Estancia Chimehuin: la historia de un viñedo entre Junín y San Martín de los Andes.
En la Estancia Chimehuín, a pocos kilómetros de San Martín
de los Andes, un pequeño viñedo familiar crece en un territorio donde no
existen manuales ni certezas. Entre noches de heladas, variedades en
experimentación y una apuesta colectiva por el sur neuquino, el vino comienza a
escribir una nueva historia en la Patagonia andina.
Mientras la mayoría duerme, Clara Rubio suele estar atenta
al termómetro. Entre octubre y abril, las noches en la Estancia Chimehuín
pueden convertirse en una carrera contra el frío. Las heladas no dan tregua y
cuidar las vides implica encender motobombas, controlar el agua y vigilar cada
rincón del viñedo hasta el amanecer.
A unos 50 kilómetros de San Martín de los Andes, en un
paisaje dominado por montañas, ríos y bosques, el vino parece, a primera vista,
un protagonista inesperado. Sin embargo, hace algunos años, un grupo de
personas decidió preguntarse qué ocurriría si las vides encontraban aquí su
lugar.
Sin antecedentes previos ni información disponible para
consultar, el proyecto comenzó como un experimento: once variedades plantadas
para descubrir cuáles serían capaces de adaptarse a uno de los rincones más
australes y desafiantes de Neuquén.
Hoy, tras años de observación, trabajo artesanal y aprendizaje constante, Pinot Noir, Merlot, Malbec, Chardonnay, Gewürztraminer y Sauvignon Blanc son las variedades que mejor expresan el potencial de este pequeño viñedo familiar. Pero, más allá de las cepas, la verdadera historia está en el vínculo cotidiano con el territorio, en las decisiones tomadas a pulmón y en la convicción de que cada cosecha es también una forma de explorar un paisaje que todavía tiene mucho por revelar.
«El proyecto vitivinícola fue impulsado por los dueños
anteriores de la estancia. La idea era incorporar una producción más intensiva
en un campo de mil hectáreas y las opciones eran arándanos o vides. Finalmente
se decidieron por la vitivinicultura y trabajaron junto con el INTA para poner
en marcha un proyecto experimental”, nos cuenta Clara Rubio, ingeniera agrónoma
quien revela que la plantación original fue en 2004.
Ella nos relata que era el primer viñedo de esta zona del sur neuquino, así que no había antecedentes ni información sobre cómo podía comportarse la vid en estas condiciones. Por eso plantaron once variedades distintas —entre ellas Cabernet Franc, Bonarda y Tempranillo— para observar cuáles lograban adaptarse mejor.
Buscaron un sector con buena orientación y la mayor cantidad
posible de horas de sol. El objetivo inicial era desarrollar unas diez
hectáreas, pero el terreno de montaña fue imponiendo sus propios límites.
“Cuando llegué encontré un suelo con muy poca estructura.
Hubo que empezar prácticamente desde cero: mejorar la capacidad de retener agua
y nutrientes, incorporar materia orgánica, favorecer el desarrollo de
microorganismos y fortalecer las raíces. Al principio las plantas sufrían
muchísimo el frío y hubo que trabajar mucho para ayudarlas a crecer”, detalla
Clara.
Las super variedades.
“Con los años vimos cuáles eran las variedades que realmente
completaban su ciclo y alcanzaban los niveles de madurez necesarios. En este
viñedo, entre las tintas, las que mejor responden son Pinot Noir, Merlot y
Malbec. Entre las blancas, Chardonnay, Gewürztraminer y Sauvignon Blanc”,
agrega.
También probaron Riesling durante mucho tiempo, pero nunca
alcanzaba la madurez que necesitaban. “La planta producía bien, pero la uva no
llegaba al punto justo antes de comenzar a desgranarse. Ahí entendimos que, por
más interesante que fuera la variedad, este no era su lugar”, explica.
Si hay algo que resalta Clara es que en este lugar el
pronóstico es clave. “Acá no tenemos luz de red, trabajamos con agua de
vertiente y, además, no existe un período libre de heladas. Desde octubre hasta
abril vivimos pendientes del pronóstico”.
Así en esa época del año, Clara y su equipo cada noche,
salen a recorrer el viñedo. “Ponemos en marcha motobombas a explosión y
activamos el sistema de riego por aspersión para proteger las plantas. Son
jornadas de nueve o diez horas de helada durante las que cualquier cosa puede
fallar”, revela.
Durante mucho tiempo, además, no tenían suficiente disponibilidad
de agua. “Dependíamos únicamente de las vertientes, que con los años de sequía
fueron disminuyendo cada vez más”, sostiene.
"Los viñedos en Estancia Chimehuin reflejan que, con esfuerzo y previsión, esta región puede convertirse en un nuevo polo vitivinícola". Clara Rubio Ingeniera agrónoma.
El 2023, el año más difícil.
En 2023 vivieron uno de los momentos más duros del proyecto.
“Habíamos trabajado durante toda la temporada y faltaba apenas un mes y medio
para la cosecha cuando llegaron cuatro heladas consecutivas. No alcanzó el agua
para defender el viñedo y perdimos toda la producción”, recuerda.
Fue un golpe muy fuerte porque detrás de esa cosecha había
meses de inversión, dedicación y trabajo. A partir de ese momento, decidieron
hacer una perforación para contar con una fuente de agua propia que permitiera
enfrentar mejor las heladas futuras.
A partir de entonces, pudieron incorporarse al calendario
oficial de vendimias porque empezaron a tener una producción continua. “En
realidad fue el propio Gobierno de Neuquén el que se acercó para invitarnos a
participar. Al ser el primer viñedo de esta zona entendieron que podía ser una
forma de fortalecer el turismo y mostrar que esta actividad también está
creciendo en el sur de la provincia”, resalta Clara.
Y nos cuenta que ellos no hacen turismo de manera
organizada. “Si alguien quiere conocer el viñedo puede visitarlo, pero la
estancia es un establecimiento privado y nuestro foco sigue siendo la
producción».
Sobre el vino, revela que las uvas las envían a la bodega
Estepa, en Río Negro, donde el enólogo Marcelo Miras realiza toda la
elaboración. Él recibe nuestra producción, hace el vino y luego nos entrega las
botellas terminadas.
“Para nosotros sería muy difícil elaborar acá. No tenemos
energía eléctrica de red y, además, en esta zona hay muy poca mano de obra
especializada. Las tareas de poda, desbrote, fertilización y manejo del viñedo
requieren personal con experiencia, por eso contratamos gente del Alto Valle
para esos trabajos específicos”.
Al mismo tiempo, toda la producción está atravesada por un
fuerte compromiso con el ambiente. Hace seis años comenzamos la transición
hacia un manejo orgánico y desde hace tres contamos con la certificación.
Todavía estamos evaluando cómo seguirá ese proceso en el
futuro, pero hay algo que no va a cambiar: queremos mantener buenas prácticas
agrícolas que reduzcan al máximo el impacto sobre el entorno y respeten el
equilibrio natural de la estancia.
Juan Delicias Magazine.






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