Bodega Humberto Canale.
Raíces profundas en
la Patagonia.
Una bodega emblemática de Río Negro que combina historia
familiar, viñedos antiguos y diversidad varietal en el Alto Valle.
En ésta, mi segunda visita a la histórica bodega, fui
recibido por el agrónomo Javier de Arregui, con 20 años en la casa, y juntos
recorrimos la Finca La Morita, plantada en 1937, donde conviven antiguos
parrales de Cabernet Sauvignon con Riesling, interplantados de a dos filas,
algo poco habitual. Mientras caminábamos entre las hileras, Javier se detenía
en detalles que a simple vista pasarían inadvertidos: la conducción de las
plantas, la textura del suelo, la lógica detrás de cada sector. “Acá nada es casual”,
comentó en un momento, marcando esa relación de años con el viñedo que se
construye más por observación que por manual.
A lo largo de los cinco kilómetros de la calle H. Canale se
perciben distintos tipos de suelo según la cercanía al río: históricamente la
vid se implantaba en los sectores menos aptos para fruticultura (en el alto
valle en un momento se priorizó la manzana y la pera), aunque hoy también
avanza sobre suelos más profundos. En el recorrido, una imagen queda grabada:
los viejos parrales elevados, casi escultóricos, que obligan a levantar la
mirada y pensar en otra forma de trabajar la vid, más ligada a otra época.
La finca refleja la importancia del manejo del agua en la
zona, con canales de riego y drenaje claves para evitar la acumulación de
sales. Javier contó cómo, en años particularmente húmedos, el desafío no es
regar sino drenar, y cómo ese equilibrio define la vida del viñedo.
La diversidad varietal es un rasgo distintivo, con Semillón
de los años 50 y una superficie total de 140 hectáreas de viñedos, en una
bodega que produce unos 4.400.000 litros anuales, con un 70% destinado al
mercado interno y un 30% a la exportación. En el entorno, los álamos cumplen un
rol fundamental: moderan la temperatura, conservan la humedad y actúan como
protección frente a las heladas. Mientras soplaba el viento patagónico, era
fácil entender por qué esos árboles son parte del paisaje productivo.
La historia de Canale está íntimamente ligada al desarrollo del Alto Valle: en tiempos de la Argentina agroexportadora, cuando la región aún era frontera tras la campaña del desierto y con el impulso del ferrocarril, el ingeniero Cipolletti diseñó el dique Ballester, que permitió regar unas 80.000 hectáreas. En ese contexto llegó el ingeniero Luis Huergo y, junto a él, Humberto Canale, hijo de inmigrantes genoveses, quien con una mirada pionera entendió el potencial agrícola de la zona. Con el tiempo, Canale adquirió la totalidad del emprendimiento y consolidó un proyecto familiar que se transmitió de generación en generación, manteniendo una fuerte impronta productiva y un vínculo profundo con la tierra.
A lo largo de más de un siglo, la familia Canale atravesó distintas etapas del país y del vino argentino, sosteniendo la actividad incluso en momentos de retracción de la vitivinicultura regional. En los años 70 el Alto Valle llegó a contar con más de 17.000 hectáreas de viñedos; hoy quedan alrededor de 1.300. En ese contexto, otra escena que surge en la charla es la de los años en que muchos productores abandonaban la vid para volcarse a la fruta: Canale decidió sostener viñedos, incluso cuando no era lo más rentable.
Esa persistencia explica por qué concentra más del 10% de la
superficie plantada de la región, reflejando no solo continuidad sino también
escala y compromiso. Esa continuidad se siente todavía hoy; no solo en los
edificios o en los viñedos viejos, sino en la forma en que se habla del lugar,
siempre en presente. La tradición familiar se expresa en decisiones que
combinan respeto por el legado con adaptación a los nuevos tiempos, siempre con
foco en vinos de segmento medio-alto.
Ya en la bodega, cuya infraestructura conserva huellas de
ese pasado -como el techo original de 1909, construido con madera de sauce y
barro, las tradicionales piletas de 10.000 a 12.000 litros y una cantidad de
enormes toneles -muchos ya en desuso pero conservados como testimonio de otras
épocas- junto a numerosos elementos que antiguamente se usaban para la
elaboración, en una especie de museo integrado a la bodega. El contraste entre
historia y presente es inmediato.
Junto al enólogo Horacio Bibiloni, la escena se traslada a
un patio abierto frente a la finca, donde el tiempo parece desacelerarse,
mientras que el tibio sol del atardecer invernal nos acompaña para disfrutar de
la degustación de algunos de los vinos de la bodega.
Allí catamos una serie que recorre identidad y evolución: Humberto Canale Estate Sauvignon 2025 -una rareza en Argentina, mutación del Sauvignon Blanc, introducida en 1997 desde Francia-, Humberto Canale Old Vineyard Riesling 2025, con notas de damasco y durazno blanco, sin rastros de aromas a hidrocarburos, el Humberto Canale Gran Reserva Merlot 2021, criado un año en barricas francesas con hasta un 40% de roble americano y, rescatado de la cava, un Humberto Canale Corte Único 2005 de Merlot, Malbec y Cabernet Franc, que Bibiloni eligió especialmente para dar muestra del paso del tiempo, con una nariz ajerezada, pero una boca que aún conserva vida gracias a su acidez natural.
El portafolio se organiza en líneas como Marcus, Íntimo,
Estate, Gran Reserva, Old Vineyard y el ícono Barzi Canale, con novedades
recientes que incluyen formatos magnum y doble magnum, además del lanzamiento
de “Absoluto”.
En medio de la degustación, Bibiloni dejó una frase que
quedó flotando, casi como una síntesis del lugar, mientras giraba la copa con
naturalidad: “Un viñedo no es bueno porque es viejo, llega a viejo porque es
bueno”.
Y en Canale, esa idea
se vuelve tangible en cada planta, en cada decisión y en cada vino.
Publicado en
El ángel del vino. Blog de vinos.
Vino argentino y del mundo, tipos, regiones, historia, bodegas,
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