martes, 20 de marzo de 2018

El ¿regreso? del vino con soda Beber vino rebajado con soda es una costumbre típicamente argentina, que data de hace decenas y decenas de años. Hoy en día, por diversos motivos, parece estar nuevamente de moda. La pregunta es: ¿alguna vez dejó de estarlo?

Las imparables caídas en el consumo del vino en Argentina (al igual que en otros países como España), hacen repensar la estrategia (negativa, sin dudas) que se utilizó y se utiliza para comunicar el vino desde algunos sectores. Esa entronización de este producto tan masivo y noble, tuvo su apogeo entre las décadas de 1990 y 2000. Allí, hubo una expansión gigantesca de bodegas pasando, en el caso de Argentina, de algunas decenas de ellas a más de mil establecimientos elaboradores.
También, se desarrollaron y potenciaron las carreras de sommelier, aparecieron los “entendidos” y las revistas especializadas, junto con las reuniones en los salones de hoteles de lujo donde el más “capo” era aquel que encontraba más olor a frutos rojos en un vino. Paralelamente, el vino pasó a ser una de las principales fuentes de ingreso de casi cualquier restaurante, a raíz del margen de ganancia por botella. ¿Está mal que haya sucedido esto?
No…para nada…¿por qué habría de estarlo? Lo que sí está pésimo, es haberse olvidado de aquella persona que sostiene el negocio vitivinícola, esa persona que bebe el vino en su casa, con su familia, en la cena, en el mediodía (costumbre casi del pasado), que lo bebía puro, con soda, con hielo, o como se le antojase. Ese consumidor, quedó un tanto al margen de los vinos que salían en las contratapas de las revistas, o en los carteles de las autopistas.
Y ese error, se ve reflejado ahora, y se está viendo reflejado desde hace varios años. No se le explicó al consumidor que si no encontraba los frutos rojos, estaba todo bien igual. No se le explicó de qué se trata el vino realmente, y no se le explicó, que en realidad no necesita explicación para disfrutarlo. Entonces la gente “se asustó”, y tuvo nacimiento la lamentable frase “yo no entiendo nada de vino, tomemos otra cosa”.
Mire Usted lo siguiente: el vino es una bebida tremendamente versátil, ya que, como decíamos, puede ser bebido de diferentes formas, acorde a los gustos de quien lo consume. Eso no sucede con otras bebidas. No sucede con la que pasó a ser, en teoría, la principal competidora del vino: la cerveza. Entonces, debe entenderse que un gran vino, bebido puro, podrá demostrarnos en plenitud sus atributos, ya que la bodega no lo diseña para ser rebajado.
Ahora bien, si hay personas que disfrutan más de ese vino rebajándolo con soda, agua o hielo, ¿cuál es el problema? Absolutamente ninguno. De hecho, es una costumbre que nunca pasó, lo que sucede es que al consumidor le da “vergüenza” decir que toma el vino con soda, porque sería casi como una herejía. Por eso el título de la presente columna plantea entre signos de interrogación la palabra “regreso”, considerando que es algo que siempre estuvo.
Es importante saber convivir, ser empático, abarcativo, y comprensivo. Pueden coexistir dentro del mundo del vino, perfectamente, aquellos que prefieren el vino puro, junto con los que lo beben con soda, con los que los prefieren blancos, tintos, o de contratapa de revista. Las preferencias de unos, no tienen porqué atentar contra las de los otros, más aún considerando, una vez más, las variadas posibilidades de consumo que brinda esta bebida (nuestra Bebida Nacional).
Muchas personas tal vez no saben, que lo que sostiene la industria, la base de la pirámide, son los vinos denominados “corrientes” o más “comunes”, si cabe el término. Lo que sostiene a la industria no es el vino de 30 dólares la botella (por poner un valor que nuestros lectores de otros países puedan comprender fácilmente). Por eso, nuevamente, se debe tener cuidado en no desatender ningún sector de “clientes” del vino, para intentar revertir poco a poco la tendencia en la merma del consumo.
Pero atención, todo en su punto medio y en su justa medida, no se trata tampoco de que ahora haya que tomar vino con soda, y no puro, ni tampoco de echar por tierra los vinos de alta gama. Repetimos, como tantas veces lo hicimos: todo puede convivir. Centremos la atención en educar, en enseñar sobre el vino, en una forma bien entendida, en el mejor sentido de la palabra, para poder transmitir de la forma más clara la cultura del vino.
Para finalizar, citamos unos párrafos de una columna que publicamos en el año 2014, hablando del vino “Carlón”, para explicar el origen de la costumbre de rebajar el vino:
“Una de las leyes de la corona española del siglo XVI, citaba que se prohibía el cultivo de la vid en sus colonias americanas, por lo tanto el vino debía ser importado desde España. Con esta premisa, los funcionarios y los altos estratos sociales, se aseguraban la provisión de los vinos finos de la denominación española de La Rioja, de alta calidad. En tanto que, en lo que respecta al resto de la población, debía conformarse con productos más económicos provenientes de Benicarló.
Benicarló es una localidad costera de la provincia de Castellón de la Plana, en la región de Valencia, al Este de España. Allí se elaboraba un vino al que se le agregaba durante su vinificación mosto concentrado cocido, al mejor estilo romano, para preservarlo mejor durante más tiempo. La uva principal con la que se hacía este vino era la Garnacha, junto con la Garnacha Tintorera. Uvas de alto rendimiento en el viñedo, con una carga importante de color y taninos.
Estas cepas, junto con el modo particular de vinificación adoptado, daban como resultado un producto “pesado” en la boca, de gran cuerpo, denso, de unos 15 a 16 grados de alcohol, sabroso, de color intenso azulado oscuro, con una potencia aromática fuerte y persistente. Y justamente por las cualidades descriptas, se hacía un poco difícil beberlo puro, así, directamente del vaso (porque no se piense Usted que se tomaba en copas).
Entonces comenzó la folklórica costumbre argentina de rebajarlo o mezclarlo con agua, hielo, y posteriormente soda. Era la única forma de poder beber los vinos provenientes de Benicarló, que para resumir su nombre los pobladores de aquel entonces los llamaban Carló, lo que finalmente terminó deviniendo en el término Carlón. Desde mediados de los años 1500, hasta principios de 1900, fue un producto tremendamente popular.
Durante esa gran cantidad de años, moldeó y modeló el paladar del consumidor local, e instauró costumbres que aún persisten. No faltaba en ninguna casa del país, en ninguna pulpería, ni en ninguna pizzería (cada escenario acorde a su época).”
Por Diego Di Giacomo.

sábado, 17 de marzo de 2018

CEPAS de ARGENTINA - Cepas argentinas, esas raras por conocer.

Cepas argentinas, esas raras por conocer.
Mientras el insigne Malbec se lleva todos los flashes, y el no menos alabado Torrontés se alza cual “orgullo blanco”, sin tanto renombre y silbando bajito, cepas de las buenas piden pista en el mundo vitivinícola nacional. Portando el cartel de “raras” o “no tradicionales”, estas buenas mozas no se amedrentan frente a la fama de las más convencionales. Y de un tiempo a esta parte, han dado inicio a la ardua tarea de conquistar paladares nacionales. Misión que, por cierto, no les sienta para nada mal… ¿Todavía no las conoce? Pase y beba.

Raras…pero no tanto.

Tal vez no tan populares. Pero netamente raras, a esta altura del partido, cierto es que no lo son tanto. Ya desde la primera década del nueve siglo, las variedades Tannat, Tempranillo y Pinot Gris vienen forjando su buen lugarcito en la escena nacional. Con decirle que las cepas de Tannat comparten alturas con las del mismísimo Torrontés. ¿Qué tal? En los pagos salteños, a más de 1.500 msnm, esta variedad originaria del suroeste francés ha hecho buenas migas con la amplitud térmica y alta exposición solar de los viñedos locales.
Por su parte, la española variedad de Tempranillo ha desembarcado con buen tino en la provincia de La Rioja, e incluso Mendoza, tierra de Malbec, allí donde se la utiliza como componente de tintos de alta gama, ya sea como varietal o en blend.
Finalmente, la francesa variedad de Pinot Gris -en alusión a la forma de “piña” que presentan los pequeños racimos, y al color azul grisáceo de sus frutos- ofrece una interesante alternativa en materia de vinos blancos: con un delicado sabor cítrico y especiado, pueden concebirse ligeros o corpulentos, secos o dulces, dependiendo de la madurez de la uva. Aunque el tinte dorado del vino, con matices cobrizos y hasta levemente rosados, es ese sello inconfundible en su clase.

A experimentar se ha dicho.

Con más anonimato que familiaridad, hay más variedades “experimentales” para este boletín. Desde Italia y con toda su longevidad a cuestas (más de 150 años), las cepas de Casavecchia supieron infundir temores en un comienzo. ¿Lograrían sobrevivir al frio mendocino durante su largo ciclo de vida? Definitivamente, sí. Dueñas de un aroma herbáceo antes de alcanzar la maduración, y frutal a la hora de la cosecha, estas cepas ofrecen tintos de generoso cuerpo y color, con la aspereza propia que impone la fuerte presencia de taninos. Además de cierto tinte cítrico, en el caso de los vinos jóvenes.
Compatriota de la Casavecchia, la variedad de Ancelotta también ofrece uvas con gran cantidad de taninos, por lo que lo suyo son los vinos voluminosos, tanto en blend o como varietal.
Aportando presencia, aunque con algo más de sutileza, la variedad Caladoc es producto de la experimentación. Sí, sí. Se trata de cepas nacidas en Francia, por cruzamiento genético entre Malbec y Garnache. ¿El resultado? Tintos que ofrecen al paladar el sabor de la fruta roja madura, con notas ciertamente especiadas.

Recargadas

Porque nunca es tarde para volver, la variedad Canarí retorna a las copas. De alta vinificación durante los años ’90, en el sur de Mendoza, redobla la apuesta en este siglo XXI: procura conquistar con su perfil sumamente aromático una vez más. ¿Otra que vuelve a la acción? La ya mencionada Garnacha. ¿La recuerda? La cepa madre del desaparecido vino Carlón. ¡Que los añejos paladares lo tengan en su gloria! Lo cierto es que esta antiquísima y popular variedad -una de las más plantadas del mundo-, no sólo supo contribuir con el citado nacimiento de las cepas de Caladoc. Ahora retorna solita y sola, para dar vida a vinos de aromas frutados, a la espera de su grato testeo.
¿Y ahora que me dice? Más vale malo conocido que bueno por conocer, dicen por ahí. Aunque si de vinos argentos se trata, bien vale el bueno conocido, y hasta el raro por conocer. Si no sabe dónde, dese una vuelta por la Pulpería Quilapán. Un par de buenas y raras copas aquí lo esperan.

domingo, 4 de marzo de 2018

Vitivinicultura en Tandil: un fenómeno en expansión.

Cada vez son más las personas que se animan a instalar su viñedo en medio de las sierras de Tandil, haciendo que la producción de vinos se expande a pasos agigantados.
Debido al gran impulso que ha tenido en el último tiempo, la ciudad ya es incluida en las rutas del vino de la Provincia de Buenos Aires y se consolida la región como zona vitivinícola.
Tandil se conjuga dentro de lo que llaman vitivinicultura marítima, primera y única en Argentina por estar en el lado opuesto al resto, hacia el este a una muy baja latitud (Mendoza está en 33º y Tandil en 37º). La vitivinicultura mundial, en su gran parte, es marítima y no de montaña, como en Italia, Australia, Francia, California, Chile.
Alejandro Martínez, sommelier internacional y miembro de Bienbebidos Club Tandil, aseguró en diálogo con El Eco que la ciudad cuenta con las condiciones óptimas para esta práctica. “El desafío es ir aprendiendo a fuerza de prueba y error, cuáles son las variedades que mejor se adaptan a nuestro terruño”.
“A la hora de analizar los vinos que se producen hoy en Tandil, nos encontramos con gratas sorpresas de un terruño nuevo, con buen potencial”, certifica.
En resumen, para Martínez, la ciudad está en la etapa de elaborar vinos jóvenes, es decir, vinos para saborear hoy, con excelente equilibrio, amables y fáciles de beber y disfrutar. “Vinos con los que todos los tandilenses nos podemos sentir muy orgullosos”.

domingo, 25 de febrero de 2018

Diers: "Los vinos locales fueron los únicos en crecer en calidad en tan poco tiempo". Hans Vinding-Diers, creador del vino Noemía, uno de los Malbec más venerados de la Argentina y el mundo, cuenta su historia única en la Patagonia y cómo logró hacer allí una etiqueta de culto internacional.

Diers: "Los vinos locales fueron los únicos en crecer en calidad en tan poco tiempo".

Hans Vinding-Diers, creador del vino Noemía, uno de los Malbec más venerados de la Argentina y el mundo, cuenta su historia única en la Patagonia y cómo logró hacer allí una etiqueta de culto internacional.



Argentina y sus distintos terruños han tenido enólogos y bodegueros de las más diversas nacionalidades: franceses, estadounidenses, italianos, españoles, chilenos...Lo que casi nadie se acuerda es que, a fines del siglo XX, un personaje diferente, de una nacionalidad completamente impensada, llegó a la Patagonia y, con el tiempo, terminó cambiando el rumbo del más austral de los terruños argentinos.
De nacionalidad danesa, Hans-Vindig Diers desembarcó a los 28 años de edad con su pelo largo y su ropaje hippie en el sereno pueblo de Roca que lo miraba azorado. Llegaba desde Sudáfrica para trabajar en los vinos de exportación de la bodega Humberto Canale. Unos años después nacería en Valle Azul, muy cerca de allí, su emprendimiento personal bautizado Noemía (en sociedad con la aristócrata italiana Noemí Marone Cinzano), donde hoy se elabora lo que seguramente es el tinto más maravilloso que se gesta en suelo patrio.
¿Qué ha cambiado de los vinos argentinos desde tu llegada a nuestro país?
-Cuando llegué, en 1998, los vinos que consumía la gente eran rústicos, con notas oxidadas y muchos defectos. No podía creer que fueran tan populares; me llamaba mucho la atención. Hoy los vinos no tienen nada que ver con eso; hoy los ejemplares argentinos están, en general, en un buen nivel internacional, y entre ellos hay muchos que han trabajado muy bien la noción de terroir. En mi opinión, la Argentina fue el único país capaz de crecer tanto en calidad en tan poco tiempo.
-Humberto Canale, es lo primero que recuerdo. Yo asesoraba a esa bodega histórica y la familia Barzi me ayudó mucho para que pudiese crear Bodega Noemía. Recuerdo a la Patagonia rionegrina como un pueblito tranquilo, buena gente, como Marcelo Miras y su familia (Marcelo Miras era el enólogo de Humberto Canale). Recuerdo un clima increíblemente preciso y límpido, con mucha luminosidad. Me adapté muy rápido a este lugar. Aún me vienen a la cabeza las chacras, las viñas antiguas, los colores pasteles del cielo como las nubes de Magritte.
¿Cómo te diste cuenta que en la Patagonia se podía hacer un vino del más alto nivel mundial?
-Viñas viejas prefiloxéricas, plantas con pie franco, suelos pobres y fluviales, clima con gran amplitud térmica casi al nivel del mar, y las botellas testigo de la bodega Humberto Canale que probé con mi socia Noemí; vinos de los '50 y '60, un poco rústicos pero con todos los parámetros de calidad para ser grandes vinos. Además el clima es muy limpio, orgánico; con una humedad máxima de 30% que no genera plagas y no hace falta hacer tratamientos nefastos a las viñas. Todo un lujo.
¿Qué tiene el terruño del Alto Valle del Río Negro?
-Muy buena calidad de agua y mucha. Y además una amplitud térmica casi exagerada, con días de mucha luminosidad y noches frías. Suelos fluviales con muchas sales minerales que derivan de la óptima calidad del agua. Y el Río Negro, que es el corazón del Valle.
¿Por qué el Noemía ha sido capaz de emocionar a críticos de todo mundo?
-No soy la persona justa para hablar de esto, pero tengo una pequeña idea. Fue desde siempre un vino de un lugar, siempre consistente, un Malbec único por su ubicación y, seguramente, por su enólogo.
Qué ha sido lo más importante para lograr un vino como el Noemía; la finca o el enólogo?
-Una visión, un lugar, un viñedo, dos socios y un gran equipo.
En la Argentina se suele hablar de un problema importante: el ego de los enólogos. ¿Pasa lo mismo en otros lugares del mundo?
-Recuerdo crecer en Burdeos en los '70 y '80, cuando un enólogo era un peón y los dueños eran todo. Este fenómeno actual el enólogo celebrity es global, y la verdad es que me gusta. Sería mentira decir que no me gusta la atención. Pero al mismo tiempo, hay que saber leer esto: el día que uno se toma eso en serio, es el inicio del fin.
Haz tenido tu primera gran cosecha patagónica y un hijo que nació en la Patagonia. ¿Cómo fue eso?
-Juan Andreas Vinding-Diers, mi corazón. Mi esposa María Belén, su hijo Francisco y yo decidimos que la tranquilidad y amabilidad de la gente patagónica sería el lugar ideal para este gran evento.
¿Te gustaría que él fuera winemaker?
-No. Si pudiera elegir, me gustaría que fuera surfista (deporte que Hans practica). Lo importante para nosotros va ser una muy buena educación, pensamos que es lo que podemos ofrecerle sin equivocarnos demasiado.
¿Qué esperas de las futuras cosechas de Noemia?
No lo sé. Hay que trabajar más. Esto es seguro; podemos siempre mejorar y esto es el gran lujo de esta profesión.
Publicado en el Cronista comercial, 20 de octubre de 2017.