sientas el tanino y si lo
sentís, que sea muy tenue”, porque todo apunta a la pureza del vino, y “Todo lo
que gana Chacra se reinvierte”.
La bodega cuenta con un equipamiento tremendo y un equipo de
trabajo interdisciplinario de primer nivel mundial, pero demuestra que el
verdadero capital del proyecto está en el viñedo y en su permanente búsqueda de
la perfección.


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